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MAñANA NO SERá LO QUE DIOS QUIERA

Luis García Montero  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Citas

1. Que responda Churchill

2. La carpeta azul

3. Las bodas

4. Un respetable olor a azufre

5. Gritos en la calle

6. Sin frío en los pies

7. Bajar o subir

8. Soledad y los trenes

9. Las inquietudes

10. Entre hermanos

11. Las ruinas y París

12. Mañana no será lo que Dios quiera

13. Familiares extraños y personajes que llegan

14. Cosas que ya se saben, pero merece la pena contar

15. Cristales rotos

16. El jinete viajero

17. Las historias que acaban muy mal no se acaban nunca

18. El caballo de espadas

19. El desarrollo y la resistencia en un otoño interminable

20. En la carpeta azul

21. Paz y patria feliz

22. Los huéspedes

23. Visión sin percepciones

24. Un mal pronóstico

25. Las tarjetas de visita y los cambios de clima

26. El gran sorteo

Epílogo

Sobre el autor

Créditos

Recuerdo que las comidas eran aquellos días alegres, prolongadas en largas sobremesas en las que se contaban historias extraordinarias. Mi madre estaba radiante y yo feliz, admirando a mis hermanos como pocas veces volví a admirar a alguien.

ÁNGEL GONZÁLEZ

Extraña educación, en la que coincidían la libertad casi absoluta —la guerra, en algunos aspectos, deja en paz a los niños— y las servidumbres más humillantes. Pese a todas las limitaciones —enormes— que derivan de esas circunstancias, aprendimos muchas cosas importantes; a decir no (en voz baja, por supuesto, pero con inquebrantable terquedad); a no darnos nunca por vencidos a pesar de sabernos derrotados; a arrancar ilusiones de la desesperanza; a poner precio a la belleza —buscarla dondequiera que se esconda, viva o muerta— e incluso inventarla cuando tardaba en aparecer; a mantener vivo el espíritu de subversión bajo la costra de la sumisión; a ser escépticos y a establecer para siempre algunas diferenciaciones básicas: entre pureza y puritanismo (por ejemplo).

ÁNGEL GONZÁLEZ

1. Que responda Churchill

No sé si ustedes conocen al poeta Ángel González. Su palabra revela una mezcla de filósofo clásico y de anciano del lugar, de superviviente estoico que lo ha visto todo y lo cuenta todo, mientras pide una última copa para no dar por terminada la noche que de manera inevitable se pierde ya por la grieta rojiza del amanecer. Detrás de su barba blanca esconde un mentón demasiado corto y una vida demasiado larga. Apenas conoció a su padre, porque murió cuando él no había llegado a cumplir los dos años, por culpa de una operación caprichosa. Era cojo y necesitaba recuperar la movilidad de la rodilla izquierda para conducir. Que un hombre de más de cuarenta años se empeñase en pasar por el quirófano para comprarse un coche no dejaba de ser un capricho en aquella época. En 1927, en Oviedo, la mayoría de los profesores sesudos, o de los respetables concejales, estaban acostumbrados a cumplir con sus obligaciones y con sus ocios sin necesitar un carné de conducir. La aventura no salió bien, quedó frenada por una infección vertiginosa, y Ángel González creció huérfano de padre, sin las enseñanzas directas de uno de los mejores pedagogos asturianos de principios del siglo XX. Pero la madre y los hermanos mayores hablaban mucho de las costumbres, las ilusiones y la rectitud del fallecido. Por eso el niño conservó recuerdos vivísimos de un padre al que apenas llegó a conocer. Además de una enciclopedia Espasa, algunas fotografías y un tesoro de sugerencias morales sobre la educación y el gobierno de los hombres, Ángel heredó de su padre un mentón corto y la certeza de que los caballeros con esa peculiaridad fisiológica deben dejarse la barba para presentar en sociedad un aspecto digno.

Detrás de la barba de Ángel González, se esconde la imprudencia más precavida que pueda conocerse. Los acontecimientos de la historia lo sorprendieron desde muy pronto en lugares propicios a las grandes borrascas o a las sequías aniquiladoras. Por voluntad o por fortuna, otros individuos pasan su vida en zonas templadas, amparados por la caridad de unos elementos atmosféricos que se comportan como perros falderos. La buena lluvia, el sol suave, la brisa primaveral facilitan mucho las rutinas de la existencia. Ladran alguna vez, pero no muerden. La cuestión es que Ángel prefiere los gatos a los perros, y desde muy niño se acostumbró a que la historia se encontrara con él a la intemperie. Mientras saltaba por los árboles, las tapias y los tejados de su barrio, el viento frío del norte arrastró nubes oscuras, ramas quebradas, papeles de periódico con noticias alarmantes, revoluciones, golpes de Estado, guerras, victorias y derrotas, descargas de fusiles, tiros de gracia y horas de silencio conmovido. Tardó poco en despreocuparse del miedo familiar a los quirófanos, herencia materna en este caso, para atender a los peligros mortales que pasaban por la calle. Al segundo chaparrón, calado hasta los huesos, aprendió a quitarse los calcetines, pedir ropa seca y buscar el calor de la lumbre. Nunca renunció a habitar los lugares marcados con la tinta roja de la imprudencia. Pero suele acomodarse en ellos de forma muy precavida, moverse con tiento, sin hablar en voz alta, guardándose las lágrimas y las risas para sí mismo o para las ocasiones de extrema intimidad. No ya la felicidad, sino la supervivencia dependieron en muchas ocasiones de un silencio a tiempo.

Entre Stalin y Hitler, el cigarro puro, el sombrero y el cinismo inglés de Churchill ofrecían una forma decente de escurrir el bulto. Los alumnos del colegio Fruela jugaban a escoger nombres famosos en la historia europea de los años cuarenta. Olvidaban sus apellidos en la cartera, anotados con caligrafía redonda de las libretas y los libros, y cada cual elegía un personaje en los aires convulsos de la política internacional. Sobre la política española era mejor pasar de puntillas. Los González, los Alas, los Rodríguez, los Caballero, los Álvarez-Buylla, los Bascarán soportaban el peso de una derrota o de una victoria demasiado cercana. Mejor jugar a los bigotes de Stalin y Hitler, o a saludar el paso de la tarde con la mano y la desmayada salud de Roosevelt, o a celebrar la capacidad sentimental de resistencia con el orondo buen humor de Churchill. A ver quién llega primero a la puerta de la Catedral. Ha ganado Adolf Hitler. Vamos a encontrar a Franklin Delano Roosevelt, que está escondido en un portal de la calle Cimadevilla. A la pregunta difícil del profesor de religión, que conteste sir Winston Churchill, y ése era Angelín, que se llevaba muy bien con el profesor de religión del colegio Fruela, como los alumnos becados suelen llevarse con casi todos los profesores en los colegios de pago. Cuando el profesor de religión, por poner las cosas fáciles, preguntaba con voz condescendiente en la clase «¿Quién hizo el mundo?», los pupitres se llenaban de manos y de voces que respondían a coro: «Mi padre».

Por mucha devoción y mucha voluntad clerical que reinase en España, una victoria era una victoria y el orgullo de los vencedores rompía las costuras por donde menos se pensara. Churchill levantaba la mano antes de que el cura empezase a gritar y a tragarse sus blasfemias, y en voz baja sugería «Dios», reestableciendo el orden nacional en el aula. Y no se trataba de responder con la seguridad de quien ha visto a Dios, porque por entonces Dios aún no se le había aparecido a Ángel González. En la vida todo se anda, pero todo tiene sus momentos, sus pasos. Eran sólo ganas de quedar bien, de ser prudente, de comportarse como Churchill. Por tradición familiar, tal y como estaban las cosas en el mundo, le hubiera apetecido llamarse Stalin, José o Pepe Stalin. Pero con un hermano fusilado, otro hermano en el exilio, y una madre y una hermana depuradas, quién era el niño temerario capaz de llamarse Stalin en el colegio Fruela de Oviedo. Resultaba más peligroso que olvidarse de Dios por una confusión paterna y bienintencionada. Así que era mejor evitar las coincidencias sospechosas, incluso en los inocentes juegos infantiles. Tampoco se podía pasar uno al enemigo, ni siquiera de broma. Hitler quedaba descartado por un asunto de dignidad familiar. Angelín, que ignoraba entonces los crímenes de Stalin, desconocía también hasta qué punto la Inglaterra de Churchill se había lavado sus manos regordetas con un pacto de no intervención durante la guerra, dejando que los alemanes y los italianos crucificasen a la República española. No habían faltado comentarios y noticias desalentadoras, pero Churchill podía ser identificado aún con un caballero, un demócrata, alguien que luchaba contra Hitler, una buena excusa para huir prudentemente de Stalin sin pasarse al enemigo.

En las leyes de la supervivencia hasta el buen humor supone una manera de guardar los secretos. Conviene mirar al viento, mantenerse callado y dejarlo pasar con su arrastre de calamidades y de golpes de fortuna. Nadie puede nada contra el azar, pero nunca está de más una barrera desde la que observar sus revueltas y sus cornadas. Quien ha vivido una guerra sabe que conviene pensar muy bien lo que se hace y lo que se dice, aunque después nada permanezca atado y seguro ante el carácter maniático del destino. En los primeros años de la República, Ángel se extrañaba cada vez que su madre interrumpía las conversaciones de sus hermanos, repletas de optimismo, estrategias y nombres de políticos. La madre se preocupaba por la amenaza de una guerra. El niño entendía el miedo a la electricidad de las tormentas, a las uñas de los incendios, a los aullidos de los lobos, al túnel del tren que pasaba por el barrio, pero no podía comprender la amenaza abstracta de la guerra. Cuando oyó en la radio de galena que unos generales se habían levantado contra el Gobierno, tampoco entendió el miedo de su madre. El mosquetón fascinante de su hermano Pedro, la disciplina firme y decidida de su militancia seguían formando parte de un reino infantil, en el que todo estaba en su sitio, y sobraba espacio para cualquier cosa, para un duro de plata, una película en el cine Toreno, el entusiasmo de un hermano heroico o la leyenda novelesca de las armas.

Sólo cuando empezó a actuar el azar, el imprevisible demonio del azar, comprendió el miedo a la guerra. Su hermana Maruja estaba una tarde asomada a la ventana, viendo a lo lejos el humo de los cañonazos que golpeaban uno de los frentes del cerco. Se salvó de milagro, por unos segundos, por un milímetro de reloj, por un golpe de fortuna, porque tuvo la suerte de apartarse de la ventana justo antes de que entrara un obús. Después de los gritos, cuando la casa se tranquilizó, la conversación de los mayores le hizo comprender al niño que la vida de Maruja no era el único milagro. La suerte quiso también que el obús traicionero no estallase aquel día dentro de la casa, un azar tan imprevisto como el invierno sin frío, el sol sin noche o el colegio sin exámenes. Vivir una guerra es ver que un obús entra a merendar en la casa y no estalla,

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