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LOS CAMINOS DE LA LUZ

Coia Valls  

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Fragmento

Vichy, junio de 1848

Revisar las lecciones del día antes de bajar a la sala del piano; sobre todo meditar detenidamente cómo explicar en mis clases de música la ejecución del martelé, ese movimiento que a los estudiantes les resulta tan difícil en cuanto perciben la proximidad del teclado. También podría examinar a fondo la máquina de escribir de Thurber, por si ha logrado superar la que construyó Foucault hace unos años, cosa que dudo. Después, idear la manera de ayudar al nuevo alumno que ha llegado al Instituto Nacional de Jóvenes Ciegos, que se pasa el día haciendo preguntas y que tanto me recuerda a...

No, nada de esto me será posible. No estoy en París, donde ha transcurrido gran parte de mi vida. Es otro quien se ocupa de impartir las clases y, en el fondo, de poco me sirve confiar en él. La máquina que ha patentado Charles Thurber, siguiendo mi método, se quedó en la estancia donde acumulo recuerdos que solo yo entiendo. El nuevo alumno, ¡ay!, quizá tendrá que proseguir su aprendizaje sin mi intervención, al igual que sus compañeros.

En realidad, cuando llevaba a cabo este repaso previo de las tareas matinales, solo soñaba. Sueño mucho desde que la enfermedad casi me ha confinado a un retiro forzoso en la ciudad de Vichy. Sueño a todas horas, incluso cuando me quedo inmóvil de cara al techo, con mis pensamientos como único juguete. Según dicen, en el aposento que me han asignado hay pinturas que representan ninfas y faunos, motivos de otros tiempos, en un mundo que está cambiando.

A pesar de que mis ojos tienen una expresión vacía, de lejos podría parecer que presto una atención que no es tal. En realidad no se detienen en sitio alguno ni siguen los gestos de mis interlocutores; son incapaces de descubrir formas o colores. ¡Hace ya tanto tiempo que las señales de vida solo golpean mis otros sentidos! Y, por otro lado, ¿acaso no es en el alma donde cobran forma los pensamientos? Mi camino ha estado repleto de evidencias interiores y, postrado en esta cama con dosel que otros pagarán por mí, tan solo existirían los recuerdos, de no ser porque ella me acompaña.

No pasa ni un día sin que me avergüence de lo que queda de mí, es todo lo que puedo ofrecerle, aunque, por otra parte, ya atenuadas las urgencias de la juventud, espero que su amor se conforme con mis carencias. En su presencia he encontrado la armonía que proporciona un espíritu capaz de equilibrar la balanza. Y ella constituye una parte importante del peso que impide que por fin se incline de forma definitiva.

No ha sido fácil. Antes de que volviera a mi lado, todo parecía desmoronarse. En febrero los estudiantes se sublevaron en París y, al igual que ha venido ocurriendo en los últimos años, los obreros se sumaron a las protestas. Las multitudes se lanzaron a la calle; unos en defensa del rey Luis Felipe, otros para repudiarlo, pero yo estaba demasiado cansado para seguir los hechos con detalle. En medio de aquel caos, el único motivo de alegría fue enterarme de que, finalmente, mi estimado Alphonse de Lamartine había pasado a formar parte del nuevo gobierno de la República. No he olvidado la visita que en 1838 hizo al Instituto Nacional de Jóvenes Ciegos, ni cómo denunció ante la Asamblea Nacional las insalubres condiciones de nuestro día a día.

Siempre he perseguido una brizna de ingenio que nos permitiera, a mí, a los míos, a los que son como yo, acceder al saber. A veces lo he conseguido, otras no tanto, pero me queda la certeza de que he hecho cuanto estaba en mi mano. Ahora quizás ha llegado el momento de aprender a permanecer en un segundo plano, pero ¡tengo todavía tanto que hacer!

A pesar del descanso forzoso, en cuanto cierro los ojos me veo de nuevo en la institución. Como si rechazara este cuerpo mío tan limitado y me sintiera todavía lleno de fuerza, repaso mentalmente cuentas y proyectos, mantengo conversaciones imaginarias con los profesores más jóvenes y les explico mi método para que puedan transmitir la esperanza que yo sentí un día. La esperanza de que nosotros, los ciegos, también podremos abarcar el mundo; que hay caminos de luz que nos aguardan en la oscuridad.

Es curioso. A pesar de que hoy no vendrá, no puedo evitar fijarme en la puerta de entrada. Sé a ciencia cierta que se ha marchado para ocuparse de los negocios de su familia, que contribuyen a sufragar los gastos de mi estancia en Vichy.

Así pues, no me quejaré de este ardor que me devora las entrañas y aprovecharé todas las oportunidades que se me presenten.

Todavía querría profundizar en algunos aspectos de mi método, corregir dudas, ampliar sus posibilidades, pero, a pesar de que las horas se hacen largas en esta cama tan diferente a mi jergón de la institución, a veces me encuentro demasiado cómodo y me resulta imposible mantenerme despierto; luego, por la noche, me visita el insomnio y me invade la inquietante sensación de que la vida se me escapa sin remedio, la poca que todavía me queda.

Quizá por este motivo, y por la necesidad que siempre he sentido de ordenar el mundo, he decidido escribir sobre algunos momentos que conservo en la memoria. También porque, después de leer las pocas páginas que ya he redactado, albergo la sensación de que la vida es demasiado compleja para soltarse sin acotar el discurso. Tengo muy presentes las palabras de Joubert, cuando dice que «hay quien tiene madera para el arte y quien la tiene para un oficio. Pero para dominar el arte hay que conocer el oficio».

No escribiré, pues, mi biografía, que sería insulsa y aburrida, sino que hablaré de los instantes en que me he sentido más vivo, de los tiempos en que todo era posible. Y, para ello, he de remontarme a mi niñez, aunque me resulte difícil y ello me lleve a recordar a personas a las que quise con locura y que, sin duda, me esperan en un lugar mejor.

Se lo comenté hace poco a Gauthier, antes de salir hacia Vichy, y se mostró reticente. Dijo que volver atrás sería otra prueba de mi talante melancólico, que lo haría más evidente todavía. Pero ya lo he decidido. Pienso combatir sus reservas, y las mías, escribiendo como si se tratara de una vida ajena, como si fueran capítulos sobrantes de alguna novela de Balzac, Dumas o Sue.

Durante las horas que pasamos juntos, después de hablar de todos los que nos han acompañado, ella me va leyendo una página tras otra de esos folletines que compra cada día y que, si se olvidara de uno, supondría una tragedia. Su voz no ha cambiado, todavía me sorprendo cuando la escucho. Usa el mismo tono de confidencia, casi un murmullo, que me transporta a los años dorados, y también terribles, de nuestra juventud. Así combatimos el tedio que a veces amenaza con apoderarse de nosotros.

La cantinela de estas lecturas se me adhiere a la piel. Como neófito en el oficio de escritor, estoy convencido de que formará parte de mi historia. Y si vuelvo atrás, si me propongo hablar de los momentos más importantes que me ha tocado vivir, hay uno que destaca por encima de todos, el que marcó a fuego el resto de mi existencia...

EL ACCIDENTE

Coupvray, otoño de 1812

Monique Braille soltó la sábana en cuanto oyó el chillido, y la prenda resbaló por la cuerda hasta acabar en el suelo. Los árboles que rodeaban la pequeña Coupvray todavía no habían recuperado su rumor y el silencio nocturno parecía querer prolongarse de forma indefinida. Esa quietud, que acallaba incluso el murmullo de los pájaros que buscaban las aguas del Marne, se vio alterada un instante; tiempo suficiente para helar el corazón de la mujer.

Monique no se agachó para evitar que se ensuciara la blancura inmaculada de la tela. Con el rostro demudado y las manos temblorosas, obedeció a su instinto y se volvió hacia la casa.

Debido a su gesto desesperado, tropezó con el cesto de mimbre, y los huevos, que acababa de recoger, rodaron sin hacer ruido.

Las aves corrieron alborotadas para refugiarse en el cercado, y las plumas, suspendidas en el aire, se mecieron entre el olor húmedo de la colada. La mujer, con los ojos fijos en la puerta entreabierta del taller, captó el intenso aroma del jazmín que bajaba en oleadas desde la ventana, pero concentró toda su atención en los batientes de madera para intentar ver más allá.

Entonces, apenas acertó a balbucear un nombre...

—¡Louis!

Con dos zancadas salvó la distancia que la separaba del espanto. Pero el chillido enmudeció en cuanto ella llegó al umbral. Aquel aullido, más parecido al reclamo de un lobezno que al sonido que puede emitir la garganta de un niño, dio paso a un llanto desconsolado. Monique sintió que se le desbocaba el corazón, como si en cualquier momento fuera a salírsele por la boca.

En ese instante, Beignet, el perro de Nicolas, el pastor, azuzó a las ovejas hasta el cercado, no muy lejos de la casa de los Braille. Después husmeó el aire, como si pudiera percibir el aroma del pesar y se sintiera obligado a comunicarlo. Sin embargo, el dueño, demasiado ocupado en comprobar que no le faltara ningún animal, no se fijó en el gesto de su compañero.

Aparte de la actitud de Beignet, en el exterior nada se hacía eco de la tragedia. A poca distancia de Coupvray el sol se alzaba sobre las aguas del río e iba deshaciendo los azules nocturnos. Una brisa suave mecía los pámpanos de las viñas, que mudaban del verde al rojo a medida que las cepas se desnudaban lentamente. Los colores del otoño también se dejaban ver en las copas de los árboles y un manto de hojas empezaba a acumularse al lado de los caminos.

Los niños de Coupvray no tardarían en perseguirse por las estrechas y empinadas calles y recorrerían mil veces el trayecto que subía hasta la iglesia para bajar de inmediato, lo cual aumentaría el griterío. Mientras permanecieran en la plaza, al pie del campanario, el alboroto se mezclaría con los rezos del rosario, entre los muros.

Todo parecía transcurrir ajeno al dolor que laceraba el pecho de Monique. El rostro de su pequeñín, de apenas tres años, era una máscara ensangrentada. Le tomó la cabeza entre las manos e intentó averiguar de dónde procedía la sangre.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó la mujer, incapaz de entender qué le había pasado.

Después, sin apartar la vista del niño, que la reclamaba extendiendo las manos, llamó a su esposo. No tuvo que esperar mucho para que la silueta de Simon apareciera recortada contra el sol, en continuo ascenso.

El hombre abandonó en el suelo la silla de montar que en ese mo

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