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LOS TRENES SE VAN AL PURGATORIO

Hernán Rivera Letelier  

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Fragmento

La locomotora avanza humeante, férrea, fragorosa, por el desierto más triste del mundo. Piedra a piedra, cerro a cerro, quebrada a quebrada, bufando como una mula sedienta, avanza negra la locomotora (sólo su gran campana de bronce brilla sonámbula bajo el sol de mediodía). Traqueteando una dura letanía interminable, ruega que ruega rogando, van los coches polvorientos para que el calor no le evapore el ánimo a la locomotora, para que los espejismos azules anegando los rieles de acero a lo lejos no la engañen con sus lagunas de mentira y, muerta de sed, no se quede como una bestia reventada en medio de esas soledades infinitas en donde, a su paso, ninguna vaca lenta vuelve la cabeza para mirarla, ningún labriego endereza su torso de ángel doblado para hacerle señas y el óleo de ninguna lluvia inefable unge el arestín de su espinazo de fierro.

Lorenzo Anabalón, el acordeonista, apoyado en el estuche de su instrumento, va reconociendo con nostalgia esos agrios páramos desnudos. Es el mediodía de la segunda jornada de viaje y, mientras el tren vadea un interminable cerro de arena, en su rostro terroso ya se nota el desmadejamiento de la fatiga. Su pañuelo de seda atado al cuello se ve marchito de sudor y sebo.

«Más allá no se verán ni cactus», dice la quiromántica.

Papirotando distraídamente sobre su acordeón rojo, Lorenzo Anabalón asiente con la cabeza sin dejar de mirar por la ventanilla. Los postes del telégrafo, pasando intermitentes hacia atrás, le van rebanando simétricamente el paisaje y los recuerdos.

«Que por esas peladeras no crece ni la cizaña», insiste la quiromántica; que, por lo mismo, sus hierbitas medicinales tienen tanta demanda por esos lados; que, incluso, en sus recorridos por las salitreras conoció a una señora que se ocupa de visitadora sexual y que siempre le está encargando montecitos para prepararles a sus amigas de oficio, pues dice que sus agüitas milagrosas lo mismo pueden aliviar un dolor de ovarios que limpiar los vidrios del alma del vaho violeta de la melancolía. «Y razón tiene la matrona, pues, don Lorenzo», dice la mujer abanicándose los pechos con un manojo de sus papeles rosados, «si con decirle que unas simples gotitas del zumo de las hojas de laurel, por ponerle sólo un botón de muestra, corrigen los desarreglos del estómago, provocan el periodo a las mujeres, curan el dolor de oídos, disminuyen la sordera y quitan las manchas del rostro. Todo eso sin mencionar las propiedades mágicas que posee la plantita, como el increíble poder de adivinación que da el masticar sus hojas más tiernas, ¿se da cuenta, usted, mi querido don Lorenzo?».

«En lo único que esta hembra no se parece a Uberlinda Linares es en lo palabrera», piensa con resignación el acordeonista mientras se restriega los párpados con el pañuelo del cuello. Por ser ese el primer coche del convoy, el humo de la locomotora se cuela a ráfagas por las ventanillas haciendo lagrimear a los pasajeros y manchando todo de tizne.

«Ayer me pareció oírle decir que alguna vez trabajó en la pampa», dice ahora la quiromántica, sin dejar de abanicarse y soplarse el escote. «¿En qué oficina fue?».

«En Iris».

«¿De músico?».

«No, de patizorro».

«¿Y por qué se fue, si se puede saber?», inquiere la mujer en un tonito que quiere parecer displicente.

En un gesto que puede ser de calor o de encocoramiento, Lorenzo Anabalón se afloja un poco el pañuelo del cuello y voltea la cabeza con desgano hacia las dos mujeres sentadas enfrente suyo. Primero mira a la madre de la quiromántica (la anciana con aire de animita en pena sigue sumergida en su tejido celeste), luego la mira a ella, la mira profundamente a los ojos (en verdad el parecido físico con Uberlinda Linares le resulta increíble) y responde suspirando:

«Por una mujer».

Al girar de nuevo la cabeza y volver a su ensimismamiento, en sus ojos color de agua vuelven a reflejarse turbiamente esas planicies adustas. Aunque había pasado una pu

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