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LOS OLVIDADOS (SERIE JOHN PULLER 2)

David Baldacci  

0


Fragmento

1

Tenía el aspecto de un hombre temeroso de que esa noche fuese la última que pasara en este mundo. Y razones no le faltaban para pensar así. Las probabilidades eran de un cincuenta por ciento, un porcentaje que podía variar según cómo saliesen las cosas durante la siguiente hora.

Así de pequeño era el margen de error.

El rugido de los motores de la embarcación que avanzaba casi al máximo de potencia se apoderó del silencio nocturno que reinaba en las tranquilas aguas del Golfo. En aquella época del año, el golfo de México no solía estar tan apacible: era el período más activo de la temporada de huracanes. Aunque en el Atlántico se estaban gestando varias tormentas, ninguna había formado todavía un centro fuerte ni penetrado en el Golfo. Los habitantes de la costa cruzaban los dedos y rezaban para que la situación continuara así.

El casco de fibra de vidrio surcaba limpiamente las saladas y densas aguas. Aquella embarcación tenía capacidad para llevar a bordo cómodamente unas veinte personas, pero en esta ocasión eran treinta. Los pasajeros se aferraban con ansiedad a cuanto podían para no salir despedidos por la borda. A pesar de que el mar estaba en calma, una embarcación que transporta demasiada gente y se mueve a gran velocidad nunca es estable.

Al capitán no le preocupaba la comodidad de sus pasajeros; su prioridad era que siguiesen con vida. Con una mano apoyada en la rueda del timón y la otra en las dos palancas de potencia del motor, observó el indicador de velocidad con gesto de preocupación.

«Vamos, vamos. Puedes hacerlo. Un último esfuerzo.»

Cuarenta millas por hora. Empujó las palancas hacia delante e incrementó la velocidad hasta las cuarenta y cinco. Ya casi había alcanzado el máximo. Los dos motores de popa no iban a conseguir más velocidad sin un gasto excesivo de combustible. Y en las inmediaciones no había ningún puerto deportivo donde repostar.

Incluso con la brisa que creaba el avance de la embarcación seguía haciendo mucho calor. Por lo menos, navegando a aquella velocidad y tan lejos de tierra, no había que preocuparse por los mosquitos. El capitán fue observando a los pasajeros uno por uno; no era un gesto ocioso: estaba contando las cabezas, aunque ya sabía cuántas había. Además, llevaba cuatro tripulantes, armados y encargados de vigilar a los pasajeros. En caso de que estallase un motín, sería una proporción de cinco contra uno. Pero los pasajeros no tenían subfusiles. Un solo cargador bastaría para acabar con todos, y aún sobrarían balas. Por otra parte, la mayoría eran mujeres y niños, porque aquello era lo que se demandaba.

No, al capitán no le preocupaba un posible motín, sino la hora.

Consultó la esfera luminosa de su reloj. Iban a llegar por los pelos. Habían salido con retraso del último puesto de avanzadilla. Y luego se les había averiado el plotter de navegación, que durante media hora los llevó por un rumbo erróneo. Aquello era el ancho mar. Exactamente igual por todas partes. No había la mínima porción de tierra que sirviera para orientarse. No surcaban ningún canal señalizado. Sin las ayudas electrónicas a la navegación estaban bien jodidos, como pilotar un avión en la niebla sin contar con ningún instrumento. El único desenlace posible era el peor.

Sin embargo, habían logrado arreglar el plotter y corregido el rumbo, de modo que el capitán forzó los motores a máxima potencia. Y después los forzó otro poco más. Continuó con la mirada fija en el velocímetro, los niveles de aceite y de combustible y la temperatura del motor. Si en ese momento sufrían una avería, sería desastroso; no podrían llamar precisamente a los guardacostas para que acudieran en su rescate.

Aun cuando sabía que era inútil, miró al cielo en busca de algún ojo que estuviera observándolos, un ojo no tripulado que los detectase y alertara digitalmente a las autoridades. Si pasaba eso, enseguida tendrían encima las patrulleras de la Guardia Costera. Abordarían su embarcación, sabrían de inmediato qué estaba sucediendo allí y lo meterían en el talego durante una buena temporada, quizá para el resto de su vida.

Sin embargo, el miedo a los guardacostas no era tanto como el que le causaban ciertas personas.

Forzó la velocidad hasta las cuarenta y siete millas y rogó en silencio que no reventara ninguna pieza vital del motor. Consultó otra vez el reloj y fue contando los minutos mentalmente, sin apartar la vista del mar.

–Joder, me van a echar de cena para los tiburones –mas­culló.

No era la primera vez que se arrepentía de haber aceptado aquel arriesgado negocio, pero estaba tan bien pagado que no podía rechazarlo, pese a los peligros que entrañaba. Ya llevaba quince «misiones» como la presente, y calculaba que si hacía otras tantas podría jubilarse en algún lugar agradable y tranquilo de los cayos de Florida y vivir a cuerpo de rey. Aquel trabajo era mucho mejor que dedicarse a llevar pálidos turistas norteños que anhelaban avistar un atún o un pez espada, aunque lo que hacían más a menudo era terminar vomitando en la cubierta cuando había mala mar.

«Pero antes tengo que llevar este barco y esta gente a su destino.»

Observó las luces de navegación verde y roja de la proa. Proyectaban un extraño resplandor en aquella noche sin luna. Contó mentalmente más minutos, al tiempo que vigilaba los indicadores del salpicadero.

De pronto lo embargó la frustración.

El combustible estaba agotándose. La aguja descendía peligrosamente hacia la reserva. Se le hizo un nudo en el estómago. Llevaban demasiado peso, y el problema sufrido por el sistema de navegación les había hecho perder más de una hora, muchas millas náuticas y una valiosa cantidad de combustible. Él siempre añadía un diez por ciento más por seguridad, pero aun así quizá no bastara. Volvió a observar a los pasajeros, en su mayoría mujeres y adolescentes. También había varios hombres corpulentos que debían de pesar más de cien kilos cada uno. Uno de ellos era un verdadero gigante. Sin embargo, tirar pasajeros por la borda para solucionar el problema del combustible era impensable; como llevarse una pistola a la cabeza y apretar el gatillo.

Repitió mentalmente los cálculos, como hacen los pilotos de las líneas aéreas cuando se les entrega el manifiesto de embarque de pasajeros y carga. La cuestión era la misma, con independencia de que uno se encontrara en el mar o a diez mil metros de altitud: «¿Tengo suficiente combustible para llegar?»

Cruzó una mirada con uno de sus hombres y le indicó que se acercase. El otro escuchó las palabras de su jefe y realizó sus propios cálculos.

–Vamos muy justos –concluyó con preocupación.

–Y no podemos empezar a tirar gente por la borda.

–Ya. Tienen el manifiesto y saben cuántas personas llevamos. Si empezamos a tirarlas, más nos vale que saltemos también nosotros.

–Dime algo que no sepa, joder –masculló el capitán.

Finalmente tomó una decisión y redujo la potencia de los motores hasta las cuarenta millas por hora. Las dos hélices se ralentizaron. La embarcación continuaba planeando por la superficie del agua. A simple vista no existía gran diferencia entre cuarenta millas por hora y cuarenta y siete, pero, como reducía el gasto de combustible, podía marcar la frontera entre dejar seco el depósito y conseguir llegar a destino. Bien, más tarde repostarían, y el trayecto de regreso, tan solo con cinco personas a bordo, no supondría ningún problema.

–Es mejor llegar un poco tarde que no llegar –decidió el capitán.

Su comentario sonó irónico, un detalle que no le pasó inadvertido al tripulante, porque sujetó su arma con más firmeza. El capitán desvió la mirada sintiendo un nudo en la garganta, a causa del miedo que lo atenazaba.

Para la gente que lo había contratado, la puntualidad era importante. Y retrasarse, aunque fueran unos minutos, nunca era bueno. Lo cierto era que en aquel preciso momento el sustancioso margen de ganancia no parecía que mereciera la pena; si uno estaba muerto, no podía gastarse el dinero. Afortunadamente, treinta minutos después, cuando los motores ya empezaban a absorber aire en vez de combustible, el capitán atisbó por fin su destino: erguido en medio de las aguas como si fuera el trono de Neptuno, que tal era su nombre.

Habían llegado. Con retraso, sí, pero estaban allí.

Miró a los pasajeros. Ellos también contemplaban la estructura, con ojos como platos. No se lo reprochó; aunque aquella no era la primera estructura así que veían, seguía siendo una visión monstruosa, sobre todo durante la noche. Joder, si hasta a él seguía intimidándolo después de haber hecho muchos viajes similares. Lo único que deseaba era entregar el cargamento, repostar y largarse lo más rápido posible. En cuanto aquellos desdichados desembarcaran, ya serían problema de otro.

Aminoró la marcha y, con cuidado, atracó junto a la plataforma flotante amarrada a la estructura. Una vez que los cabos estuvieron firmes, aparecieron varias manos que procedieron a ayudar a los pasajeros a encaramarse a la plataforma, que subía y bajaba, meciéndose, por el ligero oleaje generado por la maniobra de atraque.

No vio el barco, más grande, que normalmente aguardaba allí para llevarse aquella gente; ya debía de haber zarpado con un cargamento a bordo.

El capitán, tras firmar unos documentos y recibir su paga en unos envoltorios de plástico sellados con cinta aislante, echó un vistazo a sus pasajeros, que en aquel momento eran conducidos hacia una escalera metálica. Todos parecían asustados.

«Y no es para menos», pensó. Lo desconocido no es, ni de lejos, tan aterrador como lo conocido. Estaba claro que aquella gente era muy consciente de lo que les esperaba. Y también de que no le importaban a nadie.

Ellos no eran ricos ni poderosos.

Eran, verdaderamente, los olvidados de este mundo.

Y su número aumentaba de manera exponencial a medida que el mundo iba adaptándose para procurar la permanencia de los ricos y los poderosos, por delante del resto de la sociedad. Y cuando los ricos y los poderosos querían algo, por lo general lo conseguían.

Abrió uno de los envoltorios de plástico. Su mente no asimiló de inmediato lo que vio. Cuando se hizo evidente que lo que tenía en la mano eran recortes de periódico en vez de dinero, levantó la vista.

Un fusil MP5 lo apuntaba directamente, a menos de tres metros de distancia, empuñado por un hombre de pie en el Trono de Neptuno. Era un arma mortífera en distancias cortas. Y esa noche iba a demostrarlo.

Al capitán le dio tiempo de levantar la mano, como si la carne y el hueso fueran capaces de detener los proyectiles que salieron hacia él a más velocidad que la de un avión comercial. Impactaron en su cuerpo con miles de kilos por centímetro cuadrado de energía cinética. Veinte ráfagas disparadas al mismo tiempo, que literalmente lo perforaron.

La fuerza de semejante descarga lo arrojó por la borda. Antes de hundirse en las aguas, alcanzó a ver que sus cuatro tripulantes también eran abatidos. Todos destrozados, todos muertos, se hundieron en las profundidades. Aquella noche, los tiburones iban a darse un festín.

Al parecer, la puntualidad no solo era una virtud, sino también una necesidad perentoria.

2

De inmediato la embarcación fue vaciada del poco combustible que le quedaba, del aceite y demás líquidos, y a continuación se le abrió una vía de agua. El aceite y el gasóleo formaron una amplia película brillante sobre la superficie del mar, visible desde el aire para los aviones de la Guardia Costera y de la DEA que patrullaban la zona.

Durante el día la plataforma petrolífera abandonada daría la impresión de ser precisamente eso, una plataforma abandonada. No se vería ni un solo cautivo, porque estarían todos dentro de la estructura principal, ocultos a la vista. Los envíos de producto fresco llegaban y salían solo por la noche. Durante el día se interrumpían las operaciones, pues el riesgo de ser vistos era demasiado alto.

En el Golfo hay más de mil plataformas petrolíferas abandonadas, a la espera de ser desmanteladas o transformadas en arrecifes artificiales. Aunque las leyes exigen que el desmantelamient­o o la transformación se lleven a cabo en el plazo de un año a partir del cese de actividad, en la realidad dicho plazo puede prolongarse mucho más. Y durante todo ese tiempo, aquellas plataformas lo bastante grandes para alojar a centenares de personas, permanecen en el mar sin que nadie las moleste. Están vacías y por lo tanto pueden ser utilizadas por ciertas personas ambiciosas que necesitan una serie de puntos de desembarco para su actividad de transportar preciados cargamentos por el ancho océano.

Mientras la embarcación se hundía lentamente en las aguas del Golfo, los pasajeros fueron obligados a subir por la escalera metálica. Iban atados unos a otros con cuerdas, en intervalos de treinta centímetros. A los niños les costaba seguir el paso de los adultos; cuando caían, alguien los empujaba para que volvieran a la fila y los golpeaba en hombros y brazos. Sin embargo, no les tocaban la cara.

Uno de los varones, un individuo más corpulento que los demás, subía los peldaños con la mirada baja. Medía casi dos metros y era macizo como una roca, de hombros anchos y caderas estrechas, y sus muslos y pantorrillas bien podrían ser los de un deportista de élite. Además, poseía la musculatura firme y nervuda y las facciones enjutas de un hombre que se ha criado a base de alimento insuficiente. Alcanzaría un buen precio, pero no tan bueno como las chicas, por razones obvias. Todo se basaba en el margen de beneficio, y las chicas, en particular las más jóvenes, eran las que proporcionaban el margen más alto, pues podía mantenerse por lo menos durante diez años. Para entonces, entre todas ya habrían hecho

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