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ÁMAME UNA NOCHE MáS

Alexandra Black  

5


Fragmento

Capítulo 1

Londres, 1847

—Es evidente que las mentes femeninas son débiles e incapaces de asimilar cualquier aprendizaje. —Malcom Sedford, conde de Tamworth, hinchó el pecho, orgulloso de sí mismo por haber expresado aquellas palabras—. De hecho, basta con enseñarles a leer y escribir. Un aprendizaje más amplio podría ser perjudicial para ellas.

John River, sentado al otro lado de la sala, lo miró con incredulidad. ¿Cómo podía hablar de aquel modo y mostrarse tan satisfecho después de haber dicho semejante barbaridad?

—¿Está diciendo que todas las mujeres son estúpidas? —preguntó doblando el periódico—. ¿O lo que quiere decir con sus palabras es que prefiere a una mujer tonta a su lado porque así no se notará su propia estupidez?

Lord Tamworth abrió la boca para contestar, la cerró de nuevo porque no encontraba las palabras adecuadas para hacerlo y la abrió otra vez, aunque su respuesta no fue ni todo lo ingeniosa que le habría gustado ni todo lo confiada que tendría que haber sido.

—¿Me está llamado tonto, señor River?

John enarcó una ceja en un gesto burlón que no pasó desapercibido para ninguno de los presentes. Todo el mundo conocía la mala relación entre los dos hombres, así que no era raro que se enzarzasen en alguna disputa de la que el conde jamás salía airoso.

—En absoluto, milord. ¿Acaso le ha dado esa impresión?

El tono utilizado y la expresión socarrona sacaron de quicio a lord Tamworth, que estuvo a punto de abalanzarse sobre él. Si no lo hizo, fue porque sabía que saldría perdiendo en la contienda. Todos allí conocían la habilidad del señor River con los puños. Hubiese aprendido donde hubiese aprendido, no había sido en un club de caballeros, pues era capaz de volar por el aire y golpear a sus oponentes desde posiciones imposibles. Las malas lenguas decían que lord Mersett había sido su maestro, pero nadie podía afirmarlo con seguridad.

Las burlas de John River hacia lord Tamworth eran habituales y, a pesar de ello, este era incapaz de defenderse en condiciones. Aunque, en opinión de los presentes, el mismo conde se buscaba aquello, pues sus disertaciones sobre distintos temas solían ser tan pretenciosas como erradas. Aunque eso no quería decir que no estuviesen de acuerdo con él en cuestiones como las relacionadas con las mujeres. De hecho, solo el señor River parecía creer que estaba equivocado.

—¿Qué tipo de mujer querría usted a su lado, señor River? —preguntó lord Seth Brangwen, futuro cuñado del conde de Tamworth.

John se volvió hacia él y sonrió.

—Solo quiero a alguien que camine a mi lado y con quien pueda compartir mi día a día. Una mujer inteligente que no tenga miedo de mostrar su valía frente a mí. No soportaría que ocultase su inteligencia o sus capacidades solo para evitar que yo me sienta estúpido. —Miró a lord Tamworth con sorna—. Valoraría sobremanera a una mujer así.

Un murmullo de desaprobación recorrió la sala.

—Cada vez que habla me hace pensar que cree que las mujeres pueden ser iguales que nosotros —respondió el joven—. Es un pensamiento peligroso, pues ellas mismas podrían creer que algún día llegarán a serlo.

—Me parece mucho más peligroso negar la evidencia, milord. Creer que todas las mujeres son estúpidas para enaltecer su propio ego es tan injusto como absurdo. Pero peor me parece obligarlas a vivir en un estado de infancia perpetua y hacerlas creer que son incapaces de valerse por sí mismas cuando no es así.

Otro murmullo de desaprobación recorrió el salón. Nadie estaba de acuerdo con él, pero aquello no era una sorpresa. Estaba acostumbrado a ver aquellas expresiones horrorizadas, como si sus palabras fuesen capaces de abrir un agujero en el suelo que los conduciría directamente a un averno dominado por mujeres dispuestas a hacerlos pagar por sus pecados en la tierra.

—Dígame entonces, señor River, ¿cómo podrían defenderse unas criaturas tan delicadas en un mundo tan peligroso como este?

John se vo

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