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LOS PERROS DE LA GUERRA

Frederick Forsyth  

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Fragmento

PRÓLOGO

Aquella noche, sobre la selvática pista de aterrizaje no lucían las estrellas ni la Luna; sólo la oscuridad del África Occidental envolvía a los grupos desparramados, como una cálida y húmeda capa de terciopelo. Las nubes, bajas, se deslizaban sobre las copas de los irokos, y los hombres que esperaban pedían al cielo que las retuviese un poco más, a fin de ocultarlos a la vista de los bombarderos.

Al final de la pista, el destartalado y viejo «DC-4»—que acababa de aterrizar gracias a unas luces que sólo habían permanecido encendidas quince segundos cuando el avión se aproximaba— dio media vuelta y rodó a ciegas en dirección a las chozas cubiertas con hojas de palmera.

Un «MIG-17», caza nocturno federal, conducido probablemente por uno de los seis pilotos alemanes orientales enviados durante los últimos tres meses para sustituir a los egipcios, que tenían miedo de volar de noche, cruzó zumbando el cielo en dirección Oeste. La capa de nubes lo ocultaba a la vista, de la misma manera que ocultaba la pista a los ojos del piloto. Éste buscaba el destello delator de las luces de aterrizaje que guiaba a los aviones; pero las luces estaban apagadas.

El piloto del «DC-4» que rodaba por el suelo, incapaz de oír el zumbido del reactor en lo alto, encendió sus propias luces para ver adónde iba, y una voz gritó inútilmente en la oscuridad: «¡Apague las luces!» En todo caso, éstas se apagaron cuando el piloto se hubo orientado y el caza estaba ya a muchas millas de distancia. La artillería tronaba hacia el Sur, en el punto donde, al fin, se había derrumbado el frente, al arrojar sus armas unos hombres que llevaban dos meses sin recibir comida ni municiones y que buscaron refugio en el espeso bosque.

El piloto del «DC-4» detuvo su avión a veinte metros del «Super Constellation» aparcado en la zona terminal, paró los motores y saltó al suelo de hormigón. Un africano corrió a su encuentro, y entablaron una conversación en voz baja. Ambos avanzaron, en la oscuridad, en dirección a uno de los mayores grupos de hombres, que formaba una mancha negra sobre el oscuro fondo del bosque de palmeras. El grupo se abrió al acercarse los dos individuos que venían de la pista, y el blanco que acababa de llegar en el «DC-4» se halló frente al hombre que ocupaba el centro del grupo. Era la primera vez que lo veía el hombre blanco, pero sabía cómo era y no le costó reconocerlo, incluso en aquella oscuridad, rota sólo por la roja punta de unos cuantos cigarrillos.

El piloto no llevaba gorra, y por ello, en vez de saludar militarmente, hizo una ligera inclinación de cabeza. Nunca lo había hecho antes de ahora, al menos con un negro, y no habría podido explicar por qué lo hizo.

—Soy el capitán Van Cleef —dijo en inglés, pero con notorio acento de África del Sur.

El africano correspondió al saludo, y su enmarañada y negra barba rozó la pechera de su rayado uniforme de camuflaje.

—Una noche bastante peligrosa para volar, capitán Van Cleef —observó secamente—, y un poco tarde para traernos más suministros.

Su voz era grave y despaciosa, y su acento, más propio de un maestro de escuela inglés —cosa que, en efecto, era— que de un africano. Cleef se sintió incómodo, y una vez más se preguntó, como había hecho cien veces durante su vuelo entre nubes y desde la costa, por qué había realizado aquel viaje.

—No traigo suministros, señor. No quedaba nada que traer.

Otro hecho consumado. Se había jurado que no llamaría «señor» a ese hombre. Se trataba de un cafre. Pero se le había escapado. De todas maneras, los otros pilotos mercenarios, que lo conocían, tenían razón al decir, en el bar del hotel de Libreville, que éste era diferente.

—Entonces, ¿a qué ha venido? —preguntó el general, con voz suave—. ¿Tal vez por los niños? Hay aquí unos cuantos, y las monjas desean trasladarlos a lugar seguro; pero esta noche no llegarán más aviones de «Cáritas».

Van Cleef movió la cabeza, y en seguida se dio cuenta de que nadie podía ver aquel ademán. Se sintió confuso y se alegró de que la oscuridad ocultase su turbación. A su alrededor, los guardaespaldas empuñaban sus fusiles ametralladores y lo miraban fijamente.

—No. He venido a buscarle a usted. Es decir, si quiere venir conmigo.

Se hizo un largo silencio. Tenía la impresión de que el africano lo observaba atentamente en la oscuridad, y hubo un momento en que vio el blanco de sus ojos cuando uno de los presentes alzó su cigarrillo.

—Comprendo. Su Gobierno le ordenó que viniese aquí esta noche, ¿no?

—No —respondió Van Cleef—. Fue idea mía.

Hubo otra larga pausa. El barbudo movía ahora lentamente la cabeza de arriba abajo, en ademán que tanto podía ser de comprensión como de asombro.

—Se lo agradezco mucho —dijo la voz—. Habría sido una excursión estupenda. Pero tengo mi propio medio de transporte. El «Constellation». Confío en que será capaz de llevarme al destierro.

Van Cleef se sintió aliviado. No tenía la menor idea de las repercusiones políticas que habrían podido producirse si hubiera regresado a Libreville con el general y su séquito.

—Esperaré a que haya despegado usted, y, después, me marcharé —dijo, saludando de nuevo con la cabeza.

Tuvo el impulso de alargar la mano, pero no supo si debía hacerlo. Lo cierto era que el general africano tenía la misma duda. En todo caso, dio media vuelta y se dirigió a su avión.

Los negros del grupo guardaron silencio durante un rato.

—¿Por qué tenía que hacer una cosa así un sudafricano, y afrikaner, por añadidura? —preguntó al general un hombre de su séquito.

El jefe del grupo sonrió brevemente, y sus dientes brillaron en la oscuridad.

—Creo que nunca lo sabremos —dijo.

Más arriba, en la zona contigua a la pista, y también al amparo de un bosquecillo de palmeras, cinco hombres se hallaban sentados en un «Land Rover» y observaban las confusas figuras que se movían entre la espesura y el avión. El jefe estaba al lado del conductor africano, y los cinco hombres fumaban continuamente.

—Debe de ser el avión sudafricano —dijo el jefe, y se volvió hacia uno de los otros cuatro blancos acurrucados en el «Land Rover», detrás de él—. Janni, vaya y pregúntele al patrón si tiene sitio para nosotros.

Un hombre alto, huesudo y anguloso, saltó de la trasera del vehículo. Igual que los otros, vestía un uniforme completo de camuflaje, en que predominaba el verde de la selva rayado de color castaño. Llevaba botas de lona verde, con la parte inferior de los pantalones embutida en ellas. Una cantimplora de agua y un cuchillo «Bowie» pendían de su cinturón, y llevaba, colgadas del hombro, tres bolsas de munición para el rifle «FAL», todas ellas vacías. Al pasar por delante del «Land Rover», el jefe lo llamó de nuevo.

—Deje el «FAL» —le dijo, alargando una mano para coger el rifle—, y haga todo lo que pueda, Janni. Porque si no nos vamos en ese cacharro, dentro de pocos días podríamos estar muertos.

El hombre llamado Janni asintió con la cabeza, se ajustó la gorra y echó a andar en dirección al «DC-4». El capitán Van Cleef no oyó el susurro de las suelas de goma a su espalda.

—Naand, meneer.

Van Cleef giró en redondo al oír las palabras afrikander y observó el aspecto y la corpulencia del recién llegado. Incluso en la oscuridad pudo distinguir la insignia blanca y negra de la calavera y las tibias cruzadas que llevaba aquél en el hombro izquierdo. Movió la cabeza, con expresión cansada.

—Naand. Jy Afrikaans?

El hombre alto asintió con la cabeza.

—Jan Dupree —dijo, tendiendo la mano.

—Kobus van Cleef —respondió el aviador, estrechándosela.

—Waar gaan-jy nou? —preguntó Dupree.

—A Libreville. En cuanto acaben de cargar. ¿Y usted?

Janni Dupree hizo una mueca.

—Estoy en un apuro, y también mis compañeros. Si nos encuentran, los federales nos liquidarán con toda seguridad. ¿Podría usted ayudarnos?

—¿Cuántos son? —preguntó Van Cleef.

—Cinco en total.

Como también era mercenario, aunque del aire, Van Cleef no vaciló. Quienes están fuera de la ley, muchas veces se necesitan mutuamente.

—Está bien; suban. Pero dense prisa. En cuanto se haya largado ese «Connie», nos iremos nosotros.

Dupree le dio las gracias y corrió hacia el «Land Rover». Los otros cuatro blancos estaban de pie alrededor del morro del coche.

—Todo bien, pero tenemos que subir a bordo en seguida —les dijo el sudafricano.

—¡Bravo! Dejad la chatarra en la trasera del coche, y andando —ordenó el jefe del grupo.

Mientras los rifles y las bolsas de municiones caían en la trasera del vehículo, el jefe se acercó al oficial negro sentado al volante, que lucía insignias de teniente.

—Adiós, Patrick —le dijo—. Temo que la cosa ha terminado. Llévese el «Land Rover» y abandónelo. Entierre las armas y señale el lugar. Quítese el uniforme y refúgiese en el bosque. ¿Comprendido?

El teniente, que ingresó en el Ejército un año atrás como soldado raso y había ascendido gracias a su habilidad en el manejo del cuchillo y el tenedor, más en la mesa que en la lucha, asintió lúgubremente al recibir las instrucciones.

—Adiós, señor.

Los otros cuatro mercenarios se despidieron también y se encaminaron al «DC-4».

El jefe se disponía a seguirlos cuando dos monjas salieron de la oscura espesura, detrás de la zona de aparcamiento, y corrieron a su encuentro.

—Comandante.

El mercenario se volvió y reconoció a la primera de ellas como una hermana con la que tuvo contacto unos meses antes, cuando la lucha se había extendido a la zona en que ella dirigía un hospital y él se había visto obligado a evacuar todo el establecimiento.

—¿La hermana María José? ¿Qué está haciendo aquí?

La monja, irlandesa y de edad madura, empezó a hablar ansiosamente, asiendo la manchada manga de la guerrera del hombre. Éste asentía con la cabeza.

—Lo intentaré; es cuanto puedo hacer —dijo, cuando ella hubo terminado.

Cruzó la zona de aparcamiento en dirección al piloto sudafricano, plantado debajo del ala de su «DC-4», y los dos mercenarios discutieron durante varios minutos. Por fin, el hombre uniformado volvió junto a las monjas, que esperaban.

—Dice que sí, pero que tienen que apresurarse, hermana. Quiere sacar su cacharro de aquí lo antes posible.

—Que Dios le bendiga —dijo la mujer de hábito blanco, y empezó a dar rápidas órdenes a su compañera.

Ésta corrió a la parte de atrás del avión y empezó a subir la corta escalerilla de la puerta de pasajeros. La otra corrió hacia el bosquecillo de palmeras de detrás del aparcamiento, y pronto salió de allí una hilera de hombres. Cada uno de ellos llevaba un bultito en brazos. Al llegar al «DC-4» empezaron a entregar los bultos a la monja, que esperaba en lo alto de la escalera. Detrás de ella, el copiloto observó cómo colocaba a los tres primeros, uno al lado del otro, en una hilera, al fondo del departamento destinado a la carga; se decidió a ayudar, de mala gana, cogiendo los bultos que le tendían los brazos estirados bajo la cola del avión y pasándolos al interior.

—Que Dios se lo pague —murmuró la irlandesa.

Uno de los paquetes depositó unas onzas de excrementos, verdes y líquidos, en la manga del copiloto.

—¡Por mil diablos! —murmuró éste, y siguió trabajando.

Al quedarse solo, el jefe del grupo de mercenarios miró al «Super Constellation», por cuya escalerilla trasera subía una hilera de refugiados, la mayoría de ellos familiares de los dirigentes del pueblo derrotado. A la débil luz que se filtraba por la portezuela del avión, vio al hombre a quien buscaba. Al

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