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LOS AMIGOS DE MADDIE

Maya Moon  

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Fragmento

Andrew y Maddie

La fachada del edificio era un poco diferente al resto de las que abundaban en la zona, más de tipo mediterráneo, pintada de blanco y con balcones de forja negra, y lo mejor de todo era que estaba flanqueada por un restaurante persa a la izquierda y un italiano a la derecha. «Siempre es bueno vivir cerca de donde puedes tomarte una buena copa de vino», pensó mientras colocaba en la cerradura la llave, algo antigua, la verdad, y un poco grande, lo que le facilitaría enormemente encontrarla en el fondo de aquel infierno que llamaba bolso, donde parecía existir un agujero negro que se tragaba casi todo lo que metía dentro. Una vez en el interior del edificio, comenzó a subir las escaleras cubiertas por moqueta no sin antes fijarse en el enorme espejo que cubría la pared justo enfrente de los buzones. «Así tendré dónde darme un último repaso antes de salir a la calle», se dijo sonriendo al reflejo de su imagen. Su ascensión hasta la tercera planta fue la peor parte de lo que había visto hasta ese momento, pues no había ascensor. «No importa, mejor, así haré algo de ejercicio cada vez que entre y salga del bloque». Hasta entonces su nueva vivienda estaba recibiendo un seis o siete en su escala de uno a diez de valoración de las cosas. Estaba en una calle céntrica justo frente a una de las entradas de Hyde Park, rodeada de restaurantes, cafeterías, tiendas de suvenires y hasta con un pequeño centro comercial y un Boots un poco más abajo, por lo poco que había podido ver. Personas de todas las edades, etnias y ocupaciones paseaban arriba y abajo y llenaban los negocios. Vida, en definitiva. Y la estrella de todo aquello, o mejor, las estrellas: dos enormes estaciones de metro, Queensway y Bayswater, una en el extremo superior y otra en el inferior de la amplia calle –la segunda recibía el nombre por el distrito londinense en el que el barrio estaba situado–, que la comunicaban con toda la ciudad en cuestión de minutos. Esa vez Andrew se había lucido, no había duda. «Queensway, creo que vamos a estar juntos mucho tiempo».

El estrecho rellano al que finalmente había logrado llegar casi sin respiración constaba de dos puertas. La suya era la A. Metió la llave en la cerradura –esa vez una normal, afortunadamente– y descubrió que no se abría. Un nuevo intento, unos zarandeos, unos empujones. «¡Fantástico! Ahora tampoco puedo sacarla». Un chasquido detrás de ella le advirtió de que alguien había abierto la puerta de enfrente y se dio la vuelta.

Un chico de algo más de treinta años, con el pelo hecho un desastre –y a juzgar por eso debía haber acabado de levantarse– y que llevaba el pijama de Spiderman más hortera que ella había visto en su vida, asomó la cabeza por la puerta entreabierta.

—¿Has venido a robar? —preguntó en inglés con un fuerte acento ruso, o algo parecido, y con los ojos medio cerrados.

—¡Nooo! Vivo aquí.

—Ahí no vive nadie —contestó el chico bostezando y rascándose la coronilla.

—Sí, yo. Acabo de mudarme y no puedo abrir la puerta.

—¡Ah, vale! ¡Suerte! —dijo volviendo a meterse en el apartamento y cerrando la puerta.

Si ese elemento, que parecía haber sido sacado borracho de un after, era su nuevo vecino, ya había encontrado la primera piedra en el camino. ¿Quién demonios lleva un pijama de Spiderman a esa edad? ¿Y cómo se puede ser tan maleducado de no ayudarla a abrir la puerta?

—Gracias por la ayuda —dijo ella con la esperanza de que pudiera oírla.

Volvió a su forcejeo con la puerta y por fin escuchó el glorioso chasquido que anunciaba que había conseguido abrirla. Andrew le había dicho que vendría a la hora del almuerzo con las maletas, así que lo mejor que podía hacer era echar un vistazo mientras tanto.

Al abrir la puerta lo primero con lo que se encontró fue con el cuarto de baño, sencillo pero amplio y bien equipado, aunque quedaría mucho mejor cuando el blanco absoluto de sanitarios, pared y suelo se viera adornado con unas cuantas cosas como velas, alguna planta y sus tarros de sales de baño perfumadas. A la derecha, la cocina. No era que fuera muy grande, pero estaba muy bien equipada con una lavadora-secadora, por la que aplaudió en cuanto la descubrió. «Con lo que llueve en Londres, tú eres lo mejor que hay aquí». Incluso había sitio para una pequeña mesa con cuatro sillas. Se acercó a la ventana y observó los edificios cuyos patios traseros daban con el suyo. Una imagen tan típica de esa ciudad como la del Big Ben. Luego salió de la cocina y fue a echar un vistazo al otro lado del pasillo, donde un pequeño salón con un sofá, un sillón y una mesa de café fue lo primero que vio, y detrás una mesa y unas cuantas sillas. Algo desangelado, pero había que tener en cuenta que el piso no había estado ocupado en un tiempo. Un arco daba paso a un bonito dormitorio con lo básico: la cama, las mesillas de noche y el armario. Una preciosa ventana que daba a la calle como cabecero de la cama principal la hizo aplaudir. No le gustaba dormir en total oscuridad y por aquella ventana debía entrar la luz de las farolas y los negocios de la calle, lo que la tranquilizó enormemente.

Se sentó un momento en la cama pensando que lo mejor que podría hacer mientras su novio venía con el resto de sus cosas sería bajar a la calle, ahora que había dejado de llover, y hacer un poco de compra. Darle a esa casa un aspecto familiar no sería difícil con los objetos adecuados. Pero antes se echaría un rato en la desnuda cama para hacerse una idea de la decoración. Cerró los ojos y sintió cómo se relajaba. Casi un absoluto silencio la rodeaba cuando un alarido masculino la hizo levantarse de un salto. Había sonado como si alguien hubiera sido atacado justo en el piso de enfrente y la extraña imagen del tío con el pijama de Spiderman vino a su mente. «Seguro que es un psicópata», pensó. Se levantó y se acercó a la puerta, donde pegó la oreja. En el otro apartamento un hombre soltaba todas las maldiciones en inglés que ella conocía. Parecía muy enfadado, y se oía también otra voz más suave que intentaba calmarlo al tiempo que de vez en cuando soltaba una carcajada. Le pareció que esa era la voz del tío extraño que había visto en el rellano. Ya no se oía nada más. Maddie cogió de nuevo su bolso de la cocina y salió del piso dispuesta a bajar al Tesco que había visto junto a la estación del metro para hacerse con unas cuantas cosas.

A la vuelta saludó con la mano a Andrew, que estaba asomado a la ventana del apartamento. Había tardado menos de lo que ella había imaginado. Mejor, así tendría más tiempo para colocar las cosas e instalarse. Para cuando llegara la noche

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