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LOS ULTIMOS DIAS DE NUESTROS PADRES

Joël Dicker  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Segunda parte

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Tercera parte

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Cuarta parte

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Epílogo

Notas de la conversión

Sobre el autor

Notas

Créditos

A mi querida Maminou

y a mi querido Jean.

En memoria de Vladimir Dimitrijević[1].

No vayan a creer que la guerra, ni siquiera la más necesaria, ni siquiera la más justificada, no es un crimen. Pregúntenles a los soldados de infantería y a los muertos.

ERNEST HEMINGWAY,

Introducción a Treasury for the Free World

Primera parte

1.

Que todos los padres del mundo, a punto de abandonarnos, sepan el gran peligro que corremos sin ellos.

Nos enseñaron a caminar, y ya no caminaremos.

Nos enseñaron a hablar, y ya no hablaremos.

Nos enseñaron a vivir, y ya no viviremos.

Nos enseñaron a convertirnos en Hombres, y ya ni siquiera seremos Hombres. Ya no seremos nada.

Fumaban al amanecer, mientras contemplaban sentados el negro cielo que bailaba sobre Inglaterra. Y Palo recitaba su poema. Al abrigo de la noche, recordaba a su padre.

Sobre la colina donde se encontraban, las colillas teñían de rojo la oscuridad: habían adoptado la costumbre de venir a fumar allí a primera hora de la mañana. Fumaban para hacerse compañía, fumaban para no desesperar, fumaban para no olvidar que eran Hombres.

Gordo, el obeso, olisqueaba entre los matorrales imitando a un perro vagabundo, ladrando para ahuyentar a los ratones de campo entre la hierba húmeda, y Palo se enfadaba con el falso perro.

—¡Para, Gordo! ¡Hoy hay que estar triste!

Gordo se detuvo tras tres reprimendas y, enfurruñado como un niño, dio la vuelta al semicírculo que formaba la decena de siluetas y se fue a sentar al lado de los taciturnos, entre Rana, el depresivo, y Ciruelo, el tartamudo infeliz, secretamente enamorado de las palabras.

—¿En qué piensas, Palo? —preguntó Gordo.

—En cosas…

—No pienses en cosas malas, piensa en cosas bonitas.

Y con su mano grasa y regordeta, Gordo buscó el hombro de su camarada.

Los llamaron desde la escalinata del viejo caserón que se levantaba frente a ellos. El entrenamiento iba a comenzar. Inmediatamente, todos se pusieron en marcha; Palo permaneció sentado un instante más, escuchando el murmullo de la bruma. Volvía a pensar en su último día en París. Pensaba sin cesar en ello, todas las noches y todas las mañanas. Sobre todo las mañanas. Hoy hacía exactamente dos meses que se había marchado.

Había sucedido a principios de septiembre, justo antes del otoño; resultaba inevitable: era preciso defender a los Hombres, defender a los padres. Defender a su padre, al que sin embargo había jurado no abandonar nunca, años atrás, cuando el destino se había llevado a su madre. El buen hijo y el viudo solitario. Pero la guerra los había atrapado y, al elegir las armas, Palo había elegido abandonar a su padre. Ya en agosto sabía que iba a marcharse, pero había sido incapaz de anunciárselo. Sin coraje suficiente, solo pudo reunir el valor necesario para despedirse la víspera de partir, después de la cena.

—¿Por qué tú? —se atragantó su padre.

—Porque si no soy yo, no será nadie.

Con el rostro tan compungido como orgulloso, había abrazado a su hijo para infundirle valor.

Su padre había pasado el resto de la noche encerrado en su habitación, llorando. Lloraba de tristeza, pero le parecía que su hijo de veintidós años era el más valiente de los hijos. Palo había permanecido ante su puerta, escuchando los sollozos. Y de pronto se había odiado tanto por hacer llorar a su padre que se había cortado el torso con la punta de su navaja hasta hacerse sangre. Con el cuerpo herido frente a un espejo, se había insultado y había socavado más aún la carne a la altura del corazón para estar seguro de que la cicatriz no desaparecería nunca.

Al alba del día siguiente, su padre, que deambulaba por el piso en pijama, con el alma hecha trizas, le había preparado café bien fuerte. Palo se había sentado a la mesa de la cocina, con los zapatos y el sombrero puestos, y se había bebido el café, lentamente, para dilatar la partida. El mejor café que bebería nunca.

—¿Has cogido buena ropa? —había preguntado su padre señalando la bolsa que su hijo se disponía a llevarse.

—Sí.

—Déjame que lo compruebe. Necesitarás prendas de mucho abrigo, el invierno va a ser frío.

Y el padre había añadido al equipaje algo más de ropa, salchichón, queso y un poco de dinero. Después había vaciado y vuelto a llenar la bolsa en tres ocasiones; «voy a hacértela mejor», repetía cada vez, intentando retrasar el inexorable destino. Y cuando ya no hubo nada que pudiese hacer, se había dejado invadir por la angustia y la desesperación.

—¿Qué va a ser de mí? —le preguntaba.

—Pronto estaré de vuelta.

—¡Tengo tanto miedo por ti!

—No debes…

—¡Sentiré miedo cada día!

Sí, mientras su hijo no volviese, ni comería ni dormiría. A partir de entonces sería el más infeliz de los Hombres.

—¿Me escribirás?

—Claro que sí, papá.

—Y yo te esperaré siempre.

Estrechó con fuerza a su hijo.

—Tendrás que seguir estudiando —había añadido—. Los estudios son importantes. Si los hombres fueran menos tontos, no habría guerras.

Palo asintió con la cabeza.

—Si los hombres fueran menos tontos, no estaríamos aquí.

—Sí, papá.

—Te he metido unos libros…

—Lo sé.

—Los libros son importantes.

Entonces el padre había agarrado a su hijo de los hombros, con furia, en un desesperado impulso de rabia.

—¡Prométeme que no morirás!

—Te lo prometo.

Palo había cogido su bolsa y había besado a su padre. Por última vez. Y, en el descansillo, el padre lo había vuelto a retener.

—¡Espera! ¡Te olvidas la llave! ¿Cómo vas a volver si no tienes llave?

Palo no la quería: aquellos que no van a volver no necesitan llaves. Pero, para no apenar a su padre, murmuró simplemente:

—No quiero arriesgarme a perderla.

El padre temblaba.

—¡Claro! Sería un fastidio… ¿Cómo volverías si…? Entonces, mira, la pongo debajo del felpudo. Fíjate qué bien la guardo, debajo del felpudo, aquí, ¿ves? Dejaré siempre esta llave aquí, para cuando regreses —y, tras reflexionar un momento, añadió—: Pero ¿y si se la lleva alguien? Mmm… Avisaré a la portera, ella tiene una copia. Le diré que te has marchado, que no debe abandonar la portería cuando yo no esté, al igual que yo no debo salir de casa si ella no está en la portería. Sí, le diré que esté atenta y que le doblaré el aguinaldo.

—No digas nada a la portera.

—De acuerdo, no le diré nada. Entonces no volveré a cerrar la puerta con llave, ni de día ni de noche, nunca. Así no habrá riesgo de que no puedas volver.

Hubo un largo silencio.

—Adiós, hijo —dijo el padre.

—Adiós, papá —dijo el hijo.

Palo llegó a musitar «te quiero, papá», pero el padre no alcanzó a escucharlo.

2.

Las noches de insomnio, Palo abandonaba el dormitorio donde sus camaradas, agotados por el entrenamiento, dormían a pierna suelta. Deambulaba por el caserón glacial, en el que el viento se colaba como si no hubiese puertas ni ventanas. Se sentía como un fantasma escocés, el francés errante; pasaba por la cocina, por el comedor, y luego por la gran biblioteca; miraba su reloj, después los de la pared, contando cuánto tiempo faltaba para salir a fumar con los demás. A veces, para librarse de los pensamientos más tristes, pensaba en algún chiste para divertirse a sí mismo y, después, si le parecía bueno, lo anotaba

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