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LOS CORAZONES DE ANA

Ivette Chardis  

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Fragmento

Capítulo I

Su secreto es no resignarse,

no considerarse víctima,

no mostrar a los demás

tristeza o desesperación.

Oriana Fallaci

Valencia. Octubre de 1834.

Los pequeños dedos de María resbalan por la palma de mi mano llena de poros, rebosantes de histerismo. La sujeto con fuerza. No la quiero perder en la cola que se ha formado para entrar en la casa de los señores Ferrer. Somos cinco mujeres con sus respectivos hijos, aunque, en realidad, María es mi sobrina y nadie más que nosotras debe saberlo.

—Pero, tía —me ha dicho al salir de casa—, ¿por qué tengo que llamarte mamá si ya tengo una?

—Porque ella está en el cielo. —Es esencial que la señora Ferrer crea que ella es mi hija, pero María no parece entenderlo—. Tú no hables y todo irá bien.

—¿Qué tiene que ir bien?

—Que la tía consiga un trabajo.

María es tan curiosa como mi hermana, que en paz descanse. Lleva el mismo nombre por tradición familiar; si hubiera sido varón, se habría llamado Joaquín, como su padre. Este murió en un accidente con un carro antes de que ella naciera y mi hermana, unos meses después de dar a luz. Nadie se pone de acuerdo en el porqué de su repentina marcha. Aunque lo cierto es que murió de pena. Su vida ya no tenía sentido sin su Joaquín. Cuando le traía a la niña para que la amamantara, la miraba como a una extraña, como si fuera culpable de una desgracia tras otra.

Al morir mi padre, mi cuñado se hizo cargo del negocio después de varias discusiones y reproches por parte del gremio de carpinteros, ya que no concebían que el yerno quisiera seguir con el taller si todavía no había conseguido la maestría. Se impuso el talento a la tradición, porque Joaquín era bueno en su trabajo y, con mi ayuda, los encargos superaron todas nuestras expectativas. Puedo tallar una cuna en menos de cinco horas. Una marca que nadie más ostenta.

La muerte tan repentina de Joaquín nos llenó otra vez de incertidumbre. En esa ocasión, los más conservadores del oficio se cuadraron. Solo la viuda, mi hermana, podía volver a casarse con un carpintero asociado al gremio para seguir perteneciendo a él; si no, nos quedaríamos sin trabajo y sin ganancias con las que poder alimentar a la familia, la poca que quedaba.

Así que María se convirtió en nuestra única oportunidad, pero la aflicción que pesaba en ella era mucho mayor que su avidez por sobrevivir. Para cuando llegó la propuesta de matrimonio por parte de un viejo y avaricioso ebanista, mi hermana ya estaba más en el otro mundo, llamando en sueños a su marido, que escuchando mis súplicas para que luchara y no se dejara vencer.

Por eso estoy aquí. A un hombre que dijo ser el abogado de la familia Ferrer, le llamó la atención la alegría de mi sobrina mientras jugaba en la calle, su pelo rubio y sus ojos azules, su piel clara y sus graciosas pecas heredadas de mí. Somos las únicas de la familia que tenemos una piel tan delicada que el sol, cada año, se afana en pintarnos bonitos lunares para llamar la atención.

A mi derecha, una mujer de mediana edad con grandes pechos sujeta a un bebé rollizo; a mi izquierda, una escuálida joven con un vestido raído y unas trenzas mal hechas esboza una siniestra mueca, como si se mofara de sus pensamientos. Más allá, dos chicas arrastran a dos varones de unos seis años que parecen gemelos, tal vez primos hermanos por el parecido que también existe entre las madres. La competencia es dura. Soy la única que ha traído una niña como muestra, a excepción de la chica de las trenzas, que está sola.

La puerta principal del edificio se abre. Agarro a María tan fuerte que, sin querer, le hago daño.

—¡Tía! —chilla, intentando deshacerse de mí.

—Recuerda que aquí soy «mamá». —Ella se muestra reacia al juego y se cruza de brazos; imposible volver a darle la mano.

Me sorprende que nos hagan subir las escaleras hasta la entrada, y más que no nos escondan de las miradas inoportunas, pero, a estas horas de la madrugada, solo los maleantes y vividores están despiertos. Por suerte, no hemos tenido que salir del barrio del Carmen, donde la niña y yo vivimos junto con mamá, en un pequeño piso de una habitación en lo más alto de un edificio, cerca de la calle donde teníamos nuestro taller, ahora convertido en el negocio de otro.

Seguimos comprando y paseando por los mismos lugares, saludando a los de siempre, como si nada hubiera cambiado cuando nuestras vidas se han roto en frágiles fragmentos susceptibles de convertirse en polvo.

Valencia parece la misma ciudad de cuando era niña; sin embargo, se está convirtiendo en otra distinta. Prueba de ello es la vuelta de los señores Ferrer. Se mudaron hace años a Barcelona con la esperanza de aumentar su fortuna estancada y han regresado con otros aires más modernos, con la perspectiva de invertir y reforzar sus contactos. Una nueva burguesía dicen los periódicos y yo me pregunto si no serán los mismos de antes, que ejercían su pleno derecho sobre los labradores de una tierra que decían que era suya y ahora tienen pleno derecho sobre los trabajadores de unas fábricas que nadie sabe de dónde ha salido el dinero para construir.

Caminamos en fila india y en silencio tras una mujer pequeña y con chepa que lleva un manojo de llaves en la cintura. Después de

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