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LOS IMPUNES

Richard Price  

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Fragmento

1

Billy Graves conducía por la Segunda Avenida de camino al trabajo cuando le intranquilizó el gentío: la una y cuarto de la madrugada y aún había más gente entrando que saliendo de los bares, y tanto los que iban como los que venían debían abrirse paso a empujones entre las oscilantes camarillas de fumadores medio ebrios que se apelotonaban justo delante de las puertas. Billy odiaba las leyes antitabaco. Solo creaban problemas: ruido de madrugada para los vecinos, espacio suficiente para que los bronquistas apiñados en la barra pudieran liarse al fin a puñetazos y una plaga de radiotaxis y limusinas fuera de servicio que tocaban el claxon para atraer posibles pasajeros.

Era la noche de San Patricio, la peor del año para la Guardia Nocturna del DPNY, el puñado de inspectores comandados por Billy responsable de hacer frente a todos los delitos graves cometidos en Manhattan, de Washington Heights a Wall Street, entre la una y las ocho de la mañana, cuando no había divisiones en activo en ninguna de las comisarías de distrito. Había otras noches pésimas, como Halloween y Nochevieja, pero San Patricio era la más desagradable; su violencia, la más tosca y espontánea. Pisotones, objetos contundentes, puños… más puntos que cirugía, pero con ocasionales muestras de muy mala intención.

Una y cuarto de la madrugada: aquella noche, como siempre, los avisos podían llegar a cualquier hora, pero la experiencia le había enseñado que la franja crítica, sobre todo en un día festivo regado con alcohol, era la que iba desde las tres, cuando los bares y los clubes nocturnos empezaban a cerrar, desalojando a toda la clientela al mismo tiempo, hasta las cinco, cuando incluso las bestias más pardas perdían el fuelle y se internaban dando tumbos en el olvido. Por otra parte, siendo la ciudad la que era, Billy nunca sabía exactamente cuándo volvería a reencontrarse con su almohada. Las ocho de la mañana podían sorprenderle en una comisaría local, dejando por escrito para el turno de día el resumen detallado de una agresión con agravante mientras el infractor o bien seguía campando a sus anchas o bien roncaba en el calabozo; podían sorprenderle en la sala de urgencias del Harlem Hospital, del Beth Israel o del St. Luke’s-Roosevelt, entrevistando a familiares y/o testigos mientras esperaba a que la víctima estirara la pata o superase el trance; podían sorprenderle recorriendo una escena del crimen al aire libre, con las manos en los bolsillos, hurgando entre la basura con la punta de los pies en busca de casquillos; o, o, o, si el Espíritu de la Paz andaba por el vecindario y el tráfico en dirección a Yonkers era fluido, podía incluso haber llegado a casa a tiempo de llevar a sus hijos al colegio.

Incluso en el turno de madrugada había policías vehementes, pero Billy no era uno de ellos. Si algo esperaba de cada noche era más que nada que el caos nocturno de Manhattan fuese en su mayor parte indigno de la atención de su brigada, quedándose en simples delitos menores que pudieran dejar en manos de las patrullas.

—Hombre de Seúl, cómo va eso —dijo arrastrando las palabras mientras entraba en el 24/7 coreano de la Tercera Avenida, situado en la acera de enfrente de la jefatura.

Joon, el dependiente nocturno con gafas de carey pegadas con cinta aislante, comenzó automáticamente a reunir la ración nocturna habitual de su cliente: tres bebidas energéticas Rockstar de medio litro, dos sobres de gel isotónico Shaolin y una cajetilla de Camel light.

Billy abrió una lata de Go antes de que fuese a parar a la bolsa.

—Demasiada mierda de esa cansar aún más —le sermoneó como de costumbre el coreano—. Como bumerán.

—Sin duda.

Mientras buscaba la Visa, el monitor de seguridad situado junto a la caja registradora captó a Billy en toda su gloria: fornido como un jugador de fútbol americano, pero encorvado de hombros, el rostro pálido y los ojos vidriosos de agotamiento rematados por medio rastrillo de pelo prematuramente canoso. Solo tenía cuarenta y dos años, pero en una ocasión aquella mirada de celofán arrugado, combinada con la postura de un insomne de campeonato, le habían permitido entrar al cine con descuento de jubilado. Con sobresueldo o sin él, el hombre no está hecho para entrar a trabajar después de la medianoche. Y punto.

La jefatura de la Guardia Nocturna, en el segundo piso de la comisaría del Distrito Quince, compartida con la división de Homicidios de Manhattan Sur que la ocupaba durante el día, parecía un cruce entre una atracción de feria y un depósito de cadáveres. Era un inhóspito revoltijo de mesas metálicas grises iluminadas por fluorescentes y con separadores de plástico animadas con fotos autografiadas de Samuel L. Jackson, Derek Jeter, Rex Ryan y Harvey Keitel que compartían espacio con fichas de sospechosos, estampas familiares y espeluznantes instantáneas tomadas en escenas del crimen. Un acuario de cristal de dos metros, medio lleno de peces gato cual tiburones en miniatura, dominaba una de las paredes de hormigón; una bandera estadounidense de tamaño embajada cubría la otra.

No vio a ninguno de los miembros habituales de su brigada: Emmett Butter, actor a tiempo parcial, tan novato en la unidad que Billy aún estaba por permitirle encabezar alguna investigación; Gene Feeley, que a finales de los ochenta formaba parte del equipo que había acabado con el imperio del crack de Fat Cat Nichols, llevaba treinta y dos años en el Cuerpo, era propietario de dos bares en Queens y seguía allí únicamente para sacarse la pensión máxima; Alice Stupak, que trabajaba de noche para poder estar con su familia durante el día; y Roger Mayo, que trabajaba de noche para poder evitar a su familia durante el día.

No era raro que la sala estuviera desierta treinta minutos después de haber tenido lugar el relevo, dado que a Billy no le importaba dónde pasaran el turno sus inspectores siempre y cuando respondieran al teléfono cuando los necesitaba. No le veía ningún sentido a obligarles a pasarse la noche entera sentados a sus mesas como si estuvieran castigados en el colegio. Pero a cambio de aquella libertad, si cualquiera de ellos —con la excepción de Feeley, que tenía tantos contactos de la vieja escuela en el n.º 1 de Police Plaza que podía hacer o dejar de hacer lo que le viniera en gana— dejaba de responder a su llamada, aunque solo fuera una vez, quedaría expulsado de la brigada sin que baterías descargadas, caídas en el retrete, peleas callejeras, robos, el Apocalipsis o la Segunda Venida sirvieran como excusa.

Tras dejar la bolsa del supermercado en su diminuto despacho sin ventanas, Billy salió de la sala y recorrió el corto pasillo hasta la centralita, atendida por Rollie Towers, alias el Ruedas, un muchacho grandote cual Buda vestido con pantalones de chándal y sudadera de la John Jay, cuyo enorme trasero asomaba por ambos costados de su silla Aeron con cinchas mientras driblaba las llamadas entrantes y desviaba como un portero las peticiones de intervención de la Guardia Nocturna desde diversos escenarios del crimen.

—Mire, sargento, mi superior aún no ha llegado —dijo Rollie saludando a Billy mediante un asentimiento de cabeza—, pero puedo adivinar lo que va a decir. Nadie ha salido herido, el tipo ni siquiera está seguro de que fuese una pistola. Yo me limitaría a tomarle declaración y esperaría hasta mañana a que lleguen los de la Quinta Brigada, por si acaso se ajusta a algún tipo de patrón que ya estén investigando, ¿le parece? Tampoco es que nosotros podamos hacer gran cosa en este caso. Sin problema… sin problema… sin problema.

Colgó y se volvió hacia Billy.

—Sin problema.

—¿Alguna novedad?

Billy alargó una mano hacia los Doritos de Rollie, luego se lo pensó mejor.

—Tangana en el distrito 3-2, dos mujeres armadas con pistolas, una en la acera, la otra en el asiento trasero de un taxi. A una distancia de, a lo sumo, un par de metros. Seis disparos en total y, ojo al dato, ninguna de las dos tiene un solo rasguño. Toma exhibición de puntería.

—¿El taxi iba en marcha?

—Al parecer se estaban persiguiendo por los Eisenhower. Una de las tipas se sube al coche y le dice al taxista que salga cagando leches, pero el tío en cuanto ve la pistola salta del vehículo y echa a correr hacia Senegal, probablemente ya esté a medio camino en estos momentos.

—Pies para que os quiero.

—Butter y Mayo están ahora en la comisaría del 3-2 viendo cómo Annie Oakley y Calamity Jane duermen la mona.

—¿Y el taxista? Ahora en serio.

—Lo han encontrado a ocho manzanas de allí, intentando trepar a un árbol. Se lo han llevado para tomarle declaración, pero solo habla wólof y francés, así que están esperando a un traductor.

—¿Algo más?

—No, señor.

—¿ Y a quién me han encasquetado?

Billy temía las incorporaciones voluntarias, una colección siempre cambiante de inspectores del turno diurno ávidos de horas extras que cada noche engrosaban las mermadas filas de su brigada, a pesar de que la mayoría no servía para nada pasadas las dos de la madrugada.

—Supuestamente hay tres, pero a uno se le ha puesto malo el niño, el otro fue visto por última vez en una fiesta de jubilación en el Noveno, por lo que convendría averiguar si está en estado de presentarse, y haría bien en echarle un vistazo a lo que nos ha enviado Central Park.

—¿Está aquí? No he visto a nadie.

—Mire debajo de la alfombra.

De vuelta en la sala de la brigada, el voluntario, Theodore Moretti, se escondía a plena vista encorvado con los codos sobre las rodillas frente a la mesa más alejada de la puerta.

—Estoy en el aire —siseó para su móvil—, ahora mismo me estás respirando, Jesse. Te rodeo por completo…

Moretti, bajo y achaparrado, tenía el pelo negro y liso peinado con la raya exactamente en el medio y unos ojos de mapache que conseguían que los de Billy parecieran claros y diáfanos en comparación.

—¿Qué tal?

Billy se plantó junto a él con las manos en los bolsillos, pero antes de que pudiera presentarse como su oficial superior, Moretti se levantó, salió de la sala y regresó al cabo de un momento, todavía al teléfono.

—¿De verdad crees que podrás librarte de mí tan fácilmente? —le dijo Moretti a Jesse, la afortunada en amores, algo que permitió a Billy reconocerlo por lo que era y descartarlo en consecuencia.

Aunque el dinero era la principal motivación para quienes se incorporaban de manera puntual a la Guardia Nocturna, de vez en cuando algún inspector se presentaba voluntario no tanto por las horas extras como porque simplemente le era útil para sus acosos.

Dos menos cuarto de la madrugada… El ruido de neumáticos rodando sobre una calleja secundaria llena de bombillas rotas sonó como una bolsa de palomitas alcanz

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