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LOS MARES DEL ALBA

Mar Cantero Sánchez

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Fragmento

Contenido A mi madre... ¿Quién eres?... Parte I. AMOR INVENCIBLE I. La huida II. El despertar del corazón III. Las mujeres sabias IV. El poder de la diosa V. Eivissa VI. La sabiduría VII. La amistad VIII. La expulsión IX. El regreso X. El descubrimiento XI. El invitado XII. El enmascarado XIII. El saludador XIV. El inquisidor XV. La visita de la muerte XVI. El escondite XVII. La proposición XVIII. El desafío Parte II. MAGIA Y VENGANZA XIX. El albatros XX. El abordaje XXI. Nadara XXII. La ceremonia XXIII. La tenebrosidad XXIV. El libro prohibido XXV. La esmeralda XXVI. La tentación XXVII. La invocación XXVIII. La cueva de la dona XXIX. Las serpientes XXX. La venganza XXXI. El linaje XXXII. El juicio XXXIII. La hoguera Parte III. LA GUERRA DE LAS MUJERES SABIAS XXXIV. El sueño oscuro XXXV. La pasión del corsario XXXVI. El edicto de silencio XXXVII. El nacimiento XXXVIII. La llamada de la sangre XXXIX. In vulva infernum XL. La impetración XLI. La hija del mal XLII. El vino rojo de Madeira XLIII. La vanidad diabólica XLIV. El espíritu encontrado XLV. El retorno de la reina XLVI. Exorcizamus te... XLVII. La guerra de la sabiduría XLVIII. Los sabrosos labios XLIX. En el nuevo mundo L. El nahual LI. La última mujer sabia Nota de la autora Agradecimientos Dramatis personae

A mi madre, por transmitirme su pasión por la Historia desde que era pequeña y por haber disfrutado de esta novela desde el primer borrador.

A Altea y sus alrededores, por la magia que envuelve a los recién llegados y por las extraordinarias historias que aún guarda de su pasado. A las ciudades de Valencia y Cartagena, a la isla de Ibiza, y a todos los mágicos lugares y espacios en los que está inspirada esta novela. Ahora sé que la vida me llevó a ellos para escribir la extraordinaria historia de Alba, ya no tengo dudas.

A mis lectores y lectoras. Sin vosotros, ninguna mujer sabia podría sentir que su sabiduría se le devuelve con creces, algo que siempre conseguís que me ocurra.

Y a Alba, porque quizá formas parte de mí o yo de ti, pues ningún personaje ha absorbido mi vida como tú lo has hecho, por el día y por la noche, en el sueño y en la realidad. Si, como dicen algunas culturas, la reencarnación existe, es posible que haya escrito mi propia vida en esta novela.

¿Quién eres? ¿Cuál es tu nombre? Quisiera saber cómo es tu rostro y qué te ha traído hasta estas palabras que son mi historia. Si estás aquí, si tienes mi voz entre tus manos, es porque eres importante. Solo tú has encontrado el lugar en el que estaba escondida mi vida, esperándote, a pesar de la distancia temporal que nos separa. No lo dudes, pues solo a ti te está destinado conocer mis secretos.

Ahora sé que cada uno de nosotros tiene un destino que cumplir y que, a pesar de que ya haya sido escrito, podemos rebelarnos a él, aunque pronto sabremos que lo que nos está destinado es el mejor final que podríamos imaginar. No obstante, no subestimes el valor de lo que está escrito, pues lo que se escribe en la tierra es ley en el universo.

Te confieso que he vivido de una forma diferente a como se esperaba de mí. Pero no solo yo, otras muchas también descubrieron la libertad, entre el miedo y la ignorancia. Me equivoqué muchas veces. Quizá te ha ocurrido también a ti. No te aflijas, pues los errores son los pasos de tu auténtico camino y solo tú puedes descubrir en qué dirección caminar.

Nací mujer y he vivido en una época de hombres. Ellos disponían de nuestra vida. Siempre había uno dispuesto a ordenar, decidir o comerciar con el destino de su hija, hermana o esposa. Esta es una época en la que el pensamiento es inútil, no está permitido volar con las alas de la imaginación. No sé si sabes lo que significa vivir encadenada al desprestigio de pertenecer a un sexo marginado, esclavizado y sometido a la fuerza, al abuso de poder. Solo con escribir esta palabra, sexo, me estoy jugando la vida. Este es un mundo en el que no importa, de las palabras, su verdadero significado. Gobiernan el miedo y la desconfianza. Y los que temen intentan acabar con el desarrollo de nuestras mentes, quitándonos la vida si hace falta, y hasta la dignidad, que en ocasiones es mucho peor.

En mi tiempo, la mayor libertad de las mujeres han sido sus emociones. Los sentimientos y sensaciones que sentimos han sido la brújula del viaje de la vida y, aunque no todas supieron dejarse guiar, las que lo hicimos fuimos conocedoras de un mundo que existía, dentro del mundo conocido, en el que cada mujer es libre desde su nacimiento. Un mundo al que tú perteneces, en el que hombres y mujeres asumen su libertad como el primero y más importante de sus derechos y en el que la fuente universal que todo lo crea te ha dado lo más grande que se le puede dar a un ser humano, la vida.

Yo he sido el humilde medio por el que el universo ha querido enseñar este derecho, ahora, cuando solo los hombres creen tener alma y poseer en sus manos la verdad. Pero no hay una única certeza. Tan solo es verdadera la sabiduría que ocultas en tu corazón. Descúbrela y descubrirás el secreto de la vida, tendrás el conocimiento universal entre tus manos. Recházala y renegarás de todo lo que eres. Pero antes, mírate en el espejo donde se oculta tu alma.

En el tiempo de mi vida, alcancé la liberación de los límites de mi propio cuerpo. Me escapé de mi piel y algunas veces lo hice para reunirme contigo en un futuro que es tu presente. Tu horizonte tiene el mismo color azul que han visto tantas veces mis ojos. Muchas cosas habrán cambiado entre mi tiempo y el tuyo, mas no te sorprendas de lo que leas, porque no existen misterios para el corazón que no puedan ser desvelados. Esta es la respuesta a todas tus preguntas. Escucha mis latidos, que te narran con palabras sinceras lo que ocurrió realmente. Seguro que conoces muchas historias. La diferencia que hace que algunas palabras queden grabadas para siempre en un corazón es el propio corazón. Ha llegado el momento. Ahora que estoy al final de mi camino, te diré que yo fui una mujer sabia. Aún lo soy, lo seré siempre. Aunque aquellos a los que el miedo les obliga a ignorar el conocimiento que poseo preferirían usar un nombre mucho más común entre los mortales. Algunos preferirían llamarme...

Parte I

AMOR INVENCIBLE

I

La huida

Levante español, principios del 1600 (siglo XVII)

Al oír el griterío de la calle, su padre las llevó al almacén en la parte trasera de la casa. Levantó unas cajas de madera vacías y las colocó sobre cada una de sus hijas. La mayor se acurrucó debajo y se recogió el largo cabello entre los brazos. Sin perder tiempo, el hombre colocó unos sacos de harina encima de la caja, tras comprobar que no fueran demasiado pesados para que la niña pudiera levantarlos cuando quisiera salir de su escondite. Se agachó para susurrarle las últimas palabras que le diría...Ve hacia el mar... Después, salió echando la cortina que separaba el almacén del resto de la casa.

Su esposa le esperaba dentro. Entre sollozos, le dijo que temía por sus vidas. La consoló diciéndole que las había escondido bien, que no las encontrarían. Pero ¿y ellos?, pensó la niña, que podía escucharles desde su escondite. Aceptaban su muerte a cambio de su vida y la de su hermana pequeña, que había empezado a llorar bajo su caja. Le gritó para que se callara. Estaban lejos. Si hubiera estado a su lado, habría apretado su mano con fuerza para consolarla, pero su padre las había escondido a cada una en una esquina del almacén. El hombre pensó que, si encontraban a una, se conformarían y no buscarían a la otra. Salvar sus vidas era para él lo más importante aquella noche.

Las voces que provenían de la calle se hicieron más cercanas. Desde la oscuridad, la niña los imaginó abrazados junto al fuego, asustados, esperando a que entraran y se los llevaran. Los segundos se hicieron interminables. Deseó que todo acabase cuanto antes, pero al mismo tiempo lo temía, intuía que el dolor no había hecho más que empezar. Estaba helada. Se calentó las manos con su propio aliento. Su hermana se había callado. Hubo un silencio repentino que le pareció aterrador.

Escuchó un golpear impaciente en la puerta. Después, los pasos de su padre, que fue a abrir. Una multitud entró en la casa. Los gritos se hicieron tan cercanos que no podía entender sus palabras. Oyó suplicar a su madre y después, otra vez el silencio. Unos pasos de un caminar dominante se acercaron. Luego, un ruido casi imperceptible y la sensación de que algo había saltado encima. Quien hubiera entrado, miraba la caja que había sobre ella. Podía sentir su mirada.

—¡Ahí dentro solo hay un maldito gato! —exclamó una voz—. ¡Habrán huido!

Recordó al gato sucio y delgado que había estado merodeando por la casa durante días, esperando a que alguien lo acogiera. Tanto su padre como su madre decían que debía haber alguna razón para que el animal estuviera allí, siempre dando vueltas por el jardín o sentado en la puerta esperando comer. Ahora ya sabía cuál era esa razón.

No supo cuánto tiempo permaneció acurrucada bajo la caja y los sacos. Cuando el polvo de la harina empezó a hacerle la respiración impracticable y sintió ganas de toser, lo evitó con todas sus fuerzas, apretando la boca e intentando no respirar. Un aire frío entró bajo la caja. La puerta de la casa había quedado abierta y golpeaba repetidamente sobre el quicio. Su padre les había hecho jurar que no se moverían en toda la noche. Hasta que no viera un rayo de sol, no debían salir de la casa. Estiró una pierna y después la otra, no había sitio para estirar las dos a la vez, y permaneció todo lo quieta que pudo. El cansancio empezó a vencer al miedo y se quedó dormida con un lado de la cara sobre el frío suelo.

Entre sueños escuchó que alguien entraba de nuevo en la casa y hacía ruido, moviendo los muebles y abriendo los cajones de la alacena. Seguramente continuaban buscándolas, no sintió miedo, estaba en ese estado entre el sueño y la realidad en el que uno es al fin valiente y la vida no es más que un sueño. Deseaba dormir. Ni siquiera se acordó de su hermana. Se oían gritos lejanos y había un espeso olor a carne quemada. Pensó en sus padres. Los amaba profundamente. ¿Qué les habrían hecho aquellos hombres? Intuyó que nunca regresarían y se durmió.

Una cucaracha le rozó la cara. Emitió un grito sordo y se movió, cambiando de postura. Sintió náuseas, llevaba muchas horas sin comer, su padre las había escondido antes de la cena. Veía luz. Intentó moverse hacia arriba, levantando la caja y los sacos, que cedieron fácilmente. Escuchó el ruido cuando cayeron al suelo al ponerse de pie.

Entre la penumbra buscó con la mirada la cortina que separaba el almacén de la casa. La descorrió y un doliente rayo de sol le hirió los ojos, pero sintió una inmensa alegría de que hubiera amanecido de nuevo. En la ingenuidad de su niñez, había llegado a creer que aquella noche jamás acabaría y que nunca volverían a ver una nueva mañana. Encontró la caja de su hermana. Retiró los sacos y la levantó sacándola de allí. Estaba medio dormida. Era todavía muy pequeña. Ella también, tenía solo diez años, pero era la mayor y sabía que, como tal, debía comportarse.

Las dos hermanas salieron del almacén, cuidadosas y en silencio, sin saber qué se encontrarían afuera. La casa estaba revuelta. Los cajones del mueble tirados en el suelo. El fuego se había apagado y el caldero, en el que horas antes su madre cocinaba su cena, había desaparecido. De nuevo sintió náuseas. Quizá era el hambre o quizá, el miedo.

Al ver la casa en ese estado, su hermana empezó a llorar. Le rogó que se callara, tenían que salir de allí sin que nadie las viera y las otras casas estaban bastante cercanas. Se asomó a la puerta, el campo estaba despejado. Tiró de su mano y echó a correr. Mientras lo hacía, le pareció que la pequeña aldea estaba vacía. Era muy temprano, nadie se habría despertado todavía tras aquella noche tan larga, pero ella sentía algo más. Parecía que detrás de las puertas cerradas no existía la densidad de ningún ser, como si todas las casas estuvieran solas y vacías de gente. Sus vecinos no estaban allí, el pueblo estaba vacío.

Un olor nauseabundo a fuego y a carne quemada penetró por su nariz como un aviso de algo que intuía y que había olvidado. Frenó sus pasos, su hermana la miró interrogante. No estaba segura de hacia dónde corrían. Miró al cielo y vio el humo, una nube gris que poco a poco se extinguía con su pestilencia. Debían huir en dirección opuesta. Las últimas palabras de su padre, que habían entrado en sus oídos sin ser entendidas, vinieron a su memoria como respuesta a sus dudas...Ve hacia el mar...

No sabía qué era el mar, pero debía obedecerle. Tiró del bracito de su hermana y corrieron en dirección opuesta al espeso humo, abandonando para siempre el pueblo y la casa donde habían nacido y habían sido tan felices. No solo se alejaban de la casa y del pueblo sino también de su infancia, la cual dejaban en aquel lugar para siempre. Desde entonces, no volvió a ser niña.

Caminaron durante dos días, con el estómago vacío y doloroso, y por la noche se refugiaron en la hendidura de una cueva. La pequeña ya había dejado de llorar. El primer día lo pasó llorando a cada rato, cuando se acordaba de la noche anterior, del miedo, del frío, del hambre y de sus padres. De vez en cuando, su hermana mayor le decía alguna cosa para consolarla.

—No llores, pronto llegaremos al mar.

La niña la miraba expectante, deseando que le hablara de ese mar desconocido que parecía ser la solución a sus problemas. ¡Pero cómo podía hacerlo! Sabía lo que le habían contado sus padres. Habían vivido junto a él durante su niñez y lo añoraban tanto como la época feliz de su infancia, de sus padres ya muertos, de sus hermanos perdidos, pero nunca olvidados, de los recuerdos que se guardan en un lugar especial de la memoria para echar mano de ellos en los momentos duros. La última noche, mientras su madre removía la sopa en el caldero, los dos repitieron cada una de las cosas que siempre les habían dicho. A Ana y a ella les encantaba oírles contar que existía una inmensidad azul de agua cálida y acogedora, en la que ellos y sus hermanos se bañaban y jugaban a menudo. Una inmensidad azul por la que una vez habían visto pasar un barco de madera que se alejaba hacia lo que parecía el fin del mundo, donde acababan los ríos, las montañas y todas las cosas, y donde ya no existía más tierra que pisar.

Durante aquel relato, Isabel solía cerrar los ojos para dejarse llevar por su imaginación y así ver con claridad el barco que se alejaba valiente hacia una línea imaginaria llamada horizonte. Pensaba que sus padres eran muy sabios pues contaban historias que nadie conocía y eran los únicos del pueblo que habían vivido antes en otro lugar. Desde su inocencia, las niñas pensaban que ellos conocían el mundo que, para ellas, se reducía a las pequeñas y viejas calles del pueblo.

El camino hacia el valle era difícil y tortuoso. Las ortigas habían hecho mella en sus piernas bajo los vestidos y apenas podían seguir caminando sin pararse a cada momento a rascarse vigorosamente, escamándose la piel enrojecida. Cuando paraban, Ana volvía a sollozar, porque ya no le quedaban lágrimas, y le hacía preguntas a su hermana.

—¿Cuándo comemos?, ¿Cuándo volverán padre y madre?

Isabel la miraba manteniéndose firme en su silencio. Ya no sabía qué decirle, había probado con todas las frases consoladoras que se le habían ocurrido. Su hermana la veía grande, a pesar de que solo tenía tres años más que ella, y la había admitido como una nueva madre a la que llorar y gemir en busca de consuelo. Isabel también era una niña, sentía hambre y frío, y estaba cansada de tirar de las dos y, además, llevaba dentro la amargura de intuir que sus padres nunca volverían. Seguramente habían sido sus cuerpos los que desprendían la nube de pestilencia que habían olido y visto, al salir del pueblo. Estaban solas en un mundo que no conocían ni comprendían. En algunos momentos se preguntaba para qué seguir, pero inmediatamente una voz interior le exigía continuar bajando hacia la sombra azul que vislumbraba a lo lejos y que quizá no era el cielo

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