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LOS MEDICI. LA DECADENCIA DE UNA FAMILIA (LOS MéDICI 4)

Matteo Strukul  

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Fragmento

Prólogo

Passitea tenía los ojos muy grandes y de un color tan cálido que recordaba la miel silvestre. Parecían ocupar casi por entero su pequeño semblante de delicados rasgos, incluso frágiles. Sin embargo, pese a su complexión menuda, revelaba de manera inequívoca una resistencia obstinada.

Cuando María la vio se quedó fascinada.

Había llegado en carroza desde el Palacio Pitti, en el distrito de Colonna, cerca de la iglesia de la Annunziata, en los alrededores de la casa que el propio Médici había concedido a Passitea y a sus dieciocho compañeras.

Expulsada de Siena por haber intentado fundar su propia orden de religiosas, aquella mujer pía y dulce había obtenido todo el apoyo de Florencia. Y ahora tan solo intentaba hacerse con un monasterio donde llevar una vida santa y misericordiosa, castigando la carne y ayudando a las almas perdidas de hombres y mujeres.

Y solo Dios sabía cuánto se necesitaba en aquellos tiempos aciagos, gobernados a hierro por el dinero, la traición y el engaño.

María la miró largamente, incapaz de apartar la mirada: Passitea vestía solamente un atuendo de arpillera. La tela estaba gastada, hasta el punto de dejar trasparentar las llagas rojas que se marcaban en sus flancos, en los puntos en que se autoinfligía profundas heridas con espinas y cadenas, agudizadas por el vinagre caliente que hacía que sus compañeras le aplicasen para mantener vivo el recuerdo del dolor y de la expiación.

Aquel sufrimiento, no obstante, no parecía doblegar de ningún modo su firme atención hacia los demás. Se dijera que, al contrario, parecía exaltar aquella actitud. Por un instante María estuvo segura de identificar un aura impalpable que la envolvía y se alejaba en lenguas claras hacia la luz pálida que se filtraba por los ventanales del gran salón.

María estaba segura de que eran el rigor y la disciplina lo que alimentaban aquella aura.

Passitea se le acercó. La tomó de las manos.

María sintió los finos dedos, fríos como el alabastro, que se entrelazaban con los suyos. No rechazó aquel contacto que se presentó tan natural y amable a su corazón.

No hubiera sabido explicar por qué, pero había algo que iba más allá de la dimensión terrenal en aquel encuentro.

Passitea tenía un don natural, una rara capacidad de comprender las penas ajenas, sin tener que pronunciar una sola palabra. Sin embargo, María se dejó ir y explicó el motivo de aquella visita. Tenía el corazón transido de emoción y el silencio la hacía sentir incómoda. Abrirse a aquella mujer era todo lo que necesitaba.

—He venido porque tengo miedo, madre. Temo por mi futuro. —Pero no halló la manera de acabar porque Passitea le puso el índice delante de la boca.

María obedeció a aquel gesto, como si una fuerza sobrenatural le hubiera robado los pensamientos y la voluntad. Se dejó guiar por aquella mujer tan singular hacia dos pequeños taburetes de madera.

Todo en aquella gran sala vacía estaba marcado por el signo de lo esencial al desnudo. El mármol claro del suelo parecía querer devolver el aire frío de noviembre. Las velas, aprisionadas en el hierro de los candelabros, estaban apagadas, a fin de que la luz artificial quedara desterrada de aquel lugar.

Aparte de los taburetes, un reclinatorio era el único mueble presente. En las tablas se distinguía con claridad una aureola de color vino, que hablaba más que mil confesiones, de la sangre que Passitea debía de haber derramado en las horas de penitencia y plegaria.

María tomó asiento en el taburete.

Frente a ella, Passitea cerró los ojos. Con las manos apretaba el gran crucifijo de madera que le colgaba en el pecho.

―Mi dulce amiga —dijo la pía mujer—, veo en vuestro rostro una preocupación que os devora, pero tenéis que tener confianza. Haced acopio de paciencia y no os angustiéis por vanas dudas, porque yo veo con claridad vuestro futuro.

—¿En serio?

María la miraba estática. Y también llena de miedo, puesto que, cuando Passitea volvió a abrir los ojos, detectó en su mirada una luz tan intensa que casi le cortó la respiración.

Si no hubiera tenido una confianza ciega en ella, habría considerado a aquella mujer, sin lugar a dudas, una fanática.

—Fiaos de lo que os digo, amiga mía.

Sin añadir nada más, Passitea mantuvo los ojos en los de María, como si al mirarla pudiera explorar su alma. Y, probablemente, era así. Es más, María no tenía ninguna duda de que era así.

—Sois tan hermosa —dijo Passitea—, vuestros ojos, sinceros; vuestra piel, blanca como la nieve; esos cabellos castaños de un color tan intenso que ciega la vista de los que los contemplan... Y, sin embargo, eso no son más que leves baratijas de la vanidad, ¿lo entendéis? Tenéis que tener fe, María, abandonaos a lo que nuestro Señor ha decidido para vos. Dejad de angustiaros con preguntas inútiles. Mejor preguntaos cómo podéis servirlo y preparaos para celebrar su gloria.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó María de Médici.

—Pasad más tiempo orando. Visitad a quienes os necesitan, a los últimos, a los que ni siquiera saben de qué vivir.

María inclinó la cabeza, en señal de contrición. Passitea tenía razón.

Estaba muy preocupada por su futuro, tan incierto. Su tío Ferdinando le había prometido un magnífico matrimonio, pero el tiempo pasaba, y ella, con veintidós años, estaba todavía sola. Y, a pesar de su innegable belleza, parecía que nada iba a poder cambiar aquella situación.

—¿Por qué nadie me quiere? —murmuró con un hilo de voz.

Esa pregunta se escapó de sus labios, desgarrada casi por aquella sensación de insuficiencia que de vez en cuando la agredía como una enfermedad violenta.

Se arrepintió de inmediato de tales palabras porque se advertía en ellas el egoísmo y la vanidad.

Pero Passitea no se inmutó.

Le puso el dedo en el mentón y le levantó la cabeza. Luego la miró de una forma sorprendente.

Fueron las palabras que pronunció las que produjeron escalofríos a María.

—Preparaos para ser la reina de Francia, puesto que, como que me llamo Passitea Crogi, lo vais a ser. Pero que vuestro corazón no se regocije demasiado, ya que el poder terrenal corrompe el corazón de los justos y la riqueza arruina el alma.

FEBRERO DE 1601

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La idea de Leonora

—Os digo que me odian. Todos, sin excepción. Ya sé que carezco de esas patentes de nobleza que aquí parecen indispensables. Pero os prometo que, si os ponéis de mi parte también en esta ocasión, os seré fiel hasta la muerte, reina mía.

Leonora Galigai tenía la voz temblorosa de rabia. María de Médici le daba la espalda, con la mirada aparentemente perdida más allá de las ventanas lúgubres del Louvre, que se volvían más oscuras ante el cielo plomizo de aquel invierno que parecía no terminar nunca.

La luz lívida confería tristeza pintada de sombra a la sala en la que se encontraban. Los muebles oscuros y pesados, las estanterías casi vacías. Aquel palacio estaba tan lleno de recuerdos funestos que quitaba el aliento. Era como si los soberanos anteriores no hubieran hecho nada para eliminar a los fantasmas de las tragedias que se habían consumado allá. Quizás albergaban el terror secreto de alterar un aterrador orden establecido. Al menos mil vidas se habían roto allí, en el transcurso del tiempo, y un destino de angustia y sufrimiento parecía ser todo lo que le esperaba a quien hubiera osado oponerse.

—No tenéis ni siquiera que decirlo, Leonora. Lo sé perfectamente. —María no se volvió. Su gran figura, que se intuía de una belleza majestuosa, escultural, se recortaba contra la luz sanguinolenta de las candelas—. Y creedme —prosiguió la reina—, no tengo ninguna intención de dejarlo correr. Sois mi dame d’atours y no me importa en absoluto si incluso mi marido a veces se queja de que ese papel tenga que asumirlo la vizcondesa de Lisle. —Al decirlo, María dejó escapar un suspiro—. Se acostumbrará a la idea. Yo no cedo, Leonora, de eso podéis estar segura.

—Os lo agradezco, sé cuánto estáis luchando por mí, y os prometo que cada gesto de afecto que me concedáis os lo devolveré multiplicado por diez.

María se volvió hacia Leonora. Sonrió. Los dientes blancos y regulares brillaban como perlas. Tenía un semblante fascinante, de rasgos simples, pero extraordinariamente hermosos, realzados por un tocado que recogía su fluida melena, enmarcándolo con una diadema de piedras preciosas. Miró a Leonora y a sus ojos negros como la tinta, esa expresión de su rostro que valía más que mil palabras.

—No tengo dudas. Hemos crecido juntas, ¿lo recordáis? ¿Y podría yo, según vos, echar a perder un pasado como ese por las peticiones arrogantes de un puñado de nobles franceses? Porque, entonces, ¿con qué atrevimiento se me pide que renuncie a vos? ¿Os parece sensato que el hombre que me traiciona con una zorra como esa tal Henriette d’Entragues tenga el valor de pretender que yo abandone a la única persona en la que tengo una confianza absoluta?

Leonora se regocijó en e

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