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LUZ DE GUERRA

Michael Ondaatje  

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Fragmento

 

En 1945 nuestros padres se fueron y nos dejaron al cuidado de dos hombres que quizá fuesen delincuentes. Vivíamos en una calle de Londres llamada Ruvigny Gardens y un día por la mañana nuestra madre o nuestro padre nos propusieron que después del desayuno habláramos toda la familia, y nos contaron que se marchaban un año a Singapur. Dijeron que no sería por mucho tiempo, pero que tampoco sería un viaje corto. Por supuesto, alguien nos cuidaría durante su ausencia. Me acuerdo de que al darnos la noticia nuestro padre estaba sentado en una de esas sillas de jardín incómodas, hechas de hierro, mientras nuestra madre, que llevaba un vestido de verano, miraba pegada al hombro de él cómo reaccionábamos. Al cabo de un rato cogió la mano de mi hermana Rachel y la sujetó contra su cintura, como si pudiera calentarla.

Ni Rachel ni yo dijimos palabra. Nos quedamos mirando fijamente a nuestro padre, que se explayaba en las características del flamante Avro Tudor I en el que iban a embarcar, un descendiente del bombardero Lancaster que podía desplazarse a casi quinientos kilómetros por hora. Tendrían que aterrizar y cambiar de avión como mínimo dos veces antes de llegar a su destino. Explicó que lo habían ascendido y que debía encargarse del negocio de Unilever en Asia, un paso adelante en su carrera. Sería bueno para todos. Habló con aire serio, y en un momento dado nuestra madre se apartó para mirar el jardín de agosto. Al terminar de hablar mi padre, como ella vio que yo estaba extrañado, se me acercó y me pasó los dedos por el pelo como un peine.

Entonces yo tenía catorce años y Rachel casi dieciséis, y nos explicaron que durante las vacaciones cuidaría de nosotros un tutor, tal como lo llamó nuestra madre. Se referían a él como a un colega. Nosotros ya lo conocíamos; lo solíamos llamar «el Polilla», un nombre que nos habíamos inventado. Nuestra familia tiraba mucho de apodos, lo que significa que también era una familia de máscaras. Rachel ya me había contado que sospechaba que el Polilla se dedicaba al crimen.

Parecía un plan extraño, pero la vida todavía era caprichosa y confusa justo después de la guerra; de modo que la propuesta no nos sonó rara. Aceptamos la decisión, como hacen los hijos, y el Polilla, al que hacía poco que teníamos de inquilino en el tercer piso, un hombre humilde, corpulento pero parecido a una polilla por lo cauto de sus movimientos, iba a ser la solución. Nuestros padres debían de pensar que se podía confiar en él. No estábamos seguros, en cambio, de si sabían de las actividades criminales del Polilla.

Supongo que hubo un momento en que intentamos ser una familia unida. De vez en cuando, mi padre dejaba que lo acompañara a las oficinas de Unilever, que los fines de semana y los puentes se encontraban desiertas, y mientras él estaba ocupado yo deambulaba por el piso doce del edificio, que parecía un mundo abandonado. Descubrí que todos los cajones de la oficina estaban cerrados. No había nada en las papeleras ni cuadros en las paredes, aunque en una pared de su despacho había un gran mapa en relieve donde figuraban las sucursales extranjeras de la empresa: Mombasa, las islas Cocos e Indonesia. Y, más cerca de casa, Trieste, Heliópolis, Bengasi, Alejandría, ciudades que acordonaban el Mediterráneo, lugares de los que supuse que mi padre era responsable. Era allí donde reservaban las bodegas de los cientos de barcos que iban y venían de Oriente. Las luces del mapa que identificaban aquellas ciudades y puertos no estaban encendidas los fines de semana; se encontraban a oscuras, como aquellos lejanos puestos fronterizos.

En el último momento se decidió que nuestra madre se quedaría con nosotros las últimas semanas de verano para supervisar la asunción de nuestro cuidado por parte del inquilino, y prepararnos para los nuevos internados a los que iríamos. El sábado antes de que mi padre volara solo hacia un mundo lejano, volví a acompañarlo a la oficina, cerca de la calle Curzon. Propuso que diéramos un paseo largo, según dijo, porque los próximos días tendría el cuerpo embutido en el avión. De modo que cogimos un autobús hacia el Museo de Historia Natural y luego atravesamos a pie Hyde Park hasta Mayfair. Estaba extrañamente ansioso y alegre, cantaba los versos «Cuellos y corazones tejidos con esmero / se deshilachan en el extranjero» y los repetía una y otra vez con cierto desenfado, como si se tratara de una ley fundamental. Me pregunté qué significaban. Recuerdo que se necesitaban varias llaves para entrar en el edificio, cuyo piso superior estaba enteramente ocupado por el despacho donde él trabajaba. Me detuve ante el gran mapa, que seguía apagado, y memoricé las ciudades que mi padre sobrevolaría las noches siguientes. Ya entonces me encantaban los mapas. Mi padre se me acercó por detrás y encendió las luces, con lo que las montañas del mapa en relieve pasaron a dar sombra, aunque en aquel momento no me fijé tanto en las luces como en los puertos iluminados de azul pálido, así como en las grandes extensiones de tierra sin iluminar. Ya no era una perspectiva que lo mostraba todo, y sospecho que Rachel y yo debíamos de ver el matrimonio de nuestros padres desde una comprensión igualmente limitada. Rara vez nos hablaban de su vida. Estábamos acostumbrados a historias parciales. Nuestro padre había participado en las últimas fases de la guerra anterior, y no creo que se sintiera plenamente integrado en la familia.

En cuanto a la partida de nuestros padres, aceptamos que ella tenía que acompañarlo: pensábamos que no había forma de que ella pudiera vivir sin él; era su mujer. Dejarnos en Londres iba a ser menos calamitoso, y supondría un menor derrumbe para la familia que la opción de que nuestra madre se quedara en Ruvigny Gardens para cuidarnos. Y, tal como nos explicaron, no podíamos abandonar súbitamente los colegios en los que tanto nos había costado entrar. Antes

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