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LO TUYO ES MíO

Tom Slee  

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Fragmento

adorno

1. LA ECONOMÍA COLABORATIVA

 

 

 

La Economía Colaborativa consiste en una oleada de nuevos negocios que se sirven de internet para poner en contacto a clientes con proveedores de servicios a fin de realizar transacciones en el mundo real, como el alquiler de apartamentos por breves periodos, trayectos en coche o tareas del hogar. En vanguardia de esta oleada están Uber y Airbnb, ambas con un pasmoso crecimiento como prueba de su atribución de estar trastocando las industrias tradicionales del turismo y el tráfico. A estas dos empresas las siguen una bandada de compañías que aspiran a sumarse a ellas en la cima del mundo de la Economía Colaborativa.

Unas veces, los partidarios de la Economía Colaborativa la describen como una nueva clase de negocio, y otras como un movimiento social. Es una mezcla conocida de comercio y causa en el mundo digital. Es posible que en Silicon Valley viva una parte considerable de las personas más ricas del mundo, pero este lugar siempre se ha visto y se ha presentado como algo que va más allá del dinero; también tiene que ver con forjar un futuro mejor. Internet está mejorando el mundo, no solo ofreciéndonos mejores dispositivos y más información, sino remodelando la sociedad, desde las raíces hasta las ramas. Ahora disponemos de tecnología para resolver problemas que llevan siglos atormentando a la humanidad, una tecnología que deja obsoletas antiguas instituciones y normativas y que las sustituye por la computación.

El runrún de la Economía Colaborativa comenzó hace unos años, pero fue en 2013 y 2014 cuando empezó a entrar de verdad en las corrientes dominantes. Hace promesas que atraen a mucha gente; desde luego, a mí me atraen. Parte de transacciones informales —llevar a un amigo en coche, tomar prestado un taladro o hacerles unos recados a los vecinos— y se sirve del poder de conexión de internet para aumentar su escala, de modo que nosotros, como individuos, podamos contar más con el prójimo y menos con corporaciones anónimas y distantes. Cada transacción ayuda a alguien a ganar un dinerillo y a algún otro a ahorrar un poco de tiempo. ¿Por qué no habría de gustarnos? Al participar en la Economía Colaborativa contribuimos a construir nuestra comunidad en lugar de ser consumidores pasivos y materialistas; ayudamos a crear una nueva era de apertura en la que encontramos a alguien dispuesto a echar una mano allí adonde vayamos.

La Economía Colaborativa promete ayudar a individuos, hasta entonces sin poder alguno, a tener un mayor control sobre sus vidas convirtiéndose en «microempresarios». Podemos autogestionarnos, entrar y salir de esta nueva dinámica de trabajo flexible, montar nuestro propio negocio en sitios web de Economía Colaborativa; podemos ser un anfitrión de Airbnb, un conductor de Lyft, un manitas de Handy o un inversor altruista que ofrece préstamos en Lending Club. El movimiento parece amenazar a los que ya son poderosos, las grandes cadenas hoteleras, las cadenas de comida rápida y los bancos. Es una visión igualitaria que se basa en transacciones entre iguales en lugar de en organizaciones jerárquicas, y es fruto de la capacidad de internet para poner a la gente en contacto; la Economía Colaborativa promete propiciar que «los estadounidenses [y otros] confíen en el prójimo»[1].

La Economía Colaborativa también promete ser una alternativa sostenible al comercio dominante, ayudándonos a hacer un mejor uso de recursos infrautilizados; ¿por qué tiene que tener todo el mundo un taladro en un estante del sótano cuando lo podemos compartir? Podemos comprar menos y de ese modo reducir nuestra huella ecológica; ¿igual utilizo Uber en vez de comprarme un coche? Podemos optar por el acceso en lugar de la propiedad y alejarnos de un consumismo en el que muchos nos sentimos atrapados. Podemos ser menos materialistas, aferrándonos a experiencias en vez de a posesiones para dar sentido a nuestras vidas.

Bueno, eso era lo que se prometía.

Por desgracia, está ocurriendo algo distinto y mucho más oscuro: la Economía Colaborativa está introduciendo un libre mercado despiadado y desregulado en ámbitos de nuestras vidas anteriormente protegidos. Las principales compañías se han convertido en monstruos corporativos y están desempeñando un papel cada vez más intrusivo en las transacciones que fomentan para ganar dinero y mantener su marca. A medida que la Economía Colaborativa crece, está reorganizando las ciudades sin mostrar ningún respeto por aquello que las hace habitables. En lugar de aportar apertura y confianza personal a nuestras interacciones, está propiciando una nueva forma de vigilancia bajo la que los empleados de este sector deben vivir con miedo a que alguien los delate, y mientras los directores generales hablan con benevolencia de sus comunidades de usuarios, la realidad tiene un cariz más riguroso de control centralizado. Los mercados de la Economía Colaborativa están generando nuevas formas de consumo más abusivas que nunca. La expresión «un dinerillo extra» resulta ser la misma que se utilizaba para los trabajos de las mujeres hace cuarenta años, cuando no se los consideraba trabajos «de verdad» que conllevaran un salario digno y, por tanto, no requerían ser tratados del mismo modo que los trabajos de los hombres (ni pagarse tanto como estos). En lugar de liberar a los individuos para que tomen el control sobre sus propias vidas, muchas empresas de la Economía Colaborativa están ganando pasta gansa para sus inversores y ejecutivos y creando buenos empleos para sus ingenieros informáticos y expertos en marketing, gracias a la eliminación de protecciones y garantías alcanzadas tras décadas de esfuerzos y a la creación de formas más arriesgadas y precarias de trabajo mal remunerado para quienes de verdad trabajan en la Economía Colaborativa.

 

 

El término mismo «economía colaborativa» encierra una contradicción. Pensamos que «colaborar» es una interacción social de carácter no comercial entre una persona y otra. Sugiere intercambios que no implican dinero, o que al menos vienen motivados por la generosidad, por un deseo de dar o ayudar. «Economía» sugiere transacciones mercantiles, el cambio interesado de dinero por bienes o servicios. Se ha debatido mucho acerca de si «economía colaborativa» es el término adecuado para describir esta nueva oleada de negocios, y se ha probado con otros muchos nombres: «consumo colaborativo», «economía en red», «plataformas de igual a igual», «economía temporal», «servicios subalternos» o, cada vez más, «economía bajo demanda».

No cabe duda de que la palabra «colaborar» se ha llevado más allá de sus límites razonables a medida que la «economía colaborativa» crecía y cambiaba, pero seguimos necesitando un nombre cuando hablamos de este fenómeno. Aunque quizá no dure más de otro año o así, «economía colaborativa» es el término usado ahora mismo, en 2015. Utilizaré este término, pero para eludir la repetición de la palabra «supuesta» o la molesta frecuencia de citas alarmistas haré uso del término «Economía Colaborativa» en mayúsculas[2].

Las definiciones no nos llevan muy lejos cuando hablamos de algo tan fluido y rápidamente cambiante como la Economía Colaborativa, pero aun así necesitamos establecer ciertos límites en torno al tema para hablar sobre él con coherencia. El capítulo 2 ofrece una visión panorámica de la Economía Colaborativa, evalúa qué clase de organizaciones están incluidas, de dónde provienen, qué hacen y cómo se financian. Dicho capítulo demuestra que hay al menos dos visiones de la Economía Colaborat

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