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LOS LOBOS DE PRAGA

Benjamin Black  

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Fragmento

1.

Hoy pocos recuerdan que fui yo quien encontró el cadáver de la desdichada hija del doctor Kroll tendido en la nieve aquella noche en el Callejón del Oro. La voluble musa de la historia casi ha borrado el nombre de Christian Stern de sus páginas eternas, aunque a menudo he tenido razones para pensar que habría sido mucho mejor para mí no haber aparecido nunca en ellas. Mi destino era elevarme muy alto, con un magnífico plumaje, pero al final volví a caer al suelo con las alas en llamas.

Estábamos en pleno invierno, y una luna creciente pendía ladeada sobre la mole del castillo de Hradčany, que se alzaba sobre el estrecho callejón donde yacía el cadáver. ¡Cuántas estrellas había!, como montones de alhajas esparcidas sobre una cúpula de tensa seda negra. Desde niño me había fascinado el misterio del firmamento y siempre quise conocer sus secretas armonías. Pero esa noche estaba borracho, y sus luces como gemas parecían girar y mecerse mareantes sobre mí. Tan embriagado estaba que es raro que reparase en la joven que yacía muerta entre las profundas sombras de los muros del castillo.

Había llegado a Praga ese mismo día y había pasado por una de las puertas del sur de la ciudad al caer la noche, después de un fatigoso viaje desde Ratisbona, con los caminos cubiertos de roderas y el Moldava helado de orilla a orilla. Encontré hospedaje en el León Dorado, un sórdido hostal en Kleinseite, donde no pedí nada, sino que subí a mi cuarto y me eché en la cama sin quitarme la ropa del viaje. Pero no pude dormir por culpa de una multitud de chinches que pululaba furtivamente a mi alrededor por debajo de las mantas y de un mercader de diamantes de Amberes, que agonizaba en la habitación contigua y tosía y gritaba sin descanso.

Por fin, pese a lo agotado que estaba, me levanté y bajé a la taberna, me senté en un taburete en el rincón de la chimenea y bebí aguardiente y comí bratwurst y pan negro en compañía de un viejo soldado, canoso y greñudo, que me obsequió con sangrientas anécdotas de sus días de mercenario a las órdenes del duque de Alba en los Países Bajos muchos años atrás.

Era más de medianoche y el fuego se había consumido cuando, más bebidos de la cuenta, los dos tuvimos la idea, que en aquel momento nos pareció estupenda, de aventurarnos afuera para admirar la ciudad cubierta de nieve a la luz de las estrellas. Las calles estaban desiertas: nadie aparte de nosotros había sido tan estúpido de salir con semejante frío. Me detuve en una esquina a resguardo del viento para aliviar la vejiga y el tipo siguió andando, farfullando y canturreando en voz baja. Un ave nocturna pasó volando en la oscuridad, una aparición silenciosa de alas pálidas, que desapareció tan rápido como había llegado. Me abotoné los calzones —lo cual no es fácil cuando uno está borracho y tiene los dedos helados— y eché a andar en lo que me pareció el camino de vuelta a la taberna. Pero enseguida me extravié en ese laberinto de calles sinuosas y callejones sin salida que hay al pie del castillo, de donde juro que el hedor de las letrinas habría expulsado al mismísimo Turco.

Cómo, desde allí, me las arreglé para acabar en el Callejón del Oro es algo que no puedo explicar. La Parca también es una mujer caprichosa.

Yo era todavía un hombre joven, con veinticinco años recién cumplidos, despierto, sagaz y ambicioso, y tenía todo el mundo por delante, a la espera de que alguien lo conquistara, o eso me parecía. Mi padre era nada menos que el príncipe-obispo de Ratisbona; mi madre, una sirvienta en el palacio del obispo: un bastardo, por tanto, pero decidido a no ser el criado de nadie. Mi madre murió cuando yo era aún una criatura, y el obispo me entregó a una pareja sin hijos: Willebrand Stern y la arpía de su mujer, que me dieron su apellido y procuraron criarme en el temor a Dios, lo que equivalía a matarme de hambre y darme palizas de vez en cuando por mi supuestamente incurable pecaminosidad. Más de una vez me escapé de la triste casa de los Stern en Pfauengasse, y en cada ocasión me atraparon y me llevaron de vuelta para que me golpearan con redoblado vigor.

Desde el principio tuve una gran sed de conocimiento, y con el tiempo me convertí en un precoz adepto a la filosofía natural y en un curioso aunque más bien escéptico estudioso de las ciencias ocultas. Tuve la suerte de recibir una sólida educación, gracias a mi padre el obispo, que insistió en que asistiera al gimnasio de Ratisbona, pese a que mi padre adoptivo Stern habría preferido colocarme de aprendiz con un herrero. En la escuela destaqué en el quadrivium y demostré una particular inclinación por la aritmética, la geometría y los estudios cosmológicos. Fui un estudiante aplicado e inteligente —más que inteligente—, y a los quince años, cuando era ya más alto y más fuerte que mi padre adoptivo, me matriculé en la Universidad de Wurzburgo.

Fue una época feliz, tal vez la más feliz de mi vida, en la amable y vieja Franconia, donde tenía profesores sabios y diligentes y pronto amasé una gran erudición. Cuando mis años de estudio llegaron a su fin, me quedé en la universidad y me las arreglé para ganarme la vida dando clase a los obtusos hijos de los comerciantes ricos de la ciudad. Pero la vida académica no podía complacer mucho tiempo a un hombre tan obstinado y resuelto como yo.

Los Stern lamentaron que me fuese a Wurzburgo, pero no porque me tuviesen cariño, sino porque conmigo se fue también la asignación mensual del obispo. El día de mi partida me prometí que mis padres adoptivos jamás volverían a verme, y cumplí mi promesa. Solo volví una vez a Ratisbona, diez años después, cuando los Stern habían muerto y había una herencia que cobrar. El legado no era más que un puñado de florines por el que casi no valía la pena hacer el viaje desde Wurzburgo, pero el dinero me sirvió para seguir mi camino a Praga, esa capital de la magia a la que había querido ir toda la vida.

El propio obispo había muerto hacía poco. Después de cumplir a mi pesar con el deber de visitar el lugar de su último descanso y, todavía más a mi pesar, el de los Stern, dejé Ratisbona tan deprisa como me lo permitió mi viejo penco. En una petaca de piel que guardé pegada al pecho llevaba una carta de recomendación que había solicitado a Su Ilustrísima cuando estaba agonizando, aunque sin muchas esperanzas de que me la escribiera. Sin embargo, en su lecho de muerte el gran hombre llamó a un escribiente para redactar el documento, que firmó como es debido y envió con urgencia a su importuno retoño.

Este favor de mi padre llegó acompañado de una pesada bolsa de oro y plata. La carta y el dinero me sorprendieron: me constaba que de entre su numerosa e ilegítima progenie yo no era su favorito. Tal vez se hubiese enterado de que me había convertido en un erudito y tuviera la esperanza de que pudiera seguir sus pasos y convertirme en prelado. Pero si eso fue lo que pensó el viejo, vive Dios que no conocía a su hijo.

También me envió —lo encontré por casualidad en el fondo de la bolsa— un anillo de oro que creo que debió de pertenecer a mi madre. ¿Podría ser que le diera este sencillo anillo de oro en prueba secreta de cariño…, incluso de amor? La posibilidad me turbó: había decidido considerar a mi padre un monstruo y no quería verme forzado a replanteármelo.

Y así llegué a Praga, a finales del año de Nuestro Señor de 1599, bajo el reinado de Rodolfo II, de la casa de Habsburgo, rey de Hungría y Bohemia, archiduque de Austria y gobernante del Sacro Imperio Romano. Era una época más feliz, una era de paz y abundancia antes de que esta terrible guerra de religiones, que dura ya casi treinta años, sumiera al mundo en matanzas, fuego y desolación. Es posible que Rodolfo estuviese un poco loco, pero era tolerante con todo el mundo, y pensaba que las creencias de cualquier hombre, ya fuese cristiano, judío o musulmán, eran cosa suya y no asunto del Estado, el monarca o el mariscal.

A Rodolfo, como es sabido, no le gustaba Viena, la ciudad donde había nacido, y no tardó en trasladar la corte imperial a Praga en…, ¡ay!, he olvidado el año; mi memoria es ahora como un cedazo. Aunque no he olvidado mi propósito al dirigirme a la capital de su imperio, que no era otro que ganarme el favor del emperador y asegurarme un puesto entre las decenas de eruditos que trabajaban para complacer a Su Majestad, y bajo su dirección, en el fabuloso caldo de cultivo que era el castillo de Hradčany. La mayoría eran alquimistas, pero no todos: en la corte también había sabios, en particular el astrónomo Johannes Kepler y el noble danés Tycho Brahe, el matemático imperial de Rodolfo, grandes hombres ambos, aunque Kepler era con mucho el más grande de los dos.

Lo que me había propuesto no era fácil. Conocía, como todo el mundo, la reputación de misántropo de Rodolfo. Su Majestad había pasado años recluido en sus aposentos del castillo, dedicado a estudiar textos antiguos y a meditar en sus fabulosas estancias, sin dejarse ver ni siquiera ante sus más íntimos cortesanos durante semanas; se sabía que había tenido esperando medio año o más a emisarios de los príncipes más ilustres antes de dignarse recibirlos en audiencia. Pero ¿qué me importaba eso a mí? Mi intención era abrirme paso hasta el sanctasanctórum imperial sin dilación ni impedimentos, por cualquier medio y mediante cualquier estratagema que pudieran ser necesarios, así de grandes eran mis ambiciones y mi fe en mí mismo.

La idea del favor real estaba lejos de mi imaginación esa

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