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LOS LOBOS NO PIDEN PERDóN

Miguel Conde-Lobato  

4


Fragmento

2

Cuesta creer cómo conmovió aquel suceso a toda una sociedad. Pero es necesario que reconstruyan aquel momento, que intenten imaginar lo que supuso para todo un país aquella detención. Las cosas existen cuando las percibimos, cuando tomamos conciencia de ellas. Siempre consideré que fue ese el instante en que aquella pesadilla comenzó a existir.

Era un martes por la tarde. Un día lluvioso, triste. Llevaba tiempo queriendo entrevistar al agente que efectuó el arresto, pero yo mismo lo había ido posponiendo. Quizá quería saber el final antes de conocer el principio.

Francisco era un tipo sencillo. Siempre tuvo claro que quería ser policía, «porque mi padre también lo había sido», afirmaba orgulloso. Había llegado a ser inspector, y de los de homicidios, que a los que no sabemos nada del escalafón policial nos parecen los auténticos policías.

Cuando charlé con él noté que había contado aquella detención una y otra vez.

Lo tenía automatizado, guionizado. Fue como darle al botón del play.

—Cuénteme, Francisco, por favor, ¿cómo fue aquel momento?

—Nuestro superior nos ordenó acudir a la cuesta de Moyano, por donde, según informó un compañero que estaba fuera de servicio, subía el sospechoso con un arma blanca en la mano. Habíamos recibido la orden de busca y captura el día anterior. Todo parecía indicar que se trataba de él. Y así fue. Cuando leí su nombre, creí que era una simple coincidencia.

—Onofre es un nombre muy singular.

—¡No sabe usted la de coincidencias que se dan entre casi cincuenta millones de personas!

—Seguramente. Perdone, le he interrumpido.

Francisco tenía ganas de seguir.

—Nos dirigimos al lugar. Y lo encontramos allí, con un enorme cuchillo en la mano. Mirando al cielo. Como si nos estuviese esperando. Le dimos el alto mientras le apuntábamos, dejó caer el arma y no opuso resistencia cuando le esposamos. Recuerdo la incredulidad de mi compañero y la mía. Mirábamos su cara y, en efecto, era él. El sospechoso de siete asesinatos. No nos lo podíamos creer.

—¿Qué hicieron después?

—Nos metimos en el coche patrulla. Llamé a la central. «¿Qué desea, inspector?», me respondió Carmen desde la centralita. Yo informé sobre la detención: «Acabamos de detener a Onofre Castro y regresamos a comisaría». Recuerdo el silencio. El silencio en la emisora que se comunica con todos los coches de la policía se parece a una especie de crujido sostenido. Detrás de ese crujido estaba Carmen, seguro que boquiabierta, hasta que un clac la devolvió a la conversación.

»“Repita nombre”, me solicitó. Yo insistí: “Carmen, has oído bien. Onofre Castro, el secretario de Estado de Justicia”. Lo llevamos a comisaría. Se mantuvo en silencio. Pasó a disposición judicial y, para sorpresa de todos, la jueza ordenó su traslado a la cárcel de Teixeiro. Había pasado el tiempo suficiente para que se filtrase a la prensa y que estuviesen esperando a la salida del coche patrulla a la caza de unas imágenes que encenderían un reguero de pólvora que se extendería, en cuestión de minutos, por todo el país.

No exageraba. Así fue. Recuerdo que yo mismo no me lo creía. Nadie creía lo que estábamos viendo. La imagen que todas las televisiones, todos los periódicos online y radios estaban emitiendo: «Onofre Castro detenido, esposado dentro de un coche policial, camino de la cárcel en prisión preventiva». Los compañeros de los medios hablaban de «el político estrella», «el hombre con la carrera más sólida de la política española», «el carismático», «el justo», «sorprendido en un callejón con un arma blanca de grandes dimensiones en su mano».

—Se le imputaban hasta siete crímenes —me recordó Francisco antes de que me despidiese de él y centrase mi atención en su compañero. Tampoco hacía falta aplicar técnicas de interrogatorio para que hablase.

—Tuve una sensación de irrealidad durante todo el tiempo —me contó, todavía impresionado por aquella situación, Alejandro, un novato de segundo año en el Cuerpo, de los que aún olían a academia.

Me relató cada paso con la misma minuciosidad con la que había leído sus derechos al detenido.

—No siempre se les leen —me reconoció—, o al menos no de forma tan extensa.

Seguramente estaba impactado. Al fin y al cabo, el sospechoso era quien era, un brillante jurista, un personaje famoso. Me llamó la atención su descripción del silencio con el que Onofre les respondió durante todo el proceso. Silencio al entrar en el coche. Silencio al oír cómo le hablaban. Silencio.

—Yo cogí mi ficha lentamente y fui poco a poco leyendo ante su rostro impasible: «Queda usted detenido como sospechoso de los asesinatos de Anastasia Aguirre, Pam Méndez, Antonia Garrigosa, Matea-Zhin García, Sasha Ivanova, Purificación Ildefonso y Ruth Williges. Tiene usted derecho a guardar silencio, a no contestar a nuestras preguntas y a manifestar que solo declarará ante el juez. Tiene derecho a no declarar contra sí mismo y a no confesarse culpable. Derecho a acceder a los elementos de las actuaciones que sean esenciales para impugnar la legalidad de la detención y privación de libertad. Derecho a comunicarse telefónicamente con un tercero de su elección».

—Le leyó el Código Penal entero —bromeó Francisco, recalcando la falta de experiencia de su compañero.

Continuó detallándome cómo le habían hablado a un hombre de cera, inmóvil, que miraba fijamente hacia el horizonte, quizá sabiendo que se le mostraría cada vez más oscuro. Cómo observaban su concentración, que era máxima, su contención, y la sorpresa por aquel gesto amigable que mantenía, a pesar de la situación, de la incomodidad de llevar las manos esposadas y haberse sentado de cualquier manera sobre su elegante abrigo.

Me describió su silencio en el calabozo de la comisaría. Su silencio mientras se oía el revuelo, los comentarios, los timbres telefónicos, las miradas furtivas de los agentes que pasaban junto a su celda. Su silencio mientras lo trasladaban ante el juez.

Un silencio que solo rompió en presencia de su señoría.

3

La entrevista a la jueza Lagar se hizo esperar. No le gustaba recordar el caso. Cuando finalmente conseguí que accediera a hablar sobre él, me sorprendió lo grabado que había quedado en su memoria cada detalle, cada frase.

—Para mí fue un caso tormentoso. Me cuesta volver sobre el tema. Tan pronto lo vi, supe que todo aquello iba a suponer un dolor de cabeza permanente. Onofre Castro era un hombre educado, pero su sequedad y su autosuficiencia rozaban la impertinencia. Se sentó ante mí y me dijo: «Señoría, quiero un pacto».

La jueza me miraba como si esperara alguna reacción por mi parte; que entendiese, en suma, lo farragoso del asunto desde el principio.

—Yo continué con el protocolo, le recordé que tenía derecho a asistencia jurídica... y él me interrumpió. «Se lo agradezco, señoría, pero conozco bien mis derechos. Le informo de que me representaré a mí mismo durante toda la instrucción y en el posterior proceso. Y quiero un pacto.»

—¿Es normal encontrarse sospechosos así?

—Por supuesto que no. Él era una estrella del derecho. Un hombre de mundo con aplomo y carisma. Sabía lo que hacía.

—La escucho.

—Ese hombre me miró fríamente y me dijo: «A partir de ahora solo hablaré con una persona. El interlocutor de mi elección tendrá tres meses para visitarme al menos una vez por semana. Estas conversaciones no podrán ser interrumpidas. Si aceptan, tendrán mi confesión. De lo contrario, lo negaré todo y demostraré que la prueba principal, la única que tienen contra mí, ha sido obtenida de forma ilícita. No tengo que recordarle que las más frecuentes vulneraciones de derechos están relacionadas con la intervención de las comuni

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