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MALDITO ROMEO

Leisa Rayven  

5


Fragmento

1

OTRA VEZ JUNTOS, DEMASIADO PRONTO

 

 

 

Hoy

Nueva York

Teatro Graumann

Primer día de ensayo

 

Camino a toda prisa por la acera abarrotada y un sudor nervioso me cubre todas mis partes menos glamurosas.

Oigo la voz de mi madre en la cabeza: «Una dama no suda, Cassie. Resplandece».

En ese caso, mamá, estoy resplandeciente como una cerda.

De todas formas, nunca pretendí ser una dama.

Digo para mis adentros que estoy «resplandeciente» porque llego tarde. No por él.

Tristan, mi compañero de piso/coach personal, está convencido de que no he pasado página, pero eso es una chorrada.

Le tengo más que olvidado.

Le olvidé hace mucho tiempo.

Cruzo correteando la calle, esquivando el imparable tráfico de Nueva York. Varios taxistas me maldicen en distintos idiomas. Estiro alegremente el dedo corazón porque casi seguro que ese gesto significa «Que te jodan» en el mundo entero.

Echo un vistazo a mi reloj al entrar al teatro y me dirijo a la sala de ensayos.

Maldita sea.

Cinco minutos tarde.

Casi puedo ver el gesto burlón en su cara de cabrón y me horroriza que, incluso antes de poner el pie en la sala, sienta el impulso irrefrenable de abofetearle.

Me detengo junto a la puerta.

Puedo hacerlo. Puedo verle sin venirme abajo.

Puedo.

Suspiro y presiono la frente contra la pared.

¿A quién diablos voy a engañar?

Sí, claro, puedo interpretar una obra apasionada con mi examante, que me rompió el corazón, no una, sino dos veces. No hay problema.

Me doy cabezazos contra la pared.

Si existiese el país de los estúpidos, yo sería su reina.

Inspiro hondo y exhalo despacio.

Cuando mi agente me llamó para darme la noticia de mi gran oportunidad en Broadway debería haber intuido que había gato encerrado. Puso por las nubes a mi compañero de reparto. Ethan Holt: el chico it del momento en el mundo del teatro. Con mucho talento. Premiado. Adorado por fans histéricas. Un pibón.

Pero, claro, ella no estaba al corriente de nuestra historia. ¿Por qué iba a estarlo? Jamás hablo de él. De hecho, me alejo cuando mencionan su nombre. Resultaba más fácil sobrellevarlo cuando él se encontraba al otro lado del mundo, pero ya está de vuelta, empañando el trabajo de mis sueños con su presencia.

Típico.

Cabrón.

Poner cara animosa no va a ser fácil, pero no hay más remedio.

Saco mi polvera y me miro al espejo.

Maldita sea, brillo más que el edificio Chrysler.

Me doy unos toquecitos de polvos y me retoco el brillo de labios mientras me pregunto si me encontrará distinta después de todos estos años. Mi pelo castaño, que me llegaba a media espalda en la universidad, ahora me cae justo por debajo del cuello en capas asimétricas de punta. Aunque tengo la cara un poco más afilada, supongo que en esencia sigo siendo la misma. Labios decentes. Constitución ósea aceptable. Ojos ni marrones ni verdes, sino una rara mezcla de ambos. Más aceituna que avellana.

Cierro con un chasquido la polvera y la echo al bolso, cabreada por el mero hecho de plantearme tener un aspecto presentable para él. ¿Acaso no he aprendido nada?

Cierro los ojos y pienso en todas las maneras en las que me hizo daño. En sus absurdos argumentos. En sus excusas de mierda.

Me invade la amargura y suspiro aliviada. Ese es el acicate que necesito. Hace aflorar a la superficie mi rabia. Me sirve de protección a modo de escudo y encuentro consuelo en el rescoldo de agresividad.

Puedo hacerlo.

Tiro de la puerta y entro con aire resuelto. Siento que me observa incluso antes de verle. Me resisto a buscarle con la mirada porque eso es lo que deseo hacer, y una de las cosas que aprendí con Ethan Holt fue a controlar mi instinto natural. Las cosas se jodieron entre nosotros por guiarme por mi instinto; me decía que él podía aportarme algo, cuando en realidad no me ofrecía nada.

Me dirijo hacia la mesa de producción donde nuestro director, Marco Fiori, está deliberando con nuestros productores, Ava y Saul Weinstein. De pie junto a ellos hay una cara conocida: nuestra directora de escena, Elissa, la hermana de Ethan.

Ethan y Elissa van en el mismo lote. El contrato de Ethan estipula que ella dirija todas las obras en las que trabaja, lo cual no me explico en vista de que se llevan como el perro y el gato.

Yo diría que Elissa es su colchón, pero, claro, ¿por qué iba a necesitarla? Él no necesita nada ni a nadie, ¿no? Es intocable. Es de puñetero teflón.

Elissa señala hacia una maqueta del decorado que vamos a utilizar mientras comenta la mecánica de la escenografía.

Los productores escuchan y asienten.

Con Elissa no tengo ningún problema. Es una fantástica directora de escena y hemos trabajado juntas anteriormente. De hecho, hace un siglo éramos buenas amigas. Cuando yo todavía pensaba que su hermano había nacido de una madre humana y no en un desove por el mismísimo ojete de Satanás.

Levantan la vista cuando me acerco.

—Ya, ya —digo soltando el bolso encima de una silla—. Lo siento.

—No pasa nada, cara —dice Marco—. Todavía estamos comentando detalles de producción. Tranquila, tómate un café. Nos pondremos en marcha enseguida.

—Genial. —Busco en mi bolso mis provisiones para el ensayo.

—¿Qué tal? —dice Elissa con una cálida sonrisa.

—Hola, Lissa.

Por un momento un torrente de nostalgia templa mi ira y caigo en la cuenta de lo mucho que la he echado de menos. Es tan distinta a su hermano… Ella baja, y él alto. Ella rellenita, y él de rasgos angulosos. Hasta su tez es diferente. Él es de piel clara y de aire convencional, mientras que ella es morena y anárquica. Y, sin embargo, volverla a ver me recuerda por qué llevamos años sin hablar. Siempre la asociaré con él. Demasiados malos recuerdos.

Al sacar la botella de agua, mi bolso resbala del asiento y cae ruidosamente al suelo. Todos se quedan mirando. Aprieto los dientes al oír una risita por lo bajini.

Que te den, Ethan. Ni me molesto en mirarte.

Recojo mi bolso y lo lanzo a la silla.

De nuevo una risita, y maldigo al Dios Todopoderoso del Homicidio Justificado. Voy a asesinarle con mis propias manos.

Aunque está al otro lado de la sala, bien podría estar justo a mi lado, porque su voz vibra hasta en mis huesos.

Necesito un cigarrillo.

Echo un vistazo a Marco, radiante con su pañuelo mientras describe la obra haciendo aspavientos. Todo esto es culpa suya. Fue él quien quiso que Holt y yo hiciéramos este proyecto. Me convencí a mí misma de que sería un gran paso en mi carrera, pero en realidad va a ser el último espectáculo de mi vida porque, como el idiota que ríe con sorna en el rincón no cierre el pico, en el momento menos pensado me va a dar un ataque asesino y van a encerrarme de por vida.

Gracias a Dios la risita cesa, aunque todavía siento su mirada achicharrándome la piel.

Le ignoro y hurgo en mi bolso. Llevo cigarrillos, pero mi encendedor ha desaparecido en combate. Necesito seriamente hacer limpieza en este pozo sin fondo. Por Dios, ¿hay algo que no lleve ahí dentro? Chicles, pañuelos, maquillaje, analgésicos, viejas entradas de cine, un frasco de perfume, tampones, llaves, un muñeco coleccionable de la Federación Mundial de Lucha Libre al que le falta una pierna… ¿Qué demonios…?

—Perdone, ¿señorita Taylor?

Al alzar la vista encuentro a un guapo chico afroamericano ofreciéndome algo que huele sospechosamente como mi cortado de café verde favorito.

—Vaya, parece estresada —dice en el tono justo de preocupación para evitar que le arranque las orejas de un bocado—. Soy Cody. Hago prácticas en Producción. ¿Café?

—Hola, Cody —digo mientras calibro el vaso de cartón—. ¿Qué llevas ahí, amigo?

—Un cortado de café verde doble con moca y extra de crema.

Asiento, impresionada.

—Me lo había parecido. Es mi favorito.

—Ya. Me aseguré de familiarizarme con sus gustos y los del señor Holt para tener previstas sus necesidades y crear un ambiente agradable en los ensayos.

¿Un ambiente agradable en los ensayos? ¿Conmigo y Holt? Pobre criatura ilusa.

Cojo el café y lo huelo mientras continúo rebuscando en el cajón de sastre.

—¿No lo dirás en serio?

¿Dónde coño está mi encendedor?

—Sí. —Saca un mechero de su bolsillo y me lo tiende con una sonrisa monísima.

Suspiro y dejo caer la cabeza hacia atr

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