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MACBETH

Jo Nesbo

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Fragmento

1

Una gota de lluvia brillante cayó del cielo y fue descendiendo a través de la oscuridad hacia las luces temblorosas de la sucia ciudad portuaria. Las ráfagas heladas de viento del noreste la arrastraron hacia el lecho del río seco, que atravesaba la ciudad longitudinalmente, y la vía del ferrocarril clausurada, que la cruzaba en diagonal. Los cuatro cuadrantes en que se dividía la ciudad estaban numerados siguiendo el sentido de las agujas del reloj, y más allá de eso no tenían nombre. O, en cualquier caso, nadie lo recordaba. Si te encontrabas con alguno de sus ciudadanos muy lejos de allí, sin duda afirmaría que no se acordaba de cómo se llamaba su ciudad de origen.

La gota de lluvia perdió brillo, se tornó gris a medida que traspasaba el hollín, el veneno que cubría la ciudad como una niebla constante, a pesar de que las fábricas habían ido cerrando una tras otra en los últimos años. A pesar de que los parados ya no podían permitirse encender las estufas. A pesar del viento impredecible, el aire impetuoso y la lluvia aparentemente inagotable que, según afirmaban algunos, se habían desatado cuando dos bombas atómicas pusieron fin a la última guerra mundial, un cuarto de siglo atrás. O lo que es lo mismo: en las mismas fechas en que Kenneth había sido nombrado director de la policía. Desde su despacho del último piso de la Jefatura de Policía, el director Kenneth había conducido la ciudad hacia el abismo con mano de hierro. Daba igual quién ocupara la alcaldía o lo que prometieran los jefazos de la metrópoli Capitol. Nunca lo cumplían. Nada podía evitar que la segunda potencia industrial del país se hundiera en una ciénaga de corrupción, quiebras, crimen y caos. No importaba si el cambio climático se debía a Kenneth, a las bombas atómicas o a la desmemoria, pues por fin la esperanza había hecho su aparición entre los ciudadanos. Habían pasado seis meses desde que Kenneth se cayera de la silla en su casa de veraneo, sufriera un ictus y muriera tres semanas después. La ciudad había sufragado el entierro, según una resolución del consistorio orquestada por iniciativa del propio Kenneth, por cierto. Tras unas exequias dignas de un dictador, el cabildo y el alcalde reclutaron como nuevo director de la policía a Duncan: de frente ancha e hijo de un obispo, estaba al mando de la sección del Crimen Organizado en Capitol.

Había sido una elección sorprendente porque Duncan no procedía de la vieja escuela policial basada en el pragmatismo político, sino de la nueva generación de mandos bien formados, partidarios de las reformas, la transparencia, la modernización y la lucha contra la corrupción. Ese no era el caso de la mayoría de los representantes electos, políticos obsesionados por enriquecerse.

La esperanza de los vecinos de tener un director de la policía íntegro, honrado y visionario que quizá sacara a la ciudad de la ciénaga se había visto reforzada porque Duncan había sustituido a los antiguos jefes policiales por su propio equipo, cuidadosamente escogido. Lo formaban jóvenes idealistas sin contaminar que de verdad querían que la ciudad fuera un lugar mejor donde vivir.

El viento se llevó la gota de lluvia hacia el Distrito 4 oeste, al lugar más alto de la ciudad: la aguja que remataba el estudio radiofónico de Walter Kite. Aquella voz de erres marcadas, solitaria y siempre moralmente indignada simbolizaba la esperanza de que a la ciudad le llegara su redentor. En vida de Kenneth, solo Kite se había atrevido a criticar abiertamente al director de la policía y a acusarle de algunos de los delitos que había cometido. Muchos opinaban que la única razón por la que Kite había sobrevivido era su extrema soledad. Era demasiado visible para que su desaparición no llamara la atención. Aquella noche, Kite remachó las erres cuando dijo que el consistorio haría lo imposible para recuperar las atribuciones que Kenneth acaparó a fin de que el director de la policía fuera el poder fáctico de la ciudad. Paradójicamente, eso implicaría que su sucesor, el buen demócrata y director de la policía Duncan, no dispondría del poder necesario para emprender las reformas que pretendía. Kite siguió afirmando que las inminentes elecciones para la alcaldía estaban en manos de «… Tourtell, el alcalde actual y, por tanto, el más importante del país, sin ningún contrincante. Absolutamente ninguno. Porque ¿quién podría competir con el galápago Tourtell cuando cualquier crítica resbala por su irritante caparazón de jovial populismo y superioridad moral? Si a pesar de todo alguien de verdad consiguiera atravesar esa concha y hacerle mella, me temo que nuestra tortuga está tan gorda y la puerta del despacho del alcalde es tan estrecha que resultaría materialmente imposible desalojarlo».

En el Distrito 4 este la gota de lluvia sobrevoló el Obelisco, un hotel con casino, acristalado y de veinte pisos de altura, que sobresalía como un dedo corazón iluminado entre los desangelados bloques marrones y negruzcos de cuatro plantas que predominaban en el resto de la ciudad. A muchos les parecía muy extraño que cuando menos industria y más paro había, más se pusiera de moda entre los ciudadanos jugarse el dinero que no tenían en alguno de los dos casinos.

«La ciudad que dejó de dar y empezó a exigir —insistían las erres de Kite a través de las ondas—. Primero clausuramos la industria y luego el ferrocarril, para que nadie pudiera largarse. Después atontamos a los ciudadanos con drogas que se vendían donde antes se compraban los billetes de tren. A fin de robarles en paz. Nunca creí que llegaría a decir que echo en falta a los señores de la industria, ávidos de beneficios, pero al menos pertenecían a un sector respetable, a diferencia de las tres áreas en que la gente sigue enriqueciéndose: casinos, drogas y política.»

En el Distrito 3 el viento azotaba la Jefatura de Policía, el casino Inverness y las calles, que a causa de la lluvia se habían quedado vacías. Solo unas pocas personas se apresuraban de aquí para allá, huyendo, buscando. El viento barría la estación central, de la que ya no salían trenes pero que seguía habitada por fantasmas y viajeros; los fantasmas de aquellos que un día construyeron la ciudad con fe en sí mismos, en la moral del trabajo, en la tecnología y en sus descendientes; los viajeros del mercado de la droga, siempre abierto, donde compraban poción, un pasaje al cielo y sin duda al infierno. En el Distrito 2 el viento aullaba entre las chimeneas de cemento de las dos mayores fábricas de la ciudad, recién clausuradas, Graven y Estex, en las que se habían producido aleaciones de metal. Aunque ni siquiera quienes trabajaban en los hornos sabían exactamente cuál era su composición, sí sabían que los coreanos habían empezado a fabricar esas mismas aleaciones a menor coste. Tal vez el clima de la ciudad provocara esa impresión de una decadencia ya visible, o tal vez fueran figuraciones. Quizá solo la certeza de quiebra y ruina acabó haciendo que las fábricas mudas y apagadas quedaran como lo que Kite llamaba «las catedrales del capitalismo saqueadas en una ciudad de apóstatas y descreídos».

La lluvia se desplazó hacia el sureste, cayó sobre farolas rotas entre calles donde los chacales se apoyaban en las paredes protegiéndose de la incontinencia crónica de los cielos, buscando con la mirada mientras las presas se apresuraban hacia zonas más iluminadas y seguras. En una entrevista reciente, Kite le había preguntado al jefe de la policía por qué la probabilidad de que te atracaran en aquella ciudad era seis veces mayor que en Capitol. Duncan había respondido que se alegraba de que por fin le hicieran una pregunta fácil de contestar: porque el número de parados era seis veces mayor y el de drogadictos, diez veces mayor.

En el puerto había contenedores llenos de grafitis y buques de carga desvencijados. Sus capitanes se citaban con representantes de las corruptas autoridades portuarias, en lugares poco transitados, para entregarles sobres marrones que acelerarían la concesión de los permisos para acceder al puerto y atracar. Cantidades que las navieras apuntarían a la partida de gastos varios, mientras se juraban que jamás volverían a aceptar un porte con esa ciudad como destino.

Uno de esos buques era el Leningrado, un barco soviético tan oxidado que al resbalar la lluvia por el casco daba la impresión de que estaba desangrándose en la bahía.

La gota de lluvia impactó en el haz luminoso de un foco atornillado al techo de un edificio. Un inmueble de madera, de dos pisos, y que albergaba un almacén, una oficina portuaria y un club de boxeo clausurado. Continuó descendiendo entre la pared y un casco de barco oxidado y aterrizó en un cuerno de toro, por el que se deslizó hasta el punto en que este se soldaba a un casco de moto, por el que corrió hasta llegar a la espalda de una chupa de cuero con la leyenda NORSE RIDERS bordada en caracteres góticos. Siguió hacia el asiento de una moto Indian Chief roja y acabó en la estela de la rueda trasera, que giraba despacio. Allí dejó de ser una gota, se vio lanzada al exterior otra vez, y acabó mezclada con el agua venenosa, con la ciudad, con todo.

La moto roja iba seguida de once motos más. Pasaron bajo una de las farolas que había en el segundo piso de los oscuros edificios portuarios de dos alturas.

La luz de la farola que entraba por la ventana de una oficina de enrolamiento de la segunda planta iluminó una mano que descansaba sobre un cartel publicitario. En el Glamis estaban buscando a un pinche. Los dedos eran largos y delgados, como los de un concertista de piano, de uñas bien cuidadas. El rostro se hallaba en la sombra, no podían verse los intensos ojos azules, la barbilla firme, los labios finos y poco generosos, la agresiva nariz en forma de pico, pero sí se advertía la cicatriz que cruzaba aquel rostro en diagonal, como el destello blanco de una estrella fugaz, del mentón a la frente.

—Es aquí —dijo el inspector Duff con la esperanza de que sus hombres de la sección Antidroga no percibieran el leve e involuntario temblor de su voz.

Había previsto que los Norse Riders mandarían a tres, como máximo a cuatro hombres a recoger la droga. Sin embargo, contó doce motos en la comitiva que emergió despacio de la oscuridad. Las dos últimas llevaban sendos pasajeros. Catorce hombres contra los nueve suyos. Había buenas razones para creer que los Norse Riders iban armados. Bien armados. Pero no fue la diferencia de fuerzas la que provocó el temblor de sus cuerdas vocales. Duff acababa de ver cumplido su mayor deseo: era él quien estaba al frente del séquito, por fin lo tenía a su alcance.

Hacía meses que no se dejaba ver, pero solo existía una persona que llevara ese casco y la Indian Chief roja que, según decían, era una de las cincuenta

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