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LOS ROBOTS DEL AMANECER (SERIE DE LOS ROBOTS 4)

Isaac Asimov  

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Fragmento


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BALEY

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Elijah Baley se encontró a la sombra del árbol y murmuró para sí: «Lo sabía. Estoy sudando.»

Hizo un alto, se enderezó, se enjugó la frente con el dorso de la mano, y luego miró hoscamente el sudor que la cubría.

—Odio sudar —dijo en voz alta, como si enunciara una ley cósmica. Y una vez más se sintió irritado con el Universo por hacer que algo esencial fuese tan desagradable.

En la Ciudad nadie transpiraba jamás (a menos que lo deseara, por supuesto), ya que la temperatura y la humedad estaban totalmente controladas, y nunca era necesario que el cuerpo produjese más calor del que eliminaba.

Eso era la civilización.

Miró hacia el campo, donde unos cuantos hombres y mujeres estaban, más o menos, a su cargo. En su mayoría eran jóvenes, pero también había algunas personas de mediana edad, como él mismo. Araban la tierra con manifiesta torpeza, y desempeñaban toda una serie de labores que los robots estaban preparados para hacer… y harían con mucha más eficiencia si no les hubiesen ordenado que permanecieran al margen y esperasen mientras los seres humanos se ejercitaban obstinadamente.

Algunas nubes surcaban el cielo y en aquel momento el sol se ocultó tras una de ellas. Baley alzó la mirada con in certidumbre. Por una parte, eso significaba que el calor directo del sol (y el sudor) disminuirían. Por otra, ¿sería una señal de que iba a llover?

Eso era lo malo del Exterior. Había que enfrentarse continuamente a alternativas desagradables.

Baley siempre se extrañaba de que una nube relativamente pequeña pudiese cubrir el sol en su totalidad, oscureciendo la Tierra de un horizonte a otro, aunque la mayor parte del cielo estuviese despejado.

Permaneció bajo el frondoso dosel del árbol (una especie de pared y techo primitivos que en aquellas circunstancias resultaban muy consoladores), y miró de nuevo hacia el grupo, examinándolo. Iban allí una vez por semana, hiciese el tiempo que hiciera.

Habían iniciado el experimento con un puñado de intrépidos colaboradores, pero su número se acrecentaba día a día. El gobierno de la Ciudad, si bien no respaldaba abiertamente el proyecto, se mostraba lo bastante benévolo como para no poner obstáculos.

Recortándose sobre el horizonte que se extendía a su derecha —hacia el este, a juzgar por la posición del sol vespertino—, Baley vio las numerosas cúpulas de la Ciudad, que encerraban todo aquello por lo que valía la pena vivir. También divisó un punto que se movía, pero estaba demasiado lejos para distinguirlo con claridad.

Por su modo de moverse, y por detalles demasiado sutiles como para describirlos, Baley tuvo la certeza de que era un robot, pero eso no le sorprendió. La superficie terrestre fuera de las Ciudades constituía el dominio de los robots, no de los seres humanos… a excepción de aquellos pocos, como él mismo, que soñaban con las estrellas.

Automáticamente sus ojos se volvieron de nuevo hacia los idealistas bañados en sudor, y fueron de uno a otro. Podía identificar y designar por su nombre a cada uno de ellos. Todos trabajando, todos aprendiendo a soportar el Exterior, y…

Frunció el ceño y masculló en voz baja:

—¿Dónde se habrá metido Bentley?

Y otra voz, que sonó a sus espaldas con una exuberancia algo jadeante, dijo:

—Estoy aquí, papá.

Baley giró en redondo.

—No hagas eso, Ben.

—¿Que no haga qué?

—Acercarte a mí de ese modo. Ya me cuesta bastante mantener el equilibrio en el Exterior sin tener que preocuparme también por las sorpresas.

—No pretendía soprenderte. Es difícil hacer ruido cuando andas sobre la hierba, y no he podido evitarlo… Pero, ¿no te parece que deberías regresar, papá? Ya hace dos horas que estás fuera y es más que suficiente.

—¿Por qué? ¿Porque tengo cuarenta y cinco años y tú eres un mocoso de diecinueve? Crees que debes cuidar de tu decrépito padre, ¿verdad?

Ben contestó:

—Supongo que así es. Eres un gran detective; has hecho una excelente labor de deducción.

Sonrió ampliamente. Tenía la cara redonda y los ojos chispeantes. Se parecía mucho a Jessie, pensó Baley; sí, se parecía mucho a su madre. No tenía nada de la cara alargada y solemne del propio Baley.

Y no obstante, Ben había heredado el carácter de su pa dre. A veces se sumía en una solemne gravedad que no dejaba lugar a dudas sobre la legitimidad de su origen.

—Estoy perfectamente —declaró Baley.

—Te creo, papá. Eres el mejor de todos nosotros, considerando…

—Considerando, ¿qué?

—Tu edad, por supuesto. Y no olvido que fuiste tú quien iniciaste todo esto. Sin embargo, he visto que te refugiabas bajo el árbol y he pensado, «Bueno, quizá el viejo ya haya tenido bastante».

—No me llames viejo —protestó Baley. El robot que había avistado en la dirección de la Ciudad ya estaba lo bastan te cerca como para distinguirse con claridad, pero no le concedió importancia. Añadió—: Es lógico resguardarse de vez en cuando bajo un árbol si el sol brilla demasiado. Debemos aprender a utilizar las ventajas del Exterior tal como aprendemos a soportar sus inconvenientes… Ya vuelve a salir el sol.

—Sí, en efecto. Bueno, ¿significa eso que no quieres regresar?

—Puedo aguantarlo. Tengo una tarde libre a la semana y me gusta pasarla aquí. Es un privilegio inherente a mi clasificación C-7.

—No es cuestión de privilegios, papá. Es cuestión de cansarse demasiado.

—Te digo que me encuentro muy bien.

—Sí, claro, y cuando llegues a casa, te irás directamente a la cama y permanecerás largo rato en la oscuridad.

—Es un antídoto natural contra el exceso de luz.

—Y mamá se preocupa.

—Pues bien, que se preocupe. No le hará ningún daño. Además, ¿qué hay de malo en estar aquí? Lo peor es que sudo, pero tengo que habituarme a ello. No debo amilanar me por eso. Cuando empecé, ni siquiera podía andar todo este trecho desde la Ciudad, y tú eras el único que me acompañaba. Mira cuántos somos ahora, y hasta dónde puedo llegar sin fatigarme. Y también puedo trabajar mucho. Aún resistiré una hora más. Fácilmente… Te digo una cosa, Ben: tu madre también debería venir aquí.

—¿Quién? ¿Mamá? Tú bromeas.

—No, hablo en serio. Cuando llegue el momento de marcharnos, tendré que quedarme, porque ella no podrá irse.

—Y tú, tampoco. No te engañes a ti mismo, papá. Aún falta mucho tiempo para eso, y aunque ahora no eres demasiado viejo, entonces lo serás. Deja esa empresa para los jóvenes.

—¿Sabes una cosa? —dijo Baley, cerrando el puño—. Estoy harto de oírte alardear sobre «la juventud». ¿Acaso has salido de la Tierra alguna vez? ¿Ha salido de la Tierra alguno de esos que están en el campo? Yo sí. Hace dos años. Fue antes de que iniciara esta aclimatación, y sobreviví.

—Lo sé, papá, pero fue durante muy poco tiempo y en cumplimiento de tu deber, y cuidaron de ti en una sociedad bien organizada. No es lo mismo.

—Es lo mismo —remachó Baley con obstinación, aunque en el fondo sabía que no lo era—. Y no tardaremos tanto en poder marcharnos. Si lograra que me dieran la autorización para ir a Aurora, aceleraríamos las cosas.

—Olvídalo. No será tan fácil.

—Hemos de intentarlo. El gobierno no nos dejará marchar sin el visto bueno de Aurora. Es el mundo espacial más grande y poderoso y lo que ellos dicen…

—¡Es ley! Lo sé. Hemos hablado miles de veces sobre esto. Pero no tienes que ir allí para obtener el permiso. Hay cosas como los hiperrelés. Puedes hablar con ellos desde aquí. Ya te lo he dicho muchas veces.

—No es lo mismo. Necesitamos establecer contacto personal, y eso también te lo he repetido muchas veces.

—En todo caso —repuso Ben—, aún no estamos pre parados.

—No lo estamos porque la Tierra no quiere darnos las naves. Los espaciales nos las darán, junto con la ayuda técnica necesaria.

—¡Cuánta fe! ¿Por qué crees que los espaciales harían tal cosa? ¿Desde cuándo abrigan tan buenos sentimientos hacia unos seres de tan corta vida como los terrícolas?

—Si pudiera hablar con ellos…

Ben se echó

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