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LOS MISERABLES

Victor Hugo  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

I

Como tantas novelas del siglo XIX francés, Los miserables debe mucho a la llamada novela negra. Las obras de H. Walpole, Ann Radcliffe y Lewis habían sido ampliamente difundidas en Francia, y fueron muchos los autores franceses, incluidos los más grandes, que se inspiraron en este modelo narrativo; bastará citar a Balzac (La heredera de Birague, Annette y el criminal), a Nodier (Jean Sbogar) y al mismo Victor Hugo (Bug-Jargal ). En estas obras, como en Los miserables, abundan las persecuciones, el suspense, los personajes de una pieza; con cierto sadismo, el autor carga sus tintas para dar al vicio el mejor papel a fin de que se ensañe con la virtud y la inocencia. Y la historia de buenos y malos se remata con una pizca de color local, según proceda, detalles pintorescos o chocantes, y sorpresas de todo tipo; la diferencia entre novela negra, novela de aventuras y folletín es sólo cuestión de ingredientes circunstanciales.

Sin embargo, cuando aparece la obra, la moda de la novela negra ya ha pasado. Es la hora de las pretensiones «realistas», de las teorías de Champfleury, de Madame Bovary (1857), pronto de Germinie Lacerteux de los hermanos Goncourt (1865). Hay por tanto un cierto desfase entre la obra de Victor Hugo y las restantes novelas publicadas a principios de la segunda mitad del siglo XIX. Pero este desfase es más aparente que real, o, como ocurre casi siempre en la obra de Hugo, tras un montaje aparentemente simplista –y siempre grandioso– se esconden intenciones de muy singular alcance. Y mientras los demás novelistas han ido puliendo su manera de hacer novelas, Hugo no ha dejado nunca de soñar una narrativa que, en una forma popular, de gran difusión, fuera capaz de capitalizar no sólo sus obsesiones personales y sus preocupaciones metafísicas («éste es un libro religioso») sino también su peculiar visión de la humanidad, del progreso y del hombre que en él se debate. Hugo se esfuerza en crear una novela total, entendida como el único género literario adecuado para poder decirlo todo de todo; un género, en una palabra, a la medida del hombre y del mundo moderno.

En 1824, cuando el novelista no era mucho más que el autor de Bug-Jargal, escribía en su artículo sobre Quintín Durward de W. Scott: «Después de la novela pintoresca, aunque prosaica, de Walter Scott, quedará otra novela por crear, más hermosa y más completa, según creemos. Una novela que sea a la vez drama y epopeya, realista aunque también idealista, verídica y grandiosa a un tiempo, una novela que engaste a W. Scott en Homero.»

Con Notre-Dame de París, empezó a poner su proyecto en práctica. A la descripción minuciosa de la vida cotidiana y de los ambientes del París del siglo XV, añade una visión idealizada de los caracteres de los personajes principales. El monstruo deforme, Quasimodo, tiene alma buena y generosa; Esmeralda es paradigma de pureza, libertad e ingenuidad; C. Frollo es el Mal agazapado, omnipresente, retorcido, fanático, movido por la envidia y la granítica solidez de sus convicciones; así será el policía Javert en Los miserables. Con todo, la novela es un folletín gótico para preadolescentes, un buen serial televisivo, y también, a la vez, el «gran teatro del mundo» en el que se representa la sempiterna tragedia del bien y del mal, de la libertad y de la fuerza, de la belleza y de la bondad vilipendiadas por el destino, o por la sociedad cruel, a gusto del lector. Treinta años más tarde, Victor Hugo sigue concibiendo la novela de la misma manera cuando escribe al editor Lacroix, en 1862: «Este libro es la historia mezclada con el drama, es el siglo, es un amplio espejo reflejando el género humano cogido in fraganti un día señalado de su vida infinita.»

Antes de juzgar esta novela por lo que parece ser, conviene tratar de discernir lo que es, y declarar sin rubor que no sólo son geniales las novelas aburridas de la modernez, que éste es un excelente folletín en el que el lector de a pie disfrutará porque tiene todas las gracias del género, aunque tenga también todos sus inconvenientes. Esta simple aseveración previa rinde justicia al extraordinario éxito que tuvo el libro desde su publicación y que no ha menguado hasta hoy. Si se comparan las ediciones, las adaptaciones para el teatro, el cine y la televisión de esta novela con las de las otras, igualmente famosas, del siglo XIX, se observa que su número deja muy atrás al modelo del género folletinesco-social, Los misterios de París, de E. Sue, y que su único competidor serio es Los tres mosqueteros de Dumas. Y como no cabe en la cabeza de nadie que el público haya podido errar durante tanto tiempo y con tanta obstinación, sólo queda reconocer la calidad de una empresa literaria que, además, tiene la ambición de decirlo todo de una época singularmente compleja, imposible de fraccionar –como hiciera Balzac– y que Hugo anhela restituir, reuniendo en una única narración el hombre, sus condicionamientos, sus atavismos, sus ideales y sus flaquezas: «Novela, por supuesto, pero también es Historia»; historia de los acontecimientos que cambian la faz del mundo (Waterloo), historia social (retrato del gran burgués), historia de las mentalidades (evolución ideológica –tan parecida a la del joven Hugo– de Marius). Sin olvidar, ya que de Victor Hugo se trata, la dimensión poética, el aliento épico que insufla a la mayoría de sus capítulos; empuje de abajo hacia arriba, como en la Divina Comedia, concluyen a menudo por la evocación de las estrellas. Con ello, el héroe, Jean Valjean, se convierte en una especie de profeta maldito, Cristo redivivo y recrucificado en beneficio de la humanidad, cuyo destino resume, y de la obstinada búsqueda de la unidad globalizadora de particularidades, que para Hugo es la verdad y que simboliza: «Hacer el poema de la conciencia humana, aunque no fuera más que la de un solo hombre, sería como fundir todas las epopeyas en una epopeya superior y definitiva.» Tal es el proyecto hugoliano y se comprende que tamaño empeño no se haya improvisado, aprovechando el ocio del exilio, sino que el autor lo fue arrastrando a lo largo de los años.

II

Hacia 1830 el joven monárquico conservador de las Odas y baladas empieza a inclinarse hacia el liberalismo del periódico Le Globe: defiende las libertades y rinde culto a un Napoleón idealizado, figura paterna que viene a sustituir la del rey Carlos X, cuya política represiva y autoritaria desencadenará la revolución y traerá la llamada Monarquía de Julio. La miseria y la desgracia del pueblo horrorizan al poeta, que publica en 1829 un valiente librito, El último día de un condenado a muerte, mitad ensayo mitad novela, en el que evoca los postreros momentos del protagonista y, de paso, el rigor de la ley para con los más débiles. El libro es más que un alegato en contra de la pena de muerte, es el primer testimonio del interés del autor por la cuestión social, mucho antes de que el romanticismo dejara de complacerse en los indecibles tormentos propios para orientar sus baterías hacia los del pueblo machacado por el capitalismo salvaje. Este despertar de la conciencia moral de Hugo se confirmó en Claude Gueux, obra en la que se cuestiona de raíz las consecuencias sociales y morales de la miseria. Estos dos textos quedaron orillados por el éxito de Notre-Dame de París y también por el hecho de que, después de esta última obra, Victor Hugo dejó de escribir novelas, precisamente hasta el exilio, y Los miserables. Entre 1824 y 1845 fue germinando en su mente la idea de una gran novela social. Gaspard de Pons le envía información sobre el penal de Tolón y completa estos datos, hacia 1832, con detalles más precisos sobre el régimen alimenticio y el código penal que rige en estos establecimientos. Por otro lado, es la época en que sufre una crisis religiosa que le lleva a proponer a Lamennais que encabece el movimiento católicoliberal; la propuesta trascendió y un anónimo le envió el libro titulado Sumario de la exposición de la doctrina contenida en las Sagradas Escrituras, explicada por los Santos Padres, definida por los Concilios; las principales ideas de esta obra figuran en el capítulo «La prudencia aconseja a la sabiduría» (I, 2, 2); son las que sirven para el tratado que prepara monseñor Bienvenu. En 1834 Hugo visita el penal de Brest y en 1839 el de Tolón. Entre estas dos fechas, sus notas dan fe de los apuntes que tomó sobre el obispo de Grasse, monseñor de Miollis. Otros datos demuestran que el esquema de la futura novela está tomando forma en su mente. En 1837 aprovecha un viaje por el norte de Francia para documentarse sobre la industria del azab

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