Loading...

LOS áNGELES DE HIELO

Toni Hill  

4


Fragmento

La luz del día empezó a desaparecer de la habitación roja. Eran más de las cuatro y las nubes de la tarde habían dado paso a un oscuro crepúsculo. Oía el ruido incesante de la lluvia contra los cristales y los aullidos del viento procedentes del salón. El frío fue penetrando en mi cuerpo, y con él se mitigó el valor. Volví a caer en mi talante habitual: humilde, inseguro y triste, mientras se apagaba en mí todo signo de enojo. Si todos decían que era mala, tal vez tuvieran razón.

 

CHARLOTTE BRONTË, Jane Eyre

 

 

Por allá van y gimen,

muertos en pie, vidas tras de la piedra,

golpeando la impotencia,

arañando la sombra

con inútil ternura.

 

No, no es el amor quien muere.

 

LUIS CERNUDA

Prólogo

Barcelona, 1914

 

Nadie debería saber la fecha de su propia muerte, le había dicho el cura de la cárcel, como si la injusticia de la ejecución no radicara en el hecho en sí sino en conocer de antemano los detalles concretos que la definían. El día, la hora, el lugar. El garrote. Ésas son cosas que sólo atañen a Dios, había añadido; ni a ti, ni a mí, ni al verdugo ni al juez. Luego, cuando el padre Robí se dio cuenta de que sus palabras podían ser malinterpretadas en unos años donde por todas partes se suscitaban sospechas de anarquismo, se corrigió apuntando en tono resignado que algunos actos, por su especial carácter aberrante, merecían que los hombres usurparan esa prerrogativa divina y aplicaran la penitencia con todo su rigor. En ningún momento había prestado atención a sus protestas de inocencia, a su insistencia en que no había cometido aberración alguna más allá de gozar de un cuerpo vivo que se le ofrecía con el pudor que cabía esperar en una mujer joven y de buena familia. De hecho, para ser sinceros, cuando le había llegado la hora de confesarse al capellán, esas reivindicaciones ya habían perdido fuerza, como si incluso él hubiera dejado de creerlas y fueran simples palabras sin sentido de una letanía memorizada. Como los rezos de la iglesia. Y es que, en realidad, desde que encontró el cadáver de Clarisa, él comprendió que nadie iba a creer su versión y adivinó que la muerte que deformaba los rasgos de su joven amante era una peste contagiosa que pronto se apoderaría de los suyos. Despertó al anochecer, después de una tarde de goce y un rato de sueño profundo y satisfecho; sintió el roce de un cuerpo que había amado hasta la extenuación y se incorporó un poco para observar cómo dormía, buscando la paz que nos embarga al contemplar el reposo de nuestros seres queridos. Decidió que una mujer como aquélla, que se había entregado a él por primera vez unas horas atrás, merecía un regalo que alegrara su despertar exactamente igual que la visión de su rostro dormido animaba el suyo. Había visto un huerto con flores de camino a la pensión y decidió salir sin hacer ruido para coger unas cuantas y depositarlas en el lecho.

Regresó un rato después, con las flores en la mano, y rodeó la cama para dejarlas sobre las sábanas aún calientes. No llegó a hacerlo, pues en la parte que antes ocupaba él se había formado una mancha roja y espesa; entonces lo vio, descubrió el tajo que arañaba el cuello de Clarisa, la sangre que formaba una mancha impúdica sobre la sábana. Los ojos abiertos, yermos, inmortalizados en una expresión de horror y sorpresa, y aquel pajarillo obsceno y ajado que le salía de la boca. Soltó las flores en el suelo y ahí quedaron, un regalo de amor convertido en desordenada corona fúnebre.

Huyó, claro; no pudo evitar que la repugnancia venciera al cariño. Deseó alejarse del roce de aquel cuerpo muerto que parecía invocar su propio final de una manera inminente. Durante muchos días y noches corrió y se escondió, hasta que lo atraparon los guardias civiles. La primera bofetada le convenció de que su historia, por alto que la gritara, nunca sería escuchada, y se resignó a los golpes, las patadas y los insultos. Lo que no pensó hasta que el juez dictó la sentencia y se vio solo, en la celda, esperando que llegara el día de la ejecución, fue el terror que le acompañaría en esas noches solitarias, las sombras que revoloteaban por las paredes como pájaros negros, susurrándole amenazas o riéndose de él; los murmullos que se colaban en sus sueños febriles, aquellos en los que se veía caminando con paso firme y enfrentándose a un verdugo. A veces ese hombre tenía una cara que le resultaba vagamente familiar; otras era un completo desconocido o un ser deforme, de esos que sólo se ven en las ferias de los pueblos. En todos los casos, él se sentaba y sentía cómo el collar de hierro le amordazaba el cuello. Siempre despertaba en ese momento, un segundo antes de que el verdugo girara el tornillo con todas sus fuerzas. Tumbado en el camastro, aterido de un frío que nacía en su interior, se esforzaba por disipar los miedos siguiendo los consejos del cura. «Cuando te asalte la inquietud —le había dicho una tarde—, evoca los mejores momentos de tu corta existencia.» Y eso hacía, o cuando menos lo intentaba.

Buscaba en su mente imágenes de su infancia en el pueblo, las guerras a pedradas, el sol de la huerta de Murcia, tan distinto al de la calle estrecha de Cornellà donde Padre los había trasladado doce años atrás, cuando él tenía sólo siete. Había tenido la impresión de que el mundo se había empequeñecido de repente, aunque nadie podía negar que comían mejor o al menos con más regularidad. A cambio, muchos días, se asomaba a la ventana pequeña, sacaba por ella medio cuerpo y contemplaba los campos, tan distintos y al mismo tiempo tan parecidos a los que había dejado atrás. Permanecía así, casi suspendido sobre el alféizar, hasta que Madre lo agarraba del cuello y lo arrastraba para dentro sin contemplaciones. Luego, arrepentida, le daba pan con aceite y azúcar y le contaba historias de ese pueblo que su memoria infantil empezaba a olvidar. Él nunca había vuelto allí; su hermano menor sí lo hizo, porque cayó enfermo y Madre había ido a dejarlo con los abuelos. Ya en esos días había pensado que, de los dos, y a pesar de que la salud débil del pequeño indicara lo contrario, era él quien cargaba con la mala suerte. Habría dado cuanto fuera por irse de aquel piso, tan distinto de la casa con patio y corral donde había vivido durante sus primeros años. No se le había pasado por alto que Madre había tardado bastante en regresar y que, cuando por fin apareció, su rostro parecía haberse ensombrecido, como si la luz hubiera quedado definitivamente atrás, prendida de los ojos de aquel niño que había quedado lejos, al cuidado de los abuelos. A partir de entonces fue ella la que se asomaba a la ventana y su mirada vagaba perdida, oteando el horizonte, como quien aguarda con obsesiva insistencia la llegada de alguien.

Los murcianos, los llamaban, y era verdad que con el tiempo habían ido llegando otros, del mismo pueblo o de otros cercanos, parientes y amigos, expulsados por la dureza del campo, animados por la perspectiva de un futuro mejor. La Siemens, la fábrica, necesitaba gente, y allí trabajaba su padre desde su apertura, hacía cuatro años, y allí había trabajado también él en los últimos tiempos hasta que pasó lo de Clarisa. No, no eran los momentos en la fábrica los que quería recordar en esas noches pavorosas en la celda. Ni tampoco a Clarisa. Ya no. Porque pensar en ella era verla muerta. Como a Madre, a la que encontraron un día caída en la calle, justo debajo de la ventana abierta. «Se habrá mareado», dijeron. Le ha dado un vahído mientras tendía la ropa. Pero él sabía bien que había que sacar medio cuerpo para caer al vacío y que su madre tenía que haberse encaramado voluntariamente a la ventana para terminar en el asfalto, maltrecha como un tiesto roto.

Lo único que le quedaba para eludir la imagen del garrote que surgía cual fantasma en los rincones de la celda era la playa. El mar. Lo había visto por primera vez a los once años, y se había quedado en la orilla, temeroso ante un oleaje furioso. Nunca había aprendido a nadar. A sus padres les daba miedo y no lo dejaron pasar más allá de donde las olas se fundían con la arena.

Sí, aquel día de verano, el momento en que descubrió que el cielo y la tierra se enlazaban en un horizonte lejano, era el recuerdo al que aferrarse en aquella celda oscura. Intentó cerrar los ojos para verlo, oír su arrullo, aspirar su olor, pero sólo lo consiguió a medias. Veía un manto azul, sí, pero por alguna razón se le aparecía Clarisa flotando en él, dejando una estela de sangre sobre la espuma blanca. Veía peces boqueando en un cubo grande, como el que usaban los pescadores, y los conejos que su madre mataba de un machetazo en la cocina, y flores que se pudrían en cuanto las cortaba. La muerte corrompía incluso los buenos recuerdos. Le acechaba, le rondaba durante el sueño y durante la vigilia, le asediaba en las charlas con el cura, que insistía todas las tardes en que se arrepintiera de corazón para así asegurarse un espacio en el cielo. «¿Estará allí Clarisa?», preguntó él, y el hombre había vacilado un segundo antes de afirmar que esa pobre muchacha había muerto de una manera tan horrenda, sin tener tiempo a poner en paz su alma, que tal vez debiera pasar por el purgatorio para expiar sus pecados.

Nadie debería saber la fecha de su propia muerte, se repitió él, a pesar de que en su caso no podía olvidarla. Y por fin el día llegó. El sacerdote insistió en acompañarlo esa última noche y él lo agradeció. Había pedido ver a su padre, en vano, y tampoco lo echaba de menos. El cura, quizá para entretenerle, quizá simplemente porque el tema le interesaba, le habló de Francisco Fernando, el heredero del trono austríaco que había sido asesinado «cobardemente» junto con su esposa, embarazada, unos días antes. Al parecer los periódicos no se hacían eco de otra cosa. Del crimen y de la Mano Negra, el grupo serbio que había organizado la matanza fatal. «¡Dios sabe qué pasará ahora!», se lamentaba el padre Robí, y él pensaba en Austria, en Serbia, en todos los lugares de los que no había oído hablar y a los que ya nunca iría porque en cuanto amaneciera irían a buscarlo para llevarlo al patio. Y el verdugo lo sentaría y le colocaría aquella argolla de hierro al cuello y luego giraría el tornillo, y el punzón le atravesaría las vértebras y esa vez ya no conseguiría despertar. «¿Moriré mañana?», preguntaba sin cesar, buscando una respuesta que tampoco deseaba oír.

La realidad siempre es mucho menos digna que los sueños. Cuando se abrió la puerta de la celda, él llevaba horas acurrucado en el camastro, hecho un ovillo, sollozando en silencio como un crío. El cura, agotado a pesar de su buena voluntad, había echado una cabezada y se sobresaltó al oírlos entrar. «¿Ya?», preguntó. La respuesta era tan obvia que nadie se molestó en dársela. Él sabía que debía levantarse, aunque las piernas se negaban a obedecerle. Necesitaron cuatro guardias para incorporarlo, y luego retenerlo, porque esos miembros inertes parecían haber cobrado vida de repente y actuar por su cuenta, repartiendo puñetazos y patadas al aire, mientras alguien dentro de él gritaba con una voz ronca que partía el alma que no, que no era culpable, que no quería morir. Que él la amaba y que nunca le habría hecho daño. Que no tenía ni veinte años.

Las lágrimas se le mezclaban con los mocos y con la saliva, y más que nunca el padre Robí pensó que algo estaba mal en este mundo y tuvo que recordarse que el propio Dios hablaba del ojo por ojo, aunque la frase sonara absurda ante aquel chico rubio que casi sacaba espuma por la boca y que sorprendentemente consiguió zafarse de sus captores, se echó a sus pies, se agarró a sus piernas y hundió el rostro en su sotana, manchándola de lágrimas calientes y sudor frío. Fueron sus ojos los que vio el sacerdote entonces, y por primera vez se fijó en que los tenía de un azul grisáceo. No había forma humana de separarse de aquel cuerpo joven que lo usaba de tabla salvavidas, con la desesperación del náufrago, mient

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta