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LOS LIBROS ARDEN MAL

Manuel Rivas  

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Fragmento



Índice

Mapa

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Fotografía

Cita

Las marcas del agua

La noche de las falenas

La vendedora de periódicos

La miga de pan

El matador de toros

Arden los libros

El entierro de los libros

El hombre invisible

Voy a mirar quién anda ahí

La chusma y la Providencia

Natura maxima in minimis

Fósforo vivo

El cuerpo abierto

La bofetada de los muertos

El aldabonazo

El cantante callejero

La locomotora de plomo y la lancha voladora

Dez y Terranova

El segundo combate de Curtis

Las rosas blancas

Las espinas de las palabras

La bengala del abuelo Mayarí

Ó y Armonía

La lengua de los chimpancés

La estrategia de la luz

La mujer de los erizos

Jolie madames!

El Aprendiz de Taxidermista

Las 666 castañas

El enterrador

La cucaracha del Rey Cintolo

Ácido acetilsalicílico

El beso de la bruja

La bicicleta de Pinche

La mujer de la ventana

El cajón del juez

El juez de Oklahoma

El coleccionista de yugos

El suministrador de Biblias

Mim desamparou

La esfera de zarzas

Las hojas que no caen

La Estrella y el caballo Romántico

Lo prohibido

El campeonato de Dios

Las fotos

La sonrisa de Paúl Santos

Los Moradores del Vacío

El balón del Diligent

El hombre de Roswell

El Chemin Creux

Ó y los hombres célebres

El Buzo Fosforescente

Tu nombre

El precio

El libro de Elisée

Blu, dipinto di blu

Banana split

El camarote de Montevideo

El cant dels ocells

Leica y Silvia

La Historia dramática de la cultura

Una «fiesta sagrada»

El escritor compulsivo

La novela del faro

Ó y los animales

El arquitecto portugués

El hotel de los Espejos

Ese irse-la-luz

La denuncia

El cuaderno

La carga de la sospecha

Judit

El vientre de la ballena

La Rosa Taquigráfica

El «museo» de Ren

La niebla azul

La detención

El parto de Popsy

El jugador de la suerte

Los disfraces

La tragafuegos de Camden Town

La felicidad de la expresión

El condecorado

Purple rain

La Coccinella septempunctata

El trabajador de la eternidad

Las picotas

A ti, sí

Algo especial

Nota del autor

Mi agradecimiento:

Imagen

Manuel Rivas | El esclavo Henrique

La crítica ha dicho de Los libros arden mal

Entrevista a Manuel Rivas

Podemos tocar una inmensa mirada

Notas

Sobre el autor

Créditos

A Antón Patiño Regueira,

librero y naturalista.

In memóriam.

Quema de libros tras el golpe fascista del 18 de julio.

Dársena de A Coruña, agosto de 1936.

Incierto es, en verdad, lo porvenir. ¿Quién sabe lo que va a pasar? Pero incierto es también lo pretérito, ¿quién sabe lo que ha pasado?

ANTONIO MACHADO

Juan de Mairena

Las marcas del agua

Al principio me molesta. Es joven. No lo conozco. A veces, ocurre. Se meten en medio. Yo estaba atenta al chico de los tangos. Al que salió a cantar en el palco invitado por Pucho Boedo, el de la Orquesta Oriente. Con traje blanco y un pañuelo rojo al cuello. Con todos vosotros, un amigo que tiene la voz del mar, acunada por la luz del faro: Luis Terranova. Qué guapo. Y aún más guapo cuando se puso a cantar. Se le fue de la cara todo lo que tenía de infantil. Dibujado, de repente, por los huesos. Era Chessman, el tango de un condenado a muerte. Nunca había oído cantar así un tango. Parecía que lo acababa de componer él, que le estaba saliendo en ese instante. Ya son las diez, suena el reloj, un paso doy, voy a mi Dios. Mira tú por dónde, la hora coincidía. Eso fue en el baile de San Pedro de Nós. Ahora no lo recuerdo, pero pienso que incluso los músicos dejaron de tocar. Aquel verano, con Ana y Amalia, recorrí las verbenas con la ilusión de oírlo otra vez, pero no se volvió a saber de él. Yo cantaba el tango en el río, Los libros son mis pasos, calvario del Señor, la silla mi descanso, que el mundo deparó, y así, insistiendo, con sentimiento, fui componiendo su figura en el agua. Ya sé que es trampa. Pero yo también tengo derecho a imaginarme las figuras. No estar sólo a la espera de las que vengan.

Como ésta. Ésta vino por su cuenta.

Es un soldado. Al principio me sorprendo. Me pareció un poco monstruoso. Tan joven y uniformado. Barbilampiño. Muy crío, excepto en los labios, que son carnosos y más atrevidos que el resto de los rasgos. Quizá es que al estar en el agua, contracorriente, la boca se entreabre ansiosa. Me mira con mucha curiosidad. Con una sonrisa melancólica. Tiene la cara algo redonda. A la manera de nuestra familia. Es rubio. Hay algo de dorado en el agua, no es el centelleo del sol, quizá un fruto de su ser rubicundo. A mí me gusta la compañía de las figuras, pero me molesta que me miren fijamente. Con disimulo, dejo caer la pieza que lavo en esa dirección, muy despacio, para no hacer añicos la imagen sino para que se hunda con calma, a ocultarse en una hendidura, entre guijarros y hierbas, o para que le dé tiempo a esconderse entre los juncos.

Esta vez, no. Esta vez la dejo estar.

Un soldado con cara de crío y mirada de hombre. Un soldado barbilampiño. Una guerrera de botones grandes y cuello duro. Enmarcado en un círculo de agua. Tiene los brazos cruzados y en la manga del izquierdo se ve un distintivo. La mirada de hombre, sí. No me mira soberbio, pero tampoco compasivo. Es lo que tienen las figuras del agua, que vienen a ver, que miran cuando las miras.

Le pregunté a mamá.

Le pregunté por un soldado jovencito.

Ella hace que no oye.

¡Zas, zas! La ropa en la piedra.

Creo que mamá no quiere saber nada de mis figuras. Quizá ya le llega con las suyas. Noto que tiene cuidado de no sacudir la ropa en el río cuando yo me quedo con la mirada absorta en el agua. Pienso que también se mueven, que algunas van de mirada en mirada por el río, porque son figuras muy inquietas. Cuando una lleva tiempo sin aparecer a lo mejor es porque anda por los círculos que están en la parte de mamá. Eso me pasó con el boxeador. El boxeador anduvo un tiempo por aquí, por esta parte del río, y luego se fue. Me parece que se fue hacia donde lava ella, porque Polca me contó que el boxeador era muy amigo de las cerilleras y de las cigarreras.

Pero ella hace como que no ve las mías, y yo, las suyas.

¿Qué dices?

Un soldado. Un soldado con cara de crío.

Hubo varios soldados, dijo. ¡Zas, zas!

Ya. Yo hablo de un soldado rubio y lampiño que parece un crío. Un soldado sonriente. Medio sonriente.

Ése debía de ser Domingo, dice ella por fin. El que murió en Annual. En 1921. El de los tubos de la risa.

La figura sonreía. Sí, era él. El de los tubos de la risa.

Era muy sonriente, dijo Olinda. Listo como un ajo, pero de cuerpo débil. Enfermizo. Nuestra madre, tu abuela Dansa, lo acompañó a la caja de recluta.

Este chaval no sirve para la guerra, dijo.

Y uno de los que estaban allí, en la oficina de reclutamiento, le respondió: Todo el mundo sirve para la guerra. Si no sirve para matar, sirve para morir.

Un día escribió una carta diciendo que andaba con los tubos de la risa. Parece ser que así llamaban a los postes de los radiotelegrafistas. Él iba con una mula, llevando las emisoras. Y le enseñaron. Decía que ahora ya entendía el lenguaje de los pájaros. Todas sus cartas eran una broma. No parecía que viniesen de una guerra, sino de una comedia. Eran tan de risa que la abuela lloraba cuando se las leíamos. Al acabar siempre escribía: B. L. M. ¿Y eso qué quiere decir? Beso La Mano de usted, madre. Y la abuela aún lloraba más: Mira tú lo que ha ido a aprender en la guerra.

Y entonces Olinda se desahogó. Me habló de una de esas cosas de las que nunca quería hablar, de la historia de los soldados de la familia y del vecindario. Filipinas. Cuba. Marruecos. Creced y multiplicaos en carne de cañón. Un imperio de huesos, acrecentado año tras año. Y después los muertos en la guerra de España. Lo que perdieron fuera, los militares vinieron a conquistarlo dentro. Eso era lo que decía Olinda. ¡Zas, zas! El golpeteo de la ropa mojada en la piedra parecía en ella, de tan pocas palabras, una manera de seguir contando. Palabras con una costra de sudor polvoriento, de yodo y sangre, de repente empapadas, retorcidas, golpeadas, enjabonadas, más retorcidas, escurridas. Expuestas al sol. Limpias. Una camisa blanca a secar. Unos pantalones. El viento que llena la ropa vacía. En el lavadero, en una hendidura del muro que abriga del nordés, hay siempre un petirrojo. Cuando las mujeres callan, el petirrojo canta. El tubo de la risa. Los viejos enterrando a los jóvenes, dice Olinda. Eso es la guerra.

Pero a mí me pasa una cosa. Y yo no sé muy bien si eso es normal o no. Yo no me veo en el agua. A Olinda, sí. Miro de reojo, y veo a mi madre en el agua y fuera del agua. Está de rodillas, con el cuerpo ensamblado en la piedra del lavadero. Un cuerpo de mujer angular. La forma de la piedra resulta tan ajustada que parece que ha sido tallada poco a poco por el roce de los vientres. Ese eje que pasa por nuestros vientres y la forma de la piedra es lo que une el cielo, la tierra y el mar. Mientras ella enjabona, yo miro de reojo, primero hacia su imagen en el a

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