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LOS ABRAZOS OSCUROS

Julia Montejo  

4


Fragmento

1

Hubo un tiempo en el que quería estar todo el rato borracha. Los segundos presentes y los venideros se me hacían insufribles. Luchaba contra las resacas con grandes dosis de agua, ibuprofeno y, si mis compromisos profesionales me lo permitían, con más alcohol. Vino, whisky y coñac. Siempre he sentido predilección por el coñac. El auténtico, claro. Y dentro de los coñacs, los maduros, los Napoleón. Era tan conocida mi pasión por esta bebida que, en cierta ocasión, un jeque agradecido me regaló en Dubái una botella de Jenssen Arcana. No entiendo por qué el coñac se ha popularizado como bebida de hombres. Bueno, en realidad sí, pero eso merecería una reflexión que ahora no viene al caso.

Por fortuna, descubrí este placer al tiempo que mi trabajo era valorado con tanta generosidad como estupidez. El dinero llegaba como por arte de magia, y con la misma facilidad se iba. Yo, a pesar de mi éxito, estaba convencida de que no se podía vivir más intensamente, ni ser más desgraciada. Me equivocaba. Ahora soy consciente de que, en aquella época de los noventa, eran los sueños, los ideales inalcanzables, los que me estaban matando. La esquizofrenia que me producía el desempeño de mi profesión en los infiernos del planeta, y la facilidad con la que yo, y solo yo, regresaba a casa en preferente, dejando atrás seres humanos arbitrariamente castigados. O quizá no fuera el choque entre el mundo de la abundancia y el de la miseria. Quizá era solo yo. Yo y mi libertad no digerida. Y ese momento especial en que una se percata de que por sí misma, no puede. Que el mundo se mueve solo, que nadar a contracorriente solo te convierte en una mujer exhausta y desesperanzada.

Para bien y para mal, descubrí en mí el instinto genético por sobrevivir. Así fue como encontré al que se convertiría en mi marido y comenzó una etapa nueva. Plácida, segura. Alejada de la injusticia social y la pobreza, de las guerras y la maldad del ser humano. Esa que yo había denunciado una y mil veces con mi cámara, hasta sentir casi que el dolor ajeno me aburría. Me enamoré de Álex y se acabaron los viajes por los lugares más desgraciados del planeta. Poco a poco, conseguí recuperar el aliento. Y llegaron mis hijas…

Con el bienestar llegaron los acontecimientos sociales, esas fiestas siempre iguales: idénticas manos que saludan, sonrisas llenas de dientes blanqueados, a menudo enmarcados por silicona de serie y brillos de lentejuelas oscuras que celebraban pertenecer a un mundo superior. Pocos ojos. La mayoría huidizos. Ninguna mirada auténtica. No hay miradas auténticas en el club de los privilegiados, a menos que seas un completo imbécil y goces entonces de una mirada auténticamente imbécil. Aquella noche, si la memoria no me falla, estábamos invitados a la fiesta que una gran editorial había organizado en el impresionante ático de una finca regia de la Castellana. Al echar un vistazo pensé que los hombres eran idiotas. A las mujeres, por solidaridad, solo las califiqué de frívolas.

En la práctica, que los hombres me parecieran idiotas no era algo perjudicial para mi relación. Una noche, tras una cena a la luz de las velas y una botella de vino, expuse a Álex mi forma de ver al género opuesto. En resumen, a medida que pasa el tiempo, la chispa que empuja al hombre a la caza pierde consistencia hasta apagarse. Entonces solo queda el interior, desnudo, sin adornos. Y el vacío suele ser decepcionante. Es más, confesé a Álex que podía quedarse tranquilo. Si él moría, jamás volvería a casarme ni a emparejarme. Las amigas me bastarían. Lástima no ser lesbiana, terminé con un sincero suspiro que le hizo soltar una carcajada. Él me preguntó si estaba convencida de lo que decía. ¿Cómo podía estar tan segura de que jamás encontraría a un hombre interesante? Yo tenía la respuesta, hilvanada a copia de tópicos y buena voluntad. Por los hombres poco interesantes, brindó él. Después hicimos el amor.

Yo era feliz como nunca lo había sido, convencida de que por fin había encontrado mi lugar. He de reconocer ahora que los primeros años de matrimonio me habían hecho recuperar algo de la ciega ingenuidad con la que abracé la profesión de fotógrafa cuando era joven. Confiaba en mí, en él. En la familia que habíamos construido. Indestructible. O sumamente frágil, como todo lo que de verdad vale la pena.

Pero volviendo a la fiesta…, una dichosa fiesta igual a tantas otras. ¿Qué cambió esa noche el curso de ese camino sin trabas que yo tan conscientemente había elegido? Fue el deseo, o más bien ese hormigueo extraño que anuncia el deseo, y entró por donde más le convenía: por la piel.

Una mano blanca y fuerte, acostumbrada a los saludos profesionales, emergió del bullicio de la fiesta. Creo que fue el anfitrión quien nos presentó. No estoy segura. Lo que sí recuerdo es que el primer encuentro tuvo cierta solemnidad. Nuestro presentador quería dejar patente que aquel hombre no era un cualquiera, y sin embargo, él parecía empeñado en pasar desapercibido. Llevaba una americana clásica, camisa blanca sin corbata. Tenía el rostro cuadrado y armonioso, y una barba cuidada sin excesos. El vino y el bullicio no consiguieron protegerme de una mirada azul de ojos grandes y líquidos, tras unas gafas de hipe

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