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LOS HABSBURGO

Martyn Rady  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

LA BIBLIOTECA DE UN EMPERADOR

 

 

 

 

El Hofburg, el palacio imperial de Viena, era la residencia de invierno de los Habsburgo y actualmente es la principal atracción turística de Viena. Los visitantes cruzan sus arcos y pasean por las estrechas calles del viejo centro de la ciudad en coches de caballos. La multitud se agolpa en los angostos callejones y se cuela imprudentemente en medio del tráfico en cuanto divisa los hocicos blancos de los caballos de raza lipizzana metidos en sus establos. Aparte del ala situada frente a la iglesia de San Miguel, rematada por una cúpula de color verde construida en el siglo XIX, el exterior del palacio no llama demasiado la atención y consta de una serie de patios consecutivos, que actualmente se usan como aparcamientos, rodeados de fachadas de un estilo barroco por lo general bastante sobrio.

Por lo menos, hoy día el Hofburg se encuentra en buen estado. Y es que las fotografías y las filminas del periodo anterior a 1918, cuando todavía era un «palacio en funcionamiento», muestran escombros por el suelo, muros agrietados y ventanas rotas. Durante buena parte de su historia, el Hofburg fue un solar en obras. Los sucesivos emperadores fueron añadiendo alas, derribaron los obstáculos que entorpecían las mejoras y reconstruyeron el palacio sustituyendo la madera por piedra. Hasta finales del siglo XVII, el Hofburg formaba además parte integrante de las defensas de la ciudad y se apoyaba en uno de los bastiones de las murallas de la ciudad. Los turcos otomanos sitiaron Viena por última vez en 1683. Tras la derrota de los turcos, los emperadores de la casa de Habsburgo pudieron concebir finalmente el Hofburg como un palacio y un escenario ceremonial, y no ya como una residencia fortificada.

En el corazón del Hofburg se encuentra la llamada Fortaleza Antigua (die Alte Burg). Sobre ella se llevó a cabo la reconstrucción del palacio a finales del siglo XVII y durante todo el siglo XVIII, de modo que actualmente son visibles muy pocos restos del edificio original de la Fortaleza Antigua. Erigida durante la primera mitad del siglo XIII, la Alte Burg era un enorme bastión de piedra, de cincuenta metros cuadrados, con cuatro torres, cada una de ellas rematada por tejados a dos aguas y altos pináculos. A pesar de sus dimensiones, el interior de la Fortaleza Antigua era muy inhóspito. Los visitantes se quejaban del patio interior, que no tenía anchura suficiente para que una carreta pudiera dar la vuelta, de los aposentos estrechos, de las escaleras enmohecidas y de la falta de tapices en los muros. Pero la finalidad de la Fortaleza Antigua del Hofburg no era impresionar al visitante con el lujo de sus dependencias, sino intimidar a la ciudad y a los campos vecinos y transmitir un mensaje de poder.[1]

La Fortaleza Antigua se convirtió en el primer emblema de los Habsburgo. En su origen, la dinastía de los Habsburgo reinaba en Europa Central, y Austria constituía el corazón de su territorio. Pero en los siglos XVI y XVII también pasaron a ser los monarcas de España y de las posesiones españolas en los Países Bajos, Italia y el Nuevo Mundo. Aunque para entonces el diseño de la Fortaleza Antigua ya había quedado obsoleto desde el punto de vista militar, se reprodujo en los grandes castillos que los Habsburgo encargaron edificar o reconstruir en España —en Toledo y Madrid— y se trasladó incluso a las Américas. En México, la fortaleza, con sus cuatro torres, era un indicador del poder que ostentaban los primeros gobernadores reales; las autoridades de rango inferior debían contentarse con palacios provistos únicamente de dos torres. En el Sacro Imperio Romano Germánico, cuyos titulares fueron los Habsburgo y que, a grandes rasgos, estaba constituido por los territorios de lo que hoy día son Austria, Alemania y la República Checa, algunos príncipes ambiciosos construyeron también fortalezas de cuatro torres para poner de manifiesto su prestigio.[2]

Los Habsburgo fueron los primeros gobernantes cuyo poder abarcó el mundo entero y lograron su grandeza gracias a su buena suerte, pero también por el uso de la fuerza. La fortaleza rodeada de cuatro torres constituía en el siglo XVI una expresión de su dominio físico de una parte de Europa y, con su reproducción en ultramar, la prueba de su dominación global. Pero no era más que uno de los muchos símbolos de los que harían gala los Habsburgo, pues concebían su poder como algo para lo que estaban predestinados y como una parte del ordenamiento divino del mundo. Y eso requería un simbolismo más sutil que una amenaza de piedra.

La reconstrucción del Hofburg a comienzos del siglo XVIII, que vio desaparecer por fin del horizonte la Fortaleza Antigua, incluyó la creación de la Biblioteca de la Corte (Hofbibliothek). Anteriormente, la Biblioteca Imperial se había albergado en un convento abandonado de Viena, en el ala de un palacio privado y en una estructura de madera al abrigo de la Fortaleza Antigua (en la actual Josefsplatz). Los bibliotecarios se quejaban de la humedad, del polvo de la calle, de la iluminación inapropiada y de los riesgos de incendio. Pero no fue hasta el dilatado reinado de Carlos VI (1711-1740) cuando la Biblioteca Imperial encontró su sede permanente en un espacio situado inmediatamente al sur de lo que había sido la Fortaleza Antigua.[3]

El nuevo edificio de la biblioteca fue erigido en la década de 1720, y en la actualidad conserva en gran medida la forma que proyectó Carlos VI. Unos doscientos mil libros y manuscritos se encuentran colocados en sus correspondientes estanterías en una sola sala de 75 metros de largo. En aquella época, su colección incluía obras de teología, historia de la Iglesia, jurisprudencia, filosofía, ciencias y matemáticas, así como numerosos manuscritos encuadernados en griego, latín, siriaco, armenio y copto. Carlos abrió su biblioteca a los eruditos, aunque para acceder a ella hubiera que solicitar permiso, y las horas de visita estaban estrictamente restringidas a la mañana. A cambio de este acto de generosidad, Carlos gravó los periódicos con un impuesto. La tasa, originalmente transitoria y destinada a sufragar las obras, no tardó en convertirse en permanente, con la finalidad ostensible de cubrir los costes de las nuevas adquisiciones. Se esperaba además que los editores suministraran a la biblioteca ejemplares de todos los libros que publicaran. Como muchos editores vieneses comerciaban también con obras pornográficas, esta obligación quedó a menudo soslayada.[4]

En medio de la biblioteca se yergue una estatua de mármol de Carlos VI de tamaño natural, representado como el Hércules de las Musas. El techo abovedado nos muestra la apoteosis o elevación al cielo del emperador y celebra sus hazañas por medio de figuras alegóricas. A diferencia de George Washington, cuya apoteosis aparece representada en la cúpula del Capitolio de Estados Unidos, no hay ninguna efigie del emperador que nos mire desde el techo. Carlos seguía vivo cuando el artista empezó a pintar su obra, de modo que todavía no había sido acogido en la gloria celestial. Pero ya lo aguarda una figura flotando entre las nubes que porta una corona de laurel y que no deja lugar a dudas de que, cuando acabe su vida, Carlos será acogido en la compañía de los ángeles y se sentará con ellos en lo alto del cielo.

Junto a la estatua de mármol de Carlos VI se dispusieron otras dieciséis efigies de emperadores, reyes y archiduques de la casa de Habsburgo, empezando por el rey Rodolfo, del siglo XIII, y acabando con Carlos II de España, que había fallecido en 1700. Las estatuas de mármol resultaban muy costosas si se tenían que encargar, de modo que la mayor parte de ellas fueron tomadas de los almacenes y los jardines del Hofburg. Con el tiempo, algunas de estas estatuas se trasladaron a otros palacios imperiales o fueron intercambiadas por otras. El primer especialista en historia de la Biblioteca de la Corte se mostró muy crítico con la selección original, pues, a su juicio, demasiadas de esas figuras conmemoraban a príncipes de la casa de Habsburgo que no habían mostrado un interés especial por el estudio o el saber. Evidentemente, el hombre pensaba que una biblioteca debía tener que ver algo con los libros y la erudición. Pero se trataba de la biblioteca de una corte, y su finalidad era muy distinta: lo que pretendía era proclamar la gloria de los Habsburgo y el lugar que les correspondía en el ordenamiento divino del universo.[5]

Toda la decoración de la biblioteca, incluidos los frescos de la bóveda, las pinturas de las paredes y el mobiliario, habla de la grandeza de los Habsburgo y de su poder ilimitado. De modo que las cuatro grandes esferas de la tierra y del cielo situadas debajo de la cúpula central son metáforas de la magnitud de la ambición de los Habsburgo. Cada librería está flanqueada por dobles pilares, un motivo presente en toda la construcción de la biblioteca, sobre todo en las dobles columnas de mármol blanco con adornos dorados que se sitúan a cada extremo de la sala, así como en la fachada exterior del edificio. Representan las columnas de Hércules y el lema de los Habsburgo, Plus ultra, «Más allá», y, por ende, un dominio que no estaba limitado por la geografía física. En lo alto, en el fresco de la apoteosis, aparecen tres diosas clásicas que portan un estandarte en el que vemos escritas las letras AEIOU. El acróstico puede representar varias cosas, y los estudiosos han sugerido hasta trescientas soluciones y combinaciones posibles. Pero todas ellas tienen que ver con la grandeza de los Habsburgo de Austria, de ahí que la interpretación más habitual del acróstico sea «A Austria corresponde dominar todo el mundo» (en latín, Austria Est Imperare Orbi Universae o, en alemán, Alles Erdreich Ist Österreich Untertan).[6]

No era esta, sin embargo, una visión de dominio universal basada en el ejercicio del poder político y en la coacción física. Carlos adopta en su biblioteca la pose de un patrono de las artes y de las ciencias, no de un guerrero volcado en la conquista. La apoteosis celebra las virtudes de Carlos: la magnanimidad, la fama, el esplendor y la constancia. Sus victorias marciales están representadas por la figura del perro de tres cabezas, Cerbero, aplastado por los pies de Hércules, pero, por lo demás, se obvian las hazañas militares de Carlos. Incluso los frescos relacionados con el tema de la guerra son bastante comedidos y enaltecen todo lo contrario: la armonía, el orden y el conocimiento. Por encima de todo, Carlos pretendía ser ensalzado como autor de la paz y promotor del saber. El trampantojo situado debajo de la cúpula muestra una serie de figuras realistas conversando y cada grupo representa una de las ramas del saber a las que Carlos ha dado vida: la anatomía, la arqueología, la botánica, la hidráulica, la heráldica, la numismática e incluso la gnomonología, que es el arte de construir relojes de sol.

El mismo historiador que consideraba que una biblioteca debía estar hecha para albergar libros pensaba que la cúpula y los frescos debían ser una alegoría de la biblioteca. Puede que así fuera, pero en la época del Barroco las alegorías contenían a menudo varios mensajes ocultos. Con sus estatuas de emperadores y caudillos de la casa de Habsburgo, las repetitivas columnas y pilares dobles y las esferas artísticamente distribuidas, la biblioteca y su mobiliario son también una alegoría del dominio ilimitado e intemporal de la dinastía de los Habsburgo. Pero, como revelan los frescos, el mundo que se esfuerza por conquistar la dinastía no solo se encuentra dentro de los tristes confines de la tierra, sino también en el ámbito trascendental del conocimiento y de la actividad intelectual. Como ocurría con el acróstico AEIOU, no había una única solución que explicara la complejidad de la misión de los Habsburgo ni que agotara todas sus posibilidades.[7]

La idea que tenían los Habsburgo de su papel en el mundo se fraguó de manera gradual y hubo distintos episodios de la historia de la dinastía que fueron generando nuevas aspiraciones, todas ellas enlazadas en una sola madeja de presupuestos ideológicos. En un principio esa idea fue concebida en términos religiosos. Allá por el siglo XIII, el rey Rodolfo de Habsburgo (que ocupó el trono de 1273 a 1291) se hizo famoso como saqueador de iglesias y expoliador de conventos. Pero apenas dos o tres décadas después de su muerte, empezó a correr la leyenda de que Rodolfo se había encontrado un día por casualidad a un cura que iba a toda prisa a llevar el viático (la comunión de la extremaunción) a un moribundo y le había dado su caballo para que llegara lo antes posible a su destino. La historia se fue repitiendo y adornando con el paso de los siglos, de modo que, en recompensa por desprenderse de su caballo, Rodolfo recibió una corona terrenal y, en adelante, el pan y el vino de la eucaristía lo ungirían místicamente en el momento de su coronación. Se aprovecharon además diversos pasajes bíblicos para demostrar que, a cambio de facilitar la llegada de la hostia consagrada al lecho del moribundo, los herederos de Rodolfo se alimentarían con la eucaristía según un plan divino explicado ya en el Antiguo Testamento.[8]

La veneración del Santísimo Sacramento se halla en el corazón mismo de la observancia religiosa de la casa de Habsburgo, que se expresaba por medio de procesiones, peregrinaciones y fiestas religiosas. En cuanto un Habsburgo encontrara a un sacerdote que llevara prisa, lo más probable era que le proporcionara, aunque fuera por la fuerza, una cabalgadura o un carruaje para que pudiera llevar a cabo su misión. Durante las luchas religiosas de los siglos XVI y XVII, los protestantes pusieron en entredicho el significado y la importancia de la eucaristía. El exagerado respeto por el Santísimo Sacramento que mostraron los sucesivos soberanos de la casa de Habsburgo se convertiría en un símbolo de su entrega a la Iglesia católica y de su servicio permanente como instrumentos de Dios en la tierra. Incluso durante los últimos años del Imperio habsbúrgico, seguiría viva la asociación de la dinastía con la eucaristía, que se recordaría no solo en la observancia ritual, sino también en otros contextos más mundanos. Cuando en 1912 pidieron al emperador Francisco José que donara un trofeo para un club de tiro suizo, el monarca envió una figurita de Rodolfo desmontando de su cabalgadura con el fin de acelerar el viaje del cura que llevaba el viático.[9]

Después de 1273, los Habsburgo fueron de manera intermitente los titulares del Sacro Imperio Romano Germánico y a partir de 1438 hasta su desaparición en 1806 lo serían de forma casi continuada. El Sacro Imperio Romano Germánico había sido fundado por Carlomagno en 800 e. v., pero era considerado la continuación del Imperio romano de la Antigüedad clásica. Para empezar, lo llamaban simplemente Imperio romano, y el adjetivo «Sacro» no se añadió hasta el siglo XIII, aunque su uso no fue nunca muy coherente. El Sacro Imperio Romano se reconstituyó en el siglo X como un imperio fundamentalmente germánico, pero ello no disminuía el prestigio vinculado al título imperial. El emperador siguió siendo considerado el sucesor directo de los emperadores romanos de la Antigüedad, en cierto modo el equivalente del papa de Roma, y poseedor de una autoridad que lo hacía sobresalir por encima de todos los demás monarcas y ser superior a ellos. Las profecías medievales que vaticinaban una guerra inminente entre los ángeles y el aprendiz de diablo, el Anticristo, y decían que «el último emperador» daría paso a un milenio de gobierno divino, contribuyeron a dar más lustre aún al título imperial. Los Habsburgo construyeron sus aspiraciones sobre esta base, poniendo de relieve el papel que iban a desempeñar en el inminente apocalipsis. El emperador Maximiliano I (rey de 1486 a 1508, y emperador de 1508 a 1519) mandó pintar un retrato suyo en el que se le daban los supuestos rasgos del último emperador, que, según las profecías, tendría «frente despejada, cejas altas, ojos grandes y nariz aquilina».[10]

Cabía esperar que el último emperador no solo se enfrentara al Anticristo, sino que además derrotara a los turcos, arrancara Estambul (Constantinopla) de sus garras y librara la ciudad santa de Jerusalén de la dominación musulmana. Los sucesivos emperadores se encargaron de hacer publicidad de su empeño en llevar a cabo una cruzada contra el infiel, por medio de la cual lograrían no solo cumplir la profecía, sino también demostrar su liderazgo sobre la cristiandad y su entrega a los ideales de la caballerosidad cristiana. En la imaginación de los Habsburgo, a la guerra contra los infieles se uniría en el siglo XVI la guerra contra la herejía. Los sucesivos emperadores y monarcas de la casa de Habsburgo tomaron enérgicas medidas contra la propagación de las doctrinas protestantes, que desafiaban la autoridad de la Iglesia católica. Según la observancia religiosa de los Austrias (los Habsburgo españoles), la misión de llevar a cabo la limpieza de la fe se vería marcada tanto por el espectáculo de la quema de herejes como por su ostentosa devoción por la eucaristía y por el Santísimo Sacramento.

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