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MANUELA. LA NOVELA DE ACACIAS 38

Ana B. Nieto   Estefanía Salyers  

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Fragmento

Para mis tíos: Isa y Manolo, M.ª Elena y Claudio, Conchita y Ezequiel

Agradezco a mi marido, Eladio, su apoyo constante y a mis hijos, Marcos, Esther y David, tanta comprensión y cariño, incluso a tan tiernas edades. Gracias también a mi padre y a mi hermano (los Pacos), a mi madre, que me dio tantas cosas buenas y me enseñó lo que es una mujer valiente, y a mis hermanos del alma, Vanesa y José Luis. A Bea Setuain, por haberse acordado de mí, a Boomerang por la confianza y a Alberto Marcos por su atenta compañía durante este viaje. Y, por último, gracias a todo el pueblo de Brihuega por su hospitalidad.

ANA B. NIETO

Me gustaría agradecer la oportunidad que me habéis dado de contribuir a la historia de unos personajes con tanta fortaleza y valentía.

A Jorge Díaz y Aurora Guerra, por la confianza.

A ti, por las sobremesas y las conversaciones a deshoras.

A los sueños en Lisboa.

ESTEFANÍA SALYERS

Prólogo

He conocido a hombres buenos. Buenos de los de verdad. Y también a hombres con el corazón lleno de hollín y de grisura.

Oigo los pasos de Justo en la escalera, como un repique siniestro de campanas. Heraldo que anuncia, no ya una santa hora, sino una de desdicha. La hora del diablo.

Oigo su fusta, con su cruel golpeteo sobre la barandilla. A falta de mi carne, buenas le parecen las varas de roble que adornan la escalera.

Oigo, aunque más bien me barrunto, el resuello salvaje que brota de sus fosas nasales mientras me busca, ansioso, para descargar sus golpes. Porque así ha sido siempre Justo desde que casamos: como un toro que no descansa hasta enterrar el asta, como una barca sin timón que acaba varando siempre contra mi cuerpo. Demontres, ¡maldita mi fortuna! Rezar en su cuarto es lo único que mi madre puede hacer ya por mí. ¿Cuándo acudieron ella o los criados en mi ayuda? Pero su atropellado rezo no puede detener los pasos de Justo Núñez y el borbotón de palabras no puede poner trampas a sus botas. Ni un escudo entre sus golpes y mi hijo, que ya está próximo a nacer.

El terror me invade al imaginar la puerta abriéndose de un golpe y conjurar su perfil entre las jambas. Grandes dolores, anticipados, me sobrevienen solo de sentirle en la casa. Pero el mayor de ellos es el de mi corazón porque nada puedo hacer para proteger a este hijo mío. Y sé que soy la única que puedo hacerlo, que él solo me tiene a mí.

De un lado a otro del cuarto me agito, jaula de mi tormento, sin encontrar salida. El golpeteo de la fusta más cercano, los pasos se aproximan. En el umbral, su sombra.

Me acaricio el abultado vientre y me aferro a mi medalla de la Virgen con el Niño, la que me regaló Miguel. Amor, ¿dónde estás? Ojalá pudieras venir a ayudarnos. Ojalá…

Siento tanto miedo que mi vida pasa de nuevo ante mis ojos, como dicen que les pasa a quienes caminan al cadalso. Vuelvo a ser niña, con mis padres, en el pueblo. Cuando aún estaba a tiempo de que todo fuera diferente.

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Un extraño en el pueblo

Cigüeña, cigüeña,

la casa te se quema,

los hijos te se van;

escribe una carta…

que ellos volverán.

Me dan los buenos días, como siempre en esta fecha, cuando el cielo todavía es añil y opaco y el día no ha hecho aún promesa alguna.

Me despiertan con el clo clo de sus picos y me asomo a la ventana envuelta en la toquilla. Y allí me esperan, sobre el campanario, fieles a nuestra cita. «Por San Blas, la cigüeña verás»: es 3 de febrero y no han fallado. Hoy cumplo ocho años.

Con esas alas blancas de papel y de estaño podrían volar hasta el final del cielo. ¡Son libres como el mismo aire! Y sin embargo, siempre vuelven aquí, a desearme felicidades.

Me quedo mirándolas un rato hasta que amanece del todo, mientras peinan el cielo con sus plumas grises.

—¡Carmen! —Es mi madre, Teresa, que me llama.

—¡Ya voy, madre!

Me arrebujo un poco más en la toquilla. Hace frío y me da pereza vestirme… ¡Ojalá pudiera uno ponerse la ropa sin tener que desnudarse primero! Madre ya ha empezado a preparar el pastel, que hoy toca bautizo en el pueblo. Hará también uno más pequeño para celebrar mi cumple, seguro.

El olor de la masa cocinándose lentamente llega hasta cada rincón de la casa. Es el olor de mi infancia, de mi familia. El del horno y el pan y el azúcar que se hace caramelo. El del chocolate hecho a brazo, las fresas y la nata recién montada. Y ese aroma profundo de la miel alcarreña que se te mete hasta el tuétano y que tanta fama le da al pueblo.

—¡Aviva, hija! —Se asoma bajo el dintel—. ¡Termina de aviarte, que ya está aquí tu amiga!

¡Isabel ya está en la puerta! Más tempranera que un buhonero en Navidad.

—Voy, madre, un momento…

—Antes de que saliera el sol ya estaba tu abuela en el campo con el trillo. —La escucho rezongar—. Tendríamos que haberte llamado Manuela, como ella, por ver si se te pegaba algo con el nombre.

—¡He dicho que ya voy!

—Si no le tuvieras tanto apego al jergón… —Es Pablo, mi hermano, que se ha asomado a la entrada y habla con la boca llena.

Pablo es pan de Dios. Tiene además esa pequeña caída al final de los párpados que le da aspecto de buena gente, pero no tiene más hermanos que yo, así que me toca lidiar con él día sí y día también. A veces es más chinchoso que un tábano y entonces le brillan los ojos negros como si se los hubiera trabajado un limpiabotas. Lleva ya un rato levantado, ayudando a padre, y cuando me despierto casi nunca está en el cuarto que los dos compartimos. Siempre trabaja en los campos un par de horas antes de ir a la escuela, por eso está más tostado que u

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