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LOS SUPERHéROES TAMBIéN SE ENAMORAN

Vega Fountain  

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Fragmento

1

Como todos los días, siempre y cuando su trabajo se lo permitía, Adrián acudía al Hospital Universitario. Allí se enfundaba el disfraz de superhéroe que tocara ese día y pasaba su tiempo libre con los niños hospitalizados. En realidad esa había sido siempre su pasión, la interpretación y el arte dramático, pero de eso no se comía, así que no le quedó más remedio que estudiar para algo en lo que tuviera un futuro. Adrián trabajaba como policía local en una ciudad no muy grande del centro de la península. Su trabajo real y el hobby que tenía se parecían bastante; aparentemente no, pero la realidad era otra. Siempre cogiendo a los malos, como decían los niños. Llevaba más de seis años perteneciendo a una ONG llamada SANAS ILUSIONES. Él y sus compañeros se encargaban de hacer más llevadera las estancias de los más pequeños en los hospitales. Eran pocos y les gustaría tener más efectivos para poder llevar a cabo su trabajo, pero de momento, entre unos y otros no había ni un solo día en el que los niños no tuvieran su dosis de superhéroes, de magia, de risas y juegos. Adrián siempre era un superhéroe, los niños elegían: Superman, Batman, Spiderman... pero el que más les gustaba era Doctorman. Un superhéroe que él mismo había creado hacía ya unos años, justo cuando empezó a colaborar con la ONG. Era un médico superhéroe que podía con todas las enfermedades de los niños. Iba vestido con una bata de médico de muchos colores, como arma usaba una jeringuilla gigante y llevaba colgado siempre un estetoscopio enorme. De todos los superhéroes posibles, ese era el mejor sin duda, y mucho más en un hospital. Adrián había creado ese personaje para que los pequeños perdieran el miedo a las agujas, a toda la parafernalia que llevaban consigo las curas, los tratamientos y su estancia en el hospital. También había hecho, con goma EVA o corcho, bacterias gigantes, virus y representaciones de varias enfermedades que el superhéroe Doctorman vencía sin problema. Siempre hacía un pequeño teatrillo para que los niños vieran que los médicos eran buenos y que lo único que querían era ayudarlos, aunque a veces les hicieran daño. Todo lo que pudiera hacer por esos pequeños era poco. Afortunadamente, la capacidad de recuperación de los niños era increíble, y pasaban poco tiempo allí. Otros, los menos, estaban estancias largas, sobre todo los que tenían algún tipo de cáncer. Al final, Adrián se convertía en su amigo, un amigo que les hacía pasar buenos ratos y conseguía que se olvidaran por momentos de la cruel enfermedad que los mantenía alejados de su vida cotidiana, de sus familiares y amigos. Cuando los pequeños regresaban a sus casas, Adrián estaba contento por ellos, habían logrado vencer su enfermedad, aunque también sentía un vacío en su interior, con esos niños se le iba un poquito de su ser. Era un acto altruista el que hacía, pero le devolvían tanto amor y cariño, que egoístamente nunca quería que se fueran. Era cariño incondicional, una sonrisa y un agradecimiento eterno, sincero e infinito. A pesar de sus dolencias, esos niños eran nobles en sus sentimientos y eran ellos los que devolvían con creces lo poco que él hacía por ellos. Él se limitaba a disfrazarse y a interpretar un papel. Los pequeños eran espontáneos, no interpretaban, decían las cosas como les salían de dentro y expresaban sin temor sus sentimientos. No como los adultos que solían enterrarse bajo corazas y corazas.

—Hola, hola, hola, ¿quién ha llegado? —decía Adrián en voz alta irrumpiendo en la sala habilitada para los más pequeños.

—¡¡¡¡Doctorman!!!! —gritaban los niños a pleno pulmón.

—Y ¿qué hace Doctorman? —preguntaba blandiendo en alto la jeringuilla gigante.

—¡¡Matar a los malos!! —contestaban los niños entusiasmados.

—Y ¿quiénes son los malos? —decía poniendo la oreja para escuchar atentamente.

—¡¡Las enfermedades!! —gritaban los niños.

—¿Quiénes son los malos? —volvía a repetir para dar más emoción a su llegada.

—¡¡Las enfermedades!! —coreaban ellos desgañitándose.

Esa era su entrada triunfal en el aula que el hospital disponía para los niños hospitalizados. Un área habilitada para sus necesidades, en la que disponían de mesas, sillas, juguetes y todo lo necesario para hacer sus tareas escolares, además de jugar. Los niños que llevaban más tiempo allí hablaban a sus compañeros de Doctorman, ellos los instruían y les enseñaban todo lo que tenían que decir cuando el superhéroe aparecía. Adrián pasaba parte de la tarde o de la mañana con ellos, dependiendo de sus turnos y guardias, los hacía reír, les mostraba trucos de magia e incluso los ayudaba con las tareas. Ese ratito con ellos era muy agradable para todos. Los padres disponían, así, de un tiempo para descansar o incluso para ir a casa y volver, los niños desconectaban del duro día en el hospital y él disfrutaba como un enano al verlos sonreír.

Todas las semanas tenían una reunión con la coordinadora del hospital. Ella les contaba a él y sus compañeros sobre los pacientes nuevos y su problemática, y también les contaba sobre los niños que habían sido dados de alta o a los que se les iba a dar el alta en los próximos días. Ese era un momento muy emotivo para Adri

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