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LOS HEREDEROS DE LA TIERRA

Ildefonso Falcones

4


Fragmento

1

Barcelona, 4 de enero de 1387

El mar estaba embravecido; el cielo, gris plomizo. En la playa, la gente de las atarazanas, los barqueros, los marineros y los bastaixos permanecían en tensión; muchos se frotaban las manos o daban palmadas para calentárselas mientras que otros trataban de protegerse del viento gélido. Casi todos estaban en silencio, mirándose entre ellos antes de hacerlo a las olas que rompían con fuerza. La imponente galera real de treinta bancos de remeros por banda se hallaba a merced del temporal. Durante los días anteriores los mestres d’aixa de las atarazanas, ayudados por aprendices y marineros, habían procedido a desmontar todos los aparejos y elementos accesorios del navío: timones, armamento, velas, mástiles, bancos, remos… Los barqueros habían llevado todo aquello que se podía separar del barco hasta la playa, donde fue recogido por los bastaixos, quienes lo transportaron a sus correspondientes almacenes. Se dejaron tres anclas que eran las que, aferradas al fondo, tironeaban ahora de la Santa Marta, un imponente armazón desvalido contra el que batía el oleaje.

Hugo, un muchacho de doce años con el cabello castaño, y las manos y el rostro tan sucios como la camisa que vestía hasta las rodillas, mantenía clavados sus ojos de mirada inteligente en la galera. Desde que trabajaba con el genovés en las atarazanas había ayudado a varar y a echar a la mar bastantes como aquella, pero esa era muy grande y el temporal hacía peligrar la operación. Algunos marineros deberían embarcar en la Santa Marta para desanclarla y luego los barqueros tendrían que remolcarla hasta la playa, donde un enjambre de personas la esperaba para arrastrarla hasta el interior de las atarazanas. Allí hibernaría. Se trataba de una labor ardua y, sobre todo, extremadamente dura, incluso haciendo uso de las poleas y los cabestrantes de que se servían para tirar de la nave una vez varada en la arena. Barcelona, pese a ser una de las potencias marítimas del Mediterráneo junto con Génova, Pisa y Venecia, no tenía puerto; no existían refugios ni diques que facilitasen las tareas. Barcelona era toda ella playa abierta.

—Anemmu, Hugo —ordenó el genovés al muchacho.

Hugo miró al mestre d’aixa.

—Pero… —intentó alegar.

—No discutas —le interrumpió el genovés—. El lugarteniente de las atarazanas —añadió señalando con el mentón hacia un grupo de hombres que se hallaba algo más allá— acaba de dar la mano al prohombre de la cofradía de los barqueros. Eso significa que han llegado a un acuerdo sobre el nuevo precio que el rey les pagará como consecuencia del peligro añadido por el temporal. ¡La sacaremos del agua! Anemmu —repitió.

Hugo se agachó y agarró la bola de hierro que permanecía unida mediante una cadena al tobillo derecho del genovés y, no sin esfuerzo, la alzó y se la pegó al vientre.

—¿Estás listo? —inquirió el genovés.

—Sí.

—El maestro mayor nos espera.

El muchacho cargó con la bola de hierro que impedía moverse al mestre d’aixa. Tras él anduvo por la playa y discurrió entre las gentes que, ya apercibidas del trato, charlaban, gritaban, señalaban y volvían a gritar, nerviosas, a la espera de las instrucciones del maestro mayor. Entre todos ellos se contaban más genoveses, también hechos prisioneros en el mar e inmovilizados con bolas de hierro, cada uno con otro chico a su lado que la sostenía en sus brazos mientras ellos trabajaban forzados en las atarazanas catalanas.

Domenico Blasio, que así se llamaba el genovés a quien acompañaba Hugo, era uno de los mejores mestres d’aixa de todo el Mediterráneo, quizá mejor incluso que el maestro mayor. El genovés había tomado a Hugo como aprendiz a ruego de micer Arnau Estanyol y de Juan el Navarro, el ayudante del lugarteniente, un hombre todo barriga y de cabeza calva y redonda. Al principio, el genovés lo había tratado de forma algo arisca, por más que en el momento de trabajar la madera parecía olvidarse de su condición de prisionero, tal era la pasión que sentía aquel hombre por la construcción de navíos; pero desde que el rey Pedro el Ceremonioso firmara una precaria paz con la señoría de Génova, todos aquellos prisioneros que trabajaban en las atarazanas se hallaban a la espera de que esta pusiera en libertad a los presos catalanes para hacer lo propio con los genoveses. Entonces, el maestro se volcó en Hugo y empezó a enseñarle los secretos de una de las profesiones mejor consideradas a lo largo y ancho del Mediterráneo: construir barcos.

Hugo descansó la bola sobre la arena, a espaldas del genovés, cuando este se reunió, junto a otros prohombres y mestres, en derredor del maestro mayor. Recorrió la playa con la mirada. La tensión iba en aumento: el ir y venir de la gente que preparaba los aperos, así como los gritos, los ánimos y las palmadas en la espalda que pugnaban por vencer al viento, al frío y a esa luz tenue y brumosa tan extraña en unas tierras perennemente premiadas con el brillo del sol. Pese a que su trabajo consistía en portar la bola de hierro del genovés, Hugo se sintió orgulloso por formar parte de aquel grupo. Se habían congregado numerosos espectadores en el linde de la playa, junto a la fachada del mar de las atarazanas, que aplaudían y gritaban. El muchacho miró a los marineros que llevaban palas para excavar la tierra por debajo de la galera; a los que preparaban los cabestrantes, las poleas y las maromas; a otros que trajinaban con los travesaños de madera sobre los que, previamente untados con grasa o cubiertos de hierba, debería desplazarse la nave; a los que portaban las pértigas; a los bastaixos preparándose para tirar…

Olvidó al genovés, abandonó la bola y corrió en dirección al numeroso grupo de bastaixos congregados en la playa. Fue bien recibido, entre cariñosos pescozones. «¿Dónde has dejado la bola?», le preguntó uno de ellos rompiendo la tensión y la seriedad de los reunidos. Lo conocían, o más bien sabían de él por el afecto que le profesaba micer Arnau Estanyol, el anciano que se encontraba en el centro de todos, empequeñecido a la vera de los fuertes prohombres de la cofradía de los bastaixos de Barcelona. Todos sabían quién era Arnau Estanyol; admiraban su historia, y todavía vivían algunos que relataban los muchos favores que había hecho a la cofradía y a sus cofrades. Hugo se plantó junto a micer Arnau, en silencio, como si fuera de su propiedad. El anciano se limitó a revolverle el cabello sin perder el hilo de la conversación. Trataban del peligro que correrían los barqueros al remolcar la galera, así como del propio cuando esta quedase varada lejos de la playa y hubiera que llegar hasta ella para amarrarla. Podría volcar. El oleaje era tremendo y la mayoría de los bastaixos no sabía nadar.

—¡Hugo! —se oyó gritar por encima de la algarabía.

—¿Ya has abandonado al maestro otra vez? —le preguntó Arnau.

—Todavía no tiene que trabajar —se excusó el muchacho.

—Ve con él.

—Pero…

—Ve.

Cargado con la bola, Hugo siguió al genovés por la playa mientras este daba órdenes a unos y otros. El maestro mayor lo respetaba y la gente también; nadie ponía en duda el arte de Domenico como mestre d’aixa. El frenesí se inició en el momento en el que los barqueros consiguieron llegar hasta la Santa Marta, agarrar sus cabos, desanclarla y empezar a remolcarla hacia la orilla. Cuatro barcas, dos por costado, tiraban de ella. Algunos observaban la escena con espanto; la angustia se reflejaba en su rostro y en sus manos crispadas. Otros, los más, preferían dejarse llevar y los gritos de ánimo competían en incontrolable algarabía.

—No te despistes, Hugo —lo llamó al orden el genovés ante su retraso, ya que la atención del muchacho estaba puesta donde la tenía el gentío: una barca a punto de zozobrar y un par de barqueros que caían por la borda. ¿Lograrían subir?

—Maestro… —rogó sin poder separar la vista de los barqueros que luchaban por rescatar a sus compañeros mientras la Santa Marta se escoraba debido a las maniobras de aquella cuarta barca.

Hugo temblaba. Veía en esa escena aquella otra que les habían contado los marineros que estaban con su padre cuando este murió, hacía un par de años, engullido por las olas en un viaje a Sicilia. El genovés lo entendió; conocía la historia, y también se vio atrapado por el drama que se vivía más allá de la orilla.

Uno de los barqueros logró izarse hasta la barca; el otro luchaba desesperado entre el oleaje. No lo iban a olvidar. La barca que tiraba del mismo costado de la galera que la primera soltó su maroma y se dirigió allí donde los brazos del barquero que pedía auxilio habían desaparecido bajo el agua. Poco después los brazos, moviéndose, volvieron a verse. Los presentes exhalaron casi a un tiempo el aire contenido en sus pulmones. Pero los brazos desaparecieron de nuevo. Las corrientes arrastraban al barquero mar adentro. La primera barca también soltó el cabo, y las dos del otro lado se sumaron al comprender qué pretendían. Las cuatro barcas bogaban ahora con brío en socorro de su compañero al compás de una fuerza que se les transmitía desde la playa: gritos, oraciones, silencios.

Hugo notó las manos del maestro genovés crispadas sobre sus hombros. No se quejó del dolor.

Las tareas de rescate coincidieron con el momento en el que la Santa Marta, a la deriva, encallaba en el pequeño espigón de Sant Damià. Algunos miraron, un solo instante, pero luego volvieron a prestar atención a las barcas. Pudo distinguirse una señal desde una de ellas, y aunque alguien la dio por buena y cayó de rodillas, a la mayoría no le pareció suficiente. ¿Y si era errónea? Más señales, desde todas las barcas ahora, algunos brazos en alto, el puño cerrado como si quisieran golpear al cielo. Ya no había duda: regresaban. Remaban hacia una playa donde risas, abrazos y lágrimas envolvían a la gente.

Hugo sintió el alivio del maestro, pero él continuaba temblando. Nadie pudo hacer nada por su padre, les habían asegurado. En ese momento lo imaginó con los brazos levantados pidiendo ayuda igual que acababa de hacer el barquero, inmerso entre las olas.

El genovés le palmeó cariñosamente el rostro desde detrás.

—La mar puede ser tan atractiva como cruel —le susurró—. Hoy quizá haya sido tu padre el que, desde ahí abajo, ha ayudado a ese hombre.

Mientras tanto, la Santa Marta era atacada una y otra vez por las olas, que la destrozaban contra las rocas del espigón.

—Ese es el resultado de permitir la navegación fuera de la época entre abril y octubre, como se hacía antes —explicaba Arnau a Hugo.

Los dos se dirigían al barrio de la Ribera al día siguiente del desastre de la Santa Marta. La gente de las atarazanas recogía las maderas de la galera que el mar llevaba hasta la playa y trataba de salvar lo posible desde el pequeño espigón de Sant Damià. Allí no podía trabajar el genovés, con su bola al pie, por lo que tanto él como Hugo disfrutaron de una jornada de fiesta que se alargaría con la siguiente: la Epifanía, que además coincidía con domingo.

—Ahora —continuó Arnau con sus explicaciones—, las galeras son mejores, con más bancos y más remos, de mejores maderas y hierros, y construidas por maestros con más conocimientos. La experiencia nos ha hecho progresar en la navegación y ya hay quien se atreve a retar al invierno. Olvidan que la mar no perdona al imprudente.

Volvían a Santa María de la Mar para guardar en la caja del Plato de los Pobres Vergonzantes, la institución benéfica de aquella iglesia, los dineros recaudados pidiendo limosna de casa en casa. El Plato gozaba de buenas rentas; poseía viñas, edificios, obradores, censos… Pero micer Arnau gustaba de buscar la caridad de las gentes como era obligado para los administradores del Plato, y desde que había acudido en ayuda de la familia de Hugo para paliar, en nombre de Santa María de la Mar, la miseria a la que les abocó la muerte del cabeza de familia, el muchacho le ayudaba en la colecta con la que después socorrería a aquellos que lo necesitaban. Hugo conocía a los que daban, nunca a los que recibían.

—¿Por qué…? —empezó a preguntar el chico. Arnau le instó a que continuara con un gesto cariñoso—. ¿Por qué un hombre como vos… se dedica a pedir limosna?

Arnau sonrió con paciencia antes de responder.

—Pedir limosna para los necesitados es un privilegio, una gracia de Dios, no conlleva escarnio alguno. Ninguna de las personas a las que visitamos daría una sola moneda si no es a hombres en los que puede confiar. Los administradores del Plato de Santa María de la Mar deben ser prohombres de Barcelona y, efectivamente, han de mendigar para los pobres. ¿Sabes una cosa? —No hizo falta que Hugo negara; micer Arnau continuó—: Los administradores no estamos obligados a dar cuenta de lo que hacemos con los dineros del Plato, no solo de los que recaudamos, sino de todos los demás. A nadie, ni siquiera al arcediano de Santa María… ¡Ni al propio obispo! Y esa confianza debe recaer en los prohombres de la ciudad. Nadie sabe a quién o a qué familia he ayudado con la caridad de los ciudadanos piadosos.

Hugo solía acompañar a micer Arnau en esas tareas hasta que este le consiguió trabajo en las atarazanas, con el genovés, para que aprendiera a construir barcos y algún día se convirtiera en mestre d’aixa. Cuando Hugo entró en las atarazanas hacía algún tiempo que Arnau había encontrado acomodo para su hermana pequeña, Arsenda, como sirvienta de una monja del convento de Jonqueres. La religiosa aceptó vestir, alimentar y educar a la niña, hacer de ella una mujer de valía y al cabo de diez años dotarla con la cantidad de veinte libras para contraer matrimonio; eso fue lo que constó en el contrato que se suscribió con la monja de Jonqueres.

La ilusión con la que Hugo entró en las atarazanas y se halló envuelto en la fascinante tarea de construir barcos, aunque su única función fuera la de transportar la bola del genovés, se vio sin embargo empañada por las consecuencias que ello conllevó para con Antonina, su madre.

—¿Vivir allí? ¿Dormir? —le preguntó asustado después de que ella le hablara de su nueva ocupación—. ¿Por qué no puedo trabajar y volver a dormir con vos, aquí, como siempre?

—Porque yo ya no viviré aquí —anunció Antonina con voz dulce, como si solo así pudiera convencerlo.

El chico negó con la cabeza.

—Es nuestra casa…

—No puedo pagarla, Hugo —se adelantó ella—. Las viudas pobres y con hijos somos como viejas inútiles: no tenemos posibilidad alguna en esta ciudad. Deberías saberlo.

—Pero micer Arnau…

Antonina volvió a interrumpirle:

—Micer Arnau me ha encontrado un trabajo en el que me darán vestido, cama, comida y quizá algo de dinero. Si tu hermana está en el convento y tú en las atarazanas, ¿qué hago yo aquí sola?

—¡No! —gritó Hugo aferrándose a ella.

Las atarazanas reales de Barcelona se ubicaban frente al mar. Consistían en una edificación de ocho naves, sostenidas por pilares y techadas con cubiertas a dos aguas, tras las que se abría un patio lo suficientemente amplio para permitir la construcción de galeras grandes. Tras este había otro edificio con ocho naves más, todas altas, todas diáfanas, todas aptas para construir, reparar o guardar los barcos catalanes. La magna obra ya iniciada en tiempos del rey Jaime, auspiciada después por Pedro III el Ceremonioso, culminaba con cuatro torres, una en cada esquina del complejo.

Junto a naves, torres y balsas con agua para humedecer la madera se abrían almacenes en los que depositar todos los materiales y los accesorios de las galeras: maderas y herramientas; remos; armas: ballestas, saetas, lanzas, guadañas, bastardas, destrales, jarras de cal viva para cegar al enemigo en el momento del abordaje y otras con jabón para hacer resbalar a los marineros, o con alquitrán para incendiar las embarcaciones contrarias; paveses, que eran los escudos alargados que se alzaban a lo largo de los costados de la galera para defender a los remeros una vez iniciado el combate; cueros con los que tapar los cascos para que el enemigo no lograse incendiarlos; velas; banderas y clavos, cadenas, anclas, mástiles, fanales, así como un sinfín de enseres y aparejos.

Las atarazanas se levantaban en un extremo de Barcelona, el opuesto a Santa María de la Mar, junto al convento de Framenors, pero si los monjes se hallaban protegidos por las antiguas murallas de la ciudad, las atarazanas estaban a la espera de que las que Pedro III había ordenado construir llegaran a envolverlas e incluirlas en su seno. Todavía faltaba, tanto como los dineros necesarios para continuar la obra que pretendía rodear el nuevo barrio del Raval.

Antonina no lo acompañó.

—Ya eres un hombre, hijo. Recuerda a tu padre.

Se despidió de él simulando entereza, erguida, manteniendo a su pesar un par de pasos de distancia y rogando al cielo que micer Arnau se llevara pronto a su niño para poder llorar su pena en secreto.

Arnau entendió y empujó suavemente a Hugo por la espalda.

—Seguirás viéndola —le comentó mientras el muchacho andaba con la cabeza vuelta hacia atrás.

Transcurrieron pocos días hasta que Hugo se acostumbró a su nuevo entorno y corrió a la ciudad para ver a su madre. Micer Arnau le explicó que trabajaba como criada en la casa de un guantero, en la calle Canals, junto al Rec Comtal, por detrás de Santa María.

—Pues si es tu hijo, ve con él —replicó con grosería la esposa del guantero a Antonina ante la tímida excusa con que esta se defendió cuando su señora los descubrió en la puerta, abrazados—. No sirves para nada; solo sabes de pescado y poco más. Nunca has trabajado en una casa rica. ¡Tú…! —gritó al mismo tiempo que señalaba a Hugo—. ¡Largo de aquí!

Luego esperó atenta. Hugo obedeció a la extraña mirada que le dirigió su madre y le dio la espalda acongojado ante la tristeza y la impotencia que destilaban unos ojos hasta hacía poco siempre alegres y esperanzados. Antonina vio que su hijo se alejaba unos pasos, no los suficientes, sin embargo, para que el muchacho no llorara al oír la reprimenda que resonó en el callejón aun con la puerta de la casa cerrada.

Hugo continuó acudiendo a la calle Canals con la esperanza de ver a su madre. La siguiente vez se quedó parado en las cercanías de la casa, sin tener donde esconderse entre los edificios arracimados en la callejuela. «¿Qué haces ahí, mocoso? —le chilló una mujer desde la ventana de un segundo piso—. ¿Pretendes robar algo? ¡Largo!» Al pensar que los gritos atraerían a la esposa del guantero y que su madre se llevaría otra regañina, Hugo aligeró el paso y abandonó el lugar.

Desde entonces se limitaba a circular por la calle Canals, como si fuera o volviera de otro sitio, demorándose cuanto podía frente a la fachada del guantero y tarareando la cancioncilla que siempre silbaba su padre. No consiguió verla en ninguna de esas ocasiones.

Y tras dejar la calle Canals y refugiarse en el consuelo que le proporcionaba saber que la vería el domingo, en misa, Hugo se dirigía al barrio de la Ribera y buscaba a micer Arnau, bien en Santa María, bien en su casa, encajonada entre otras ocupadas por gente de la mar, o quizá en el escritorio, al que cada vez acudía con menor frecuencia y cuya gestión depositaba en manos de sus oficiales. Si no lo hallaba allí, lo buscaba por las calles. Acostumbraba a encontrarlo. La gente de la Ribera conocía bien a Arnau Estanyol y la mayoría lo apreciaba. Hugo solo tenía que preguntar por él, en la panadería de la calle Ample o en la carnicería de la Mar, en cualquiera de las dos pescaderías o en el obrador de quesos.

Durante esa época supo de la esposa de micer Arnau, llamada Mar. «Hija de un bastaix», se enorgulleció el anciano. También supo de su hijo, Bernat, algo mayor que él.

—¿Doce tienes? —repitió Arnau luego de que Hugo le dijese una vez más su edad—. Pues Bernat ha cumplido los dieciséis. Ahora está en el consulado de Alejandría, aprendiendo del comercio y la navegación. No creo que tarde en regresar a casa. Yo ya no quiero tener que ocuparme de ningún negocio. ¡Estoy viejo!

—No digáis…

—No discutas —le interrumpió Arnau.

Hugo no lo hizo, y asintió mientras el anciano se apoyaba en él y continuaban camino. Le gustaba que micer Arnau se apoyase en él. Se sentía importante mientras unos y otros les mostraban sus respetos, y hasta se divertía devolviendo los saludos, a veces de manera tan exagerada que Hugo llegaba a perder pie con la reverencia.

—No hay que inclinarse tanto ante nadie —llegó a aconsejarle un día Arnau.

Hugo no contestó. Arnau esperó: sabía que replicaría; lo conocía.

—Vos podéis no inclinaros porque sois un ciudadano honrado —arguyó el chico—, pero yo…

—No te equivoques —le corrigió Arnau—. Si he conseguido ser un ciudadano honrado, quizá sea porque nunca me incliné ante nadie.

En esa ocasión Hugo no replicó, aunque Arnau ya no estaba pendiente de él: su mente vagaba al día en que había recorrido de rodillas el salón de los Puig hasta llegar a besar los pies de Margarida. Los Puig, familiares de los Estanyol, enriquecidos y ensoberbecidos, habían humillado a Arnau y a Bernat, su padre, quien terminó ahorcado como un vulgar delincuente en la plaza del Blat por su culpa. Margarida le odiaba como si en ello le fuera la vida. Pese al tiempo transcurrido, un escalofrío le recorrió la espalda al acordarse de ella. No había vuelto a saber de ellos.

Aquel día de enero de 1387, mientras se acercaban a la iglesia de Santa María de la Mar, Hugo recordó el consejo que Arnau le había dado a la vista del saludo exagerado que les efectuó un hombre humilde, quizá un marinero. Sonrió. «No debes inclinarte ante nadie.» ¡Muchas fueron las bofetadas y patadas que recibió por seguir aquel consejo! Pero tenía razón micer Arnau: después de cada pelea, los chicos de las atarazanas le tenían en mayor consideración, aunque saliera vapuleado, como acostumbraba a sucederle en sus enfrentamientos con los mayores.

Cruzaban el Pla d’en Llull, por detrás de la plaza del Born y de la iglesia de Santa María de la Mar cuando unas campanas lejanas empezaron a sonar. Arnau se detuvo, como muchos otros ciudadanos: no eran toques de llamada.

—Doblan —susurró el anciano con los ojos entrecerrados—. El rey Pedro ha muerto.

No había acabado de decirlo cuando las campanas de Santa María atronaron. Luego fueron las de Sant Just i Pastor y las de Santa Clara y las de Framenors… En unos instantes todas las campanas de Barcelona y sus alrededores tocaban a difuntos.

—¡El rey…! —se confirmó a gritos por las calles—. ¡El rey ha muerto!

Hugo percibió inquietud en el rostro de micer Arnau; su mirada cansada y acuosa parecía perderse en algún punto de la entrada de la plaza del Born. El muchacho malinterpretó aquella congoja.

—¿Apreciabais al rey Pedro?

Arnau torció los labios y negó con la cabeza a modo de contestación. «Me casó con una víbora, su ahijada, mala mujer donde las hubiera», podría haber respondido.

—¿Y a su hijo? —oyó que insistía el chico.

—¿Al príncipe Juan? —preguntó atendiendo a las palabras de Hugo.

«Él fue quien causó la muerte de una de las mejores personas de este mundo», le habría gustado contestar. El recuerdo de Hasdai ardiendo en la hoguera lo atormentó fugazmente: el hombre que le salvó la vida luego de que él hiciera lo mismo con sus hijos, el judío que lo acogió y le enriqueció. ¡Tantos años habían transcurrido…!

—Es una mala persona —contestó en cambio.

«Alguien que exigió tres culpables —añadió para sí—; tres hombres buenos que se inmolaron por sus seres queridos y los de su comunidad.»

Arnau suspiró y se apoyó con fuerza en Hugo.

—Volvamos a casa —le instó en la confusión de las campanas mientras la gente gritaba y corría de un lado a otro—. Me temo que durante los próximos días, quizá semanas, Barcelona vivirá tiempos difíciles.

—¿Por qué? —inquirió Hugo notando al anciano en su brazo como un peso muerto. Se irguió en espera de una respuesta que no llegó—. ¿Por qué decís que viviremos tiempos difíciles? —insistió unos pasos más allá.

—Hace días que la reina Sibila huyó de palacio con sus familiares y su corte —explicó Arnau—, tan pronto como tuvo la seguridad de que su esposo iba a morir…

—¿Ha abandonado al rey? —se extrañó Hugo.

—No me interrumpas —le recriminó Arnau—. Escapó porque tiene miedo de la venganza que tome en ella el príncipe… El nuevo rey Juan —se corrigió—. La reina nunca ha tenido el menor aprecio hacia su hijastro, y este la ha culpado siempre de todos sus males, del distanciamiento y hasta de la enemistad con su padre. El año pasado este le privó del título y de los honores de lugarteniente del reino, una humillación para el heredero. Habrá venganza, seguro, no faltarán las represalias —auguró Arnau.

Al día siguiente de la muerte de Pedro III, los feligreses estaban de luto, la iglesia estaba de luto; todo era aflicción. Hugo siguió la misa dominical junto a su madre en los únicos momentos de libertad que el guantero de la calle Canals permitía a Antonina. Vio a micer Arnau entre la multitud, de pie, encorvado pero de pie, como ellos, como los humildes. Miró hacia la Virgen. Micer Arnau decía que sonreía. Él no lo veía, pero el anciano insistía, y regresaban a la iglesia a horas diferentes para rezar y mirarla.

A Hugo la Virgen de la Mar no le sonreía nunca, pero no por ello dejaba de rezarle y solicitar, como hizo ese día, su intercesión: por su madre, para que dejara al guantero y fuera feliz y volviera a reír y a quererlo como antes; para que pudieran vivir juntos, con Arsenda también. Rezó por su padre, y rezó por la salud de micer Arnau y por la libertad del genovés. «La libertad… —dudó—. Si lo liberan se irá a Génova y no me enseñará a ser mestre d’aixa —se dijo sin poder evitar que le remordiera la conciencia—. Sí. Intercede por su libertad, Señora», terminó cediendo.

Cuando acabó la larga ceremonia Hugo y Antonina no dedicaron el poco rato de que ella disponía a charlar y quererse, como hacían cada domingo, sino que prestaron atención a los rumores. En la plaza de Santa María, allí donde se alzaba la maravillosa fachada de la iglesia con su homenaje en bronce a los bastaixos que ayudaron a construirla, Hugo vio a micer Arnau, pero no consiguió acercarse a él: la gente lo rodeaba ávida de noticias, como sucedía con todos los prohombres que en lugar de ir a la catedral habían acudido a Santa María y que ahora eran el centro de interés de los parroquianos.

Con su mad

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