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LOS TRABAJOS DE PERSILES Y SIGISMUNDA (LOS MEJORES CLáSICOS)

Miguel de Cervantes  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

1. EL ÚLTIMO CERVANTES

En 1613, año en que se publican las Novelas ejemplares, Cervantes había fijado su residencia en Madrid, a la altura del número 18 de la calle Huertas, en el que hoy se conoce como el barrio de las Letras. Esta precisión es extraordinaria en la biografía de Cervantes, que se nos presenta llena de lagunas. Escasos y no siempre fiables son los datos que sabemos sobre su vida, como a menudo sucede con los genios. La mayor parte se deduce de los infructuosos memoriales en busca de trabajo, de su creación literaria o de los prólogos y preliminares a sus obras. El prólogo de las Novelas ejemplares es especialmente generoso con la curiosidad del lector. En él Cervantes se pinta a sí mismo y entresaca de su experiencia vital los tres hitos que marcarán su personalidad literaria: su estancia en Italia, su alistamiento en la milicia y el cautiverio argelino. El único retrato que poseemos, pues ni siquiera el de Juan de Jáuregui, tan reivindicado por el cervantismo decimonónico, parece ser auténtico, lo esboza el propio Cervantes que, sabedor del interés que su semblante despertaba, se describe a sí mismo como

de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies (Novelas ejemplares, José Montero Reguera, ed., Barcelona, Penguin Clásicos, 2015, p. 24).

Es el retrato de un hombre sexagenario. De su niñez, en cambio, poseemos escasas noticias, solo algunas generalidades. Hijo de Rodrigo de Cervantes y de Leonor de Cortinas, había nacido en Alcalá de Henares en 1547, en el seno de una modesta familia de origen andaluz, al menos por parte paterna, posiblemente el 29 de septiembre, el día de San Miguel, aunque no está documentada la fecha exacta de su nacimiento. Tampoco la etapa de su juventud es afortunada en noticias, pues los pocos datos de que disponemos son las más de las veces fruto de la reconstrucción a partir de su propia ficción. Hacia 1569 la biografía cervantina entra en uno de esos claros que nos permite rastrear el devenir de su existencia. El nombre de Cervantes aparece en un volumen publicado por Juan López de Hoyos, rector del Estudio de la Villa, para celebrar las exequias que organizó la Villa de Madrid con motivo del fallecimiento de Isabel de Valois, ocurrido el 3 de octubre de 1568. A finales de este mismo año encontramos a Cervantes en Roma. Las razones de su repentino viaje parecen estar relacionadas con la acusación de haber herido a un tal Antonio de Sigura, historia relatada en el Persiles. Allí entra al servicio del cardenal Julio Acquaviva, nuncio de Pío V. Pero un espíritu inquieto como el de Cervantes no podía complacerse en la regalada vida de camarero cardenalicio.

Entre Madrid y Valladolid, los dos emplazamientos de la Corte, transcurrirán los últimos años de su existencia (1600-1616). Se trata de una época excepcional en la que Cervantes publicará, con la salvedad de La Galatea y algunas piezas sueltas, toda su producción literaria. Atrás quedan las largas esperas de épocas pasadas en busca del reconocimiento de sus méritos. Parecía haberse esfumado la mala suerte que le acompañó durante largos períodos de su vida, aunque no faltarían nuevos sinsabores. El 14 de agosto de 1604, Lope de Vega escribía, en carta dirigida a un amigo, que ningún poeta había tan malo como Miguel de Cervantes ni tan necio que alabara a don Quijote. A tan desatinado juicio le ha hecho justicia la posteridad pues, a pesar de Lope, el éxito del Quijote, publicado a principios de 1605 en las prensas de Juan de la Cuesta, fue rotundo. Bien lo sabía su autor, que en el capítulo III de la segunda parte del Quijote de 1615, Sansón Carrasco le habla a don Quijote de la fama de su novela, poniendo como testigos a Portugal, Barcelona y Valencia, donde se habían impreso más de doce mil libros (Quijote, II-III). Nada menos que con nueve ediciones contaba la primera parte en 1611, y poco después se traducía al inglés y al francés. Al año siguiente presenta a la censura sus Novelas ejemplares, que publicará Juan de la Cuesta en 1613. En 1614 ven la luz El viaje del Parnaso y sus Ocho comedias. Y ese mismo año un tal Alonso Fernández de Avellaneda salía a la república de las letras con el Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, para quitarle la ganancia, según afirma el autor apócrifo en el prólogo de su obra. Pero a Cervantes poco le importaba semejante bravuconada, pues al año siguiente aparecía la segunda parte del Quijote, porque una de las mayores tentaciones del demonio, escribe Cervantes en el prólogo refiriéndose a Avellaneda, «es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y imprimir un libro, con que gane tanta fama como dineros» (Don Quijote de la Mancha, edición de Florencio Sevilla, Barcelona, Penguin Clásicos, 2015, p. 604). La vida llegaba a su fin. En el prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, obra publicada por Catalina de Salazar póstumamente, el estudiante pardal lo desahucia y le diagnostica que la enfermedad que padece es hidropesía, «que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese». Cervantes, al oír tan certeras palabras, le confiesa que se está muriendo: «Mi vida se va acabando y, al paso de las efemérides de mis pulsos que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida». Moría no el domingo sino el sábado 23 de abril de 1616, no sin antes despedirse de sus amigos con unas enigmáticas palabras llenas de humor y no siempre bien entendidas: «¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida!» (Prólogo).

2. LA INTERPRETACIÓN DEL PERSILES

Hasta los años noventa del siglo XX el Persiles se había leído como una obra seria con dos aproximaciones: la historicista y la alegórica. La aproximación historicista buscaba descubrir la fecha de composición mientras que la lectura alegórica se centraba en la dimensión ejemplar de la obra. Una y otra no son excluyentes sino complementarias, porque ambas comprenden la obra póstuma de Cervantes como una obra seria. Esta lectura interpreta la novela en términos aristotélicos y hace de la verdad y la ética los elementos esenciales de la estética, cifrando el valor de la obra en la verosimilitud y en la ejemplaridad. Uno de los aspectos más valorados por esta aproximación ha sido la presencia de elementos religiosos en la obra, interpretada en sentido apologético, al hacer de Cervantes un autor contrarreformista, sin ahondar en el sentido mismo de su elección estética. Se buscaba, como sucediera con el Quijote o las Novelas ejemplares, la ideología de su autor. El Quijote encarnaba el ideal heroico; las Novelas ejemplares, el ético, y el Persiles, el religioso. Paulatinamente, esta lectura, heredera de la crítica del siglo pasado cuando no del anterior, ha sido superada, a medida que aparecían nuevos estudios que daban cuenta de una comprensión más acorde con nuestro tiempo. La lectura del Persiles se ha visto así enriquecida por nuevas aproximaciones que superan esa apatía hermenéutica en la que cae la reflexión crítica y que de modo inexorable anuncia que una interpretación ha entrado en fase crítica. La ventaja de esta ampliación del horizonte crítico es que, con mayor o menor fortuna y alcance, orienta la interpretación hacia nuevos rumbos. Mientras la lectura historicista ha ido languideciendo, la interpretación tropológico-alegórica ha cobrado nuevos bríos y se ha enriquecido con dos monografías recientes («El Persiles» descodificado o la «Divina Comedia» de Cervantes, de Michael Nerlich, y Cervantes’ Epic Novel: Empire, Religion, and the Dream Life of Heroes in «Persiles», de Michael Armstrong-Roche). Y si la crítica de la década de 1970 buscó sancionar la lectura seria que comprendía el Persiles como una obra elitista y alegórica, escindida en dos mitades, la crítica de los últimos cinco lustros se ha propuesto renovar, cuando no cuestionar, esta orientación.

Esta vitalidad de las interpretaciones alegóricas de la aventura se enmarca en una larga tradición. Cervantes no supera de un plumazo, como escribe Avalle-Arce, el sentido de las aventuras de sus modelos haciendo peregrinos a los protagonistas, pues la lectura de las aventuras como viaje iniciático, mediante el cual se purifican los amantes, es casi tan vieja como las propias novelas helenísticas. Los gustos y prácticas medievales propiciaron que Felipe de Filagato y Juan Eugénico escribieran comentarios alegóricos a las Etiópicas de Heliodoro, en los que Cariclea es el símbolo del alma; Teágenes, la razón que la acompaña, y Calasiris, el educador que lleva al alma por el camino del conocimiento. En el siglo IX, Focio alabó el sentido edificante y ejemplar de las Etiópicas, sobre todo en comparación con novelistas como Aquiles Tacio o Jámblico. Pero esta aproximación, lejos de agotarse en su época, ha tenido su continuidad hasta nuestros días y no siempre como práctica minoritaria, como ocurre en el caso del Persiles. En el siglo XVII, Pierre Daniel Huet abogaba por una crítica misteriosófica de la novela de aventuras y, más recientemente, R. Merkelbach interpretaba El asno de oro de Apuleyo como un viaje iniciático. Esta continuidad indica que los gustos o prácticas exegéticas pueden ser un factor pero no explican por sí mismos esta preferencia. No carece de importancia para la interpretación alegórica la propia configuración temporal del género aventurero, muy alejada en términos estéticos de nuestra comprensión realista de la literatura, ya que las novelas de aventuras parecen transcurrir en un eterno presente. Es, precisamente, este elemento convergente con la creación simbólica lo que lleva a comprender la aventura como alegoría, pero también, hay que decirlo, la idea del viaje, que guarda en sí misma una fuerte carga simbólica. Un ejemplo oportuno, por el parangón que establece Nerlich entre el Persiles y la Divina Comedia, es el viaje de Virgilio y Dante. Ambos poetas pertenecen a épocas históricas distantes pero se perciben como coetáneos. En el mismo espacio vemos convivir sin fisuras a Semíramis y Francesca de Rímini, unidas por el pecado de la lujuria. La diferencia con la novela de aventuras radica en que, mientras esta creación simbólica puede reunir en un mismo plano diferentes épocas históricas, en la aventura no se da esa convergencia, porque se rige por otra lógica temporal.

Otra corriente importante que ha surgido con fuerza en los últimos años es la lectura culturalista, que concibe la obra como un documento cultural representativo a partir del cual es posible conocer una época. Esta aproximación presenta una metodología basada en la reducción radical de la literatura a ideología y en la reducción de la ideología a ciertos tópicos: el colonialismo y los procesos de construcción nacional, la resistencia a la opresión cultural, religiosa o de género, la reivindicación de la homosexualidad, etc. En lo ese

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