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MAGGIE VE LA LUZ (FAMILIA WALSH 3)

Marian Keyes  

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Fragmento

1

Yo siempre había llevado una vida bastante intachable. Antes de dejar a mi marido y huir a Hollywood, apenas había roto un plato (por lo menos ninguno del que se hubiera enterado mucha gente). Por tanto, cuando de pronto todo se desintegró como papel mojado, no pude librarme de la sospecha de que estaba cantado desde hacía tiempo. Tanta vida impecable era, sencillamente, antinatural.

Por supuesto, no desperté una mañana y decidí abandonar alegremente el país, dejando a mi pobre marido preguntándose qué era ese sobre que había en su almohada. Estoy exagerando para que parezca más dramático de lo que en realidad fue, lo cual me sorprende porque nunca he tenido debilidad por el drama. Y, ya puestos, tampoco por palabras como «debilidad».

El caso es que desde el asunto de los conejos, y yo diría que incluso antes, la situación con Garv se había vuelto incómoda y extraña. Luego sufrimos un par de lo que optamos por llamar «reveses». No obstante, en lugar de fortalecer nuestro matrimonio —como solía suceder a los afortunados protagonistas de las revistas femeninas de mi madre—, nuestra marca particular de reveses tuvo exactamente el efecto anunciado: lo volvieron todo del revés. Se aposentaron entre Garv y yo y nos distanciaron. Aunque nunca lo dijo, sé que Garv me echaba la culpa.

Y no se lo recriminé, porque yo también me culpaba.

En realidad se llama Paul Garvan, pero cuando le conocí éramos unos adolescentes y entonces nadie llamaba a nadie por su nombre. Micko, Macker, Toolser y Pedazo de Capullo eran algunos de los apelativos por los que conocíamos a nuestros colegas. Él era Garv, siempre le conocí por ese nombre, y solo le llamo Paul cuando estoy muy cabreada con él. Mi nombre es Margaret, pero Garv me llama Maggie salvo cuando le cojo el coche y se lo rayo con la columna del aparcamiento (algo que sucede con más frecuencia de lo que imaginas).

Yo tenía veinticuatro años y él veinticinco cuando nos casamos. Había sido mi primer novio, como mi pobre madre no se harta de contar a la gente. Cree que con eso demuestra que yo era una buena chica que no iba por ahí acostándose con todo bicho viviente. (Siendo la única de sus cinco hijas que no lo hacía, ¿cómo iba a culparla por alardear de mi sospechosa virtud?) Lo que mi madre se olvida convenientemente de mencionar es que Garv fue mi primer novio, pero no el único.

En fin.

Llevábamos nueve años casados y no sé decir exactamente cuándo empecé a pensar en el fin de nuestra relación. No porque lo deseara, sino porque creía que si imaginaba lo peor en cierto modo garantizaba que no ocurriera. Sin embargo, garantizó todo lo contrario.

El final llegó con una brusquedad apabullante. De la noche a la mañana mi matrimonio pasó de ser una realidad viviente —aunque yo estuviera haciendo cosas extrañas, como beberme las lentillas— a dejar de existir. Me pilló totalmente desprevenida, pues siempre pensé que era preciso pasar por un período de lanzamiento de platos e intercambio de insultos antes de agitar la bandera blanca. En mi caso todo se vino abajo sin cruzar una sola palabra, y yo, sencillamente no estaba preparada.

Dios sabe, no obstante, que debería haberlo estado. Unos días antes me había despertado por la noche muy inquieta. Me ocurría a menudo, generalmente por culpa del trabajo y el dinero. Ya sabes, lo de siempre: mucho de lo primero y poco de lo segundo. Pero últimamente —o quizá desde hacía tiempo— estaba preocupada por Garv y por mí. ¿Mejorarían algún día las cosas? ¿Habían mejorado ya y no era capaz de verlo?

La mayoría de las noches no llegaba a ninguna conclusión y caía de nuevo en un sueño intranquilo. Pero esta vez me asaltó una desagradable visión. Como en una radiografía, contemplé la rutina diaria, el lenguaje íntimo y el pasado compartido, y pude penetrar en mí y en Garv, en todo lo que había sucedido en los últimos tiempos. Todo se me mostró sin tapujos y me asaltó un pensamiento claro y espantoso: Tenemos un grave problema.

Eso me dejó literalmente helada. Se me erizó el vello y entre mis costillas se instaló un escalofrío. Aterrorizada, traté de animarme pensando en el montón de trabajo que me esperaba al día siguiente, pero fue inútil. Luego, a fin de asustarme, me recordé que mis padres se estaban haciendo mayores y que me tocaría cuidar de ellos.

Al rato volví a dormirme, me rasqué el brazo derecho hasta levantarme la piel, rechiné los dientes con deleite, desperté con la sensación familiar de una boca bañada en arenilla y seguí tirando como siempre.

Iba a recordar que «Tenemos un grave problema» cuando quedó claro que así era.

La noche en cuestión habíamos quedado para salir a cenar con Elaine y Liam, unos amigos de Garv. Y quién sabe, si el nuevo televisor extraplano de Liam no se hubiera desprendido de la pared para caerle en el pie y romperle el dedo pulgar, obligándonos de ese modo a salir a cenar en lugar de quedarnos en casa, quizá Garv y yo no nos habríamos separado.

El caso es que yo había rezado para que Elaine y Liam cancelaran la cena. Las probabilidades eran muchas: las últimas tres veces que habíamos quedado no habían cuajado. La primera vez Garv y yo anulamos la cita porque debían traernos la mesa de la cocina. (No, claro que no llegó.) La segunda vez, Elaine —que es un pez gordo en pensiones— tenía que ir en coche a Sligo para despedir a un montón de gente. («El nuevo Jag llegó justo a tiempo.») La tercera vez ideé una excusa que Garv apoyó con una rapidez sospechosa. Hoy les tocaba a ellos.

No es que Liam y Elaine no me cayeran bien. Bueno, lo cierto es que no me caían bien. Como he dicho, ella es un pez gordo en pensiones y él corredor de bolsa. Son guapos, les sale el dinero por las orejas y tratan mal a los camareros. Son de esa clase de personas que parece que siempre anden comprándose coches y yéndose de vacaciones.

Todos los amigos de Garv eran encantadores, con la clara excepción de Liam. El problema era que Garv era de esos tipos que se empeñaban en ver solo lo bueno de las personas, o por lo menos de la mayoría de ellas. En teoría es una gran cualidad, y yo no tenía inconveniente en que él viera lo bueno de las personas que me caían bien, pero cuando insistía en hacer lo mismo con la gente que no me gustaba, ya no me hacía tanta gracia. Él y Liam se habían hecho amigos en el instituto, cuando Liam era un muchacho mucho más simpático que ahora, y aunque para complacerle Garv había intentado desprenderse del afecto que le tenía, no lo había conseguido.

No obstante, hasta Garv admitía que Elaine era insoportable. Hablabamuydeprisa. Disparabapreguntascomounaametralladora. ¿Quétaleltrabajo? ¿Cuándopiensanascenderte? Su encantador dinamismo me provocaba una parálisis tartamuda. Para cuando conseguía chapurrear una respuesta, ella ya había perdido el interés y pasaba a otro tema.

Pero aunque Liam y Elaine me hubieran caído bien, aquella noche en concreto yo no tenía ganas de salir. Poner buena cara y fingir buen humor es mucho más difícil cuando tienes público delante. Además, en casa me esperaba un montón de aterradores sobres marrones que requerían mi atención (más dos series de televisión impacientes por atender mis necesidades y un sofá irresistible que me llamaba a gritos). El tiempo era demasiado valioso para perder toda una noche divirtiéndome fuera de casa.

Yo «trabajaba» en un bufete de abogados que tenía muchos tratos con Estados Unidos. Su especialidad era concretamente el derecho de espectáculos. (Después de casarnos, Garv, por ser un chico excelente, fue destinado cinco años a la sede que tenía su compañía en Chicago. Yo trabajé para uno de los grandes bufetes de abogados de la ciudad, de modo que cuando tres años atrás regresamos a Irlanda, juré que conocía en profundidad el derecho de espectáculos estadounidense. Lo malo era que aunque había asistido a clases nocturnas y obtenido algunos diplomas en Chicago, no era una abogada en toda regla. Eso significaba que recibía un montón de trabajo, casi todo el abuso y una parte mínima de la pasta. En realidad, hacía de intérprete. Una cláusula que significaba una cosa en Irlanda podía significar otra en Estados Unidos, por lo que me dedicaba a traducir los contratos estadounidenses al derecho irlandés y redactaba convenios que fueran válidos en ambas jurisdicciones.)

Vivía presa de un miedo leve pero constante. A veces soñaba que me había dejado una cláusula esencial y que mi bufete era demandado por cuatro trillones de dólares, dinero que deducían de mi salario a razón de siete libras y media por semana, obligándome con ello a trabajar allí el resto de la eternidad para poder devolverlo. Otras veces soñaba que estaba sentada en la oficina y de pronto me daba cuenta de que estaba desnuda pero necesitaba levantarme para utilizar la fotocopiadora.

El caso es que el día que el globo estalló yo estaba de trabajo hasta las cejas, tanto que mi nuevo programa de fitness se fue al garete. Últimamente había caído en la cuenta de que morderme las uñas era el único ejercicio que hacía en todo el día, así que ideé un astuto plan: en lugar de pedir a Sandra, mi ayudante, que viniera a recoger las cintas del dictáfono, andaría los veinte metros que me separaban de su despacho y se las entregaría en mano. Pero ese día en concreto no disponía de tiempo para caprichos. Estaba a punto de fracasar un acuerdo con un estudio de cine y si no terminaba el contrato esa misma semana, el actor abandonaría el proyecto.

(Sé que por un breve instante mi trabajo te ha parecido fascinante. Créeme, era tan fascinante como una úlcera. Ni siquiera las esporádicas comidas en restaurantes caros lo eran. Nunca conseguía relajarme, pues el cliente siempre hacía alguna pregunta que exigía una respuesta larga y detallada justo cuando acababa de llevarme el tenedor a la boca.)

El guionista —mi cliente— estaba ansioso por cerrar el trato para así recibir sus honorarios y alimentar a su familia (y para que su padre pudiera finalmente estar orgulloso de él, pero me estoy yendo por las ramas). Los abog

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