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LOS SECRETOS DE ALEXIA (SAGA ALEXIA 1)

Susana Rubio  

5


Fragmento

Prólogo

El impacto había sido brutal. El hielo causado por las bajas temperaturas en Madrid aquel invierno había provocado que su coche se descontrolase, que sus manos se agarrasen al volante con tanta fuerza que los músculos se tensaran hasta dolerle. Pero aun así no pudo evitar el camión que venía de cara. Lo último que escuchó fue un estruendo antes de quedar atrapado entre el amasijo de hierros de aquel Audi rojo.

El sonido de las ambulancias y los bomberos envolvió el lugar. Luces, voces, gritos. Una imagen esperpéntica para un sábado por la noche. Sangre, humo y órdenes muy concretas: sacar aquel cuerpo del coche rojo. Los especialistas se afanaron en hacerse paso entre todo aquel conglomerado para encontrar a los heridos. Era su trabajo y, pese a mancharse de sangre, lo llevaban a cabo aguantando el tipo.

Uno de ellos llegó hasta el conductor y pudo observar la sangre que cubría su rostro, su camisa blanca teñida de rojo y la extraña postura que ofrecía su cuerpo. Colocó los dedos en su cuello, sabiendo que no encontraría pulso. Daba igual, debían sacarlo de allí. Los sanitarios serían los encargados del siguiente paso.

En ese momento oyó un gemido y se dio cuenta de que a su lado, en el asiento del copiloto, había alguien atrapado por el salpicadero.

—¿Estás bien? Tranquila...

Una chica llena de arañazos lo miró con miedo. Seguidamente volvió su rostro hacia el conductor.

—¡¡¡Papááááááááá!!!

1

—¿No estás ansiosa por que llegue mañana?

Miré a Lea con cara de aburrida. ¿Ansiosa? ¿Acaso la universidad iba a suponer un gran cambio en mi vida? Profesores, exámenes y más alumnos agilipollados por las hormonas. ¿Algo nuevo?

—Estoy tan ansiosa que no sé si pintarme los labios de rojo o de rosa —respondí observando a Adam, el camarero del bar El Rincón, donde solíamos ir porque nos pillaba cerca de casa.

—Cojones, Alexia, estás de un humor de bulldog.

—Querrás decir de perros.

Lea, mi mejor amiga, solía usar dichos, pero los modificaba siempre a su bola. Era alocada, risueña, divertida. Y guapa: pelo rubio, corto y con un flequillo más largo hacia un lado. Sus labios siempre rojos reclamaban ser besados y su cuerpo voluptuoso pedía a gritos un poco de guerra. Era un par de centímetros más alta que yo, metro sesenta y siete, y vestía siempre a la última.

—Es que tú tienes en la cabeza las pelis esas americanas —le dije cogiendo el botellín de cerveza—. El baile de fin de curso, el alumno guapo que te persigue por los pasillos y las tontas aquellas con eso en las manos...

—Los pompones de las animadoras —especificó riendo—. Y estoy segura de que habrá material nuevo.

Alzó sus cejas y sacó la lengua en plan viciosa. La miré negando con la cabeza.

—Si vas con esa mala leche los vas a espantar —añadió.

—Me la suda, Lea. No tengo ninguna intención de ligar en la universidad.

—Pues yo no tengo otra cosa en mente —dijo mirando hacia el techo—. Ayer conocí a un tío por el chat que me tiró los trastos a los cinco segundos y no veas qué morbazo.

—No sé cómo te fías de esos chats...

Bueno, yo tampoco era manca en ese tema, aunque lo mío era distinto. Había conocido días atrás a un tipo en Instagram: D. G. A. El chico hizo un comentario sobre música diciendo que el cantante Porta era el rey del rap y yo le contradije diciéndole que el rey siempre fue y sería Eminem. A partir de ahí surgió un pique entre los dos hasta que entró en mi privado para tontear conmigo. No era el primero que lo intentaba y muchas veces pasaba de responder a según qué tonterías. Pero D. G. A.me había llamado la atención.

—No me voy a casar con ellos, Alexia. Es una manera más de conocer gente y de divertirme. ¡Ah!, no, calla, que tú hoy has borrado esa palabra del diccionario —dijo bizqueando y mirándose la nariz.

Me reí porque era una payasa.

—Venga, te voy a confesar algo —le dije relajando mi humor.

—¿Sexo telefónico? ¿Te has estrenado?

Puse los ojos en blanco, algo que mi madre odiaba y yo solía hacer a menudo, sobre todo para fastidiarla.

—No te pases... El otro día respondí a un privado en Instagram de un tal D. G. A.

Lea me miró entornando sus ojos.

—Mmm... interesante. ¿Y qué?

—Es divertido —respondí mirando hacia el baño del bar.

—¿Nada más, sosa?

—Por ahí sale tu ex —dije para cambiar de tema.

Alberto, su último capricho, salía del baño. No nos había visto y su mirada al frente lo corroboraba.

Lea lo había dejado con él un par de semanas atrás y el chico se había quedado hecho polvo. Era habitual del bar y vecino de nuestro barrio.

—¿Lo llamo? —le pregunté para picarla.

—Ni se te ocurra. Es un psicópata de mucho cuidado. Ayer me mandó un ramo de rosas al centro de mi madre.

Su madre era esteticista y tenía un centro bastante decente a dos calles de allí.

—Joder —le dije riendo—. Eso te pasa por enamorarte en dos días y desenamorarte en medio.

Lea era así, una enamorada del amor, de los chicos, del sexo y de la vida en general. Siempre estaba en una nube, a todos los chicos les veía algo y a Alberto, en concreto, le vio una buena tranca. Eso lo dijo ella, que conste en acta.

—Alberto... —susurré cantando.

Lea me miró riendo y me señaló con el dedo.

—No te pases un pelo porque te meto en un lío en menos que canta un pato.

—¿Un pato? Qué miedito... —le dije haciendo aspavientos con las manos.

Lea me pilló el móvil de la mesa y me miró como una gánster.

—Llamando a Gorka...

—¿Qué vas a decirle?

—Que me cante Estopa —respondió ella sonriendo.

¡La madre que la parió!

—¡Alberto!

Le indiqué a Alberto con la mano que se acercara y él me miró sorprendido hasta que vio a Lea delante de mí y sonrió.

—Mala people... —me dijo Lea en voz baja antes de que llegara Alberto a nuestra mesa.

—Mala suerte —contesté sonriendo y aleteando mis pestañas—. Alberto, ¿qué tal? —le pregunté con simpatía.

El muchacho era guapetón, rubio como mi amiga y con unos ojos pequeños y achinados que desaparecían cuando reía.

—Bien, bien, ¿y vosotras?

Su mirada estaba puesta en Lea y ella le ofreció una sonrisa más bien falsa. Quizá los demás no lo notaran, pero yo lo veía a leguas. Hacía apenas año y medio que éramos amigas, pero desde el primer día nuestra conexión había sido brutal. Yo había llegado nueva al instituto y ella había estado a mi lado en todo momento, hasta cuando la mandaba a la mierda porque no quería saber nada de nadie.

Hasta entonces había viajado con mi padre por todo el mundo porque él trabajaba para una empresa multinacional de importación y exportación y era el encargado del servicio de postventa. Aunque no teníamos residencia fija, me encantaba viajar y conocer diferentes culturas. Lo había mamado desde que era una enana. Había tenido la oportunidad de aprender muchos idiomas y de vivir experiencias únicas como observar de cerca una boda masái cuando estuvimos en Kenia o visitar la Pirámide de Keops en El Cairo. De ahí mi pasión por los idiomas y de ahí que escogiera Traducción e Interpretación entre los miles de salidas universitarias.

Lea iba a estudiar lo mismo, aunque su motivación era puramente económica. Era lista, sacaba buenas notas sin trabajar mucho y buscó una salida laboral que le pudiera aportar un buen beneficio económico. Siempre decía que se iría a Nueva York a trabajar en la sede de la ONU como traductora y que se haría un vestido de dólares americanos; como Lady Gaga, pero en vez de con filetes de carne cruda con billetes verdes.

—Aquí andamos, hablando de la uni —le dijo Lea dándole a entender que no tenía muchas ganas de charlar con él.

—¿Empezáis mañana? —preguntó entusiasmado.

Él estudiaba segundo de Derecho, aunque en otro campus. Lea y yo habíamos investigado sobre las diferentes posibilidades que ofrecía nuestra ciudad. Al final el campus Madrid On había salido como la opción ganadora.

Estaba en las afueras de la ciudad, a unos veinte minutos en autobús desde nuestro barrio. Habíamos escogido esa universidad porque era muy nueva, contaba tan solo con cinco años de antigüedad. Además, disponía de unas modernas instalaciones que nos conquistaron nada más verlas: un gigantesco y cálido anfiteatro, unos laboratorios de lengua dotados con aparatos de última tecnología, unas amplias salas de ordenadores, un bar enorme con diferentes espacios, una zona verde inmensa y una biblioteca de dos pisos que no tenía nada que envidiar a la de Harry Potter. ¡Ah! Y una piscina olímpica que pertenecía a la facultad del INEF, pero que podíamos disfrutar con un pase universitario.

—Mañana a las ocho y media —le dije yo—. ¿No coincidiremos en el autobús, Alberto?

Lea me miró echando chispas por los ojos.

—No, no, yo voy con la moto... Si quieres... —respondió él mirando a mi amiga.

Lea le cortó antes de que terminara la frase.

—En la

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