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LOS MéDICI. UNA REINA AL PODER (LOS MéDICI 3)

Matteo Strukul  

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Fragmento

Prólogo

La catedral de Santa Maria del Fiore se cernía sobre la ciudad. Parecía desafiar al cielo. Catalina avanzó corriendo hacia aquella maravilla. Su tía temía que la pudiera asustar aquella construcción imponente, pero no fue así en absoluto. Apuntó sus grandes ojos hacia la cúpula rojiza, como si quisiera medir su altura.

—¿Cuánto mide de alto, tía? —preguntó, contemplando embelesada la obra maestra de Filippo Brunelleschi.

Clarice observó a la pequeña.

—Desde la base hasta la linterna de la cúpula mide más de doscientas brazas —respondió.

Catalina abrió enormemente los ojos.

—¿Tanto?

Su tía asintió.

El sol brillaba en el cielo. La catedral parecía capturar los rayos y amplificar su propia magnificencia, envolviéndose en una nube de polvo dorado.

Catalina todavía no había terminado. Le encantaba preguntar. Las preguntas no le costaban trabajo. Las respuestas, en cambio, eran algo totalmente diferente, pensaba. Pero ella era una niña y no conocía las respuestas, o al menos eso era lo que creían los adultos. Y por eso aprovechaba para preguntar lo que quería.

—¿Y quién la construyó? —inquirió.

—Un gran artista.

—¿Cómo se llamaba?

—Filippo Brunelleschi. Y era el arquitecto más hábil y extraordinario que recuerda la historia. De hecho, ni siquiera era arquitecto, porque se trataba de un orfebre. Fue él quien resolvió el problema de la cúpula.

—¿Qué quieres decir? —Catalina dejó escapar una leve risilla. Otra pregunta. Le gustaba ese juego.

—Que durante más de cien años, la catedral estuvo sin cúpula; en cierto modo, permanecía descubierta...

—Y entonces ¿qué pasó? —instó la niña a su tía; aquella historia empezaba a interesarle muchísimo.

—Los encargados de la Obra del Duomo, que supervisaban la selección de proyectos para la ejecución de una cubierta, evaluaron dos propuestas magníficas: una de Lorenzo Ghiberti, y la otra, de Filippo Brunelleschi. La primera la apoyaba la familia Strozzi, y la segunda, los Médici, la familia a la que pertenezco yo.

—Y también yo, ¿no es cierto? —preguntó Catalina. Estaba segura, pero le gustaba que la tranquilizaran. Su tía asintió.

—Exactamente.

—¿Me cuentas el final de la historia?

—Ganaron los dos, Ghiberti y Brunelleschi. Por eso, los de la Obra del Duomo decidieron asignarles a ambos la dirección de los trabajos de la construcción de la cúpula. Pero era Filippo el que tenía las ideas más eficaces y revolucionarias.

—¿Y qué más pasó entonces? —insistió Catalina.

—Después de unos años, durante los cuales Lorenzo y Filippo estuvieron trabajando codo con codo, aunque fue este último el que encontraba casi todas las soluciones para erigir una cúpula con una envergadura de más de cien brazas de altura, el gran orfebre decidió quedarse en su casa a causa de una enfermedad.

—¿Y era verdad?

—¿El qué?

—Que estaba enfermo.

Clarice se echó a reír.

—¡Eres muy despierta!

—¿A que sí? —dijo Catalina, arqueando la ceja con un gesto de inocente malicia que hizo reír aún más a su tía.

—Sí.

—Entonces ¿era cierto? —La pequeña no dejó escapar el tema.

—Naturalmente que no. Como ya te habrás figurado, Filippo solo intentaba encontrar la manera de que Lorenzo pusiera de relieve toda su incompetencia. Estuvo lejos de los andamios hasta que algunos representantes de la Obra del Duomo fueron a buscarlo a su casa porque los trabajos no marchaban según lo previsto. Cuando las familias más importantes de la ciudad le rogaron que volviera, quiso que la dirección de las obras dependiera totalmente de él.

—¿Y lo logró?

—¿A ti qué te parece?

Catalina no tuvo dudas.

—Seguro que sí, puesto que era el que los Médici habían elegido.

Clarice se quedó boquiabierta.

—Has aprendido bien la lección —dijo asombrada.

—Es todo mérito tuyo, tía.

—¿Lo crees así de verdad?

—Por supuesto que sí.

—Pues entonces, muy bien. Ahora que ya sabes cómo fueron las obras de la cúpula, ¿qué me dices si volvemos a casa? ¿Me equivoco o tienes que estudiar latín?

—Buf.

—¡Ánimo! ¿Cómo piensas llegar a ser una auténtica Médici si no estudias?

—¡De acuerdo, de acuerdo! —dijo la pequeña, levantando sus manitas e imitando la expresión que a menudo adoptaba su tío cuando hablaba con Clarice, sabiendo que de ninguna manera podría imponerse—. Pero antes, ¿podemos contemplar la cúpula un poco más?

—Está bien —respondió su tía, acariciándole la cabecita.

Luego también ella alzó la mirada y quedó absorta contemplando la gran cúpula de Santa Maria del Fiore.

Era realmente hermosísima.

AGOSTO DE 1536

1

El delfín

Había gritado hasta arderle la garganta.

Se había llevado las manos al pecho cuando un dolor profundo lo desgarró; un fuego líquido que quemaba el alma. Había dejado caer la copa de agua cristalina, que se hizo pedazos.

Y ahora, Francisco tenía los ojos vidriosos. La cabeza caída sobre el hombro. Las manos blancas colgaban desmadejadamente a los lados de los brazos del sillón, con los dedos blancos y fríos. El rostro era una máscara gélida: aún hermoso, pero esculpido con un rigor que únicamente admitía un solo nombre.

No podía responder a los gritos que le llamaban.

Estaba muerto.

Alguien golpeaba la puerta de su aposento. Era un puñado de soldados; intentaban forzarla. Los golpes resonaban sordamente. Al enésimo intento lograron abrirla.

Monsieur Raymond de Polignac, capitán de la segunda compañía de los piqueros de Francia, se precipitó en la habitación del delfín, seguido por algunos de sus hombres y un par de sirvientes. Cuando vio a Francisco postrado en el sillón, dejó caer el sombrero de ala ancha y pluma blanca.

—Vuestra alteza... —murmuró con voz quebrada.

Una de las sirvientas gritó. Raymond le hizo señas a un piquero, que se llevó de inmediato a las dos mujeres fuera de los aposentos del delfín.

Raymond contempló el sencillo sillón forrado de terciopelo azul y pensó en su rey, que había perdido a su hijo predilecto. Sacudió la cabeza. Se acercó a Francisco y le cerró con delicadeza los párpados. Luego recuperó su sombrero de pluma y se lo llevó al pecho.

Suspiró.

Miró la luz del sol que se filtraba en rayos dorados entre las cortinas de brocado apenas entreabiertas. El aire ya se iba impregnando del aroma de la muerte.

La guerra había llegado hasta allí. Carlos V de Habsburgo había invadido con sus tropas la Provenza y había alcanzado Tournon-sur-Rhône. Ahora, sin embargo, cuando aquel verano húmedo, infestado de mosquitos y sudor, había empezado a debilitar a los soldados, agotándolos y enfermándolos, estaba sopesando volver a Saboya. No solo eso. Francisco I, rey de Francia, había convertido su propio reino en tierra quemada. Habían incendiado los campos y envenenado los pozos. La campiña se había vaciado y allí ya no crecía nada. La tierra estaba siendo asesinada por su propio soberano, con el único objetivo de que fuese la muerte quien recibiera al ej

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