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LOS MUERTOS VIAJAN DEPRISA

Nieves Abarca   Vicente Garrido  

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Fragmento

Contenido

Dramatis personae

Prólogo 1. Cecilia

Prólogo 2. El Peluquero

Parte I. NO MORIRÁS EN VANO

  1. El despertar de la bestia

  2. El Tren Negro

  3. Tiempo que pasa, verdad que huye

  4. Trapos sucios

  5. Pedro Mendiluce

  6. A Coruña Negra

  7. Un asesino entre escritores

  8. El tenedor de los herejes

  9. Hotel Riazor

10. La última copa

11. La autopsia

12. Otra escena del crimen

13. F de Fake

14. La amenaza

15. El rincón de las hojas oscuras

16. La mancha negra

Parte II. DE ENTRE LOS MUERTOS

17. El espectáculo debe continuar

18. Noches sin sueño

19. La naturaleza esencial

20. El Detective Invidente

21. El perfil de Sanjuán

22. Un hombre inquieto

23. Literatura Comparada

24. El miedo de Estela Brown

25. Descubrimiento en Urueña

26. Ese oscuro laberinto de tu alma

27. De entre los muertos

28. Verónica Johnson

Parte III. LOS MUERTOS VIAJAN DEPRISA

29. La muerte llega de noche

30. Sísifo

31. Movimiento arriesgado

32. Yo acuso

33. Sanjuán interroga a Hugo Vane

34. Quis ut deus

Epílogo

Dedicatoria de Nieves Abarca

A los raros, que aún en estos tiempos brindan en copas talladas y ornamentadas a partir de calaveras que algún viejo jardinero encontró en la abadía de Newstead.

Dedicatoria de Vicente Garrido

A mis padres, que tantas veces me llevaron a cines de sesión continua.

Agradecimientos

A Carlos Zanón, bardo laureado, por dejarnos su poesía y prestarnos sus poemas. A Teresa Cadenas, por sus comentarios acertados sobre armamento, derecho, medicina forense y procedimiento policial. A Cristina y a María, por su aportación literaria y ortográfica. A Rafa Pinell, por impedir un secuestro justo a tiempo en las Fragas del Eume. A Claudio Cerdán, que sin saberlo fue en Facebook el inspirador de esta novela con un comentario sobre la Semana Negra de Gijón del que ya no se acuerda. A mis amigos de Barna Toni, Aramys y Laura por llevarme a la Moritz. A Álvaro y Carlos por llevarme a la Estrella.

Y a ti, lector, por haber llegado hasta aquí.

NIEVES ABARCA

A todos los lectores que se toman la molestia de decirme cuánto han disfrutado pasando unas horas con mis libros, y a mis estudiantes de Criminología, que luchan por su sueño.

VICENTE GARRIDO

If you must write prose and poems

The words you use should be your own

Don’t plagiarise or take «on loans»

There’s always someone, somewhere

With a big nose, who knows

And who trips you up and laughs

When you fall.

Cemetry Gates, THE SMITHS

Sonreía al hablar, y la luz de la lámpara cayó sobre una boca de expresión dura, de labios rojos y dientes afilados, blancos como el marfil.

Uno de mis compañeros susurró a otro un verso de Leonora, de Bürger:

Denn die Todten Reiten Schnell

(Porque los muertos viajan deprisa)

Drácula, BRAM STOKER

Como Lázaro, una segunda oportunidad.

Si es difícil venir de la nada y sobrevivir,

imagínate llegar de la muerte y echar a andar.

Como Lázaro, CARLOS ZANÓN

Dramatis personae
(Por orden alfabético, principales protagonistas):

Amaro: mayordomo de Pedro Mendiluce.

Analía Paredes: comisaria de la A Coruña Negra.

Basilio Sauce: escritor de novela histórica.

Carlos Andrade: profesor de instituto, aspirante a escritor de novela negra.

Cecilia Jardiel: escritora de novela negra.

Cristina Cienfuegos: bloguera y empleada de José Torrijos.

Diego Aracil: inspector de la brigada de Patrimonio Histórico en Madrid.

Enrique Cabanas: escritor y ex convicto.

Estela Brown: escritora de novela negra (seudónimo de Carmen Pallares).

Freddy: trabaja en hostelería; hermano de Valentina Negro.

Germán Romero: técnico de la brigada de Investigación Tecnológica en Lonzas.

Ginés: esbirro 1 de Pedro Mendiluce.

Hugo Vane (seudónimo): autor de la novela No morirás en vano.

Ignacio Bernabé: inspector del CNP destinado en Gijón.

Isabel y Garcés: forman parte de la Policía Judicial de Lonzas.

Iturriaga: jefe de la Policía Judicial en Lonzas. Superior de Valentina.

Iván: esbirro 2 de Pedro Mendiluce.

Javier Sanjuán: criminólogo y profesor de la Universidad de Valencia.

José Torrijos: dueño de la Editorial Empusa.

Karina Desmonts: amiga íntima de Carlos Andrade.

Lúa Castro: periodista de sucesos de la Gaceta de Galicia.

Manuel Velasco y Fernández Bodelón: subinspectores del CNP, trabajan con Valentina y tienen una estrecha amistad.

Marcos Albelo: violador convicto de adolescentes (también figura con el nombre de Esteban Huerta).

Marina Alonso: miembro de la Policía Científica de Lonzas.

Marta de Palacios: hija de la magistrada Rebeca de Palacios.

Miguel Román (el Detective Invidente): personaje de ficción en las novelas de Estela Brown.

Paco Serrano: crítico literario.

Pedro Mendiluce: empresario indultado de un delito de trata de mujeres al cabo de dos años de prisión. Mecenas de A Coruña Negra.

Ramiro Toba: experto en lingüística forense.

Rebeca de Palacios: magistrada de la Audiencia Provincial de A Coruña. Impuso la condena a Pedro Mendiluce.

Sara Rancaño: abogada de Pedro Mendiluce.

Thalía: aspirante a escritora.

Toni Izaguirre: escritor de novela negra.

Valentina Negro: inspectora de la Policía Judicial con sede en la comisaría de Lonzas, A Coruña.

Verónica Johnson: detective privado.

Xosé García: médico forense de A Coruña.

Prólogo 1

Cecilia

Cecilia Jardiel reposaba sobre la litera, el pecho aún agitado por la intensa sesión de sexo que había tenido con Toni Izaguirre. Sintió un repentino escalofrío y se levantó para recoger la manta del suelo. Estaba desnuda y descalza. Apoyó los pies en la cálida moqueta del vagón. En el espejo se reflejó su pequeño cuerpo, delgado, casi infantil, la media melena castaña desordenada sobre sus ojos color miel, los pechos pequeños, los pezones oscuros aún excitados, el pubis breve y depilado, húmedo por el sudor y los fluidos. Notó cómo caía entre sus piernas un líquido tibio y espeso, y buscó sus bragas, perdidas entre el revoltijo de manta y sábanas que habían caído en el fragor de la batalla erótica.

Escuchó un ruido en el exterior y unos leves golpes en la puerta.

«Será Toni. Se habrá dejado algo.»

Cecilia se puso el camisón con prisa y fue a abrir la puerta de la cabina. Asomó la cabeza, sonriendo, esperaba una cara conocida. Fuera había un hombre vestido de uniforme, barbudo, un revisor.

Cecilia elevó las cejas con curiosidad. Iba a decir algo cuando el hombre la golpeó en la cabeza con una porra, en un gesto muy rápido, mientras se colaba en el compartimento con el movimiento grácil de un bailarín. Cecilia no pudo reaccionar; la sorpresa dejó paso al estupor y finalmente a la inconsciencia en fracciones de segundo. Pero antes de que cayera al suelo su captor tuvo tiempo de recogerla entre sus brazos.

Cecilia despertó. Abrió los ojos de repente, ojos atravesados por punzadas insoportables. Se intentó mover, pero fue un gesto que solo duró unos segundos, un gesto que la espabiló por completo a la vez que la enfrentaba a la terrible realidad, angustiosa, inesperada, en la que se encontraba tras su sueño traumático.

Estaba atada. El dolor terrible laceraba sus muñecas, sus tobillos, su cabeza. Casi no podía respirar. Tenía la boca ocluida por un trapo y silenciada por un trozo de cinta. El hombre de la barba se había sentado en un taburete y la contemplaba sin mover un músculo. De repente, se levantó y comenzó a hablar en voz muy queda.

—«Haces bien en ocuparte de mis flores; que te paguen lo que a mí no me pagaron.» ¿Quién te crees que eres, putilla? ¿El inmortal Baudelaire? ¿Cómo te atreves?

¿Flores? ¿Baudelaire? Cecilia intentó comprender, pero lo que escuchaba no tenía sentido; no entendía nada. Solo movía la cabeza, desesperada. En silencio rogaba por que alguien entrase en la cabina, que alguien sacase a aquel hombre de ojos alucinados de su compartimento.

Pero nadie entró. Y el hombre volvió a inclinarse sobre ella con ferocidad, susurrando más letanías, ininteligibles a veces, que la estaban sumiendo en un miedo angustioso, agudizado por la falta de aire. Ese miedo dio paso al terror cuando comenzó el agresor a desnudarse delante de ella, sin dejar de mirarla con ojos de insania. La erección era plena y el desconocido comenzó a masturbarse y a frotar el glande por su rostro y sus pechos, mientras ella intentaba en vano desasirse de sus ataduras con todas sus fuerzas. Pero el dolor la venció de nuevo y no pudo hacer nada más que contemplar con impotencia cómo la empezaba a vejar sin contemplaciones.

—¿Con cuántos has hecho esto para llegar adonde estás ahora? Uno más no te importará, zorra. Todo ha salido de tu coño de puta, nada ha salido de tu alma ni de tu mente. Y yo ahora también voy a degustar lo que tantos otros han disfrutado y libado. ¿Te acuerdas de cuando decías que te habían violado? ¿Te acuerdas de tu acusación?

Se subió sobre ella y la penetró con fuerza, forzándola como un animal, gruñendo y salivando, agarrándola del pelo, mordiéndole el cuello, asfixiándola. A pesar de que aún estaba lubricada por culpa de Toni, sintió como si un martillo golpeaba su cérvix y se abría paso hasta el centro mismo de su ser, que era ya puro sufrimiento. Luego le desató las piernas y le dio la vuelta.

—Voy a aprovecharlo todo de ti. La boca, el culo, tu coño. Voy a saborear lo que han saboreado los otros. Me servirás porque es para lo único que sirves.

Cecilia sintió que se partía en dos cuando la penetró por

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