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LOS OJOS DEL TUAREG (TUAREG 2)

Alberto Vázquez-Figueroa  

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Fragmento

Una noche en que Ajamuk trabajaba a más de veinticinco metros de profundidad, una laja de piedra sometida a excesiva presión se desprendió unos diez metros más arriba, le golpeó en la cabeza, y le dejó inconsciente arrodillado sobre el fondo del pozo con la frente apoyada en el muro.

La arena que surgía por el hueco que había dejado la piedra comenzó a caer como una diminuta cascada que iba en aumento a medida que pasaban los minutos.

En el exterior, el criado encargado de ayudar a quien se encontraba abajo no escuchó el seco golpe ni advirtió nada extraño.

La arena continuó deslizándose como un implacable reloj que marcara el tiempo de vida que le quedaba al infeliz muchacho.

Primero le cubrió las piernas, luego las rodillas, y al fin le alcanzó la cintura.

La Muerte, que tan escaso interés había demostrado cuando todo era fácil, regresó alocadamente porque al parecer era aquélla una inusual tragedia que en verdad le divertía.

Tomó asiento en el borde del pozo y escuchó el débil susurro de la arena que fluía sin prisas por entre las rocas.

Y exactamente al mismo ritmo que escapaba la arena, se escapaba la vida de Ajamuk.

Al poco se encontraba enterrado hasta el pecho. En esos momentos abrió los ojos y gritó.

El siervo acudió de inmediato, miró hacia abajo pero no descubrió más que la oscuridad.

La pequeña antorcha estaba ya enterrada.

Un casi imperceptible gemido ascendía desde las entrañas de la tierra.

El siervo corrió a despertar a sus amos, y de inmediato Gacel descendió en ayuda de su hermano cuando ya la arena le alcanzaba la barbilla.

Tiró de él intentando aferrarle por debajo de los sobacos con la intención de sacarlo de aquella trampa infernal, pero el aturdido Ajamuk era ya un peso muerto que no conseguía reaccionar mientras la arena continuaba precipitándose sobre ellos de modo inexorable.

A horcajadas sobre el brocal del pozo, la Muerte sonreía.

No todos los días le era dado mostrar su rostro más macabro.

No todos los días podía capturar a su víctima de una forma tan lenta, cruel y sofisticada.

No todos los días se conseguía escapar a la rutina. En el fondo de un pozo seco en mitad del más caluroso de los desiertos, sin apenas aire, a oscuras y con un chorro de arena derramándose sobre la cabeza, el desesperado Gacel Sayah nada pudo hacer por salvar la vida de su hermano.

Cuando quiso darse cuenta descubrió que ya más de un metro de arena le cubría, y que él mismo corría peligro de quedar enterrado en vida si no escapaba a tiempo de semejante trampa.

Los pozos tuareg suelen llevar el nombre del primer hombre que muere durante su construcción, y si por algún extraño milagro se concluye sin que haya habido accidentes, en agradecimiento se le

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