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LOS HILOS DE ARIADNA

Manuel Lozano Leyva  

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Fragmento

Introducción

El mito de Ariadna es de los tristes de la mitología griega clásica. El Minotauro era una temible criatura con cuerpo de hombre y cabeza de toro que comía carne humana. Había sido fruto, por decirlo así, de una relación entre Pasífae, esposa del rey Minos, y un toro blanco que Zeus entregó al monarca para que se lo ofreciera a Poseidón como regalo. Pero el rey, impresionado por el morlaco, decidió quedárselo. Los dioses, lógicamente, se enfadaron y castigaron a Minos alentando a su esposa para que se enamorara del animal. La mujer quedó tan prendada de él que le pidió al arquitecto Dédalo que construyera una vaca de madera donde introducirse para seducir a la bestia. La consecuencia de dicha artimaña fue el Minotauro.

El rey, al ver lo sanguinario que era el monstruo, le hizo otro encargo a Dédalo: construir un laberinto donde encerrarlo.

El heredero de Minos, Androgeo, murió en unos juegos celebrados en Atenas. El rey impuso un duro castigo a los atenienses, a pesar de que no tuvieron ninguna culpa en el óbito: cada año deberían enviarse al laberinto a siete jóvenes y a siete doncellas como sacrificio. Las víctimas vagaban perdidas durante días hasta encontrarse con la bestia, sirviéndole entonces como alimento. Con el fin de acabar con esta macabra práctica, el héroe Teseo, hijo del rey ateniense Egeo, se ofreció personalmente como ofrenda para matar al Minotauro.

Cuando Teseo llegó a Creta, Ariadna, hija legítima de Minos y Pasífae, se enamoró de él. La bella princesa ayudó al bravo Teseo en su empresa dándole una espada mágica y un ovillo del hilo que estaba hilando para que pudiese hallar el camino de salida del laberinto tras matar al Minotauro. La dama, además de bella, era intrépida y se ofreció a acompañarle.

Ariadna se quedó en el exterior mientras Teseo entraba en el laberinto sujetando cada uno un extremo del hilo. Gracias a esto, el héroe pudo encontrar la salida después de rematar su proeza con la espada prodigiosa.

En el viaje de regreso, según la tradición más común, el muy desagradecido de Teseo abandonó a Ariadna, dormida, en la isla de Naxos, aprovechando una escala del barco. Allí la encontró el dios Dioniso y la hizo su esposa, regalándole como presente nupcial una magnífica corona de oro. Los finales de la historia, felices la mayoría y muy trágicos algunos de ellos, varían según las distintas regiones, autores y épocas.

El lector tiene en sus manos un libro de divulgación científica donde se describen diez descubrimientos que el autor considera fundamentales.

Las tres preguntas que el lector seguramente se haga serán las siguientes: ¿por qué precisamente diez? ¿Por qué ésos? ¿Qué tienen que ver con el mito de Ariadna? Las respuestas a las dos primeras son sencillas y la tercera es algo más compleja, si bien tan subjetiva como las otras. Son diez descubrimientos porque dicho número en nuestra cultura es casi mágico. Los babilonios usaban el sistema sexagesimal de numeración, pero un libro de sesenta capítulos no hay editor al que le complazca. El dos del sistema binario de las computadoras modernas es demasiado escaso. Los ingleses y otras culturas usarían el doce, pero las docenas prácticamente han caído en desuso. El siete también es un número fascinante, pero hay que reconocer que el sistema métrico decimal, basado en los diez dedos de las manos, extraordinariamente útiles para contar, es el que se ha impuesto globalmente. Así pues, diez es un buen número de descubrimientos.

Escribir sobre asuntos en los que uno no es experto es muy osado. A lo más que se puede aspirar es a no cometer errores graves. Muchos colegas y amigos de especialidades científicas distintas de la mía me han ayudado en ese sentido leyendo y criticando borradores. Los personalizo a todos en Josep Casadesús, catedrático de genética, que tuvo a bien aleccionarme en muchos aspectos y detalles de los capítulos de contenido bioquímico. Si aún persisten errores en ellos, la responsabilidad sería exclusivamente mía. También he de agradecer a Isabel Germán la profesionalidad y el coraje con que ha afrontado un libro tan complejo como éste desde el punto de vista de la edición.

La elección de los hallazgos hecha por el autor ha sufrido infinidad de vaivenes. Se trataba, por una parte, de dilucidar cuáles han sido realmente los más importantes de la historia de la humanidad. Para ello se han consultado muchas clasificaciones hechas por otras personas, desde científicos hasta historiadores, pasando por periodistas. Pero, por otra parte, se ha tratado de distribuir esos descubrimientos por ramas del saber, por eso seguramente esta elección no coincide con ninguna al uso y muchos lectores no estarán de acuerdo con ella. Lo que nadie podrá decir es que los diez descubrimientos descritos no son realmente importantes, por más que se piense que muchos de los no mencionados tienen igual o mayor importancia. Es un riesgo que asume el autor.

Lo anterior también tiene que ver, y mucho, con el objetivo con que se ha escrito el libro. Está dirigido, fundamentalmente, a adolescentes a través de sus padres. La idea es que esos padres recuerden con gozo muchas de las cosas que aprendieron en el instituto, explicadas de una manera diferente, y que les guste tanto, tantísimo, que animen a sus hijos a estudiar carreras científicas. Es ambicioso el asunto, lo sé, pero para eso me he embarcado en él.

Conforme iba escribiendo, me he ido formando una idea del lector a modo de interlocutor, y muy pronto se me incrustó en la cabeza como lectora. O sea, la madre más que el padre del destinatario final del libro. Han sido varias las razones y creo que no interesa demasiado contarlas, pero lo que sí hay que decir es que me refiero a menudo al «lector» y no a la lectora. ¿Por qué si lo que tengo en mente es a esta última? Para evitar que se me tache de oportunista y, sobre todo, porque detesto lo de «lector-lectora», «españoles-españolas», «compañeros-compañeras» y esa zarandaja al uso cada vez más generalizado de algunos políticos.

Que el autor tenga presente al lector en todo momento mientras escribe tiene recompensas y preocupaciones. Las satisfacciones vienen cuando el autor supone, incluso llega al convencimiento, de que alguna parrafada le ha encantado al lector, o le ha maravillado, hecho sonreír, enfadarse e incluso enternecerse. Las preocupaciones siempre se deben a que algunos pasajes, incluso capítulos enteros, tengan un nivel demasiado alto, o sean farragosos, aburridos, no se entiendan y terminen exasperando al lector. Le pido esfuerzo y comprensión por lo siguiente. La ciencia es difícil y exige esfuerzo, eso por una parte. Por otra, la divulgación siempre implica un riesgo: la trivialización paulatina hasta rebasar hacia abajo el umbral de la falsedad. La única recomendación que le hago al lector en esos momentos de desánimo es que lo intente de nuevo, después vitupere al autor y finalmente se salte los párrafos que no entienda y continúe algo más adelante. Pero no abandone, porque hay un fruto que sin duda obtendrá: la idea general de lo que es la ciencia y cómo se distinguen entre sí la biología, la física, las matemáticas, la historia, la geología, la medicina, la filología, la química y la astronomía. De todas ellas trata este libro, y la idea global del autor es que el lector entienda el mundo en que vive a la luz de la ciencia y que le tome cariño tanto a ella como al quehacer investigador a lo largo de los tiempos. Y que, en consecuencia, disuada a sus hijos de que estudien… esas cosas que estudian la mayoría de los jóvenes y se matriculen en una buena facultad de ciencias o una escuela de ingeniería.

Por último, está la cuestión de los hilos de Ariadna. Esto es mucho más sutil, pero terminé convencido de que ese mito era el más apropiado como metáfora de los descubrimientos descritos. Como verá el lector, los diez hallazgos hunden sus raíces en lo más profundo de la historia de la humanidad. Y, efectivamente, a modo de hilo conductor a lo largo de los tiempos, se ha ido recorriendo el laberinto cada vez más intrincado que suponía averiguar el misterio que se pretendía. Por otro lado, en muchas ocasiones será obvio para el lector el papel del espantoso Minotauro y en otras no tanto, pero siempre ha estado ahí aunque fuera sólo como la terrible ignorancia a la que había que vencer. Las demás analogías entre el mito del título y el desarrollo de los contenidos, en cuanto a belleza, ingratitud, ingenio, valentía, final feliz (o trágico), etcétera, le dejo al lector que las descubra por sí mismo. Si al final aún sigue sin comprender la correspondencia entre el título y el contenido, puede leer la dedicatoria y así suponer que el asunto era más sencillo que todo lo dicho.

La última duda que puede asaltarle al lector es si se trata de un libro de ciencia o de historia de la ciencia. Si es de ciencia, a cuento de qué vienen tantas historias como encontrará en sus páginas; y si es de historia, cómo se atreve un científico como es el autor a emular a un historiador. No lo sé, sinceramente, y por ello pido al lector que sea benevolente con el autor, que no ha querido más que mostrar la maravilla que supone la ciencia y lo humanos que son los científicos. Aparte de que he disfrutado tanto averiguando las circunstancias en que se hicieron los descubrimientos y los caracteres de quienes los hicieron, que seguramente transmitiré ese gozo al lector. En cualquier caso, insisto de nuevo, lo que sí tiene meridianamente claro el autor es para qué ha escrito el libro: para aumentar las vocaciones científicas de los jóvenes y el cariño de los adultos hacia la ciencia. Va por todos ellos.

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Las galaxias
 (Los ladrillos del universo)

Si al cielo nocturno, visto desde una ciudad, no lo alegra la Luna, es anodino. Apenas podremos vislumbrar unos cientos de estrellas en una noche clara. Si fuéramos a alta mar, a una montaña o a un desierto, la bóveda celestial de noche nos sobrecogería. Sepa ya el lector que todo lo que se ve en el cielo, salvo los planetas, es lo que parece: estrellas. Pero hay otra excepción más; hay una manchita borrosa y que parece muy lejana que no es una estrella, sino una galaxia completa que se llama Andrómeda. Éste será el cabo del hilo de Ariadna que nos guiará por el laberinto universal. Tirando de él, descubriremos que todas las estrellas que vemos pertenecen a una galaxia llamada Vía Láctea, y que Andrómeda es otro conjunto de cientos de miles de millones de estrellas. Además de estas dos, ¿cuántas galaxias más hay en el conjunto del universo? Vayamos poco a poco, pero no se aturda el lector en ningún momento por los números y las dimensiones de este capítulo. Al final descubrirá una simplicidad y belleza sin parangón.

Los antiguos, nuestros ancestros desde Adán hasta que se empezaron a iluminar las calles, estaban tan familiarizados con las estrellas como los ciudadanos con los barrios de su ciudad o los campesinos con los accidentes del terreno de su entorno. Asociaron formas mágicas a muchos grupos de estrellas, llamándolos constelaciones, y relacionaron el movimiento de la Tierra con el desfile de aquéllas a lo largo del año. Establecían así cosas tan útiles como el calendario.

Si escudriñaban el cielo a simple vista pero con infinita paciencia y durante infinidad de noches, llegaban a varias conclusiones. El cielo, salvo los pocos objetos que se movían, era inalterable. En torno a la Tierra giraban, obviamente, el Sol y la Luna, pero también, aunque su movimiento fuera engañoso, había cinco estrellas errantes que surcaban los cielos siguiendo caminos que formaban raros bucles. Eran los planetas, y no fue difícil dilucidar que esas trayectorias tan raras eran círculos trazados alrededor de otros círculos más amplios con la Tierra en el centro. Por supuesto, también aparecían de vez en cuando los llamados cometas y unas estrellas efímeras que duraban sólo unos meses. Entonces se llamaban novas y hoy día las denominamos explosiones supernovas. Pero aquéllas, igual que las aparentes manchas solares, las interpretaban como nubecillas en las capas altas de la atmósfera terrestre. Tan arraigadas estaban estas creencias que quien osara dudar de ellas, aunque fuera con tanto convencimiento como Galileo, que simplemente veía con sus pequeños telescopios que la naturaleza de esas «nubecillas» era otra muy distinta, podía tener problemas tan serios como acabar en la hoguera.

LAS ESTRELLAS FIJAS

El lector se habrá percatado de que el párrafo anterior no es más que un resumen brevísimo del modelo celeste predominante desde las culturas antiguas hasta el Renacimiento. Los egipcios, los mesopotámicos, los griegos, los mayas, los hindúes, los chinos, etcétera, estaban de acuerdo con que el universo era eso: ocho cuerpos fundamentales y una miríada de estrellas fijas como fondo. Dicho modelo se refinó con gran exquisitez. Por ejemplo, midiendo con instrumentos cada vez más ingeniosos y precisos, haciéndolo con una paciencia y tesón infinitos, luchando con valentía sin par contra poderes fácticos e ignorancia ilimitados, se llegó al convencimiento de que era en torno al Sol como giraban los planetas, que sus órbitas no eran circulares sino elípticas, y muchas cosas más, a cuál más fascinante. Pero el firmamento seguía siendo eso: el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas fijas.

¿Cómo de fijas estaban las estrellas? Totalmente fijas. Cierto es que a lo largo de los siglos se detectaron algunas variaciones en las medidas observadas por los antiguos, pero los ilustrados del XVIII, una vez que descubrieron las leyes de la mecánica celeste, con la ley de gravitación universal de Newton reinando entre ellas, explicaron esas pequeñas diferencias: la Tierra precesionaba cuan peonza y aquellas variaciones eran debidas a esto y no a que las estrellas tuvieran movimiento alguno.

Piense el lector en lo siguiente. John Herschel, de cuyo padre nos ocuparemos más adelante, llegó a ser considerado en su época la máxima autoridad mundial en el conocimiento del universo; escribió un libro de divulgación que se llamaba Tratado de astronomía; las nueve décimas partes del libro trataban del Sol, los planetas y los cometas; sólo un capítulo estaba dedicado a las estrellas. El libro se publicó en 1833, cuando los telescopios ya eran grandiosos, la astronomía una de las grandes ciencias, los planetas descubiertos se acercaban a su totalidad, etcétera. Hasta anteayer, como quien dice, las estrellas eran demasiado remotas y tan estáticas que apenas despertaban el interés de los astrónomos. Más interés ponían en ellas los marinos para orientarse que los científicos para saciar su curiosidad.

Observe el lector los dos dibujos de la figura 1.1. Uno es el modelo con la Tierra en el cen

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