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MALAHERBA

Manuel Jabois  

5


Fragmento

I

La primera vez que papá murió todos pensamos que estaba fingiendo. Todos éramos mi hermana Rebe y yo, que nos habíamos sentado en la cocina para comer tostas de pan y aceite con la radio puesta.

—Es un desayuno de mayores, no sé cuántas veces os lo tengo que decir —dijo mamá antes de salir de casa.

Pero nos gustaba. No nos hacía daño ni hacía daño a los demás, tampoco molestaba a nadie ni era incómodo, ni había que guardarlo en secreto, ni nos hacía llorar en la cama antes de dormir, ni nos ponía tristes toda la semana, ni nos dejábamos de hablar con alguien por hacerlo, así que tan de mayores no era.

Ese día empezábamos el colegio, podía decirse que había acabado definitivamente el verano. Mi hermana y yo nos cruzábamos de un lado a otro de la casa con los ojos como platos, en pleno estupor. La noche anterior al primer día, mientras daba vueltas en la cama intentando dormirme, oí a mi madre moviéndose por mi cuarto como los reyes magos. Al despertar encontré mi cartera llena de libros, los bolígrafos metidos en las cartucheras y la ropa encima de la silla, lavada y planchada.

—Cualquiera diría que tienes pensado aprobar alguna —dijo mi hermana.

Pero esos momentos, víspera del curso, eran los únicos en que mamá pensaba que yo podía llegar a ser algo de provecho. Estaba aún morena de la playa y muy ilusionada conmigo, y le hablaba a todo el mundo de mí y de lo que yo iba a hacer ese curso, de lo mucho que iba a estudiar y a esforzarme para recuperar el año que había perdido. Esa noche me ordenaba los rotuladores como si ya me estuviese ordenando los ahorros; la imaginaba haciéndolo mientras les pasaba las cuentas pendientes a sus amigas, que tenían todas hijos más guapos, más listos y más imbéciles que yo.

Mi madre, mi guapa y joven madre: tan llena de vida esa mañana, no como otros. Han pasado ya algunos años, pero tengo ese día frente a mí tan cerca que si estirase la mano podría introducirme dentro. Hacía todavía calor, amanecía temprano, la vecina hacía correr el cordel de la colada y por la ventana abierta del salón se oía el ruido del tráfico. Yo llevaba un pantalón corto y un polo granate; Rebe no llevaba medias.

Cuando acabamos de desayunar tiré la cuchara al fregadero desde la puerta de la cocina, como si fuera Magic Johnson, y Rebe y yo saltamos del susto porque se oyó un ruido enorme, como si en lugar de la cuchara hubiese tirado una lámpara. Hubo otro ruido más después de ése, y entonces supimos que se había caído algo muy pesado en la casa.

Fuimos corriendo hasta la puerta del cuarto de nuestros padres, ni un centímetro más.

—Hace el capullo —susurró mi hermana.

Papá estaba tirado boca arriba de una forma tan perfecta que parecía que le hubieran disparado una flecha. Uno de nosotros dos tenía que acercarse, pero ninguno quería hacerlo porque en el fondo teníamos miedo de que papá se levantase de golpe dándonos un susto de muerte. Yo empecé a sudar, creo que fue la primera vez que tuve sudores fríos. Volvería a sudar muchas veces, por razones importantes y por razones estúpidas, pero ésa no la olvidaré porque fue la primera vez que tuve miedo de verdad, la clase de miedo que una vez que se tiene ya nunca se va del todo.

Recuerdo las cortinas blancas que mamá había ido a comprar conmigo la primavera anterior, el olor a suavizante de las sábanas en la cama recién hecha y la alfombra verde estirada al lado del armario. La lámpara de la mesilla de noche rota en el suelo, el tapete colgado de la borla del cajón. Si papá

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