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ÚLTIMA OPORTUNIDAD

Mary Higgins Clark   Carol Higgins Clark  

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Fragmento

Madison Village estaba varias salidas después de Syosset por la autopista de Long Island.

En el aparcamiento de la escuela, Sterling bajó del vehículo con Marissa. Estaba nevando. Un tipo de unos cuarenta años, de pelo rubio y ralo —alto y larguirucho, de esos que la madre de Sterling habría llamado «un largo trago de agua»— llamó a Marissa y le hizo señas.

—Ven aquí, cariño. Date prisa. ¿No llevas gorro? Vas a pillar un catarro.

Sterling oyó rezongar a Marissa mientras corría hacia un sedán beige que estaba entre otra media docena de coches, que a Sterling le parecieron más bien camiones. En la autopista se había fijado en que abundaban. Se encogió de hombros: otro de los cambios de estos últimos cuarenta y seis años.

Marissa dijo «Hola, Roy» al ocupar el asiento delantero. Sterling se acomodó en el de atrás, entre dos pequeños asientos que sin duda eran para niños muy pequeños. ¿Qué no se inventarán?, se preguntó. Cuando yo era un crío, mi madre me llevaba en sus rodillas y me dejaba coger el volante.

—¿Cómo está nuestra patinadora olímpica? —preguntó Roy a Marissa. Sterling se dio cuenta de que procuraba ser simpático, pero Marissa no quería saber nada.

—Bien —respondió la niña sin el menor entusiasmo.

¿Quién es este tipo?, se preguntó Sterling. No puede ser su padre. ¿Un tío, quizá? ¿El novio de su madre?

—Ponte el cinturón, princesa —le aconsejó Roy en un tono excesivamente alegre.

¿Cariño? ¿Princesa? ¿Patinadora olímpica? Este tipo es un empalagoso, pensó Sterling.

—Déjame en paz —suspiró Marissa.

Sobresaltado, Sterling observó la posible reacción de Roy. No hubo tal. Roy estaba totalmente pendiente de la carretera. Sus manos agarraban con fuerza el volante, y conducía muy por debajo del límite permitido.

—Patinando llegaría antes a casa —murmuró Marissa.

Sterling se sintió muy satisfecho de comprobar que no solo tenía la facultad de hacerse visible a ella a su antojo, sino que podía además leerle el pensamiento. Sin duda alguna, el Consejo Celestial le estaba proporcionando ciertas herramientas y poderes, pero dejándole que él mismo descubriera su alcance. Estaba claro que no le iban a facilitar las cosas.

Se echó hacia atrás, consciente de que aun cuando no estaba allí en carne y hueso, se sentía claramente incómodo. Era la misma reacción que había tenido al tropezarse con aquella mu

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