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MADRE MíA (CABALLO DE TROYA 2017, 5)

Florencia del Campo

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Fragmento

I

4 de septiembre de 2012.[1] Madrid.

Había llegado el 28 de agosto a vivir. (¡¿A vivir?!) A menudo distingo viajar de vivir. Qué locura. Viajar de vivir.

No, no me voy de viaje, me voy a vivir.

Pues mira lo que te digo: nunca he viajado muerta.

Pues mira lo que te replico: he visto zombis en los viajes.

Ah, sí, sí. Se llaman turistas.

A vivir. Qué locura.

¿A quién se le ocurre vivir con una madre con cáncer? Léase: a quién se le ocurre pensar en vivir mientras su madre muere de cáncer. O: a quién se le ocurre vivir bajo el mismo techo que su propia madre con cáncer. En esta doble posibilidad de lectura, tal vez, todo.

Madrid. Mucho calor. Vengo de un país donde agosto es helado. Agosto es:

– árboles raquíticos,

– adoquines mojados por lluvias,

– colectivos sin calefacción que saltan sobre los adoquines,

– perros callejeros temblando,

– bares de moda con cafés humeantes,

– bares de barrio con viejos en abrigos que llamamos «campera»,

– bufandas de abuelas en gente grande y

– bufandas de máquina en niños pequeños,

– parques desiertos,

– cielos cerrados,

– manos con guantes,

– labios resecos,

– ansias por un septiembre que traiga primavera.

Paseé por el parque del Retiro. Descubrí Lavapiés. Me apropié de un olor que desde entonces funcionaría como carné de identidad de la ciudad: el del metro.

Y, de pronto, caes internada. Tu cáncer de pulmón ha hecho metástasis en el cerebro. Tu cáncer [...] ha hecho [...]: en el cáncer, vida propia. Voluntad de acción. O acción involuntaria, refleja. Tu cáncer de pulmón refleja voluntad de metástasis en el cerebro. Tu cerebro refleja voluntad de cáncer. No es justo, lo sé, perdóname: solo estoy jugando con las palabras (es la putada de no poder escribir con tu pelo, con tus pómulos..., mamá, mami, madre sin carne).

Me llegaban noticias de tu estado, desde Buenos Aires, permanentemente. Los médicos te dieron entre horas y días de vida. ¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Intentar llegar a tiempo, jugarte una carrera? O, tal vez, esperar a que estuvieras muerta.

Horror. Qué espanto de hija.

Qué hija de puta.

¿Muerta?

Sí, dijo «muerta».

¿Por qué muerta?

Porque cree en el cuento del lobo. O en el «me caigo y me levanto cien veces». Lo que no quiere es ir al pedo. A ver si va y no muere. ¡Es que acaba de venir de ahí!

Pues que vaya y venga t

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