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LOS TREINTA APELLIDOS (LOS CASOS DE JUAN URBANO 4)

Benjamín Prado  

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Fragmento

Capítulo uno
(Diciembre de 1862)

Uno de los barcos se aproximó a la isla bajo la lluvia, lentamente, con ese modo de llegar que tiene lo que parece no venir de ninguna parte. Acababa de dejar atrás la punta de los Frailes y la ensenada de la Cruz, y la tripulación ya buscaba un lugar donde echar el ancla, mientras observaba desde cubierta los volcanes de Luba, el collado de Belebú y las ruinas de la cárcel que habían construido los ingleses en el cañaveral que crecía al pie de los montes, cuando aquel territorio aún formaba parte de sus colonias.

Había sido un largo viaje, bordeando la costa de Senegal, Cabo Verde, Gambia y Sierra Leona, hasta llegar al golfo de Guinea y a esas playas de Fernando Poo donde iban a recoger su mercancía para llevarla a Santiago de Cuba; pero ahí estaban al fin, deseando cerrar el negocio que les había llevado a aquel lugar, establecer su campamento y después sentarse en la arena a comer atún con salsa de mandioca y ñame frito en aceite de palma. A cambio del banquete y, sobre todo, de la mercancía que iban a entregarles al amanecer, les darían a los caciques de la zona una caja de botellas de aguardiente, un barril de pólvora y un par de fusiles, algunas telas de algodón y un baúl lleno de abalorios. Y en cuarenta y ocho horas, cuando su bodega estuviese llena, tras hacer varias escalas para conseguir un cargamento adicional de madera de ébano, que también les pagarían bien a su vuelta, en Cádiz y en La Coruña, y algunas provisiones en los puertos del río Gabón y en el estuario del Wouri, en Camerún, seguirían su larga ruta hacia las Indias Occidentales.

Aquél era un oficio duro y peligroso en el que desde hacía mucho soplaban vientos desfavorables, la única forma de avanzar era nadando a contracorriente y se vivía de continuo en el alambre; pero las ganancias que iban a lograr a su regreso hacían que mereciese la pena. La ruta que llevaba de África al mar de las Antillas siempre había sido muy fértil y aún lo era, aunque las amenazas de toda clase se hubiesen multiplicado desde los tiempos en que se podía ir desde la desembocadura del río Volta a La Habana y Mozambique sin correr prácticamente ningún riesgo. Ahora era muy distinto y se encontraban a menudo entre la espada y la pared, sobre todo desde que la reina Isabel I de Inglaterra había otorgado patente de corso a sus súbditos, la hipócrita letter of marque que bajo pretexto de actuar como salvaguarda de la Royal Navy, o hasta ser algo parecido a una cruzada religiosa, no era más que una licencia para agredir y desvalijar a los portugueses y a los españoles, como hicieron o trataron de hacer en Cartagena de Indias, en Valparaíso, en Lisboa o en el puerto de Nombre de Dios, en el istmo de Panamá, para luego entregarle a la Corona su parte de la rapiña. El premio, cuando los bandidos regresaban a casa, era nombrarlos caballeros, y así ocurrió con muchos de ellos, empezando por el enemigo público número uno de Felipe II, el almirante sir Francis Drake.

Los indígenas se acercaron a la nave en sus canoas, llevando frutas, agua de coco y noticias frescas que ofrecían a los recién llegados, a base de gestos y alguna palabra suelta aprendida de otros capitanes y otros marineros: el resumen era que los dos últimos buques en atracar allí habían sido portugueses y que sus puertos de entrega eran en un caso Jamaica y en el otro Panamá y Brasil; pero también que algo debió de suceder en el primero de ellos el día de la partida, una pelea o tal vez un motín, porque se oyeron unas descargas y tres hombres malheridos fueron arrojados por la borda a las aguas del Atlántico. Los tiburones habían acudido en segundos a la llamada de la sangre. Mientras oían ese relato, muchos se dijeron que, entre una cosa y otra, aquel caladero de Biafra estaba a punto de agotarse y muy pronto ellos también se verían obligados a cambiar de aires y dirigirse más al sur, hacia Angola y el Congo, o hacia el noroeste, a Senegal.

Una vez en tierra firme, algunos de los españoles se dedicaron a construir barracas donde poner el género a buen recaudo y bajo llave, a encender hogueras y apostar su artillería de forma que estuviese a cubierto pero a la vez fuera visible bajo las ceibas, los egombe-gombe y los árboles del cacao, porque se trataba de un aviso para navegantes situado en los dos extremos del fondeadero, con sus seis piezas de ocho y de cuatro libras dispuestas para el fuego cruzado y con el punto de mira en la costa, por si los atacaban los piratas o, en el peor de los casos, uno de los galeones de la flota de Gran Bretaña que patrullaban sin descanso por aquel litoral. La arena se llenó de espeques, llaves de fuego, cabos para el oído de los cañones y esponjas para el ánima, balas rasas de hierro colado y un par de braseros de carbón, por si fuese necesario usar proyectiles al rojo vivo. Las baterías pesadas, las de treinta y seis libras, también estaban dispuestas en el alcázar del buque; el condestable y sus hombres, acuartelados hasta nuevo aviso en la santabárbara y el vigía, subido al palo mayor, controlando el horizonte desde la cofa, con su catalejo. El resto, armados con escopetas, pistolas, dagas y látigos de estómago de vaca, se repartieron en una docena de botes y pronto se los vio remar acompasadamente, río Mbini arriba. Para entonces, en el interior de la selva las manadas de antílopes huían como alma que lleva el diablo hacia la espesura y los búhos y las palomas verdes levantaban el vuelo al paso de los guerreros ndòwĕ, porque la cacería ya había empezado.

A unas ocho mil millas de ese punto y más allá del cabo de Hornos, otros barcos doblaban el escollo de Punta Rosalía y llegaban a su destino en el tercer vértice del triángulo de la Polinesia, un lugar que según sus mapas era la isla de San Carlos. El que comandaba la escuadra era una corbeta llamada Rosa y Carmen y en su pabellón ondeaba la bandera española. Los lobos de mar, que habían zarpado cuarenta días antes del puerto de El Callao, divisaron desde la cubierta de proa tres volcanes, con el inmenso Rano Kau al suroeste, las montañas Poike, las tres cruces que había mandado clavar en ellas el virrey de Perú y la colina del Ma’unga Terevaka; pero lo cierto es que no le prestaron la más mínima atención a nada de eso, porque sus ojos estaban clavados en las misteriosas estatuas que se alineaban como un ejército de piedra frente a ellos. Tenían un aire sobrenatural, sin duda, pero no les iban a hacer dar la vuelta y marcharse de vacío, porque después de veinte años en el oficio sabían por experiencia que para detener lo inevitable hacen falta algo más que unos cuantos ídolos y un hechicero. En mitad de la calma que imperaba en aquellas latitudes remotas del océano Pacífico, las órdenes de plegar velas y fondear frente a las playas de Vaihu y Anakena, que llegaban desde los puentes de mando, dieron la impresión de romper el aire como si fuese de cristal.

Cuando los primeros esquifes ya se acercaban a remo hacia la ensenada, algunos nativos empezaron a dejarse ver: los hombres tenían la piel cubierta de pintura amarilla y se adornaban con brazaletes y collares de caracolas; las mujeres usaban pendientes hechos de caña de azúcar y llevaban bandejas de plátanos, yuca y un plato hecho de carne de gallina y verduras cocinadas al vapor. No parecían temer a los forasteros, porque ya habían visto a muchos fondear en la bahía de la Tortuga a lo largo del tiempo, llegados de Holanda, Rusia, Estados Unidos, Inglaterra, Francia o Chile: el bajel Afrikaansche Galei, el Neva, la goleta Foster, el bergantín Adventure, las fragatas La Boussole y L’Astrolabe del conde de La Pérouse, el Colo Colo y la Bella Margarita… Y aquellos recién llegados, además, estaban dejando en el suelo cofres llenos de tesoros: espejos, pulseras y, sobre todo, ropa de colores vivos, que era lo que más les interesaba. Y también un par de barriles de aguardiente. Algunos de ellos empezaron a repartir flores a cambio de esos obsequios y el que parecía ser su líder se puso a leer algo escrito sobre unas tablas y que sonaba a discurso de bienvenida: a los conquistadores se les ofrece resistencia; a los visitantes, hospitalidad.

Pero aquello no era un regalo, era un señuelo, una maniobra de distracción; y mientras los rapanui, sin poder siquiera imaginar lo que se les venía encima, peleaban unos con otros, entre risas y forcejeos pacíficos, por hacerse con su parte del botín, no se dieron cuenta de que los extranjeros también desembarcaban, sobre una enorme balsa de madera, caballos de guerra protegidos con armaduras de escamas, toneles llenos de cadenas y grilletes, sogas para cazarlos a lazo igual que si fueran animales salvajes y media docena de perros de aspecto feroz con los que pronto los acorralaron. Los dos primeros en dar un paso al frente cayeron fulminados por los tiros de arcabuz de los invasores. A otros los derribaron con sus hachas y a los que intentaban escapar les daban alcance con sus monturas y los atrapaban echándoles redes por la cabeza. Ese día asesinaron, para dar ejemplo, a más de ciento cincuenta e hicieron cautivos a mil cuatrocientos, aunque al final no les sirvieron de mucho porque la mayor parte iba a morir en las mazmorras de los negreros, durante su traslado a Perú, donde planeaban venderlos como esclavos para trabajar en plantaciones de algodón o tabaco por todo el continente, haciendas, minas de cobre y, en algunos casos, recogiendo salitre en los yacimientos de la región de Tarapacá o guano en las islas Chincha. Entre las víctimas del exterminio estaban todos los miembros de la casta sacerdotal y su muerte significó la pérdida de la escritura rongo-rongo y, con ella, de gran parte de su historia, que tuvo que ser sustituida por leyendas e invenciones de toda clase. Mientras se alejaban, el último de los rehenes que los contrabandistas arrojaron por una trampilla a su cárcel en el fondo del barco aún pudo contemplar por última vez los moáis, las estatuas sagradas de la isla de Pascua, que parecían mirarlo, sin poder creer lo que veían, con sus ojos hechos de coral.

Sólo media docena de las personas secuestradas aquel día por los tratantes pudieron regresar

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