Loading...

LUZ DE EMBRUJO (EMBRUJO EN EL AIRE 2)

Sara Lis  

0


Fragmento

Prólogo

Northallerton, Inglaterra, 1842

En la penumbra de un viejo y sucio cuartucho iluminado escasamente por la luz tímida de un candil, una madre y su hija de tres años se refugiaban del frío y del aguacero exterior.

—Elea, mi vida, apresúrate en tomarte el cuenco de leche; mamá tiene que empezar a trabajar —le dijo acariciándole el pelo—. El señor Hall no tardará —musitó para sí.

¡Pom, pom! Sonó la puerta.

—¡Rápido, cariño, ya está aquí! —masculló la mujer, nerviosa, mirando hacia la entrada, entretanto se atusaba el recogido con su mano—. Debes meterte en el armario. —Enseguida, le apartó el cuenco de sus labios que todavía se encontraba medio lleno de leche, le limpió el bigote blanco con la mano, y la acompañó al mueble que se encontraba a tan solo cuatro pasos. Después, la metió en la profundidad oscura del deslucido y apolillado armario de nogal que se situaba enfrente del lecho—. No temas, mi vida, no tardaré mucho. Abraza fuerte al señor oso y no hagas ruido, como haces siempre —le susurró, mientras le depositaba en sus menudas manos un pequeño oso de peluche que lucía descosido por una de las patas.

—Sí, mamá —respondió la niña, obediente, entretanto se echaba hacia atrás la cinta celeste que despejaba su aniñada cara del precioso y lacio cabello de serafín.

¡Pom, pom, pom! Seguían tocando a la puerta, pero esta vez con toques más bruscos que le propiciaron a la angustiada mujer un respingo en su agachada posición. La madre, al recomponerse, acarició por un instante el delicado semblante de su hijita preciosa y le sonrió con una mueca triste y emotiva, que fue incapaz de ocultar. Ipso facto cerró las puertas y dejó a la niña en la completa soledad e inmersa en la intensa opacidad del angosto lugar, que se rompía débilmente por la línea amarilla que resplandecía de la obertura. Y se mantuvo callada como una efigie, tal y como le había pedido su querida madre.

—¡Ya voy! —se escuchó a la mujer.

Al abrir la puerta, un hombre bien vestido, aunque empapado en su totalidad por la lluvia incesante, irrumpió con afán el lugar.

—Mujer, ¿por qué ha tardado tanto en abrir? —pronunció el individuo con voz impostada y una molestia evidente en su vigoroso tono. La mujer, que le desarmaba su abrigo mojado y le recogía su bombín, respondió vacilante.

—Lo siento…, señor Hall.

—Está bien, está bien… Póngase en el lecho y súbase la falda. ¡Rápido! No tengo todo el día, necia fulana. Hágame lo de siempre.

La mujer se acercó al lecho, apartó el cobertor y las sábanas blancas con delicadeza y se estiró encima; a continuación, se levantó la falda larga, tal y como le había ordenado el caudillo, para dejar a la vista sus suaves y nevadas medias de seda, que se alargaban hasta la altura de sus delgados muslos; pero lo que hizo que las órbitas del vicioso sujeto centellaran como dos espejos fue su rubia e íntima maraña abultada.

—¡Oh, que delicia! —Se frotó las manos, entretanto desdibujaba una espeluznante sonrisa entre sus esculpidos bigotes cobrizos, como si fuera a degustar un exquisito y prohibido dulce. Comenzó a bajarse los pantalones negros hasta deshacerse de ellos por completo, al igual que de sus calzones; mostraba sin reparo su destacada y erecta virilidad que se forraba de un extenso y áspero vello azafranado.

La cumplidora mujer, al ver que el hombre se disponía a subirse encima, espetó algo:

—Serán seis chelines —dijo ella un tanto titubeante, aunque intentara parecer lo contrario.

El hombre frunció el ceño y dio media vuelta para hacerse con su prenda del suelo.

—Sí, lo sé. Eres una furcia muy costosa, más que las francesas, ¿lo sabías? Supongo que por algo madame Odette te ha recomendado —refunfuñaba él con su gutural tono de voz mientras registraba el bolsillo de su pantalón—. Espero que lo hagas mejor que la vez anterior. Estabas demasiado… como diría… frígida, sí esa es la palabra. Así que intenta no estarlo en esta ocasión.

—Sí, señor. —asintió ella desde su estirada posición.

Sin embargo, la angustiada y sudorosa mujer había utilizado esa demanda como método de distracción para ganar un tiempo extra y poder así comprobar que el armario donde escondía a su preciado tesoro se encontraba bien cerrado. Y con una rauda mirada, lo acabó de constatar, todo estaba correcto.

—Toma, furcia, tu dinero. —El espécimen de extensas entradas y escaso pelo le cogió con rudeza la mano, donde le depositó las monedas; se la cerró y acto seguido se subió encima de ella—. Ahora, haz tu cometido, zorra inquieta.

En el desordenado lecho, el individuo de treinta y pocos años de edad, y con varios quilos de más enquistados en su blanquecino trasero, obligó a la mujer a darse la vuelta y comenzó a montarla por detrás como si se tratara de una desdeñada yegua estática. No obstante, mientras el sujeto se deleitaba con el cuerpo del pecado, la bella joven, de abundante melena dorada que se esparcía hacia abajo y ocultaba su rostro —dado que entre embestida y embestida su elaborado recogido se le había soltado por la fuerte agitación—, se aguantaba el llanto al igual que la respiración con toda la dignidad posible que un ser de su especie que vendía su cuerpo podía manifestar. Pero cuando ya no podía soportarlo más, expulsaba irremediablemente un escueto y desgarrador suspiro, y una gota salada se despeñaba por su aterciopelado carrillo rosado. En aquel momento, y de forma hacendosa, ella la borraba con un breve movimiento de mano y volvía a requisar el aire para sus estrechos pulmones, entretanto se recubría de nuevo con su coraza más férrea, aunque no le resultara nada fácil. Asimismo, ella lo intentaba de forma indefinida para poder seguir vigilando la puerta del armario, que era lo que más le importaba en ese instante.

El zafio hombre levantaba las transparencias de su falda que se desprendían incesantes durante las sacudidas, lo hacía como si apartara la molesta y espesa crin de la yegua a la que estaba encaramado para que no interfiriera en su gozosa tarea, y a continuación le ceñía la fina cintura con sus grotescas manos, como si fueran un corpiño opresor que atestaba de pleno dolor sus delgados huesos. A medida que el acto sexual iba prolongándose, la tez del sátiro iba adquiriendo un color escarlata muy llamativo, al mismo tiempo que segregaba más y más sudor como un gorrino por los poros de su piel y, cuando derramaba su abundante sudación en la esplendorosa y desnuda espalda de la fémina, él la iba lubricando con su mano a partir de la resquebrajadura del vestido que le había propiciado de forma agresiva en una de sus anteriores y fuertes embestidas.

―¡Vamos, jadea! Disfruta… del momento sucia ramera… Quiero escuchar cómo mi verga… te hace gozar ―masculló de modo entrecortado—. ¡Grita! ¡Grita! —la animó de nuevo a que expresará su deleite.

Sin embargo, aquel comentario le causó tal impotencia a la sumisa muchacha que no pudo contener más su sollozo y echó a llorar con desconsuelo. Si bien el hombre no se det

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta