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LOS PERROS DUROS NO BAILAN

Arturo Pérez-Reverte

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Fragmento

1. El Abrevadero de Margot

Mi amo creía que peleaba por él, pero se equivocaba. Siempre peleé por mí. Debido a mi raza y a mi carácter, soy un luchador nato: en aquel tiempo pesaba cincuenta kilos, medía setenta y cuatro centímetros de las patas a la cruz y poseía una boca con fuertes colmillos en la que habría cabido la cabeza de un niño. Nací mestizo, cruce de mastín español y fila brasileño. Cuando cachorro tuve uno de esos nombres tiernos y ridículos que se les ponen a los perrillos recién nacidos, pero desde aquello pasó demasiado tiempo. Lo he olvidado. Hace mucho que todos me llaman Negro.

Agilulfo —un podenco flaco, filósofo y culto que sabe de estas cosas— asegura que nací para el combate; que soy un guerrero antiguo con una estirpe gladiadora tan vieja como la historia de los humanos. Por lo visto, mis antepasados destriparon osos y lobos en las montañas, leones en el Coliseo, acompañaron a las legiones romanas y despedazaron bárbaros en las selvas de Germania y el limes del Danubio, cazaron indios en el Caribe y esclavos negros fugitivos en las selvas amazónicas. Todo un currículum, dice Agilulfo. Quizá por eso, añade, los perros de mi casta, ya desde cachorros, tenemos ojos de viejo, alma llena de costurones y mirada resignada, hecha de siglos de sangre y fatalidad. El hombre nos hizo asesinos, o casi. Y lo sabemos.

—Salud, Negro.

—Salud, colega.

—¿Un sorbito de anisado?

—Nunca digo que no a eso.

—Pues tú mismo.

Fue Agilulfo quien primero me habló de la de­saparición de Teo y Boris el Guapo. Yo había ido esa noche, como de costumbre, al Abrevadero de Margot, junto a la destilería de anís que vierte su desagüe en el río, y estaba allí dándole lengüetazos al canalillo, pensando en mis cosas. Sin demasiado éxito.

En los últimos tiempos, pensar me supone mucho esfuerzo. Mi cabeza ya no es lo que era. Las ideas y los recuerdos van y vienen, y las cicatrices viejas que tengo en el hocico, las patas y el lomo parecen volverse frescas. Envejezco, supongo. En nosotros los perros ocurre rápido.

—¿Qué piensas, Negro?

—No sabría decirte.

Agilulfo me observaba atento, cada vez más preo­cupado. En ocasiones —y esto pasa con frecuencia— me quedo en blanco, o absorto con algo fijo y clavado en la cabeza, y el cuerpo me hormiguea con un temblor extraño. Eso ya no es la edad, sino la memoria. No en vano durante dos años me estuve ganando la vida en lo que llaman peleas de perros, ya saben: un círculo —el Desolladero, en jerga perruna—, un montón de humanos sudorosos y vociferantes apostando dinero, y dos púgiles de ojos enloquecidos enfrentándose a dentelladas. A vida o muerte. Y tales cosas no ocurren y se olvidan sin más.

—A ratos pareces ido, Negro. Como si no estuvieras aquí.

—A lo mejor es que no estoy.

Agilulfo se frotó el hocico tras un sorbo al canalillo. Ya dije antes que es un perro culto. Su dueño es un humano con biblioteca grande y que va mucho al cine.

—Estar o no estar —sentenció, grave.

—Será eso.

—Ser o no ser, como dijo el bardo.

—¿Qué bardo?

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