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ÚLTIMO ACTO EN PALMIRA (SERIE MARCO DIDIO FALCO 6)

Lindsey Davis  

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Fragmento

 

Cualquiera cree, en algún momento de su vida, que ha nacido para ser actor. Algo muy profundo le dice que pronto le tocará demostrarlo y que se acerca el día en que electrizará al mundo. Arde en deseos de mostrar cómo se hacen las cosas y de ganar un salario de trescientas libras a la semana...

JEROME K. JEROME

Aquellos que representan a los payasos que solo digan lo que les ha sido asignado, ya que algunos reirán y harán reír a varios espectadores vacuos aunque, en el ínterin, quizá haya que considerar algún aspecto esencial de la obra...

WILLIAM SHAKESPEARE

mapa 

PERSONAJES

Falco: Hombre de acción; literato; un toque blando para encargos duros.

Helena: Mujer decidida; con sentimientos duros, pero blanda con Falco.

Talía: Bailarina con serpientes para los entendidos; actualmente convertida en una importante gestora.

Jasan: Una pitón pequeña y curiosa.

Zenón: Una pitón grande que no se para a hacer preguntas.

Faraón: Un tipo de serpiente radicalmente distinta.

Anacrites: El reptil jefe de los espías (con un despacho diminuto).

Hermano: Primer ministro de Petra (cuyos motivos tal vez no sean fraternos).

Musa: Joven sacerdote de Dushara (está chalado por Hermano).

Shullay: Sacerdote de más edad, que sabe algo más que papar moscas.

Sofrona: Intérprete de órgano hidráulico, desaparecida, que busca el amor.

Jaled: No busca el amor; más bien, el amor lo ha encontrado a él.

Habib: Evasivo hombre de negocios sirio.

Gente que simula ser Habib (ser evasivo resulta muy rentable).

Alejandro: Macho cabrío con la cabeza vuelta hacia atrás; un monstruo fallido.

Dueño de Alejandro: Hombre sensato que busca la jubilación anticipada.

LA COMPAÑÍA

 

Heliodoro: Dramaturgo a destajo (difunto); no fue un innovador.

Cremes: Actor-director de un grupo de teatro ambulante; un tipo imposible.

Frigia: Actriz de gran talla (es una mujer alta); esposa de Cremes.

Davos: Parece tan confiable que no puede serlo.

Filócrates: Pequeño y bonito paquete que va camino de una estrepitosa caída.

Mulo de Filócrates: Otro intérprete agudo que busca su oportunidad.

Birria: Una chica guapísima que sólo pretende hacer carrera (¡lo de siempre!).

Tranio: Un payaso sofisticado (una contradicción de términos).

Grumio: Un sagaz cómico a toda prueba (¿otra contradicción?).

Congrio: Cartelero con grandes ideas (¿otro cómico?).

MIEMBROS DE LA ORQUESTA

 

Ione: Intérprete de pandereta.

Afrania: Intérprete de tibia.

Plancina: Intérprete de zampoña.

Trío con el que más vale no meterse.

Ribes: Intérprete de lira que aún no ha encontrado a su musa.

DE EL ESPECTRO QUE HABLÓ

Moschión: Un prototipo.

Prólogo

 

ROMA

La escena está ambientada en Roma, en el circo de Nerón y en un pequeño cuarto trasero del palacio de los Césares, en el Palatino. Corre el año 72.

SINOPSIS: Helena, hija de Camilo, es una joven decepcionada por el embaucador Falco que, al parecer, le ha prometido matrimonio. Ahora sostiene que el emperador Vespasiano, su patrón, lo ha dejado en la estacada. En el momento justo, Talía —artista de altos vuelos— y Anacrites —espía de baja estofa— plantean salidas para que Falco pueda librarse del fregado en que se ha metido, pero debe evitar a toda costa que Helena se entere de lo que está tramando porque, de lo contrario, empezará a sonar el coro de la desaprobación.

I

—¡Pues podrían matar a alguien! —exclamó Helena.

Sonreí y contemplé la arena con avidez.

—¡Es, precisamente, lo que quieren que pensemos!

Para cualquier romano es fácil representar el papel de espectador sediento de sangre.

—Estoy preocupada por el elefante —murmuró Helena.

La pobre bestia avanzó con grandes dudas y se encaramó cada vez más en la rampa. Un domador se arriesgó a hacerle cosquillas en la patas.

Yo estaba más preocupado por el hombre situado a nivel del suelo, que soportaría todo el peso del elefante en el caso de que se cayera. Bueno, la verdad es que estaba preocupado, aunque sin exagerar. Me sentía dichoso de que, para variar, no fuese yo quien corría peligro.

Helena y yo estábamos sanos y salvos en la primera fila del circo de Nerón, al otro lado del río, en las afueras de Roma. Aunque el lugar tiene una historia sangrienta, actualmente se utiliza para carreras de carros, relativamente formales y seguras. El largo circuito está dominado por el inmenso obelisco de granito rojo que Calígula importó de Heliópolis. El circo se encuentra en los jardines de Agripina, en las estribaciones del Vaticano. Libre de multitudes y de cristianos a los que se convierte en teas, presentaba un ambiente casi pacífico, interrumpido tan solo por las secas exclamaciones de los volatineros que hacían prácticas, los funámbulos y las contenidas expresiones de aliento de los domadores de elefantes.

Éramos los únicos observadores a los que habían permitido la entrada a ese ensayo frenético. Da la casualidad de que conocía a la directora del espectáculo. Me habían dejado entrar porque había mencionado su nombre en las barreras de la línea de salida y aguardaba el momento oportuno para hablar con ella. La empresaria se llama Talía y es un personaje sociable, con atractivos físicos que jamás se toma la molestia de ocultar bajo la afrenta del vestido, de modo que mi chica me había acompañado para protegerme. En su condición de hija de senador, Helena Justina tiene ideas muy claras en lo que se refiere a permitir que el hombre con el que convive corra peligros morales. Supongo que yo me lo había buscado, dada mi condición de detective privado con un trabajo insatisfactorio y un turbio pasado a cuestas.

Sobre nuestras cabezas se extendía un cielo que un poeta lírico de tres al cuarto habría llamado azul celeste. Abril acababa de empezar y estábamos a media mañana de un día prometedor. Al otro lado del Tíber, todos los habitantes de la ciudad imperial trenzaban guirnaldas para el prolongado período primaveral de celebraciones. Estaba bien entrado el tercer año del reinado de Vespasiano como emperador y era época de ajetreadas reconstrucciones, pues se estaban rehaciendo los monumentos públicos incendiados durante las guerras civiles. Si me lo pensaba dos veces, yo también estaba atravesando un período constructivo.

Talía debió de rendirse ante lo que ocurría en la arena porque lanzó unas escuetas palabras tajantes por encima del hombro apenas cubierto y dejó que los domadores continuaran con su faena. Se acercó a saludarnos. Tras ella vimos a varias personas que trataban de engatusar al elefante —un ejemplar muy pequeño— para que avanzase por la rampa que, se suponía, lo conduciría a la plataforma desde la cual, con todas las esperanzas del mundo, habían extendido una cuerda floja. Aunque aún no podía verla, el elefantito ya sabía que lo que hasta entonces había visto del programa de adiestramiento no le gustaba nada.

En cuanto Talía llegó, mi ansiedad cobró alas. No solo tenía un oficio interesante, sino amigos poco corrientes. Una de sus amistades le rodeaba el cuello cual pañuelo. Ya la había visto de cerca en una ocasión y el recuerdo aún me hacía estremecer. Era una serpiente macho, de tamaño modesto y gigantesca curiosidad, más exactamente una pitón de las constrictoras. Estaba claro que recordaba la última vez que nos habíamos visto, pues se estiró encantado, como si quisiera darme un abrazo mortal. Asomó la lengua y probó el aire.

La propia Talía requería un trato cuidadoso. Con su descollante altura y una voz restallante que llegaba hasta el otro extremo de la arena, siempre se las apañaba para hacerse notar. Por si eso fuera poco, poseía una figura de la que pocos hombres podían apartar la mirada. En ese momento la cubría con ridículas tiras de gasa color azafrán, recogidas con enormes joyas que te partirían los huesos si se caían sobre uno de tus pies. Talía me gustaba. Sinceramente, yo me hacía la ilusión de serle simpático. ¿Quién está dispuesto a ofender a una mujer que, para llamar la atención, luce una pitón viva?

—¡Hola, Falco, ridículo cabrón!

Llevar el nombre de una de las Gracias jamás influyó en las maneras de Talía.

Se detuvo delante de nosotros, con los pies separados para sustentar mejor el peso de la serpiente. Sus muslos sobresalían a través de la delgada tela color azafrán. Pulseras del tamaño de escálamos de trirremes rodeaban firmemente sus brazos. Empecé a hacer las presentaciones de rigor, pero nadie me hizo puñetero caso.

—¡Tu gigoló no tiene muy buena pinta! —Talía se dirigió a Helena con tono burlón y me señaló con la cabeza. Aunque no se conocían, a Talía el protocolo la traía sin cuidado. La pitón me observó desde el seno acogedor de su dueña. Aunque estaba más aletargada que de costumbre, en su actitud despectiva había algo que me recordó a mi parentela. Sus escamas eran pequeñas y formaban un hermoso dibujo de grandes figuras romboidales—. Falco, ¿qué te trae por aquí? ¿Has decidido aceptar mi oferta?

Puse cara de inocente.

—Talía, prometí que vendría a ver tu espectáculo.

Hablé como si fuera un novato que acaba de ponerse la pretexta y que pronuncia su primer discurso solemne en el tribunal de la basílica. Indudablemente había perdido el caso antes de que el ujier pusiera a funcionar la clepsidra.

Talía guiñó el ojo a Helena.

—Me dijo que se iba de casa y que buscaría trabajo como domador de tigres.

—Domar a Helena me ocupa todo el tiempo.

—Pero si a mí me dijo que era un magnate con extensos olivares en Samnium y que, si despertaba su fantasía, me mostraría las siete maravillas del mundo —respondió Helena a Talía como si yo no hubiese dicho nada.

—Bueno, todas cometemos errores —añadió Talía con tono compasivo.

Helena Justina cruzó los tobillos con una ligera patadita al volante bordado de su falda. Sus tobillos eran fascinantes. Si se lo proponía, Helena podía ser una chica fascinante.

Talía la sometió a un avezado examen. Por nuestros encuentros anteriores sabía que yo era un modesto investigador privado, que perseveraba en un trabajo fatal a cambio de unos honorarios misérrimos y del desdén público. Se dedicó a estudiar a mi amiga que, sorprendentemente, tenía mucha clase. Helena parecía una mujer fría, callada y seria, aunque era muy capaz de hacer callar a una cohorte de pretorianos ebrios con unas pocas y categóricas palabras. Además lucía un brazalete de oro afiligranado, soberbiamente caro, que por sí mismo debió de indicar algo a la bailarina con serpientes: a pesar de que había ido al circo con un pobretón como yo, mi chica era toda una patricia, respaldada por sólidas garantías subsidiarias.

Una vez evaluadas las joyas, Talía se volvió hacia mí:

—¡A juzgar por lo que se ve, tu suerte ha cambiado!

Como era verdad, acepté el cumplido y sonreí dichoso.

Helena se acomodó con suma elegancia la caída de la estola de seda. Sabía que yo no me merecía amarla y que, por añadidura, tenía conciencia de que así era.

Talía separó con delicadeza la pitón de su cuello y la enroscó en un poste para sentarse a charlar con nosotros. El bicho, que siempre intentaba provoca

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