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LOS LOBOS NO PIDEN PERDóN

Miguel Conde-Lobato  

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Fragmento

1

«Solo un montón de imbéciles, oprimidos y débiles puede dejarse matar así. El mundo está dividido entre quienes matan y quienes se dejan matar, entre lobos y ovejas. Me repugna ver a toda esa gente que critica la fuerza, la capacidad y el orgullo mientras se convence de que sus limitaciones son virtudes. La caridad es la debilidad disfrazada de buena intención.

»Somos depredadores y lo vamos a seguir siendo. Seguiré matando, ¿saben por qué? Porque ustedes van a permitírmelo gracias a unas normas que hemos hecho gente como yo para protegernos. Hice todo lo que hice porque sé que en unos años estaré fuera de la cárcel. ¿Diez? ¿Doce? Quizá alguno más. Pero después seguiré con mi vida y sí, volveré a matar.»

Estas fueron las primeras palabras que Onofre Castro me dirigió y que publiqué el 14 de octubre de 2012, en el diario Crónica. Dejaron sin aliento a millones de españoles. Son, letra a letra, cada una de las frases con las que concluyó la primera charla que tuvimos en una pequeña y fría sala de visitas en la cárcel de Teixeiro. Aquellas repentinas ganas de hablar contrastaban con el silencio absoluto que había guardado desde su detención. Hasta que decidió llamarme, citarme y contarme todo lo que hasta ese momento se había negado a contar a nadie, no había pronunciado palabra alguna sobre sus delitos, sobre los siete asesinatos de los que era sospechoso. Pero ¿por qué a mí? No lo sabía. Lo cierto es que aquella llamada cambió por completo mi vida y, posiblemente, también la suya. He intentado ser fiel a la historia, pero nunca se es fiel del todo a ninguna historia.

Cada mañana el cielo nos propone algo.

Escribe sobre nuestra mirada lo más

apropiado para vivir ese día...

A veces son algodonosas pinceladas

en un mar azul,

luminoso,

ese que nos gusta ver

cuando hace días que llueve...

A veces son oscuros tubos

en los que rebotan las notas

de las más dramáticas sinfonías.

Cielos de recogimiento,

de tener presente lo amenazador,

lo que nos puede hacer sufrir.

Solo habremos aprendido a vivir si se nos

concede la dicha de ver al menos

treinta mil cielos.

Alguno de ellos nos anunciará el día más feliz

de nuestras vidas.

Otro el de decir adiós para siempre.

A veces esos cielos nos empujan a pensar.

A veces a rezar.

A veces a pecar...

Diario de Onofre Castro

2

Cuesta creer cómo conmovió aquel suceso a toda una sociedad. Pero es necesario que reconstruyan aquel momento, que intenten imaginar lo que supuso para todo un país aquella detención. Las cosas existen cuando las percibimos, cuando tomamos conciencia de ellas. Siempre consideré que fue ese el instante en que aquella pesadilla comenzó a existir.

Era un martes por la tarde. Un día lluvioso, triste. Llevaba tiempo queriendo entrevistar al agente que efectuó el arresto, pero yo mismo lo había ido posponiendo. Quizá quería saber el final antes de conocer el principio.

Francisco era un tipo sencillo. Siempre tuvo claro que quería ser policía, «porque mi padre también lo había sido», afirmaba orgulloso. Había llegado a ser inspector, y de los de homicidios, que a los que no sabemos nada del escalafón policial nos parecen los auténticos policías.

Cuando charlé con él noté que había contado aquella detención una y otra vez.

Lo tenía automatizado, guionizado. Fue como darle al botón del play.

—Cuénteme, Francisco, por favor, ¿cómo fue aquel momento?

—Nuestro superior nos ordenó acudir a la cuesta de Moyano, por donde, según informó un compañero que estaba fuera de servicio, subía el sospechoso con un arma blanca en la mano. Habíamos recibido la orden de busca y captura el día anterior. Todo parecía indicar que se trataba de él. Y así fue. Cuando leí su nombre, creí que era una simple coincidencia.

—Onofre es un nombre muy singular.

—¡No sabe usted la de coincidencias que se dan entre casi cincuenta millones de personas!

—Seguramente. Perdone, le he interrumpido.

Francisco tenía ganas de seguir.

—Nos dirigimos al lugar. Y lo encontramos allí, con un enorme cuchillo en la mano. Mirando al cielo. Como si nos estuviese esperando. Le dimos el alto mientras le apuntábamos, dejó caer el arma y no opuso resistencia cuando le esposamos. Recuerdo la incredulidad de mi compañero y la mía. Mirábamos su cara y, en efecto, era él. El sospechoso de siete asesinatos. No nos lo podíamos creer.

—¿Qué hicieron después?

—Nos metimos en el coche patrulla. Llamé a la central. «¿Qué desea, inspector?», me respondió Carmen desde la centralita. Yo informé sobre la detención: «Acabamos de detener a Onofre Castro y regresamos a comisaría». Recuerdo el silencio. El silencio en la emisora que se comunica con todos los coches de la policía se parece a una especie de crujido sostenido. Detrás de ese crujido estaba Carmen, seguro que boquiabierta, hasta que un clac la devolvió a la conversación.

»“Repita nombre”, me solicitó. Yo insistí: “Carmen, has oído bien. Onofre Castro, el secretario de Estado de Justicia”. Lo llevamos a comisaría. Se mantuvo en silencio. Pasó a disposición judicial y, para sorpresa de todos, la jueza ordenó su traslado a la cárcel de Teixeiro. Había pasado el tiempo

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