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LOS HéROES SON MI DEBILIDAD

Susan Elizabeth Phillips  

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Fragmento

Título original: Heroes are my weakness

Traducción: Laura Paredes

1.ª edición: marzo 2015

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B 9379-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-077-2

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Contenido Dedicatoria 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 Epílogo

Para Nickie,

amante de la danza,

de los libros, del arte

y, sobre todo, de la familia

1

Annie no solía hablar con su maleta, pero últimamente no era del todo ella misma. Los potentes haces de los faros apenas se introducían en la penumbra arremolinada de la ventisca invernal, y los limpiaparabrisas de su viejo Kia no podían competir con la furia de la tormenta que arrasaba la isla.

—Solo es un poco de nieve —dijo a la descomunal maleta roja que ocupaba el asiento del pasajero—. Que parezca el fin del mundo no significa que lo sea.

—Sabes que no soporto el frío —respondió la maleta con la molesta voz quejumbrosa de una niña majadera—. ¿Cómo pudiste traerme a este sitio tan horrible?

Porque no podía hacer otra cosa.

Una gélida ráfaga de viento zarandeó el coche, y las ramas de los abetos suspendidas sobre la carretera sin asfaltar lo azotaron como si fueran los pelos de una bruja. Annie decidió que quienes creían que el infierno era un horno abrasador estaban equivocados. El infierno era aquella isla inhóspita y adversa en invierno.

—¿No has oído hablar de Miami Beach? —intervino Crumpet, la princesa malcriada de la maleta—. No, claro, y en lugar de ir allí tuviste que traernos a una isla desierta en medio del Atlántico Norte, ¡donde seguramente nos acabarán devorando los osos polares!

Las marchas chirriaban mientras el Kia ascendía con dificultad por la angosta y resbaladiza carretera de la isla. Annie tenía jaqueca, le dolían las costillas de tanto toser, y el mero hecho de alargar el cuello para mirar por la parte limpia del parabrisas la mareaba. Estaba sola en el mundo, y solo las voces imaginarias de sus muñecos de ventrílocua la mantenían ligada a la realidad. A pesar de lo mal que estaba, captó la ironía.

Invocó la voz más tranquilizadora de la práctica Dilly, que iba guardada en otra maleta roja a juego que ocupaba el asiento trasero.

—No estamos en medio del Atlántico —dijo la sensata Dilly—. Estamos en una isla situada a dieciséis kilómetros de la costa de Nueva Inglaterra, y, que yo sepa, en Maine no hay osos polares. Además, Peregrine Island no está desierta.

—Pues como si lo estuviera. —Si Crumpet hubiera estado en el brazo de Annie, habría levantado la naricita—. Aquí la gente apenas sobrevive en pleno verano; imagínate en invierno. Seguro que se comen a sus muertos.

El coche pegó un ligero coletazo. Annie corrigió el rumbo y sujetó el volante con más fuerza con sus manos enguantadas. Aunque la calefacción no funcionaba demasiado bien, había empezado a sudar bajo la chaqueta.

—Tendrías que dejar de quejarte, Crumpet —reprendió Dilly a su malhumorada compañera—. Peregrine Island es un centro veraniego muy concurrido.

—¡No estamos en verano! —exclamó Crumpet—. Estamos en la primera semana de febrero, acabamos de bajar de un ferry en el que me mareé y aquí no habrá más de cincuenta personas. ¡Cincuenta imbéciles!

—Sabes que a Annie no le quedó más remedio que venir aquí —dijo Dilly.

—Porque es una fracasada con mayúsculas —soltó con desdén una desagradable voz masculina.

Leo tenía la mala costumbre de expresar en voz alta los temores más profundos de Annie, y era inevitable que se inmiscuyera en sus pensamientos. Era el que menos le gustaba de sus muñecos, pero en todas las historias tiene que haber un malo.

—Eso es muy hiriente, Leo —intervino Dilly—. Aunque sea verdad.

—Como tú eres la protagonista femenina, todo acaba saliéndote bien, Dilly. Pero no ocurre lo mismo con los demás —siguió quejándose la irascible Crumpet—. Ni una sola vez. ¡Estamos acabados! ¡Acabados, te lo aseguro! Siempre tenemos...

La tos de Annie interrumpió el histrionismo mental de su muñeco. Tarde o temprano su cuerpo superaría las secuelas de la neumonía, o al menos eso esperaba, pero ¿qué pasaría con todo lo demás? Había perdido la fe en sí misma y la sensación de que, a sus treinta y tres años, le quedaba lo mejor por vivir. Estaba débil físicamente, vacía emocionalmente y bastante aterrada, lo que no eran las mejores condiciones para alguien obligado a pasar los dos meses siguientes en una isla aislada de Maine.

—Solo son sesenta días —le recordó Dilly—. Además, Annie, no tienes ningún otro sitio donde ir.

Y ahí estaba. La cruda realidad. Annie no tenía ningún sitio donde ir. No tenía nada que hacer, salvo buscar el legado que su madre podía haberle dejado.

El Kia pasó por un bache lleno de nieve, y el cinturón de seguridad le oprimió el tórax. La presión en el pecho la hizo tose

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