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LOS VISITANTES (AGENCIA LOCKWOOD 1)

Jonathan Stroud

0


Fragmento

1

Intentaré no hablar demasiado sobre las primeras investigaciones paranormales que realicé para la Agencia Lockwood, en parte para proteger la identidad de las víctimas y en parte por el carácter truculento de los incidentes, pero principalmente porque, de muchas y originales maneras, logramos fastidiarla en todos los casos. ¡Bueno, ya lo he dicho! Ni uno solo de esos primeros encargos acabó con la profesionalidad que hubiéramos deseado. Sí, desterramos al Monstruo de Mortlake, pero solo hasta Richmond Park, donde todavía acecha por las noches entre los árboles silenciosos. Sí, acabamos tanto con el Espectro Gris de Aldgate como con ese ente que respondía al nombre de Repicahuesos, pero no antes de que se produjeran bastantes (y, ahora que lo pienso, innecesarias) muertes. Y en cuanto a la sombra sigilosa que rondaba a la joven señora Andrews, y que casi la había llevado a tropezar con la locura y el bajo del vestido, continúa siguiéndola allá donde vaya, pobre mujer. De modo que no era precisamente un historial impecable lo que Lockwood y yo arrastrábamos cuando esa brumosa tarde de otoño enfilamos el camino que conducía al número 62 de Sheen Road y llamamos a la puerta con resolución.

Allí estábamos, en el escalón de la entrada, de espaldas al murmullo apagado del tráfico y la mano enguantada de Lockwood tirando de la cuerda de la campana. El eco se apagó en el interior de la casa. Estudié la puerta con detenimiento: las pequeñas ampollas que el sol había levantado en el barniz, las rozaduras del buzón, los cuatro cristales esmerilados con forma de diamante que no dejaban ver nada, salvo la oscuridad. El porche tenía un aire abandonado y descuidado. En sus esquinas se amontonaban las mismas hojas de haya empapadas que cubrían el camino y el jardín.

—De acuerdo —dije—. Recuerda las nuevas normas: no pregones a los cuatro vientos lo que veas; no te pongas a especular delante de la gente sobre quién mató a quién, cómo o cuándo y, sobre todo, no imites al cliente. Por favor. Les sienta como una patada.

—Son un montón de noes, Lucy —protestó Lockwood.

—Ya puedes decirlo.

—Sabes que tengo un oído excelente para los acentos. Imito a la gente sin darme cuenta.

—Muy bien, imítalos tanto como quieras, pero, sobre todo, que sea después de la cita. No en voz alta, no delante de ellos, y menos aún si se trata de un estibador irlandés de dos metros con problemas de dicción y nos encontramos a casi un kilómetro de una vía pública.

—Sí, era bastante ágil, teniendo en cuenta su corpulencia —admitió Lockwood—. Aun así, la carrera nos vino bien para mantenernos en forma. ¿Percibes algo?

—Todavía no. Pero es bastante difícil aquí fuera. ¿Y tú?

Lockwood soltó la cuerda de la campana y se ajustó ligeramente el cuello del abrigo.

—Por extraño que parezca, sí. En las últimas horas se ha producido una muerte en el jardín. Debajo de ese laurel, hacia la mitad del camino.

—Espero que te refieras a un resplandor espectral pequeñín. —Ladeé la cabeza y entrecerré los ojos, atenta al silencio de la casa.

—Sí, del tamaño de un ratón —confirmó Lockwood—. Puede que fuera un ratón de campo. Me imagino que lo cazaría un gato o algo por el estilo.

—Entonces… seguramente no tendrá nada que ver con nuestro caso, ¿no? Si se trataba de un ratón…

—Es probable que no.

Al otro lado del cristal esmerilado, en el interior de la vivienda, atisbé un movimiento, algo que cambiaba de posición en las oscuras profundidades del vestíbulo.

—De acuerdo, allá vamos —dije—. Ya está aquí. Recuerda lo que te he dicho.

Lockwood flexionó las rodillas y cogió la bolsa de tela gruesa que había junto a sus pies. Ambos retrocedimos un poco y adoptamos una sonrisa agradable y respetuosa.

Esperamos. No ocurrió nada. La puerta permaneció cerrada.

Allí no había nadie.

Lockwood iba a abrir la boca para decir algo cuando oímos unos pasos detrás de nosotros, en el camino.

—¡Lo siento! —La mujer que surgía de la niebla había llegado caminando con paso tranquilo, pero, cuando nos vio, aceleró, como si echara a correr—. ¡Cuánto lo siento! —repitió—. Me han entretenido. No creía que fueran a ser tan puntuales.

La mujer subió los escalones. Era una señora que se adentraba en la mediana edad, bajita, rechoncha y de cara redonda. Llevaba el pelo, liso y de color rubio ceniza, recogido de forma estudiada con unos pasadores detrás de las orejas que le daba un aire serio. Vestía una falda larga y negra, una camisa blanca recién planchada y una chaqueta de punto enorme, cuyos bolsillos se abombaban a los lados. En una mano sostenía una carpeta no muy gruesa.

—¿Señora Hope? —pregunté—. Buenas tardes, señora. Me llamo Lucy Carlyle y él es Anthony Lockwood, de la Agencia Lockwood. Hemos venido por su llamada.

La mujer se detuvo en el penúltimo escalón y nos miró con sus grandes ojos grises, en los que se reflejaban las emociones de siempre: desconfianza, resentimiento, incertidumbre y miedo; no faltaba ni una. Es algo típico de esta profesión, así que no nos lo tomamos como algo personal.

Su mirada escudriñadora iba del uno al otro, tomando nota de lo limpios y bien peinados que íbamos, de los estoques relucientes que brillaban en nuestros cintos y de las bolsas pesadas que acarreábamos. Se nos quedó mirando un rato. No hizo el gesto de adelantarse hasta la puerta de la casa. Tenía la mano libre metida en el bolsillo, hasta el fondo, dando la lana de sí.

—¿Son solo ustedes dos? —dijo, al fin.

—Solo nosotros —contesté.

—Son muy jóvenes.

La radiante sonrisa de Lockwood iluminó la noche.

—Esa es la idea, señora Hope. Ya sabe que es así como debe ser.

—En realidad, no soy la señora Hope. —La débil sonrisa de la mujer, contagiada por la de Lockwood de manera involuntaria, apenas duró unos segundos antes de apagarse y dejar atrás una expresión preocupada—. Soy su hija, Suzie Martin. Me temo que mi madre no vendrá.

—Pero habíamos quedado en vernos —dije—. Iba a enseñarnos la casa.

—Lo sé. —La mujer bajó la vista hasta sus elegantes zapatos negros—. Me temo que se niega a poner un pie en este lugar. Las circunstancias que rodearon la muerte de mi padre fueron horribles, pero en los últimos tiempos las… molestias nocturnas se han repetido con demasiada insistencia. Anoche lo pasó fatal y decidió que ya no aguantaba más. Se ha instalado en mi casa. Esta la tendremos que vender, pero es obvio que no podemos hacerlo hasta que sea segura… —Entrecerró los ojos ligeramente—. Que es por lo que están aquí… Discúlpenme, pero ¿no deberían tener un supervisor? Creía que siempre debía haber un adulto presente en las investigaciones. Exactamente, ¿cuántos años tienen?

—Somos lo bastante mayores y lo bastante jóvenes —contestó Lockwood con una sonrisa—. Tenemos la edad perfecta.

—Señora, en sentido estricto, la ley estipula que solo se requiere la presencia de un adulto si los agentes se hallan en período de instrucción —añadí—. Es cierto que algunas de las agencias más importantes utilizan supervisores siempre, pero es algo que responde a su política interna. Estamos plenamente cualificados, somos independientes y no lo consideramos necesario.

—Según nuestra experiencia —intervino Lockwood con voz amable—, los adultos son un estorbo. Aunque, claro está, llevamos nuestras licencias. Por si quiere verlas.

La mujer se pasó una mano por la perfecta y lisa superficie de su pelo rubio.

—No, no… No es necesario. Ya que es evidente que mi madre les quería a ustedes, estoy segura de que no habrá ningún problema…

Lo había dicho con voz neutra y vacilante. Se hizo un breve silencio.

—Gracias, señora. —Lancé un vistazo a la tranquila puerta que nos esperaba—. Solo una cosa más: ¿hay alguien en casa? Cuando llamamos, me pareció…

La mujer levantó la vista de inmediato y me miró a los ojos.

—No. Eso es totalmente imposible. Solo yo tengo la llave.

—Ya veo. Debo de haberme equivocado.

—Bueno, no los entretengo más —dijo la señora Martin—. Mi madre ha rellenado el impreso que le enviaron. —Les tendió la carpeta de color marrón—. Espera que les sea de ayuda.

—Estoy seguro de que sí. —Lockwood se lo guardó dentro del abrigo—. Muchísimas gracias. Bueno, será mejor que nos pongamos manos a la obra.

La mujer le entregó un llavero. En algún lugar de la carretera se oyó un sonoro claxon, seguido de la respuesta de otro. Todavía quedaba bastante tiempo hasta el toque de queda, pero anochecía y la gente empezaba a ponerse nerviosa. Querían llegar a casa. Pronto nada se movería por las calles de Londres, salvo los jirones de niebla y los retorcidos rayos de luna. O, al menos, nada que un adulto pudiera ver con claridad.

Suzie Martin también era consciente de ello. Encogió los hombros y se ajustó la chaqueta.

—Bueno, será mejor que vaya tirando. Supongo que debería desearles suerte… —Apartó la mirada—. ¡Pero qué jóvenes! Qué lástima que el mundo haya acabado así.

—Buenas noches, señora Martin —

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