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LOBA NEGRA

Juan Gómez-Jurado  

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Fragmento

1. Un cuerpo

A Jon Gutiérrez no le gustan los cadáveres en el río Manzanares.

No es una cuestión de estética. Este cadáver es muy desagradable (parece que lleva un tiempo en el agua), con la piel cerúlea repleta de manchas violáceas, las manos casi separadas de las muñecas. Pero no es cuestión de ponerse exquisitos.

La noche es particularmente oscura, y las farolas que iluminan el mundo de los vivos, a seis metros por encima de ellos, sólo sirven para hacer las sombras más densas. El viento arranca extraños murmullos de los carrizos, y los ochenta centímetros de agua están tirando a fresquitos. Al fin y al cabo, estamos en el Manzanares, son las once de la noche y febrero ya asoma su grisácea pata por debajo de la puerta.

Nada de todo esto molesta a Jon de los cadáveres en el Manzanares, porque está acostumbrado a las aguas gélidas (es de Bilbao), a los murmullos en la oscuridad (es gay) y a los cuerpos sin vida (es inspector de policía).

Lo que a Jon Gutiérrez le jode de los cadáveres del Manzanares es tener que sacarlos a pulso.

Si es que soy imbécil, piensa Jon. Esto es trabajo de novatos. Claro que estos tres madrileños tirillas no pueden ni con sus propias.

No es que Jon esté gordo. Pero media vida siendo el tipo más grande de la habitación va generando unos hábitos, quieras que no. El defecto de ayudar. Que se vuelve necesidad cuando ves a tres memos recién salidos de la academia hacer el pato entre los juncos, intentando sacar el cuerpo. Consiguiendo, casi, ahogarse a cambio.

Así que Jon se enfunda el traje de plástico blanco, se calza las botas de goma y se tira al agua con un mecagüenvuestraputamadre que deja las mejillas de los novatos color rojo bofetada.

El inspector Gutiérrez se acerca, a grandes zancadas, desplazando por igual el agua y a los polis primerizos, y llega hasta la isleta de vegetación donde ha embarrancado el cadáver. El cuerpo se ha enredado en unas raíces, y está sumergido en la corriente. Sólo asoman el rostro desvaído y uno de los brazos. Agitada por el río, parece que la víctima intente nadar para escapar al destino inevitable.

Jon se santigua mentalmente y hunde los brazos por debajo del cadáver. Está blando al tacto y la grasa subcutánea se menea bajo la piel como un globo relleno de pasta de dientes. El inspector jala. Con todas sus fuerzas de harrijasotzaile, de levantador de piedras. Hasta con trescientos kilos puede, en un día bueno. Afianza las piernas.

Se van a enterar estos novatos.

Sus enormes brazos se tensan, y ocurren dos cosas al mismo tiempo

La segunda, que el cuerpo no se mueve ni un centímetro.

La primera, que el fondo arenoso del río se traga el pie derecho del inspector, que cae de culo en mitad de la corriente.

Jon no es un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio. Pero las risas de los novatos no las atenúan ni el ruido de la corriente, ni los murmullos del viento entre los carrizos, ni sus propias blasfemias. Así que Jon, con el agua hasta los hombros y el orgullo raspado, se permite un instante para eso tan humano de compadecerse de sí mismo y echarle las culpas de sus males a otro.

¿Dónde coño estás, Antonia?

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