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M. EL HIJO DEL SIGLO

Antonio Scurati  

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Fragmento

 

Fundación de los Fascios de Combate

Milán, piazza San Sepolcro, 23 de marzo de 1919

Nos asomamos a piazza del Santo Sepolcro. Cien personas escasas, todos hombres de esos que casi no cuentan. Somos pocos y estamos muertos.

Esperan que yo hable, pero no tengo nada que decir.

El escenario está vacío, inundado por millones de cadáveres, una marea de cuerpos —hechos papilla, licuados— llegada de las trincheras del Carso, del Ortigara, del Isonzo. Nuestros héroes ya han caído o no tardarán en hacerlo. Los amamos del primero al último, sin distinciones. Estamos sentados sobre la pila sagrada de los muertos.

El realismo que sigue a cada aluvión me ha abierto los ojos: Europa es a estas alturas un escenario sin personajes. Todos han desaparecido: los hombres con barba, los melodramáticos padres monumentales, los magnánimos liberales quejicas, los oradores grandilocuentes, cultos y floridos, los moderados y su sentido común, a los que siempre debemos nuestras desgracias, los políticos insolventes que viven aterrorizados por el colapso inminente, mendigando cada día una prórroga al acontecimiento inevitable. Para todos ellos están sonando las campanas. Los hombres viejos se verán arrollados por esta masa enorme, cuatro millones de combatientes que presionan en las fronteras territoriales, cuatro millones de regreso. Hay que marcar el paso, un paso ligero. El pronóstico no cambia, seguirá haciendo mal tiempo. En el orden del día sigue estando la guerra. El mundo avanza hacia la formación de dos grandes partidos: los que estuvieron en ella y los que no.

Lo veo, veo todo esto con claridad en este público de delirantes y desamparados y, sin embargo, no tengo nada que decir. Somos un pueblo de veteranos, una humanidad de supervivientes, de desechos. En las noches de exterminio, agazapados en los cráteres, nos estremecía una sensación parecida al éxtasis de los epilépticos. Hablamos brevemente, lacónicos, asertivos, a ráfagas. Ametrallamos las ideas que no tenemos para recaer de inmediato en el mutismo. Somos como fantasmas de insepultos que se han dejado la palabra entre la gente de la retaguardia.

Y pese a todo, esta, y solo esta, es mi gente. Lo sé bien. Yo soy el inadaptado por excelencia, el protector de los desmovilizados, el extraviado en busca de un camino. Pero la empresa está ahí y hay que sacarla adelante. En esta sala medio vacía dilato las fosas nasales, olfateo el siglo, luego estiro el brazo, busco el pulso de la multitud y estoy seguro de que mi público está ahí.

La primera reunión de los Fascios de Combate, pregonada durante semanas por Il Popolo d'Italia como una cita fatídica, iba a celebrarse en el teatro dal Verme, con capacidad para tres mil localidades. Pero aquel enorme escenario acabó siendo desechado. Entre la grandeza del desierto y una pequeña vergüenza, optamos por esta última. Nos conformamos con esta sala de reuniones del Círculo de la Alianza Industrial y Comercial. Aquí es donde debería hablar ahora. Entre cuatro paredes tapizadas de un triste color verde lago, con vistas a la nada de una gris placita parroquial, entre doraduras que intentan en vano despertar de su sopor a los sillones Biedermeier, en medio de unas cuantas melenas rizadas, calvas, muñones, veteranos demacrados que respiran el asma menor de los comercios consuetudinarios, antiguas prudencias y meticulosas avaricias presupuestarias. Al fondo de la sala, de vez en cuando, se asoma con curiosidad algún socio del círculo. Un mayorista de jabones, un importador de cobre, gente así. Lanza una mirada perpleja, sigue fumándose su cigarro y bebiéndose un Campari.

Pero ¿por qué debería hablar?

La presidencia de la asamblea la ha asumido Ferruccio Vecchi, un furibundo intervencionista, capitán de los Arditi, los Osados[1], de permiso por enfermedad, moreno, alto, pálido, delgado, con los ojos hundidos: los estigmas de la degeneración morbosa. Un tuberculoso excitable e impulsivo que predica con violencia, sin sustancia ni medida, y que en los momentos culminantes de las manifestaciones públicas se exalta como un obseso, presa de un delirio demagógico y entonces..., entonces se vuelve realmente peligroso. La secretaría del movimiento es casi seguro que le será asignada a Attilio Longoni, un exferroviario ignorante, fervoroso y tan tonto como solo saben serlo los hombres honestos. A él o a Umberto Pasella, nacido en una cárcel a causa de su padre, carcelero, más tarde agente comercial, sindicalista revolucionario, garibaldino en Grecia, prestidigitador en circos ambulantes. A los otros dirigentes los escogeremos al azar entre los que monten más alboroto en las primeras filas.

¿Por qué debería hablar a estos hombres? Por ellos han superado los hechos cualquier teoría. Es gente que toma la vida al asalto como un comando. Lo único que tengo ante mí es la trinchera, la espuma de los días, la zona de los combatientes, la arena de los locos, el surco de los campos arados con disparos de cañón, a facinerosos, inadaptados, criminales, genialoides, ociosos, playboys pequeñoburgueses, esquizofrénicos, abandonados, perdidos, irregulares, noctámbulos, exconvictos, gente con antecedentes penales, anarquistas, sindicalistas incendiarios, gacetilleros desesperados, una bohemia política de veteranos, oficiales y suboficiales, hombres expertos en el manejo de armas de fuego o blancas, a quienes la normalidad del regreso ha redescubierto violentos, fanáticos, incapaces de percibir con claridad sus propias ideas, supervivientes que, creyéndose héroes consagrados a la muerte, confunden una sífilis mal curada con una señal del destino.

Lo sé, los veo aquí delante de mí, me los conozco de memoria: son los hombres de la guerra. De la guerra o de su mito. Los deseo, como el varón desea a la hembra, y, al mismo tiempo, los desprecio. Los desprecio, sí, pero eso no importa: ha terminado una época y otra está a punto de empezar. Los escombros se acumulan, los desechos se reclaman entre ellos. Soy el hombre del «después». Y me enorgullezco de ello. Con este material de segunda —con esta humanidad de residuos— es con lo que se construye la historia.

En cualquier caso, esto es lo que tengo delante. Y nada a mis espaldas. A mis espaldas tengo el 24 de octubre de mil novecientos diecisiete. Caporetto. La agonía de nuestra época, el mayor desastre militar de todos los tiempos. Un ejército de un millón de soldados destruido en un fin de semana. A mis espaldas tengo el 24 de noviembre de mil novecientos catorce. El día de mi expulsión del Partido Socialista, la sala de la Sociedad Humanitaria en la que maldijeron mi nombre, los obreros para quienes hasta el día anterior yo había sido un ídolo se atropellaban los unos a los otros por tener el honor de liarse a mamporros conmigo. Ahora recibo cada día sus deseos de muerte. Me la desean a mí, a D'Annunzio, a Marinetti, a De Ambris, incluso a Corridoni, quien cayó hace cuatro años en la tercera batalla del Isonzo. Desean la muerte a quien ya está muerto. Hasta ese extremo nos odian por haberlos traicionado.

Las multitudes «rojas» presienten la inminencia del triunfo. En seis meses se han derrumbado tres imperios, tres estirpes que gobernaban Europa desde hacía seis siglos. La epidemia de gripe «española» ya ha infectado a decenas de millones de víctimas. Los acontecimientos acarrean sobresaltos apocalípticos. La Tercera Internacional Comunista se reunió en Moscú la semana pasada. El partido de la guerra civil mundial. El partido de los que me quieren muerto. De Moscú a Distrito Federal, en todo el orbe terrestre. Comienza la era de la política de masas y nosotros, aquí dentro, somos menos de cien.

Pero tampoco esto importa demasiado. Nadie cree ya en la victoria. Ya ha llegado y sabía a fango. Este entusiasmo nuestro —¡juventud, juventud!— es una forma suicida de desesperación. Estamos con los muertos, son ellos los que responden a nuestro llamamiento en esta sala medio vacía, a millones.

Abajo en la calle los gritos de los mozos invocan la revolución. A nosotros nos da risa. Ya hemos hecho la revolución. Empujando a patadas a este país hacia la guerra, el 24 de mayo de mil novecientos quince. Ahora todos nos dicen que la guerra ha terminado. Pero nosotros nos reímos de nuevo. Nosotros somos la guerra. El futuro nos pertenece. Es inútil, no hay nada que hacer, soy como los animales: percibo el tiempo que se aproxima.

 

Benito Mussolini es de fuerte constitución física, aunque padezca sífilis.

Esta robustez que le caracteriza le permite trabajar sin parar.

Descansa hasta bien entrada la mañana, sale de su casa al mediodía pero no regresa antes de las tres de la madrugada, y esas quince horas, menos una breve pausa para comer, están dedicadas a la actividad periodística y política.

Es un hombre sensual y ello queda demostrado por las numerosas relaciones que ha mantenido con distintas mujeres.

Es emotivo e impulsivo. Estos rasgos lo convierten en alguien fascinante y persuasivo en sus discursos. Por más que hable bien, sin embargo, no se lo puede definir propiamente como un orador.

En el fondo es un sentimental y eso le granjea muchas simpatías, muchas amistades.

Es desinteresado, generoso, y esto le ha procurado una reputación de altruismo y filantropía.

Es muy inteligente, astuto, mesurado, reflexivo, buen conocedor de los hombres, de sus cualidades y de sus defectos.

Propenso a fáciles simpatías y antipatías, es capaz de hacer sacrificios por los amigos y se muestra tenaz en las enemistades y en los odios.

Es valiente y audaz; posee cualidades organizativas, es capaz de mostrar una rápida determinación; pero no es igual de tenaz en sus convicciones y propósitos.

Es muy ambicioso. Le impulsa la convicción de estar representando una fuerza considerable en los destinos de Italia y está decidido a hacerla valer. Es un hombre que no se resigna a puestos de segunda categoría. Desea sobresalir y dominar.

En el socialismo oficial ascendió rápidamente desde orígenes oscuros a posiciones eminentes. Antes de la guerra, fue el director ideal del Avanti!, el periódico guía de todos los socialistas. En ese sector fue muy apreciado y muy querido. Todavía hoy algunos de sus antiguos compañeros y admiradores confiesan que nadie ha sido capaz de entender e interpretar mejor que él el alma del proletariado, el cual vio con dolor su traición (apostasía) cuando en cuestión de pocas semanas pasó de apóstol sincero y apasionado de la neutralidad absoluta a apóstol sincero y apasionado de la intervención en la guerra.

No creo que ello haya estado determinado por un cálculo de intereses o de lucro.

Es imposible establecer qué parte, pues, de sus convicciones socialistas, de las que nunca renegó públicamente, se ha perdido en las transacciones financieras indispensables para continuar la lucha a través de Il Popolo d'Italia, el nuevo periódico por él fundado, en el contacto con hombres y corrientes de diferente fe, en la fricción con los antiguos compañeros, bajo la constante presión del odio indomable, de la amarga malevolencia, de las acusaciones, de los insultos, de las incesantes calumnias por parte de sus antiguos seguidores. Pero si estas secretas alteraciones se han producido, engullidas en la sombra de las cosas más próximas, Mussolini nunca dejará que trasluzcan y siempre aspirará a parecer socialista, acaso cultivando la ilusión de seguir siéndolo.

Esta es, según mis indagaciones, la figura moral del hombre, en contraste con la opinión de sus antiguos compañeros de fe y adeptos.

Dicho esto, si una persona de reconocida autoridad e inteligencia sabe encontrar entre sus características psicológicas el punto de menor resistencia, si sabe, por encima de todo, resultarle simpático y caerle en gracia a su espíritu, si sabe demostrarle cuál es el verdadero interés de Italia (porque yo creo en su patriotismo), si le proporciona con mucho tacto los fondos indispensables para la acción política acordada sin dar la impresión de ser una vulgar operación de amaestramiento, Mussolini poco a poco se dejará conquistar.

Pero con su temperamento nunca se podrá tener la certeza de que no deserte en un recodo de la carretera. Es, como ya se ha dicho, una persona emotiva e impulsiva.

Es indudable que, en campo adversario, Mussolini, hombre de pensamiento y de acción, escritor eficaz e incisivo, orador persuasivo y vivaz, podría convertirse en un caudillo, un matón temible.

Informe del inspector general de seguridad pública

Giovanni Gasti, primavera de 1919

Fascios de acción entre intervencionistas

Ayer se celebró en el salón del Círculo de la Alianza Industrial y Comercial una conferencia para la constitución de los Fascios regionales entre grupos de intervencionistas. En la conferencia tomaron la palabra el industrial Enzo Ferrari, el capitán de los Osados Viejos y varios más. El profesor Mussolini ilustró las piedras angulares en las que debe basarse la acción de los Fascios, a saber: la valorización de la guerra y de los que lucharon en la guerra; demostrar que el imperialismo del que se inculpa a los italianos es el imperialismo deseado por todos los pueblos sin excluir a Bélgica y a Portugal y, por lo tanto, oposición a los imperialismos extranjeros en detrimento de nuestro país y oposición a un imperialismo italiano contra otras naciones; por último, aceptar la batalla electoral sobre el «hecho» de la guerra y oponerse a todos aquellos partidos y candidatos que se declararon contrarios a la guerra.

Las propuestas de Mussolini, después de que intervinieran numerosos oradores, quedaron aprobadas. En la conferencia estuvieron representadas diferentes ciudades de Italia.

Corriere della Sera, 24 de marzo de 1919,sección «Las conferencias dominicales»

Un robo de tres toneladas de jabón

Unos ladrones entraron en el local del almacén de Giuseppe Blen en via Pomponazzi 4, y consiguieron llevarse nada menos que sesenta y cuatro cajas de jabón de un peso de medio quintal cada una.

Está claro que los ladrones debieron de actuar en gran número para poder cargar con una mercancía tan pesada y engorrosa y que para más de treinta quintales de material debieron de contar con carros y caballos u otros vehículos a su disposición.

El caso es que semejante operación, larga y ruidosa y a la vista de todos, se llevó a cabo sin que sobre esos audaces hayan podido recabarse indicaciones útiles. El valor de los bienes robados se eleva a unas quince mil liras.

Corriere della Sera, 24 de marzo de 1919, sección «Las conferencias dominicales»

 

Benito Mussolini

Milán, principios de la primavera de 1919

Apenas unas cuantas calles separan via Paolo da Cannobio, donde tiene su sede la redacción de Il Popolo d'Italia, la llamada «guarida número 2», de la sección milanesa de los Osados en via Cerva número 23, la «guarida número 1». Cuando, en la primavera de mil novecientos diecinueve, Benito Mussolini abandona su despacho para ir a cenar a una taberna, estas son calles apestosas, miserables y peligrosas.

El Bottonuto es una esquirla del Milán medieval enquistada bajo la piel de la ciudad del siglo XX. Una retícula de callejones y tienduchas, iglesias paleocristianas y prostíbulos, posadas y figones, atestada de vendedores ambulantes, putas y vagabundos. El origen del nombre es incierto. Quizá provenga del postigo que en otros tiempos se abría en el lado sur, bajo el cual pasaban los ejércitos. Algunos dicen que la palabra, evocadora de glándulas tumefactas, es una deformación del patronímico de un mercenario alemán que llegó hasta aquí siguiendo a Barbarroja. En cualquier caso, el Bottonuto es un charco pútrido justo detrás de piazza del Duomo, el centro geométrico y monumental de Milán.

Para cruzarlo hay que taparse la nariz. Las murallas exudan cochambre, el vicolo delle Quaglie ha quedado reducido a meadero, sus habitantes están tan podridos como los mohos de los patios de luces, se vende de todo, los robos y palizas se llevan a cabo a la luz del día, los soldados se agolpan a la entrada de los burdeles. Todos, directa o indirectamente, comen de la prostitución.

Mussolini cena tarde. Emerge después de las diez de la noche de la madriguera del director —un cubículo que da a un patio angosto y estrecho, una especie de intestino vertical conectado con la sala de redacción por un rellano con barandilla— y, tras encenderse un cigarrillo, camina a grandes pasos, de buena gana, por ese canal pestilente. Las pandillas de huérfanos descalzos lo señalan con entusiasmo —«el matt», el loco, se gritan unos a otros—, los mendigos alargan las manos, sentados entre inmundicias al borde de las calles, los proxenetas apoyados contra las jambas de las puertas lo saludan con un asentimiento de cabeza respetuoso pero confidencial. Él corresponde a los gestos de todos. Con algunos se detiene para intercambiar unas palabras, se pone de acuerdo, establece citas, minúsculos arreglos. Da audiencia a su corte de los milagros. Pasa revista a esos hombres encerrados en jaulas como un general en busca de un ejército.

¿Acaso no se han hecho siempre las revoluciones de esta manera: armando al completo los bajos fondos sociales con pistolas y granadas de mano? ¿Cuál es, a fin de cuentas, la diferencia entre el veterano inadaptado, el desmovilizado crónico que por dos liras hace guardia en el periódico, y el racheté, el delincuente habitual que vive explotando la prostitución? Todos ellos son mano de obra experta. Se lo repite una y otra vez a Cesare Rossi —su colaborador más cercano, quizá su único consejero auténtico—, que se escandaliza por su promiscuidad con esa gente. «Todavía somos demasiado débiles para prescindir de ellos», le repite él a menudo para aplacar su indignación. Demasiado débiles, es indudable: el Corriere della Sera, el periódico de la soberbia burguesía liberal, ha dedicado a la fundación de los Fascios de Combate una breve crónica de apenas diez líneas, el mismo espacio reservado a la noticia del robo de sesenta y cuatro cajas de jabón.

Sea como fuere, Benito Mussolini, en esta noche de principios de abril, sigue contemplando unos instantes más a su corte de los milagros, luego estira el cuello hacia arriba y hacia delante, aprieta la mandíbula, busca aire respirable con el rostro girado hacia el cielo y bajo el cráneo ya casi calvo, se levanta el cuello de la chaqueta, aplasta el cigarrillo bajo el tacón, alarga el paso. La ciudad tenebrosa, los callejones de la depravación se arrastran detrás de él como un enorme organismo minado, un gigantesco depredador herido que se aproxima cojeando a su final.

Via Cerva es, en cambio, una vieja calle aristocrática, tranquila y silenciosa. Las casas patricias de dos plantas, ventiladas por amplios patios arquitectónicos, le confieren su aire romántico. Cada paso resuena en la noche sobre el asfalto reluciente, removiendo con breves ondas concéntricas la atmósfera de claustro. Los Osados han ocupado un local comercial con trastienda propiedad del señor Putato, padre de uno de ellos, justo frente al palacio de los vizcondes de Modrone. No les ha resultado fácil conseguir una casa a esos veteranos exaltados que perturban a la burguesía deambulando en invierno con el cuello del uniforme de ordenanza desabrochado mostrando el pecho desnudo y con el puñal en el cinturón. Soldados formidables a la hora de asaltar las posiciones enemigas, valiosos en tiempos de guerra pero despreciables en tiempos de paz. Ahora, los Osados, cuando no están tumbados en un burdel o acampados en un café, se acuartelan en esas dos habitaciones desnudas, emborrachándose en pleno día, desvariando acerca de futuras batallas y durmiendo en el suelo. Así es como emplean esa interminable posguerra: mitifican el pasado reciente, agitan un futuro inminente y digieren el presente fumando un cigarrillo tras otro.

Los Osados son los que han ganado la guerra o, por lo menos, eso es lo que cuentan. Se mitifican hasta tal extremo que Gianni Brambillaschi, un veinteañero de entre los más exaltados, llegó a escribir en L'Ardito, el medio oficial de la nueva asociación: «Quien no ha hecho la guerra en los batallones de asalto, aunque muriera en la guerra, no ha hecho la guerra». Es indudable que, sin su concurso, no se habría roto la línea del Piave con la contraofensiva que en noviembre de mil novecientos dieciocho permitió la victoria sobre los ejércitos austrohúngaros.

La epopeya sombría del osadismo dio comienzo con las llamadas Compañías de la Muerte, secciones especiales de ingenieros con la misión de preparar el terreno para los ataques de la infantería de las trincheras. De noche cortaban las alambradas y hacían estallar minas intactas. De día avanzaban arrastrándose, protegidos por corazas de absoluta inutilidad, desmembrados por disparos de morteros. Más tarde, todas las armas —regulares, infantería ligera, tropas de montaña— empezaron a formar sus propios escuadrones de asalto escogiendo a los soldados más valientes y experimentados de las compañías normales para adiestrarlos en la utilización de granadas de mano, lanzallamas y ametralladoras. Pero fue la dotación del puñal, el arma latina por excelencia, lo que marcó la diferencia. Ahí fue donde comenzó la leyenda.

En una guerra que había aniquilado la concepción tradicional del soldado como agresor, en la que lo que te reventaba contra las trincheras eran los gases y las toneladas de acero disparadas desde una posición remota, en una masacre tecnológica debida a la superioridad del fuego defensivo sobre la movilidad del soldado lanzado al asalto, los Osados habían recuperado la intimidad de los combates cuerpo a cuerpo, el impacto resultante del contacto físico, la convulsión del ejecutado que se transmite a través de la vibración de la hoja a la muñeca del ejecutor. La guerra en las trincheras, en vez de producir agresores, había labrado en millones de combatientes una personalidad defensiva, moldeada en la identificación con las víctimas de una ineluctable catástrofe cósmica. En esa guerra de ovejas conducidas al matadero, ellos habían restituido la confianza en uno mismo que solo puede otorgar la maestría en el descuartizamiento de un hombre con un arma blanca de hoja corta. Bajo el cielo de las tempestades de acero, justo en medio de l

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