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MANUAL DE INQUISIDORES

António Lobo Antunes  

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Fragmento

Relato

Y al entrar en el tribunal en Lisboa yo estaba pensando en la quinta. No en la quinta de ahora, con las estatuas del jardín rotas, la piscina vacía, la hierba que arrasaba las perreras y había destrozado los arriates, la casona destejada donde llovía sobre el piano con el retrato dedicado de la reina, sobre la mesa de ajedrez al que le faltaban piezas, sobre los rasgones de la alfombra y sobre la cama de aluminio que acomodé en la cocina, junto al fogón, para un sueño asediado toda la noche por las carcajadas de los cuervos

al entrar en el tribunal en Lisboa no estaba pensando en la quinta de ahora sino en la casa y en la quinta de la época de mi padre cuando Setúbal

(una ciudad tan insignificante como una aldea de provincias, con luces que danzaban en torno al templete con una vibración de tinieblas, desgarradas por la desesperación de los perros)

aún no había llegado al portón y a los sauces del muro e iba río abajo en una vorágine de traineras y tabernas, Setúbal donde el ama de llaves me llevaba de compras los domingos por la mañana arrastrándome bajo el alboroto de las palomas

la casa y la quinta de la época de mi padre con una escalinata flanqueada por ángeles de granito y por los jacintos que crecían por las paredes, una agitación de criadas en los corredores del mismo modo que las personas se agitaban en el vestíbulo del tribunal

(era julio y los árboles de la calle Marquês da Fronteira se torcían al sol contra las fachadas)

en enjambres que se agrupaban y se deshacían en torno a los ascensores con una prisa ansiosa y en eso mi abogado en medio de los testigos y de los acusados y de los oficiales de la sala que me tiraba de la camisa y me señalaba los escalones

–Por aquí, señor ingeniero, los divorcios por aquí

y yo indiferente al tribunal, indiferente a él, acordándome de aquel julio antiguo en Palmela

(debía de tener quince o dieciséis años porque estaban construyendo el garaje nuevo junto a las hayas, el tractor giraba más allá de la huerta y las aspas de hierro del molino chirriaban bajo el calor)

en el que oí susurros y pasos y murmullos en la capilla y no eran gallinas ni tórtolas ni cornejas, era gente, eran tal vez los gitanos de Azeitão robando la imagen de la santa y los candelabros tallados

(mujeres de faldas negras, hombres que avivaban cafeteras al fuego, flacas mulas tristísimas)

y cogí uno de los bastones del jarrón esmaltado de la entrada y crucé al trote el comedor

–Por aquí, señor ingeniero, los divorcios por aquí

con la araña que goteaba sombras de cristal en el mantel, salté el arriate de esterlicias, salté las petunias, la puerta de la capilla estaba abierta, los cirios oscilaban en los arcos y no di con los gitanos de Azeitão

(mujeres de faldas negras, hombres que avivaban cafeteras al fuego, flacas mulas tristísimas)

di con la cocinera tumbada de espaldas en el altar, con la ropa en desorden y el delantal al cuello, y mi padre inflamado, con un cigarrillo en la boca y el sombrero puesto, que le sujetaba las caderas mirándome sin sorpresa ni fastidio, y ese domingo después de responder a gritos al latín del cura, ante el guardés, el ama de llaves, las criadas, mi padre que encendía cigarrillos durante la comunión

(el viento sacudía las dalias secas y los eucaliptos del pantano, que aumentaban y disminuían según el respirar del cieno)

me llamó al despacho con una ventana que daba al invernadero de las orquídeas y al soplo del mar

–Ojalá su mujer no se retrase, señor ingeniero, si no el juez nos dará el divorcio para las calendas griegas

y se levantó, rodeó el escritorio, sacó el mechero de gasolina del chaleco y posó su mano abierta en mi nuca con el gesto con el que ponderaba a los borregos y a los animales del establo

–Hago todo lo que ellas quieren pero nunca me quito el sombrero para que se sepa quién es el patrón.

Mi padre con la mano abierta en la nuca de la hija del guardés, una adolescente descalza, sucia, rubia, aferrada en cuclillas a las tetas de las vacas en un banquito de madera, mi padre la sujetaba de la cerviz y la obligaba a agacharse frente al pesebre sin que soltase los cubos de leche, mi padre otra vez inflamado se arrimaba a sus nalgas, con el cigarrillo encendido apuntando hacia las vigas del techo sin que la hija del guardés protestase, sin que el guardés protestase, sin que nadie protestase ni se le ocurriese protestar, mi padre retiraba la mano de mi nuca y señalaba con desprecio hacia la cocina, las habitaciones de las criadas, el pomar, la quinta entera, el mundo

–Hago todo lo que ellas quieren pero nunca me quito el sombrero para que se sepa quién es el patrón.

Mi padre que los sábados, después de la siesta, ordenaba al chófer que comprase cuarto de kilo de galletas de sagú y lo llevase a Palmela a casa de la viuda del farmacéutico en la cuesta del castillo, una vivienda adosada con cortinas de ganchillo y un gato de escayola en el aparador, mi padre que volvía a la quinta por la noche apestando a perfume barato y al que pasada a lo sumo media hora oía roncar en el sillón de la sala con el sombrero a la altura de los párpados y el último cigarrillo se le consumía en la boca mientras los búhos del pantano parloteaban en el jardín, y el abogado vestido de abogado caro cuya camisa hacía juego con los calcetines, golpeando con la uña en la esfera del reloj

–Si su mujer se retrasa para la firma del divorcio estamos fritos

el abogado que me consiguió mi hija mayor al ir a la quinta a reñirme observando indignada las ventanas sin cristales y las tablas podridas de la tarima, observando indignada un cazo de sopa fría en el piano junto al retrato de la reina, observando indignada las cáscaras en la alfombra

–¿Cómo puede vivir solo en un cuchitril como éste?

El abogado caro con el pelo cortado en una peluquería cara que me recibió en un gabinete caro con cuadros caros encuadernaciones caras en anaqueles caros la mujer cara y los hijos caros que sonreían en un marco de plata y muebles casi tan caros como los muebles de mi padre, el abogado que fingía no reparar en el trozo de cuerda que me servía de cinturón, en los zapatos sin lustre, en los calcetines sin elástico, en el pantalón raído, que me observaba con el desdén hastiado con el que mi suegra me observó cuando entré por primera vez y derribé unos adornos, avergonzadísimo, en el palacete de Estoril, mi suegra que jugaba al bridge con las cuñadas recogiendo los destrozos en una combustión de sortijas mientras alzaba ante mí las cejas amenazantes que se alzan ante el jardinero inepto culpable de estropear los arbustos de la terraza

–Dígame, jovencito, ¿tiene usted dinero para mantener a Sofia al nivel al que está acostumbrada?

el abogado molesto con mi chaqueta demasiado corta, mis remiendos, mi bigotito cómico, jugando con el portalápices de plata en medio de una nube de aftershave e intentando al mismo tiempo desembarazarse del asunto y ser simpático con mi hija

–Vamos a ver lo que se puede hacer, señor ingeniero, no le prometo nada

y al irme la secretaria me miró como si yo fuese testigo de Jehová o vendiese enciclopedias y mi hija mayor que revolvía los cajones de la cocina donde los calzoncillos se mezclaban con los cubiertos

(los tenedores torcidos, las cucharas con verdín, los cuchillos que no cortaban)

–¿No tiene al menos un trajecito decente?

y Sofia que me sacudía los hombros con el dorso de la mano

–Podrías arreglarte un poco para conocer a mi madre

y mi suegra que se olvidó de las cartas en cuanto derribé una lámpara en forma de globo

–Dígame, jovencito, ¿usted es tonto o se lo hace?

yo en el tribunal en Lisboa escoltado por el abogado que golpeaba el reloj con la uña, acordándome de las aspas del molino oscurecidas de herrumbre que dejaron de funcionar a pesar del viento, de las perreras vacías y de los lobos de Alsacia sin comida en una carrera a ciegas por la sierra o aullando desde el pantano en el momento en el que una empleada comenzaba a enumerar nombres y marcaba los que respondían con una crucecita a lápiz, acordándome de cuando llevé a mi novia a la quinta en agosto y mi padre estaba en el patio en una mecedora bebiendo limonada con la mujer del sargento, una señora con satenes barrocos que tomaba el autobús de Setúbal las tardes en las que su marido se quedaba de guardia en el cuartel y yo a mi padre

–Sofia, padre

y mi padre la miraba con los párpados caídos con los que miraba a la cocinera, a la hija del guardés, a las gitanas, a las criadas, hundiéndose la copa hasta la frente de un golpe

–Haz todo lo que ella quiera pero nunca te quites el sombrero para que se sepa quién es el patrón

y el abogado inquieto mostrándome el reloj

–¿Qué le habrá ocurrido a su mujer?

Sofia se ajustaba la cinta roja por timidez, los cuervos soltaban carcajadas en las hayas, el reflejo de la casa se estremecía en la piscina, la mujer del sargento nos sonreía con zalamerías de madrina, mi padre ponderaba a Sofia, con la voz distraída con la que hablaba de los animales en el establo

–Un escuerzo, un esqueleto, tú nunca has entendido nada de terneras

y el abogado de repente sereno, de repente grave, enderezándose frente al ascensor mientras se arreglaba los puños

–Al fin, señor ingeniero

y allí estaba Sofia sin la cinta, sin veinte años, sin enrojecer por timidez, sin sacudir mis hombros con el dorso de la mano, junto a un abogado tan semejante al mío que se diría el mismo al espejo, que se dirían réplicas, gemelos, ambos con el p

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