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LOS JUEGOS DE NEMESIS (THE EXPANSE 5)

James S.A. Corey  

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Fragmento

Prólogo

Filip

Los astilleros gemelos de Calisto estaban uno junto al otro en el hemisferio de la luna que siempre quedaba oculto a la superficie de Júpiter. El Sol era la única estrella que resplandecía en la noche infinita, y la extensa mancha de la Vía Láctea brillaba con mucha más fuerza. Unas luces de obra blancas y adustas recorrían el borde de los cráteres e iluminaban los edificios, las palas cargadoras y los andamios. Las cuadernas de las naves a medio construir se distinguían entre el regolito del polvo de las piedras y del hielo. Eran dos astilleros, uno civil y el otro militar; uno de la Tierra y el otro propiedad de Marte. Ambos protegidos por los mismos cañones de riel antimeteoros y ambos dedicados a construir y reparar los navíos que llevarían a la humanidad hacia nuevos mundos al otro lado de los anillos cuando se resolviese el conflicto de Ilo, si es que eso llegaba a ocurrir.

Ambos iban a tener más problemas de lo habitual.

Filip avanzaba a la cabeza del resto de su equipo, que lo seguía de cerca. Había arrancado las luces led del traje y lijado el enchapado de cerámica para que la superficie no emitiese ningún reflejo. Hasta la pantalla de aviso estaba tan oscura que casi comprometía su visibilidad. Las voces que resonaban en sus oídos (tráfico de las naves, canales de seguridad y conversaciones de civiles) no obtenían respuesta alguna por su parte. Las oía sin responder. El láser de objetivo que llevaba a la espalda estaba apagado. Su equipo y él eran sombras entre las sombras. La tenue cuenta atrás que se columbraba a la izquierda de su campo visual bajó de quince minutos. Filip agitó la mano en aquel aire que tenía una densidad casi igual que la del vacío, gesto que en el idioma de los cinturianos significaba que avanzaran más despacio. Los compañeros que lo rodeaban le hicieron caso.

En el vacío que se extendía sobre ellos y a demasiada distancia como para que los viesen, los navíos marcianos que protegían el astillero intercambiaban mensajes con tono entrecortado y profesional. La flota se había desperdigado tanto que solo habían dejado dos naves en órbita. Solo dos, lo más seguro. Era posible que también hubiese otras ocultas en la negrura, sobreviviendo gracias al calor residual para ocultarse de los radares. Era posible, pero poco probable. Y, como decía el padre de Filip, en la vida había que arriesgarse.

Catorce minutos y treinta segundos. Dos temporizadores adicionales aparecieron junto a la cuenta atrás. Uno empezó en cuarenta y cinco segundos, y el otro en dos minutos.

—Transporte Frank Aiken, todo despejado para el atraque.

—Mensaje recibido, Carson Lei —dijo Cyn con ese bramido tan característico. Filip sintió la sonrisa del viejo cinturiano en las palabras—. ¿Coyos savent el mejor endroit pour boire cuando bajemos?

En algún lugar de las alturas, la Frank Aiken bañaba las naves marcianas con unos inocuos láseres de cálculo ajustados a la misma frecuencia que el que Filip llevaba a la espalda. La voz del oficial de comunicaciones marciano que se oyó después no evidenciaba ni un atisbo de miedo.

—No le he recibido, Frank Aiken. Repita, por favor.

—Lo siento, lo siento —dijo Cyn entre risas—. Estimado y respetable señor, ¿sabe algún lugar en el que una pobre tripulación de cinturianos podría echar un trago cuando lleguemos a la superficie?

—No puedo ayudarle, Frank Aiken —respondió el marciano—. Mantengan la ruta.

—Tu sais sa. Claro como el agua. Seguimos rectos como una bala.

El grupo de Filip llegó a la parte superior del cráter y este bajó la mirada hacia la tierra de nadie que era el perímetro militar marciano, tal y como esperaba. Buscó los almacenes y los depósitos de suministros. Sacó el láser de objetivo, enterró la base en el hielo sucio y lo encendió. El resto del grupo, que se había esparcido por el borde del cráter a una distancia suficiente para quedar dentro del campo de visión de los demás, hizo lo propio con sus láseres. Eran viejos y habían montado las bases de alineación que llevaban debajo con todo tipo de elementos reutilizados de otros artefactos. Antes de que el pequeño led rojo de la base se pusiera verde, la primera de las dos cuentas atrás secundarias llegó a cero.

La alerta de seguridad tritonal resonó en el canal civil, seguida de la voz angustiada de una mujer.

—Tenemos un mecha de carga fugitivo en el terreno. Se dirige a la batería antimeteoros.

El pánico y la inquietud de la voz se extendió por el sistema auditivo de Filip mientras él hacía que su equipo se dispersara por el borde del cráter. Unas pequeñas volutas de polvo se levantaron a su alrededor y empezaron a formar una neblina en lugar de caer al suelo. El mecha de carga, que no respondía al control manual, avanzó a zancadas por esa tierra de nadie y se abalanzó sobre los cañones de la línea de defensa antimeteoros para bloquearlos, aunque solo fuese durante unos minutos. Cuatro marines marcianos salieron del búnker tal y como exigía el protocolo. Avanzaron por la superficie como si de una pista de hielo se tratase gracias a las servoarmaduras que llevaban. Cualquiera de ellos podía acabar de un plumazo con el equipo de Filip y volver ileso a su puesto, quizá afectado tan solo por un ligero remordimiento. Filip odiaba a todos sin distinción. El equipo de reparaciones ya iba de camino a la batería de defensa dañada. Todo volvería a la normalidad en menos de una hora.

Doce minutos y cuarenta y cinco segundos.

Filip hizo una pausa para mirar a su equipo: diez soldados voluntarios, lo mejor que el Cinturón podía ofrecer. Él era el único que conocía la importancia de esa incursión en el depósito de suministros marciano y cuáles serían las consecuencias. Todos estaban preparados para morir si llegaba a ser necesario, porque sabían quién era. Sabían quién era su padre. Filip lo sintió en las entrañas y también en el nudo que se le había formado en la garganta. No era miedo, era orgullo. Orgullo.

Doce minutos y treinta y cinco segundos. Treinta y cuatro. Treinta y tres. Los láseres que había colocado se activaron y bañaron a los cuatro marines, el búnker en el que estaban los refuerzos, las vallas del perímetro, los talleres y los barracones. Los marcianos se dieron la vuelta, ya que las armaduras eran tan sensibles que hasta notaban el más mínimo roce de esos láseres invisibles. Levantaron las armas al tiempo que echaban un vistazo alrededor. Filip se dio cuenta de que uno había visto al equipo y pasó de encañonar los láseres a apuntar hacia ellos. Hacia él.

Contuvo la respiración.

Dieciocho días antes, una nave que se encontraba en el sistema joviano y que Filip no tenía ni idea de cuál era había pegado un acelerón y llegado hasta diez o quizá incluso quince g. Justo en el nanosegundo que los ordenadores habían calculado, la nave había soltado unas pocas decenas de estructuras alargadas de wolframio con cuatro propulsores a chorro desechables en el centro de masas y unos sensores baratos de frecuencia fija unidos a ellos. Casi no tenían la complejidad necesaria para poder llamarse máquinas. Un niño de seis años podía construir cosas más sofisticadas que esas, pero con la aceleración que llevaban, que era de ciento cincuenta kilómetros por segundo, no tenían por qué ser complejas. Lo único que hacía falta era apuntarlas en la dirección deseada.

Todo terminó antes de que la señal que llegó al ojo de Filip se propagase por su nervio óptico para abrirse camino hasta el neocórtex visual. Cuando los enemigos ya habían muerto sintió el ruido sordo, y también vio las partículas que ocupaban el lugar donde antes se encontraban esos marines y el resplandor de las dos pequeñas estrellas que hasta hacía un momento eran busques de guerra. En ese momento, activó la radio de su traje.

—Ichiban —dijo, orgulloso de que su voz sonase tan calmada.

El grupo empezó a botar pendiente abajo por el cráter mientras arrastraba los pies. Los astilleros marcianos se convirtieron en un paisaje onírico: copetes de llamas surgieron de los talleres destrozados cuando estallaron los gases inflamables; una nieve suave se elevó entre los barracones cuando la atmósfera salió despedida hacia el exterior y se congeló. Los marines habían quedado devastados, sus cuerpos cercenados y desperdigados por el terreno. Una nube de polvo y hielo envolvió al cráter y dejó su visión de los objetivos a merced de las indicaciones del visor táctico.

Diez minutos y trece segundos.

El equipo de Filip se dividió. Tres avanzaron hasta la mitad del espacio abierto y encontraron un lugar lo suficientemente grande como para empezar a desplegar la negra estructura de carbono del andamio de evacuación. Otros dos desenfundaron unas pistolas ametralladoras sin retroceso y se prepararon para disparar a quienquiera que saliese de entre los escombros. Otros dos corrieron hacia la armería, y los tres restantes lo siguieron hasta los cobertizos de suministros. El edificio surgió ante ellos entre el polvo, inhóspito e imponente. Las puertas de acceso estaban cerradas. Un mecha de carga yacía volcado junto a ellas, y su conductor había muerto o estaba a punto. El especialista técnico de Filip se acercó a los controles de las puertas y se deshizo de la carcasa con un cortador de energía.

Nueve minutos y siete segundos.

—Josie —llamó Filip.

—En travaillant, sa sa? —respondió Josie con brusquedad.

—Sé que estás trabajando —dijo Filip—. Pero si no puedes abrirlas...

Las enormes puertas de acceso se movieron, se estremecieron y empezaron a ascender. Josie se dio la vuelta y encendió un instante las luces del casco para que Filip viese el mohín que le acababa de dedicar. Entraron en el almacén. Repartidas por el lugar, había unas torres curvadas de cerámica y acero más densas que montañas. También unos cables finos como cabellos de cientos de kilómetros de largo enrollados en enormes carretes de plástico que eran más altos que Filip. Unas enormes impresoras esperaban listas para crear las placas que se unirían en el vacío, definir un volumen y crear una burbuja de aire, agua y organismos complejos que se asemejaran a los de un hábitat humano. Las luces de emergencia parpadearon y le dieron al amplio espacio el inquietante brillo de un desastre inminente. Avanzó. No recordaba haber desenfundado el arma, pero la llevaba en la mano. Miral, no Josie, había empezado a amarrarse a un mecha de carga.

Siete minutos.

La luz estroboscópica roja y blanca del primer vehículo de emergencia parpadeó entre el caos del astillero; parecía venir al mismo tiempo de todas partes y de ninguna. Filip atravesó hileras de equipamiento de soldadura e impresoras de metal. Baldas de polvo de acero y de cerámica más fino que el talco. Monturas en espiral. Capas y capas de armaduras de asalto de espuma y kevlar apiladas formando la que parecía la mayor cama de todo el Sistema Solar. En una esquina del lugar había un motor Epstein al completo desmontado como si fuese el rompecabezas más complejo del universo. Filip lo ignoró todo.

El aire no tenía la densidad suficiente para transportar el sonido de los disparos. Su visor táctico envió la alerta de amenaza en el mismo momento en el que una marca resplandeciente aparecía en la viga de acero que tenía a la derecha. Se lanzó al suelo y, debido a la microgravedad, su cuerpo cayó mucho más lento de lo que lo hubiese hecho durante una aceleración. El marciano bajó de un salto hasta donde se encontraba. No llevaba la servoarmadura de los guardias, pero sí un exoesqueleto de técnico. Filip apuntó a su centro de masas y vació medio cargador. Los proyectiles resplandecieron al salir del cañón, quemaron su combustible y dejaron líneas llameantes de un gris rojizo en el aire poco denso de Calisto. Cuatro de ellos impactaron en el marciano, y unas gotas de sangre se elevaron en el ambiente como si fuesen copos de nieve rojos. El exoesqueleto pasó a estado de emergencia y sus leds se volvieron de un ámbar inquietante. En una frecuencia, alguien anunció a los servicios de emergencia del lugar que había ocurrido algo terrible. Era una vana devoción por el deber que a Filip le resultó graciosa en aquel contexto.

Oyó la voz suave de Miral:

—Hoy, Filipito. Sa boîte sa palla?

Filip tardó un momento en encontrar al hombre. Estaba en el mecha de carga, y le costaba distinguir su oscurecido traje espacial del mecha, como si se hubiesen fabricado para formar una unidad. Lo único que distinguía a Miral de un operador al que hubiesen dejado abandonado era el círculo dividido de la APE que se entreveía debajo de la mugre. Los contendedores de los que hablaba aún seguían amarrados a los palés. Cada uno era de mil litros y había cuatro en total. En la superficie curvada tenían un aviso que rezaba: REVESTIMIENTO DE RESONANCIA DE ALTA DENSIDAD. Se trataba del revestimiento de absorción de energía que hacía que las naves marcianas fuesen indetectables. Tecnología de camuflaje. La había encontrado. Sintió que desaparecía de su interior un miedo que no había identificado hasta el momento.

—Sí —dijo Filip—. Eso es.

Cuatro minutos y treinta segundos.

El mecha de carga chirrió en la distancia, y el sonido se expandió gracias a las vibraciones que recorrían la base de la estructura en lugar de por la atmósfera poco densa. Filip y Josie avanzaron hacia las puertas. Las luces resplandecían aún más y parecían haber adquirido cierta direccionalidad. La radio del traje de Filip captó frecuencias en las que se oían gritos y alertas de seguridad. El ejército de Marte había ordenado la retirada de los vehículos de emergencia de la zona civil, preocupados por si se trataba de un ataque terrorista o enemigos de incógnito. Y era normal. En otras circunstancias, podría haberse tratado de eso. El visor táctico de Filip había delineado los edificios, marcado el andamio de evacuación a medio construir y evaluado su mejor suposición sobre la ubicación de los vehículos a tenor de los cálculos con los infrarrojos y las luces, que eran demasiado complicados para los ojos de Filip. Sintió que andaba por un croquis del que solo distinguía ángulos y superficies poco definidas, que el suelo se estremecía bajo sus pies mientras andaba por el regolito. Puede que hubiese sido una detonación. O un edificio que caía al suelo después de un largo y lento derrumbamiento. El mecha de carga de Miral apareció por las puertas abiertas recortado contra las luces del almacén. Llevaba los contenedores en las garras, negros e indistinguibles. Filip avanzó hacia el andamio y cambió la radio a su canal encriptado mientras arrastraba los pies.

—Informad.

—Un pequeño problema por aquí —dijo Aaman. Era el encargado del andamio. El regusto metálico del miedo se extendió por la boca de Filip.

—Aquí vamos bien —dijo, intentando sonar calmado—. ¿Qué ha pasado?

—Esas partículas de mierda están jodiendo el andamio. Hay gravilla en las juntas.

Tres minutos y cuarenta segundos. Treinta y nueve.

—Voy —anunció Filip.

La voz de Andrew los interrumpió.

—Nos disparan en la armería, jefecillo.

Filip ignoró el diminutivo.

—¿Cuántos?

—Muchos —respondió Andrew—. Chuchu ha caído y yo empiezo a tener problemas. Puede que necesite ayuda.

—Aguanta —dijo Filip mientras le daba vueltas a la situación. Tenía dos guardias apostados junto al andamio de evacuación listos para disparar a cualquiera que no perteneciese a su bando. Los tres constructores se afanaban con un soporte. Filip saltó hacia ellos y se agarró a la estructura negra. Andrew gruñó por la línea.

Supo al instante cuál era el problema al ver el conector que los retrasaba y la gravilla negra. De haber atmósfera, lo hubiese solucionado con un soplido fuerte, pero era imposible en la situación en la que se encontraban. Aaman había empezado a escarbar frenéticamente con un cuchillo, muy poco a poco, para dejar limpias las estrechas y complicadas junturas de la estructura de metal.

Tres minutos.

Aaman intentó forzar el soporte para conectarlo al resto de la estructura. Estuvo cerca, muy cerca, pero volvió a desengancharse cuando lo soltó. Filip vio que el hombre soltaba un taco y que el visor del casco se le llenaba de gotas de saliva. Si tuviesen una lata de aire...

Claro que la tenían.

Le quitó el cuchillo de las manos a Aaman y apuñaló la muñeca de su traje por la articulación, donde era menos robusto. Un dolor agudo le indicó que se había pasado un poco, pero daba igual. Ignoró la alarma del traje que había empezado a sonar. Se inclinó hacia delante, colocó la pequeña raja junto a la juntura atascada, y el aire que salía empezó a limpiar el hielo y la tierra. También surgió una única gota de sangre que se congeló al instante y formó una esfera perfecta y escarlata que rebotó contra la estructura. Filip dio un paso atrás, y Aaman unió las piezas. En esta ocasión, sí encajaron

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