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LOS OJOS DEL DRAGóN

Stephen King  

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Fragmento

1

Antiguamente, en un reino llamado Delain, hubo un rey que tenía dos hijos. Delain era un reino inmemorial, en el cual había habido cientos de reyes, miles tal vez; cuando ha pasado demasiado tiempo, ni siquiera los historiadores son capaces de recordarlo todo. Roland el Bueno no era ni el mejor ni el peor de los reyes que rigieron aquellas tierras. Se esforzaba firmemente en no ocasionar a nadie gran perjuicio y casi había conseguido su propósito. También se preocupó con verdadero tesón por realizar obras importantes; sin embargo, en esto no tuvo tanta suerte. Resultó ser un rey bastante mediocre; él mismo dudaba de la posibilidad de ser recordado mucho tiempo después de su fallecimiento. Y, ahora, la muerte podía aparecer en cualquier instante, porque era ya anciano y su corazón se iba debilitando. Era probable que le quedara un año de vida, o quizá tres. Cuantos le conocían, y quienes habían observado su rostro apagado y sus temblorosas manos cuando presidía la corte, estaban de acuerdo en que antes de cinco años un nuevo rey sería coronado en la gran plaza que se hallaba al pie de la Aguja… y sólo serían cinco años si así lo disponía la gracia de Dios. Por lo tanto, en todo el reino, desde el barón más rico y el cortesano de vestiduras holgadas hasta el más pobre siervo y su andrajosa mujer, pensaban y hacían cábalas sobre el futuro rey Peter, hijo mayor de Roland.

Sólo un hombre planeaba otra cosa y cavilaba acerca de ella: cómo asegurarse de que en su lugar fuese coronado Thomas, el hijo menor de Roland. Este hombre era Flagg, el mago del rey.

2

A pesar de que el rey Roland era viejo (reconocía tener setenta años pero era seguro que contaba con muchos más) sus hijos aún eran jóvenes. Se le había tolerado contraer matrimonio a una edad avanzada debido a que no había encontrado antes ninguna mujer capaz de satisfacer sus gustos, y porque su madre, la gran Reina Viuda de Delain, parecía ser inmortal para Roland y todos los demás, incluso para ella misma. Gobernó el reino durante casi cincuenta años hasta que cierto día, a la hora del té, se metió en la boca una rodaja de limón recién cortado para que le aliviase una molesta tos que padecía desde hacía más de una semana. En aquella oportunidad, un malabarista representaba su acto para diversión de la Reina Viuda y su séquito. Se dedicaba hábilmente a realizar juegos malabares con cinco bolas de cristal. En el mismo instante en que la reina se introdujo la rodaja de limón en la boca, al malabarista se le escapó una de las frágiles bolas, la cual se rompió con estrépito sobre el suelo de azulejos de la gran Sala Este de Audiencias. El ruido sobresaltó a la Reina Viuda y la rodaja de limón se le atascó en la garganta, causándole una rápida muerte por asfixia. Cuatro días después, en la plaza de la Aguja se llevó a cabo la coronación de Roland. El malabarista no tuvo oportunidad de verla; había sido decapitado tres días antes en el tajo de ejecuciones situado detrás de la Aguja.

Un rey sin heredero era algo que inquietaba a todos, especialmente si el soberano tenía cincuenta años y se estaba quedando calvo. Así que era muy necesario que Roland se casara lo más pronto posible y que produjera en breve un heredero. Flagg, su íntimo consejero, le hizo ver claramente su situación. También le recalcó que a los cincuenta, las perspectivas de engendrar una criatura en el vientre de una mujer se reducían sólo a unos pocos años. Flagg le aconsejó que no pospusiese más su casamiento y que dejara de esperar a la dama de noble linaje capaz de satisfacer sus caprichos. Si esa mujer todavía no había aparecido en la vida de un hombre que ya rondaba la cincuentena, argumentó Flagg, era probable que ya nunca lo hiciese.

Roland se dio cuenta de la cordura de estas palabras y estuvo de acuerdo, sin saber que Flagg, con su cabello lacio y su pálido rostro que casi siempre llevaba cubierto por una capucha, conocía su más profundo secreto; él nunca había hallado a la dama de sus sueños porque en realidad jamás había soñado con mujer alguna. Las mujeres le causaban aprensión, y en ningún momento le atrajo el acto mediante el cual era posible producir un bebé en el vientre de una fémina. Ese acto también le causaba aprensión.

Pero había comprendido la sabiduría del consejo del mago, y seis meses después del funeral de la Reina Viuda, en el reino se celebró un acontecimiento mucho más afortunado: el casamiento del rey Roland con Sasha, quien se convertiría en la madre de Peter y Thomas.

En Delain, Roland no era ni amado ni odiado. En cambio, Sasha era querida por todo el mundo. Cuando murió, luego de dar a luz a su segundo hijo, el reino se hundió en un sombrío luto durante un año y un día. Ella figuraba entre las seis mujeres que Flagg le sugirió al rey como posibles novias. Roland no conocía a ninguna de estas mujeres, cuyos linajes y condiciones sociales eran similares. Todas poseían sangre noble, aunque ninguna sangre real; todas eran sumisas, complacientes y calladas. Flagg no había sugerido candidatas capaces de desplazarle de su posición de íntimo consejero real. Roland eligió a Sasha porque le pareció la más callada y sumisa de las seis, y era, además, la que menor aprensión le causaba. Así que contrajeron matrimonio. En aquel entonces, Sasha, que procedía de la Baronía Occidental (una baronía muy pequeña por cierto) contaba diecisiete años, era, pues, treinta y tres años más joven que su marido. Hasta la noche de bodas nunca había visto a un hombre sin calzoncillos. Cuando llegada esa ocasión ella pudo observar su fláccido pene, preguntó con gran interés:

–Esposo, ¿qué es eso?

Si hubiese agregado algo más, o lo hubiera dicho en un tono de voz ligeramente distinto, los eventos de aquella noche, y los de este íntegro relato, podrían haber tomado otro curso; Roland se habría escapado furtivamente, no obstante el brebaje especial que Flagg le hizo tomar una vez finalizada la fiesta de bodas. Pero en ese momento Roland la vio tal cual era, una muchacha muy joven que sabía incluso menos que él sobre el acto de hacer bebés, observó que su boca era bondadosa y comenzó a amarla, como lo harían con el tiempo todos los habitantes de Delain.

–Es el Hierro del Rey –dijo él.

–No se parece mucho a un hierro –observó Sasha, dudosa.

–Es que todavía no está forjado –explicó Roland.

–¡Ah! ¿Y dónde está la fragua?

–Si confías en mí –repuso el rey, acostándose con ella en el lecho–, yo te la enseñaré, puesto que, sin saberlo siquiera, la has traído contigo desde la Baronía Occidental.

3

Los habitantes de Delain la amaron, porque era gentil y bondadosa. Fue la reina Sasha quien creó el Gran Hospital, quien lloró desconsolada ante la crueldad del deporte que se llevaba a cabo en la Plaza, y que consistía en azuzar perros contra un oso. Con sus lágrimas logró que el rey Roland prohibiera su práctica; también había sido la reina Sasha quien en el año de la gran sequía, en el cual hasta las hojas del Viejo Gran Árbol se tornaron grises, abogó por una Remisión de los Impuestos al rey. Es probable que os preguntéis si Flagg no urdió alguna intriga en contra de ella. Debemos decir que al principio no lo hizo. Debido a que él era un auténtico mago, y había vivido cientos y cientos de años, en su opinión estas cosas eran relativamente insignificantes.

Incluso permitió que la Remisión de Impuestos fuese aceptada, ya que el año anterior la armada de Delain había aplastado a los piratas de Andua, los cuales asolaban la costa sureste del reino hacía más de cien años. El cráneo del pirata-rey de Andua sonreía en lo alto de una pica en las afueras del palacio, mientras el tesoro de Delain alcanzaba la opulencia gracias al botín obtenido. En los asuntos más importantes, asuntos de estado, Flagg seguía siendo el consejero más cercano al rey Roland, y por este motivo, el mago estuvo en un principio satisfecho.

4

A pesar de que Roland llegó a amar a su esposa, nunca pudo habituarse a aquella actividad que la mayoría de los hombres consideran placentera, ese acto que produce desde el más vulgar de los aprendices de cocinero hasta el heredero del trono más encumbrado. Roland y Sasha dormían en lechos separados, y él no la visitaba muy a menudo. Sus visitas no pasaban de cinco o seis al año, y en algunas de esas ocasiones ningún hierro se forjaba en la fragua, a pesar de los cada vez más potentes brebajes de Flagg y de la persistente dulzura de Sasha.

De cualquier modo, cuatro años después de la boda, Peter fue engendrado en el lecho de la reina. Y en aquella única noche, a Roland no le fue necesario el brebaje de Flagg, ese líquido verde y espumoso que siempre le ocasionaba una extraña sensación en la cabeza, como si se volviera loco. Aquel día había estado cazando en las Reservas con doce de sus hombres. La caza era la actividad que siempre le había gustado más a Roland: el aroma del bosque, el tonificante gustillo del aire, los sonidos del cuerno de caza y la sensación que le producía el arco cada vez que disparaba una certera flecha. En Delain se conocían las armas de fuego pero su uso era poco frecuente, ya que se consideraba bajo y despreciable cazar con tubo de hierro.

Sasha se encontraba leyendo en su lecho cuando Roland apareció con barbado y rubicundo rostro encendido; ella apoyó el libro sobre el pecho y escuchó arrobada el relato, adornado por sus gesticulantes manos. Poco antes de concluir, Roland se alejó unos pasos para mostrarle cómo había estirado la cuerda del arco y dejado volar a Ensartadora de Adversarios, la gran flecha de su padre, a través del estrecho y encerrado valle. Al hacer esto, Sasha rió y aplaudió, con lo cual logró ganarse su corazón.

En las Reservas del rey ya no quedaba mucho por cazar. Por aquellos días era muy raro hallar allí un ciervo de tamaño regular, y nadie había visto a un dragón desde tiempos inmemoriales. La mayoría de los hom bres se hubiesen reído ante la sugerencia de que todavía podría existir en ese bosque doméstico tal criatura mitológica. Pero entonces, una hora antes de que se pusiera el sol y cuando Roland y su grupo ya se disponían a regresar, eso fue exactamente lo que encontraron… o mejor dicho, lo que les encontró a ellos.

El dragón salió de entre la maleza con estrépito y a tropezones; sus escamas relucían con un color verde cobrizo y echaba humo por las narices sucias de hollín. No se trataba de un dragón pequeño, sino de un macho justo antes de mudar de piel por primera vez. La mayoría de los hombres del séquito se quedaron estupefactos, incapaces siquiera de disparar una flecha o de moverse.

El dragón observó a la partida de caza y comenzó a batir sus alas, mientras sus ojos, normalmente verdes, se tornaban amarillentos. No existía peligro alguno de que el dragón se escapara volando, pues hacían falta otros cincuenta años y dos cambios más de piel para que sus alas estuvieran lo bastante desarrolladas y le sostuviesen en el aire; pero las membranas que las mantenían adheridas al cuerpo hasta la edad de diez o doce años habían desaparecido, así que con un simple aleteo derribó de su montura a

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