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LOS VIVOS Y LOS MUERTOS

Edmundo Paz Soldán  

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Fragmento

[tim]

La luz del semáforo está en rojo. El cielo gris, encapotado, opresivo, parece a punto de deshacerse sobre nuestras cabezas. El frío llegó hace un par de días a Madison y no se irá hasta dentro de seis meses. Ocurre cada año, la segunda semana de octubre, el sol que de pronto desaparece, el aire sombrío que se instala en el pueblo, las calles que se vacían, la escarcha en la madrugada. Uno debe, ahora, buscar calor donde pueda.

Amanda dijo que quería mostrarme algo. Qué, le pregunté. Y ella se rió con esa risa que invita a pensar en montañas rusas. Ven, dijo, estoy sola, y colgó.

Me metí dos Starbursts a la boca. Eran las tres y cuarto de la tarde. La noche anterior había prometido no volver a hacerlo. Pero en ese instante, sin darme cuenta, con el celular en la mano, creyendo que todavía no sabía si iría, que era capaz de tomar decisiones contrarias a las que Amanda había tomado por mí, me dirigí hacia el cuarto de Jeremy, a cerciorarme de que estaba distraído, de que no saldría detrás de mí, no me seguiría.

Mi hermano se encontraba frente a la computadora, guiando a su avatar en uno de los mundos de Linaje. Una valkiria caminaba por la pantalla, la espada en la mano, toda píxel y convicción. Siempre me había parecido extraño que, a la hora de elegir otra identidad con la cual pasar un par de horas en la pantalla, Jeremy eligiera a una mujer. Me pregunté qué dirían nuestros compañeros en el equipo. Un poco raro, quizás, pero nada del otro mundo ya que su hombría estaba bien probada: Jeremy era el que más hablaba de mujeres y sexo en los vestuarios, el de la colección de revistas y DVD porno, el de las interminables conquistas. Más extraño e imposible de justificar hubiera sido encontrarme con fotos de Jem vestido con ropa interior de mujer (como las fotos de papá que descubrí y rompí años atrás).

La luz del semáforo ha cambiado al verde; continúo mi camino, acelero. Algunas hojas otoñales se posan en la ventana delantera del Corolla. Por la acera caminan en fila india los niños de una guardería, uno agarrado de la mano del otro. Los hay rubios, latinos, negros, de rasgos asiáticos: podrían servir para un afiche de Benetton. Hay incluso uno retardado, conmovedora la forma en que camina, como si la pierna izquierda no supiera lo que hace la derecha ni tampoco le interesara. Las dos señoras que los acompañan están excedidas de peso. Se me cruza por la mente la imagen de Jenny, regordeta, sonriente, en esa casa invadida por termitas que fue mi primera guardería. Jenny tenía siempre el televisor encendido y dejaba que sus sobrinos, mayores que nosotros, nos enseñaran juegos violentos en su Nintendo y con sus Power Rangers. Por eso todos los niños la queríamos; por eso nuestros padres no la toleraban más de lo necesario.

Amanda, espérame, ya llego.

Desde el umbral de la puerta de su cuarto observé a Jeremy sin que él se diera cuenta de mi presencia, o acaso hacía como que no se había dado cuenta, solía ocurrir, no debía ser difícil cansarse a ratos del hermano menor —dos minutos menor—, querer algo de independencia.

Estoy saliendo, dije, usaré el auto.

OK, dijo sin verme.

Qué intensidad para esos juegos; decía que lo ayudaban a desarrollar un pensamiento estratégico, le servían para ser un mejor quarterback. Una excusa sofisticada, había pensado cuando lo escuché, típica de Jem. A mí sólo me interesaban los juegos de deportes. Madden, por ejemplo. O Winning Eleven.

¿Sabía? No, pero acaso lo intuía de una manera que no podía explicarse en palabras. Era así entre los dos, creía adivinar lo que él pensaba o sentía aunque me costara decir de qué se trataba.

Había sido culpa suya. Hacía cuatro años él ya era popular y yo, más bien tímido, no me animaba a hablar con las chicas. Un día me pidió un favor. Estábamos en las duchas después de una práctica; él tenía el pelo mojado y había espuma en su pecho, yo me secaba con una toalla roja con el logo de los Madison Bears. Jem había quedado en visitar a Lucy pero no tenía ganas de hacerlo. Me dijo que fuera en su lugar, Lucy no lo notaría, nadie lo notaba, éramos dos gotas de agua, teníamos el mismo tono de voz, el mismo corte de pelo, los mismos gestos. Nos confundían en el colegio, en las fiestas. Sí, le dije, pero mi carácter es diferente. Sí, dijo Jem, pero me conoces de memoria, no te costará nada responder como lo haría yo.

Lucy era morena y tenía los ojos color miel. Su sentido del humor la había hecho popular, era de las que les ponía apodos a los profesores; la de Química, con sus faldas apretadas y andar felino, era la Tigresa. El director, Tibbits, la nariz con una pelota en la punta y esa risa exagerada fuera de lugar, una risa que no iba con el mal humor que revelaba su ceño fruncido, era Krusty, el payaso de los Simpson. Su columna semanal en el Believer me hacía reír, trataba de las desventuras de una quinceañera en un mundo cada vez m

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